la otra cara/pasión país

Violencia contra la mujer vs. coronavirus

Inés Muñoz Aguirre.

Hay temas que se pasan por alto en una situación como la que estamos viviendo de confinamiento, pero que están allí. Quizá si tomaran un poco más de protagonismo surgiría la orientación necesaria para contribuir si no a su solución, a la posibilidad de ofrecer algún tipo de orientación a quienes los protagonizan. La convivencia de muchas parejas se convierte en un tema álgido de estos tiempos en los que el Covid-19 pareciera ser el tema que nos interesa a todos, sin embargo usaré una frase que es un lugar común: el mundo no se detiene.

Son muchos los hogares en los que se han caído las caretas de familias felices y bien avenidas. La convivencia de veinticuatro horas por veinticuatro, los siete días de la semana durante meses que se hacen cada vez más largos, hacen mella y acrecientan las diferencias. Una de esas situaciones que puede adquirir matices de tragedia son las de las mujeres a quienes les ha tocado asumir el confinamiento frente a un maltratador.  Numerosos organismos internacionales y locales en diversos países han querido prevenir  y poner en alerta a la población frente a una situación que tiende a agravarse en unas condiciones excepcionales como éstas que nos ha tocado vivir.  ONU Mujeres lanzó una alerta al mundo desde comienzos de abril ante lo cual diversas organizaciones reaccionaron generando sistemas y campañas que permitan ofrecer ayuda aun en medio de la situación.

En las islas Canarias, por ejemplo, si vas a una farmacia y pides una “mascarilla 19” estas alertando a quien te atiende. Esta frase indica que necesitas ayuda. España en general reforzó la atención a través de su número de emergencia el 016, acompañada de la publicación de una guía con recomendaciones. Así como están a la disposición los números de emergencia de la policía y la guardia civil.

En Latinoamérica, México es uno de los países en los que esta situación es muy grave. El  número 911 fue promovido por Inmujeres Mexico  indicando que si el Coronavirus es un problema mundial, la violencia contra las mujeres también lo es. Un recorrido por algunos de los países de nuestro continente nos permite recoger información para contribuir a visibilizarla porque en circunstancias  como estas que nos tocan vivir se deben tejer redes en función de no descuidar todas las manifestaciones de la vida diaria, que no solo siguen allí, sino que tienden a agravarse víctimas del descuido.

En nuestro país, Venezuela, una vez más las redes sociales han servido de apoyo para difundir información. Son diversas las Organizaciones No Gubernamentales que se han preocupado por atender el tema, entre ellas: Onu Mujeres, Red Naranja, En tinta violeta, Min Mujer lanzó una campaña invitando a llamar al 911, La empresa Movilnet invita a hacerlo a su línea de emergencia (*112) y el Centro de Estudios de la Mujer de la UCV invita a escribir a su correo. cemucv92@gmail.com Siempre serán pocos los recursos que se disponen para dar respuesta, pero está claro el compromiso de algunas de estas organizaciones quienes incluso han establecido horarios de voluntarias que a través de sus números telefonicos brindan orientación y apoyo a quien lo solicite.

La línea Púrpura de Colombia (01 8000 112 137) está atendiendo 24 horas los siete días de la semana. En Uruguay cuentan con un número (0800-4141) el cual responde a un horario de atención y fuera de ese horario atienden a través del 911. En Perú el llamado del Ministerio de la mujer está dirigido a toda la familia, lo cual es muy importante porque en muchos casos los hijos presencian el maltrato sin saber que hacer.  El Ministerio de las mujeres de Argentina ha hecho incluso un llamado a través de sus redes sociales a los vecinos a que se sumen a las denuncias cuando escuchan una evidencia de situación de maltrato. (Linea 114). En Chile se refuerzan las medidas en los centros de acogida y ha extendido el turno de su línea de emergencia el 1455.

            Todo lo que se silencia tras el torrente de voz que posee el Coronavirus en los medios de comunicación debe retomarse. Urge contribuir desde el lugar donde estemos a que nos mantengamos activos y a reforzar la guardia frente a diversos problemas que nos aquejan. Amigos, vecinos, familiares de una mujer en situación de riesgo se pueden convertir en la voz de quien calla en la mayoría de los casos, dominadas por el miedo.


Urge la sanidad.

Inés Muñoz Aguirre

Nos ocurren muchas cosas negativas.  Todo a nuestro alrededor se desmorona.  Hacer una lista de lo que nos sucede como sociedad sería algo interminable. Cada día ocurre algo peor y sabemos que todavía podemos llegar más abajo.  Sin embargo en lo particular hay un tema que para mí es el más grave de todos: hemos sido vencidos emocionalmente. Entiendo que cualquiera de los que lee este texto en este momento podría preguntarme ¿y cómo no? Y yo me contesto a mi misma que a veces subo y bajo por un tobogán: pues no, porque si me entrego emocionalmente estoy perdida.

