crónicas urbanas

Capuletos y Montesco, una historia que no termina

Inés Muñoz Aguirre

La historia comienza con el gran coro que se mueve por las calles de la antigua Verona al son de los murmullos porque algo pasa. Se siente en el ambiente la rivalidad entre los Capuletos (Capuleti) y los Montesco (Montecchi). El escenario del Centro Nacional de Acción Social por la Música, vibra. Por su ubicación la orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo la batuta de Andrés David Ascanio es la gran protagonista, mientras las pantallas enarbolan los colores enfrentados de las familias que ponen en ascuas a toda una sociedad. La Coral Nacional Simón Bolívar se mueve firme dividida en dos bandos una a favor de los Capuleti y otros a favor de los Montecchi. Diferencias estigmatizadas por la lucha ferrea que siempre existe por el poder. Los enfrentamientos hacían retumbar las calles de Verona. 

Contar esta historia requiere de un movimiento escenico para el cual hay que tener firmeza. Desplazados los personajes casi como sombras, rozando en muchos casos el borde del escenario. Marco Gandini demuestra su destreza como director de escena en el que el desplazamiento debe vencer incluso el reto que se tiene de conquistar la imaginación del espectador, cuando se cuenta una historia como esta. Una historia que además se basa en las fuentes originales existentes en Italia, que datan del siglo XVI y que contaban la tragedia de Romeo y Julieta con la grandiosidad y dramatismo de lo  que solo son capaces los italianos. La escribió: Vincenzo Bellini

Ese drama debe sostenerse muy bien en los interpretes porque estamos hablando de una tragedia lirica, Massimiliano Bullo sirvió como coach vocal a la Coral Nacional Simón Bolívar dirigida por Lourdes Sánchez y a un talentoso grupo de jóvenes solistas formados en El Sistema. Este acople integrado además por un vestuario facilitado por la Ópera de Roma hizo confluir en el teatro lo mejor del arte: la integración sin fronteras, por encima de políticas, ideologias y creencias, porque el arte es universal y es una riqueza que medimos por el efecto que causa en nuestro espirítu. 

Esta Opera va en un crecimiento constante, el breve intermedio le permite al espectador tomar aire para lo que debe enfrentar en el segundo acto. Conmovedor no solo por lo que recogen las imágenes que por momentos sobrecogen si no porque la música hace de las suyas. Las interpretaciones finales tanto de Romeo como de Julieta en el momento de la confusión y la llegada de la muerte son conmovedoras. 

Tres días de presentaciones, tres días de elencos diferentes en los papeles principales, un trabajo de mucho tiempo bajo la guía de Marco Gandini y Massimiliano Bullo, disciplina, pasión y compromiso, todo suma para recordarnos que esta gran obra del Maestro José Antonio Abreu, como lo es El Sistema, ya no nos pertenece solo a los venezolanos, es una obra para el mundo, a través de la cual se enaltece nuestra nacionalidad.

Me tocó disfrutar la función en la que participaron: Katherine Yagua como Giulietta, Manuel Alejo Labrador como Romeo, Ivan Andrés Cardozo como Tebaldo, Alejandro Cisneros como Lorenzo y Anderson Piaspam como Capelio.

Son pocos los públicos en el mundo que tienen la suerte de disfrutar de una riqueza como la que se concentra en este trabajo en el que un equipo multidisciplinario está poniendo todo su empeño.  La Sala Simón Bolívar del Centro Nacional de Acción Social por la Música reclama nuestra presencia, que en cada presentación de nuestras orquestas y corales no encontremos ni una sola butaca vacía. Nuestros artistas y todo el equipo del Sistema merecen nuestros aplausos y reconocimiento.

LA MUSICA COMO LA VIDA MISMA

De Ana Torroja sobre el escenario

Inés Muñoz Aguirre

No creo que exista un venezolano aficionado a la música que no sepa quien es Ana Torroja. Ella con una voz singular en la que un guiño a lo aniñado dio un tono particular a las canciones que interpretaba. Nos hizo corear una y otra vez Dali, Cruz de Navajas, Aire, Mujer contra mujer, El hijo de la luna por mencionar solo algunas de las que popularizó desde su participación en Mecano, el grupo español del que formó parte junto a los hermanos Cano.  