Tenemos que sobreponernos para asumir la urgente necesidad de reconocernos, con virtudes, defectos, fallas, aciertos y diferencias. No podemos siempre endilgarnos la razón y negársela al otro, o lo contrario.  Tenemos que aprender a escuchar y a partir de allí razonar y ser capaces de dejar a un lado las posiciones  cerradas. Tenemos que aprender a decir sin creer que tenemos siempre la razón. Es urgente buscar la sanidad de nuestras emociones.  Si nos encerramos y creemos que solo nosotros tenemos la razón sin reconocer al otro quiere decir que nos enfrentamos a cierta enfermedad. Creo y eso lo pueden indicar los profesionales de la sicología o la psiquiatría que la mente al igual que lo hace el cuerpo, envía señales cuando algo no está bien.  Tenemos mucho tiempo en el que nos comunicamos a través de la agresión, los insultos, la descalificación. ¿Se acuerdan que hace veinte años nos asombrábamos de los comentarios soeces, de las groserías en espacios que antes se respetaban, de la manifestación de ideas que señalaban fuertes resentimientos? Si somos capaces de recordar cuanto nos asombraba y nos hería, tenemos que evitar reproducir tales comportamientos.   Sobre todo porque hemos llegado a un punto en el que no hay espacio para la reflexión placentera, se ha atornillado en nosotros el mensaje negativo hasta introducirlo en nuestros tuétanos.

El hambre y la miseria ha derrotado a mucha gente. La ignorancia ha ganado la batalla, en cualquier país en el que los gobernantes hayan perdido la conexión real con lo que significa ser elegidos para cumplir la tarea de administradores se somete a la población a la miseria intelectual porque ello contribuye a que no puedas pensar.  ¿qué ocurre con los profesionales, los hombres y mujeres que defendían el cultivo de los valores, los que dirigieron grandes empresas o se destacaron como catedráticos, los que aun no han hecho maletas dejando el barco a la deriva?

Toda mi disertación se centra en que son ellos los verdaderos lideres y no otros los que tienen que comenzar a trabajar  por derrotar en cada venezolano el pensamiento negativo.  Si no lo hacemos, cada quien desde la instancia que le corresponde, no tendremos vuelta atrás en muchísimo tiempo. Es importante revisar nuestras actitudes, no las del otro, para poder conseguir respuestas a algunas preguntas: ¿Qué debemos hacer para recomponernos como sociedad desde una  perspectiva social? ¿Cómo empiezo a sanar sin pensar que hay otro que no soy yo, quien tiene la solución?


Pobre continente

Inés Muñoz Aguirre

No sé cual es la lección.  Algo tiene que quedar a los que detentan el poder de esta experiencia frente al Covid-19. Los trapitos sucios quedaron colgados en el tendedero público, mientras hay gobernantes que creen que por poner una mordaza se desconoce lo que son, lo que hacen, o lo que no hacen.

Los sanitarios de España que se han dejado el pellejo día y noche en los hospitales ganan al mes 900 euros, los aplausos recibidos cada noche a las 8, no sé si por efecto espontáneo de las comunidades o por una buena estrategia de comunicación terminó dándose la vuelta para que la verdad aflorara.

Latinoamérica más que quedar al desnudo ha corroborado sin temor a dudas que somos un continente retrasado socialmente. Sin esperanzas de progreso porque cualquier planteamiento que tendría que ver con propuesta cultural, intelectual y en consecuencia económico, es devorado por el enemigo más atroz de cualquier sociedad: el populismo.  La ignorancia y pobreza de todas las poblaciones del continente han saltado al tapete. Las imágenes dantescas donde no hay prevención, distanciamiento social o la mínima conciencia sobre el peligro se imponen. El hambre y la necesidad de ganarse el pan de cada día se vuelven protagonistas ante cualquier experimento de confinamiento y de guerra a una enfermedad. El hambre es arriesgada, no valiente. No hay nadie que la soporte y se busca desesperadamente la forma de aplacarla.

Entre tanto los sanitarios de Bélgica recibieron una visita de la Primer Ministro dándole la espalda en la medida en que la larga caravana de vehículos oficiales pasaba  por el medio de una gran fila de trabajadores de la salud, los que seguramente fueron puestos allí para que le aplaudieran y oh sorpresa, no actuaron como borregos. Demostraron su descontento.

Al final de esta historia nadie se salva, algo no funciona en los gobiernos del mundo pero en especial los de nuestro continente que tanto nos atañe. ¿Qué los suecos se distinguieron? Si, porque para correr riesgos o para apostar a algo distinto al común frente a esta pandemia tienes que apostar a un sistema sanitario capaz de responder a las más impredecibles demandas. Después de todo la interrogante es una sola ¿quiénes son culpables los gobernantes o las sociedades que los eligen, los secundan, los respaldan o los soportan en silencio? Entre tanto esta semana comienzan a multiplicarse en cifras alarmantes los contagiados en países como Brasil, Perú y Chile, de los demás no sabemos.


¿A quién respeto?

Inés Muñoz Aguirre

Hay quienes se quejan porque tienen la facultad de poder expresar sus emociones. Hay otros que preferimos guardar silencio quizá por miedo, por no quedarnos en lo negativo o porque preferimos aislarnos, pensar sobre lo que nos ocurre y buscar formas de expresarnos que nos permitan de alguna manera canalizar nuestras conclusiones. Todo es válido.

Lo que tenemos que revisar con urgencia como sociedad es la descalificación permanente del otro, de sus sentimientos y opiniones.   La falta de empatía con lo que expresan los demás, la poca consideración enunciada porque asumes que el otro no piensa como tu, lo único que hace en medio de esta terrible situación que nos toca vivir, es que quienes han proclamado en su discurso división, resentimiento y enjuiciamiento son los que triunfan al imponer su criterio.  Urge que cada uno de nosotros revisemos lo importante que es escuchar al otro, no importa si tenemos la misma opinión o no, por el contrario el desarrollo intelectual se basa en la capacidad que tengamos de analizar las diferencias, ser capaces de reflexionar a partir de ellas y jugarnos la posibilidad de cambiar de opinión, o de pedir disculpas cuando sea necesario. 

No podemos permitirnos que aquello que criticamos con energía, porque en principio no fueron los valores que nos pusieron en la maleta nuestros mayores, termine por imponerse convirtiéndonos en una sociedad frustrada además de todo por la intolerancia.

Y como de crecimiento intelectual se trata, que bueno sería que nos dispongamos a madurar como sociedad y a dejar de reconocer como “lideres”, a los que utilizan la agresión verbal para imponer sus “ideas”.  Iniciar una tarea de ignorar la vulgaridad en todos los que nos rodean, nos conducirá a buscar mejores formas de expresión desde nuestras comunidades para trazar el camino de gobernantes y opositores cónsonos con lo que merecemos.


No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy

Por: Inés Muñoz Aguirre

La llegada del COVID-19 nos agarró a todos por sorpresa. Cuando ocurre algo malo siempre pensamos “eso no me va a pasar a mí” y siempre nos equivocamos. Un buen día se habló de pandemia y al otro dieron la orden de confinamiento.  La historia posterior la sabemos todos. Ahora el mundo se prepara para el proceso a la inversa. En Europa y Estados Unidos se trabaja de forma coordinada entre gobernantes, instituciones, organizaciones profesionales, comunidades y empresa privada. Sacar a las poblaciones de su cuarentena implica los riesgos de una recaída y ningún gobierno serio quiere enfrentarse a ello. Impresiona ver todas las propuestas que están en marcha en función, del desplazamiento por calles y avenidas, transporte público, aulas de clase, restaurantes, normas y procesos en los hoteles, líneas áreas y hasta las playas que en España, por ejemplo,  ya poseen demarcaciones que serán estrictas para el uso en verano.  Urge tener claro el proceso porque el desplome económico ha sido inmenso y cuando esto ocurre todos salen perjudicados, desde los más pobres hasta los más ricos. Urge actuar porque el estado anímico de toda sociedad necesita estar “arriba” para superar las adversidades, incluyendo a los más golpeados por las perdidas de sus familiares.  No hay otra forma  de decirlo: los seres humanos se preparan para salir de una guerra.

En nuestra caso priva el desconcierto, la falta de información y la ignorancia  con la cual un sector de nuestra sociedad ha decidido arroparse. No sabemos de planes, alianzas de los distintos sectores, organización, planificación, ni medidas porque los dirigentes solo se ocupan de la diatriba política. Si quisiéramos armar una página de titulares de cómo se reincorporara cada sector a la vida del país, nos encontraríamos con una página en blanco.

A pesar de ello, un día, sea en mayo, en junio, en diciembre o el año que viene nos tocará incorporarnos a nuestras actividades. Aun en medio de la crisis que siempre nos acompaña y profundizada ahora por la pandemia,  le toca una vez más a la empresa privada, los colegios, universidades,  organizaciones sociales, espacios recreativos y culturales comenzar a trabajar con la urgencia del caso sobre sus nuevas normas de uso, acción y relación.  El liderazgo es nuestro como actores profesionales o sociales, no espere que otro le diga cómo hacerlo.