Después emprendió su carrera en solitario y sus canciones volvieron a formar parte del repertorio de un gran público que lleva en la maleta de su vida unas letras que aun pasado el tiempo, se pueden repetir una y otra vez hasta el cansancio. 

Con esta historia que nos acerca a quien por las circunstancias en las que hemos vivido los últimos veinte años no nos había vuelto a visitar, nos alimentamos en la distancia. En consecuencia nos dispusimos pletóricos, a llenar el Teatro Teresa Carreño. Un público de distintas generaciones cargado de la necesidad emocional y afectiva que significa sentirse libre en medio de un concierto, coreó las canciones, bailó, aplaudió hasta el cansancio. 

Y como la música es poesía, tiene alma y cuerpo. Es el punto de encuentro de las distintas razas, religiones, generaciones, creencias políticas e ideológicas, Anna Torroja nos preparó para el recorrido desde el inicio de la presentación. Distintas pantallas de televisores, de épocas diversas, de formatos extraños y de variados tamaños nos conducían con imágenes claves de la sociedad española que se han vuelto universales, hacia una cuenta regresiva que aceleraba el ritmo emocional de los presentes hasta estallar en ovación cuando la cantante hizo su entrada a escena acompañada de una maravillosa banda formada por cuatro músicos. Su imagen de pelo largo y ataviada con un vestido y botas que podríamos calificar de Vintage, se apoderó de la escena. Tres canciones construyeron el marco necesario de relación para que se dirigiera al público venezolano que la recibió con grandes muestras de admiración.

La música construye memoria y da vida a los que ya están ausentes. Tienes agujas de reloj y gira sin parar tejiendo nexos con el tiempo, los olores, los rostros, las emociones. La Torroja nos invitó a entregarnos a ello y lo logró. Advirtió al público que lo haría viajar entre el pasado y el presente.  

Su presentación fue más allá de interpretar unas canciones que todos nos sabemos porque nos han acompañado buena parte de nuestra vida. Nos mostró de esas precisamente, unos nuevos arreglos, distintos, fuertes, cargados. Grandiosos. Casi sinfónicos. 

Un cuidadoso trabajo dio su interpretación visual a los temas. La imagen se volvió acompañante perfecta de cada canción. En esa dupla imagen-sonido hubo espectáculo, creatividad, emoción, conexión y sobre todo un impecable manejo simbólico que vistió de color a dos de las aves blancas que enmarcaban  la interpretación de Cruz de Navajas a una de un suave azul y otra que “teñía de rojo el amanecer”. Así como hubo también flores que se abrían, humo, rombos, la vida misma.

Hubo de todo: selfies, autógrafos, saludos, franelas y hasta una bandera de Venezuela con la que jugueteó sin saber que el amarillo iba hacia arriba, pero fue tanta la emocionalidad compartida que el momento quedó en un suave desliz.  Usado de chal nuestro símbolo patrio nos recordó que el uso de estos tiene que ser emocional, es la única forma de que adquieran validez y formen parte de la cotidianidad y sencillez que lleva consigo lo no obligado. 

El momento dedicado a Aire se podría calificar de magistral. Al punto que la propia cantante se sorprendió cuando semejando a un tsunami todo el público se puso de pie al finalizar la canción para ovacionarla. La presentación quedó suspendida en el instante cercano a la gloria.  Ana no pudo evitar emocionarse y siguió el concierto, estoy segura, experimentando como artista una vibración inigualable.

Luces, colores, efectos, todo hizo convergencia para conducir la presentación hacia el gran final en el que vestida de blanco, bromeó con el público. El gran regalo vendría después de la despedida, lo llamó “complaciendo peticiones” y cantó a “capella”, cinco de las canciones solicitadas. Demostró su simpatía, disposición, creatividad y su calidad vocal. Después de esta presentación, no quedan dudas, seguiremos aplaudiendo a Anna Torroja de pie. 