Chivo que se devuelve se desnuca.

Inés Muñoz Aguirre

El tema de la emigración es muy delicado de abordar, porque cada quien tiene su visión sobre dicha experiencia. Sin embargo viendo el regreso al país de más de 15 mil personas, según las cifras que reportan algunos medios digitales, no puedo impedirme recordar que cuando llegaron a Venezuela cientos de emigrantes entre los que destacaban italianos, españoles y una gran inmigración judía que huía de los horrores de la guerra, nuestro país era el que tenía más potencialidades en todo el continente. El petróleo comenzaba a crear los espejismos propios de tal descubrimiento, pero en su momento sectores como el de la construcción se erigían en prometedores. Desde el punto de vista simbólico relumbraban los brillos del oro, las esmeraldas, y las perlas que llenaron los bolsillos en la conquista y que seguía despertando en la vieja Europa la intriga y el reto por venirse a “hacer las Américas”.  Todo sin dejar pasar por alto que esos que llegaron aquí después de infernales travesías marítimas y con no mucho más que una maleta en la mano se disponían a picar piedra si era necesario. No tenían un momento de sesteo. Se entregaron al trabajo para acumular un primer dinero que luego invertían en diversos negocios, haciendo de sus sueños realidad. Un trabajo de 24 horas para traer o formar sus familias.  Esa generación y sus hijos son el ejemplo de la Venezuela productiva.

Con un país golpeado por las malas políticas económicas, gobiernos nefastos y desidia de una población que oscila entre el negocio turbio, el sueño del dinero fácil o la dependencia emocional y económica frente al populismo, la mayoría de los que hoy retornan caminando por la frontera, se marcharon por el mismo lugar sin entender que se dirigían a países con tantas precariedades como el nuestro, con altas tasas de desempleo, con insuficiencias en los servicios públicos como para recibir oleadas como las que tuvieron que enfrentar.  A eso habría que agregar que muchos salieron sin ningún tipo de plan de trabajo o sin prepararse para sumar en sectores deficientes de mano de obra. Nadie los alertó. Desde ninguna tribuna se les orientó. Las pocas voces que se alzaron alguna vez fue para criticar a los gobiernos que ante la avalancha de venezolanos ponían controles.  Se publicaban fotos de los que trabajaron como buhoneros pero incentivando la lástima. Ahora regresan peor de lo que se fueron y por si fuera poco en medio de una pandemia cuando todos los países tienen sus fronteras cerradas.  ¿Cuál será el futuro de esas familias en estado de mendicidad y con la probabilidad de ser portadores del Covid-19? Nuestra historia parece escrita por un guionista especializado en historias apocalípticas.


Educación para el recuerdo

Por: Inés Muñoz Aguirre.

Uno de los peores aspectos de esta cuarentena que nos ha tocado vivir es la de el proceso educativo interrumpido. Ya era deficiente nuestro proceso tanto en primaria como en bachillerato.  Ya hace mucho tiempo que en el interior del país los maestros no llegan a dar clases por falta de transporte, que los niños asistían en masa porque les daban el almuerzo, pero cuando la comida faltó dejaron de ir. La educación y el aprendizaje se ubicaban en último plano de interés. Ya se echaba en falta aquellos maestros que tuvimos la suerte de tener.  Aun conservo en algún lugar de mi biblioteca un texto escrito a máquina y quizá reproducido en esténcil de mi maestra de cuarto grado Erika Anelli, en el cual insistía que fuera cual fuera el oficio o profesión que eligieras, tenías que ser el mejor, porque de eso se trata el compromiso con tu vida. Compromiso que entonces se hacía extensivo a tu país. Nuestro país. 

El maestro era un líder, un ejemplo para el niño, para la familia,  para la comunidad. Crecimos en un país de oportunidades. En la educación pública se hablaba de zonificación, lo cual significaba que tu colegio o centro de formación debía estar cerca de tu casa, por un tema  de transporte, de comodidad para el estudiante, los padres y la organización comunitaria.  Los que estudiamos bajo el amparo de la educación privada teníamos profesores guías, tenías a quien admirar y respetar, podías elegir aun cuando tuvieras que responder a las pruebas de actitud vocacional a las que te sometía el Ministerio de Educación, en la búsqueda de que no perdieras el tiempo y el Estado no perdiera recursos.