Un banco gastronómico. 

Inés Muñoz Aguirre

El tema de la creatividad de los venezolanos se está abriendo paso.  Pega saltos en algunos casos y en otros, amarra las ideas para innovar y crecer.  El Banco abrió sus puertas. Un restaurante en Las Mercedes levantado sobre los cimientos de lo que fuera un conocido banco comercial, ahora convertido en un lugar de encuentro bajo el lema: “Disfruta una experiencia gastronómica …!Sin límite de crédito! 

Dos jóvenes: uno abogado y el otro ingeniero: Oswaldo Díaz y Lander Guruceaga hacen de las suyas, para convocar a sus clientes a una práctica diferente de relación con el espacio y los objetos. Convertidos en una suerte de prestidigitadores aprovecharon los simbolismos del antiguo espacio y te plantan frente a los ojos la asociación del pasado y del presente. De lo particular y lo citadino.  Los cajeros automáticos pueden adquirir otra dimensión. Te enseñan que los muebles se restauran y vienen a tu memoria las tradicionales sillas que habitaban todas las agencias bancarias del país. Las esquinas de las mesas hablan de otra época, surgen allí como un detalle cargado de simbolismo. Las barras te permiten recordar aquellos tiempos en los que se emitían cheques y te parabas frente a ellas para firmar o para llenar la planilla de depósito. 

Y todo está allí, finamente dispuesto para que el comensal viva una experiencia inigualable. Además te ofrece un espacio VIP en la antigua bóveda transformada ahora en un lugar para el disfrute gastronómico. Ocho personas pueden disfrutar de ese privilegio. El anfitrión contará con un dispositivo electrónico para ser atendido y hasta con pantalla de televisor. La privacidad es el lema. Y por si fuera poco, otra bóveda más pequeña estará acondicionada para cuatro comensales que tendrán además el privilegio de cruzar por la cocina y ver como “se bate el cobre” en el lugar.

Al frente de los fogones está el Chef Zavier Zambrano conocido como El chino. Un cocinero que transforma lo que cocina en verdaderas obras de arte sobre el plato. ¿El secreto? No solo la buena sazón si no su empeño por aprovechar el espacio en que se sirve para darle al emplatado otra dimensión. Zambrano habla de fusiones y no hay duda de ello, la mezcla de productos nacionales e internacionales explotan en el paladar. No puedes explicar toda esa maravilla junta en la que pasas de un sabor extremadamente delicado a la explosión de la pimienta o de lo crujiente a la suavidad de un puré exquisito.

El banco cuenta con otro tesoro: el de las bebidas. La variedad viste la barra central en la que todo dispuesto invita a saborear las distintas opciones. Este restaurant con la presencia de un Sommelier como Camilo Olmos quien explica que existe todo un proceso previo de investigación y pruebas para elegir el maridaje adecuado a cada menú, garantiza que el disfrute para el comensal será completo.

Finalmente si usted es amante de los postres se llevará la mayor de las sorpresas. Se puede conseguir con facilidad delicadas combinaciones tras las que descubrimos las manos de la única mujer que hay en el equipo de cocina. Los hombres se roban la escena cuando además, usted tiene la posibilidad de ver desde la entrada a través de un vidrio que le dice claramente que en esta operación, no hay secretos. 

Como si todo esto fuera poco estando en pleno corazón de Las Mercedes, no podían perder la oportunidad de contar con una terraza que le permitirá disfrutar a los asistentes de la maravillosa vista de los alrededores.

Cuando le digamos a nuestros amigos que estamos en El banco y se sorprendan al llegar a buscarnos, no hemos mentido. Y si una vez que llegan al lugar usted les invita a comer tendrá un ROI (retorno de la inversión) garantizado. Sin duda este es el mejor banco al que podemos ir. 

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