De pronto todo cambió, el maestro tan respetado dejó de serlo para convertirse en uno más del montón.  Se acababa la meritocracia y con ello además de perderse el interés en la formación se perdía el interés por trabajar en una profesión mal pagada y nada reconocida.  Recuerdo cuando hace unos cuantos años atrás, en esos programas educativos que siempre hemos desarrollado como parte de los programas que llevamos adelante en comunicación estratégica, la directora de un colegio condicionó que el equipo de futbol de la unidad educativa que tenía tres años quedando en los primeros tres puestos de una copa financiada por la empresa privada, participara a cambio de una alfombra para su oficina. En ese momento asumí que todo había cambiado y que las inquietudes, destrezas y participación de aquellos niños ya no importaban.

Por si fuera poco ahora nuestros niños confinados carecen de referencias.  Cuántas personas se han detenido a pensar en como resarcir este daño, que en nuestro caso significa descender por un pozo sin fondo.  En el mundo entero  se han generado programas concretos para enfrentar la situación, al punto que hay quejas de padres que se ven sobrecargados al tener que enfrentarse al teletrabajo y a las tareas del sistema de educación a distancia. Si hay este tipo de quejas es porque hay programas con los cuales se debe cumplir.  Entre tanto, en nuestro país la educación pública invita a dar un paso adelante a través de la televisión. Un programa en el que escuchamos a una maestra asegurar que la Central Hidroeléctrica Guri surte de agua todo el país.  Es entonces cuando revisas el pasado y entiendes todo lo que hemos perdido, pero más duro es pensar en el futuro, porque un país sin educadores es un país que se sume cada día que pasa en la ignorancia. Una sociedad ignorante es una sociedad sometida.


La deshumanización en primera línea

Por: Inés Muñoz Aguirre

Siempre escribo sobre revisarnos como sociedad, porque más allá de lo que vivimos a diario a través de la fractura de los servicios públicos, o la decisión de algunos de colocarse en una acera, que los ubica en oposición a los de la acera del frente, hay características propias de una gravedad extrema que tiene que ver con la salud espiritual, por identificar de alguna manera aquellas reacciones, emociones y comportamientos que tienen que ver con nuestra forma de actuar.

He visto con horror desde el primer caso que se notificó como víctima del Covid-19 en nuestro país, como se propagaron descalificativos. Hay burlas, señalamientos, reclamos que asocian a personas que han viajado con la culpabilidad de haber traído el virus.  He visto a una hija tratar de defender la memoria de su padre a través del twitter, como respuesta a los insultos, desprecios y señalamientos de gente que no los conoce, pero también de los vecinos que los atacan. Todo nos hace construir en nuestra mente una escena medieval en la que se elevaban las antorchas para dejar en evidencia a los que víctimas de la peste se ocultaban,  ahora se enarbolan las palabras a través de las redes sociales.

¿Cómo es que llegamos a este punto, en el que viajar es una carta que guarda mucha gente bajo la manga, para colocarla sobre la mesa con el fin de darte una estocada final? ¿Cómo es que no se entiende que ya no es un virus importado, y que la importancia de la cuarentena tiene que ver con que a estas alturas de la propagación por el mundo el contagio ya es local?

Preocupa todo lo que estamos viviendo, pero cuando comparas que en Madrid una de las ciudades más afectadas, los vecinos reciben con aplausos al que regresa a su casa como sobreviviente y que nosotros, al parecer lo que hacemos es señalar y exponer física y emocionalmente a las víctimas, descubres la otra cara de una enfermedad que puede dar a cualquiera que se salte el confinamiento, que no guarde las debidas normas de aseo y el distanciamiento social tan necesario.

Pensar en la posibilidad de perseguidos y perseguidores es una realidad que nos asoma al terror de una sociedad descompuesta que ha ido dejando a un lado su humanidad. Mientras esto sucede hay quienes piensan que estamos viviendo una etapa de nuestras vidas que nos llevará a un cambio profundo desde lo individual y que nunca más volveremos a ser los mismos.  ¿será eso verdad?


¿El WhatsApp, amigo o enemigo?

Por: Inés Muñoz Aguirre

Estos días de aislamiento a los que hemos sido sometidos por un virus, que aun no se sabe con certeza de dónde salió pueden ser el motivo para revisar algunas actitudes, ideas y comportamientos y cuidado si no es la oportunidad de reconocer otros virus que llegaron a nuestras vidas y se quedaron consumiendo buena parte de nuestro tiempo.

Un tema que me apasiona porque tiene que ver con el trabajo que realizo como asesora de comunicación estratégica es el del manejo obsesivo de las redes, el cual se ha acentuado mucho estos días, así como también ocurre con otras formas de comunicación como el WhatsApp. Una herramienta que domina a mucha gente, le consume el tiempo, en muchos casos la felicidad  y la sana relación con el entorno. 

La información en general en estos días grises anímicamente es un caos. Creemos que por tener un teléfono en la mano nos hemos ganado el derecho a reenviar todo cuanto nos llega. No priva ningún criterio en el envío de la información y todo se desliza como un tobogán que nos conduce a un pozo sin fondo.

Se percibe con claridad ese ímpetu retador del ser humano por ser mejor que el otro. ¿En qué sentido? En que pareciera que quien más envíe y reenvíe, aunque no se haya contrastado lo que se manda, los llevará a ganar la carrera. La creación de grupos ha proliferado porque se originan como feudos de sus creadores, con lo cual si usted opina lo contrario al “líder” y sus fanáticos se estrellará contra un muro de rotundo silencio o más drásticamente  con una rotunda expulsión.

He visto a editores de medios digitales reenviar sin compasión alguna información que uno como comunicador sabe enseguida que son falsas. ¿dónde queda el “ojo” del profesional?, He visto los que se emocionan y me imagino la danza de su adrenalina al tratar de demostrar que enviaron primero la información. Esos que lo reenvían todo una y otra vez sin leer y sin ni siquiera ver que ya ha sido enviada. Ocurre una y hasta dos veces en un mismo chat. (Y hay los que superan esta modesta cantidad)

En conclusión, creo que la madurez, el filtro y la decencia frente a la información está en manos de cada uno de nosotros.  Hay que bajar la  interrelación con ellas, a conciencia. En mi caso solo veo lo que manejo por mi trabajo como asesora de comunicación estratégica y como editora del portal Pasión país, que es lo que me ocupa. Selecciono lo que leeré de tal bombardeo porque lo que sí es cierto es que hay que estar informado.  Bien informado. Sobre todo en estos tiempos de pandemia. Mi reflexión incluso va más allá de lo que parece a simple vista, no podemos obviar que es muy frágil la línea divisoria  entre la locura y la cordura. ¿Cómo si no tomamos conciencia de ello podemos salir sanos de esta experiencia?


Días de silencio

Inés Muñoz Aguirre.

“Tener miedo al silencio es el temor de escucharnos a nosotros mismos”, esa fue la respuesta que me dio mi hermano cuando le comenté lo que me desespera una amiga que nunca se calla, habla sobre los demás y en conclusión no escucha nunca lo que uno dice, porque como es obvio si no callas no puedes oír. Creo que llegó el momento en que después muchos años sin escucharnos, en los que hemos pasado por una suerte de guerras, de epidemias, de conflictos raciales, de la bomba atómica, de atentados atroces, de hombres que se asientan en el poder buscando una fuerza que no tienen, le toca el turno al silencio y su llamado se produce mostrándonos que a pesar de todos los avances científicos y tecnológicos que nos permite la inteligencia del ser humano,  basta con un solo acontecimiento, en este caso un virus, para que todo quede suspendido mostrando nuestra fragilidad.

Vivimos contra reloj, moviéndonos por impulsos, en muchos casos reactivos y emocionales, nos detenemos a la hora de dormir y estamos tan cansados que no somos capaces de experimentar un instante de introspección que nos permita buscarle respuestas certeras a lo que nos pasa. La ruptura con ese tan necesario proceso interno de indagar en nuestras emociones es lo que nos coloca en situaciones extremas en las que habitualmente no encontramos soluciones.  El ejemplo de mi amiga me sirve también para aplicarlo a nuestra sociedad, repetimos, no analizamos, olvidamos la humildad para imponer nuestras opiniones, no escuchamos a nuestro “liderazgo”, porque ese liderazgo tampoco nos escucha.

No puede ser casual que la vía de contención que se ha encontrado en todo el mundo sea la del aislamiento, ha disminuido en todo el planeta la contaminación sonora, han bajado el tono todos los políticos que vociferaban sus ideas y consignas. El cielo despejado nos habla del cierre de millones de industrias. Los peces regresando a los canales de Venecia anuncia la descontaminación de las aguas.

A todo esto le podemos sumar como un aspecto clave la introspección. Ella nos brinda también la oportunidad de que ese silencio en el que estamos sumidos nos conduzca a valorar nuestros aciertos y reconocer las equivocaciones como sociedad.  Ese reconocimiento debería traer consigo la enmienda de tantos errores cometidos en los últimos años para salir fortalecidos. El respeto es clave en un mundo donde se deben tener derechos y deberes. Donde las acciones deben ser en consonancia con los discursos.  Donde en definitiva el ejercicio ciudadano nos debe llevar a ser exigentes con los que hemos elegido para la administración de nuestros bienes, ya se trate de bienes naturales o los que surgen del pago de nuestros impuestos.  

Ojalá este silencio nos permita separar los derechos sociales del discurso político.  Ese es el camino más sano para avanzar hacia una mejor calidad de vida, hacia una sociedad en la que hablemos cada vez que nos corresponda y hagamos silencio para escuchar al otro cada vez que sea necesario.

No creo que una situación como esta que nos ha tocado vivir y que seguramente superará con creces cualquier experiencia social de las generaciones más recientes,  arrope al mundo con la fuerza con que lo hace, para que una vez que acabe, pasemos la página con la indiferencia de siempre.  Vamos a contribuir a que cuando se rompa el silencio nuestras voces sean más diáfanas, más comprometidas, más relacionadas a la acción, la estrategia, la verdad, el respeto y la solidaridad. ¿O creen ustedes que esta sordina es un evento más? 



No hemos aprendido nada.

Por: Inés Muñoz Aguirre

Hay experiencias que me horrorizan porque me enfrentan al país que no hemos dejado de ser y si eso es así significa también que no hemos aprendido nada.  Veinte años en la vida de una persona “normal” representa experiencia, decepciones, alegrías, asombro. Hablan de madurez, transformación y tantas emociones y sensaciones de esas que ayudan a forjar el carácter, que no pasan desapercibidas.  Sin embargo en nuestra sociedad hay señales que parecen indicar que cambiamos la forma pero no el fondo.

En estos días me tocó conversar con un electricista quien en cuestión de treinta minutos me habló de presupuestos para trabajos de electricidad que oscilan entre los seis mil y nueve mil dólares. Me habló de los que no aceptan casi en un acuerdo general billetes de un dólar. Recordó que le dio un dólar con cincuenta a un mesonero y este se lo devolvió porque consideró que su propina era un insulto. Me contó, no se si quejándose o presumiendo, que su esposa se gasta entre veinte y cincuenta dólares diarios en chucherías, pulseritas o collares.  Pienso que yo lo miraba a través de esa angustia que te produce el no saber quien está mal, si él o yo, de lo que si tengo certeza es de la cara de desprecio con que me miró cuando le afirme que yo necesitaba mi presupuesto en bolívares.

Incapaz de hacerme ni de hacerle a él un diagnostico sicológico porque lo que soy es periodista, lo único que puedo es pensar que en Europa cuando das un euro de propina casi te besan la mano, que en Estados Unidos la propina equivale al 10% de un buen servicio y si das menos te preguntan qué fue lo que no te gustó. Pensé en que el billete que más circula es el de uno, porque si pagas con uno de cincuenta te miran la cara y si pagas con uno de cien será pasado por el escáner. Veinte o cincuenta dólares representan el salario diario de un gran sector de la población. Finalmente los seis o nueve mil dólares pueden representar un año de sueldo o un año de alquiler.

En conclusión, tales comentarios del electricista en cuestión, me conducen a pensar que estamos peleando por convertirnos en el único país del mundo que devalúa el dólar, eso pudiera ser una señal de que tendemos a destruirlo todo.  También puede ser una señal de que la ganancia económica, el negocio “puro y duro” está por encima de cualquier reflexión.  Que el “Ta barato dame dos” de la época de mayor abundancia sigue presente, que no hay educación, regulaciones, ni reflexión posible que contribuya a un verdadero cambio.

Siempre me pregunto que pensarán de nosotros aquellos cuya vida cambió en medio de una guerra, los que por ser perseguidos y exterminados resurgieron de sus cenizas en personas que se convirtieron en grandes profesionales, investigadores insignes, por decir lo menos.  En los que emigraron de sus países con una maleta en la mano y dejaron todo atrás para convertirse en otras tierras en constructores, empresarios, agricultores.  Si no hemos aprendido nada nuestra situación como sociedad es mucho más grave que los que criticamos a “simple vista”.  Creo que la conclusión a la que puedo llegar ante este tipo de preocupaciones es que llegó la hora de comenzar a vernos nosotros mismos, porque al final el país es lo que habita en cada uno de nosotros.



El juego de la miseria

Por: Inés Muñoz Aguirre

Siempre existió una tendencia a proclamar y mostrar la imagen del empresario como un explotador. Un buen día se instaló la costumbre de que el trabajador antes de pasar su renuncia, iba al ministerio del Trabajo para asesorarse y evitar con ello que el dueño de la empresa, lo robara.  Esa actitud ya era un mal síntoma. 

Recuerdo una vez que asistí junto a un empleado a dicho ministerio, porque había recibido un cálculo que lo desfavorecía. Como yo no tenía dudas frente a lo que le tenía que pagar, le dije que yo lo acompañaría a solicitar la reformulación.  Nunca olvidaré el desprecio con el que fui tratada cuando llegué. El empleado del ministerio me dijo que no me podía atender, porque ellos no estaban allí para atender dueños. Me retiré golpeada emocionalmente, porque al parecer había hecho mucho mal en mi vida por tener mi propia empresa.

Durante muchos años se gestó  a sotto voce el resentimiento. La idea de que una parte de la sociedad no tiene porque hay otra parte que se la quitó también se había instalado.  Si los que dan trabajo son malos no hay muchas esperanzas para esa sociedad, mucho menos en un país globalizado.

De pronto empezaron a desaparecer los trabajadores, esos que antes eran también una pieza clave: plomeros, electricistas, albañiles, jardineros.  Al grito de “exprópiese”, la celebración se hacía evidente y la reacción inmediata era la del aprovechamiento, el despilfarro y finalmente la quiebra de empresas que habían sido muy productivas.

Desapareció también el personal doméstico, se multiplicaba el trabajo para la mujer profesional que llegaba a su casa después de ocho o diez horas de labor para resolver lo que antes resolvía un hombre o una mujer, que no gastaba su sueldo porque comía y dormía en la casa,  que recibía apoyo para sus hijos con alimentos, ropa, útiles escolares, que cuando se iban  contaban con prestaciones.

Nada de esto tiene una larga historia porque somos un país joven.  Después de todo muchos creyeron el discurso que se tejía a diario, desvalorizando la formación, la educación y el trabajo.  Se iniciaba tal como que si se tratara de un reality show el juego de la miseria. Hoy son muchos los protagonistas que apuestan a que más vale el trabajo independiente, prefieren no tener prestaciones, vacaciones, no tener capacidad de ahorro, ser trasladados como el ganado en camiones, pertenecer a grupos despersonalizados en los que hay alguien que barre el metro cuadrado que ya otro barrió. Los que en otro momento fueron empleados de alguna casa, de alguna empresa, caminan harapientos por la ciudad, se redondean pidiendo en las esquinas, revisando basureros, cobrando a diario por el trabajo realizado sin que exista otra relación ni compromiso.

Las sociedades que protagonizan tales juegos, también protagonizan el retraso, la ignorancia, el conformismo.  Los problemas que tenemos no pueden seguir reducidos a la política. Ante tanta miseria ¿cuál será el camino de una sociedad en la que urge restablecer el reconocimiento a la empresa privada, a la clase media generadora de empleo, a la formación, al compromiso y a la especialización?



No más los “yo” para nuestra sociedad.

Por: Inés Muñoz Aguirre

No es fácil asistir a reuniones donde ves como se exhibe el “yo”, con tal desfachatez que la gente baja la voz al mínimo, pierde capacidad de movimiento y de intercambio y se postra a los pies del que ansioso demuestra un supuesto conocimiento sobre un tema en cuestión. sin posibilidades de recibir ni escuchar argumentos distintos a los que esboza convencido de que solo él tiene la razón.

El “yo” se ha hecho dueño y señor de la reunión, se regodea en lo que sabe y se lo restriega a los demás no con el gusto del intercambio, si no con las ganas locas del reconocimiento y el aplauso.

El yo”  parece tener vida propia, toma un matiz especial, da un brillo singular a la mirada, se apodera del cuerpo entero, que erguido se luce en el medio del salón. Llegado a este punto un sequito con sus “yo”, respectivos golpeados por los años, las malas experiencias, la crisis, la desesperanza escuchan como hipnotizados. Cuando ello ocurre comienzan los aplausos desmedidos, la ausencia de crítica. Llega el momento de quedarse prendido a la frase que conecta con lo que se quiere oír decir, no con lo que hay que decir.

Si alguno de los asistentes aun defiende la posibilidad de expresar sus ideas diferentes, será visto de reojo, alguno le dará un codazo a otro en señal de desaprobación y hasta serán capaces de preguntar quien eres y de exigir si es posible que muestres tu currículo. En estos grupos que han surgido en nuestra sociedad para discutir los problemas que nos agobian sigue imperando el que si no eres amigo de, podríamos decir en lenguaje coloquial que estas fregado, porque por más válida que se la información que tienes pasará desapercibida.

No puedes ni debes  contrariar al “yo”,  quien no se mostrará desconcertado ante cualquier palabra tuya, pero te clavará la mirada con la fuerza de dos dardos envenenados y buscará en sus bolsillos los argumentos suficientes para desvalorizar lo que dices y seguir triunfador  su camino en la búsqueda de la alabanza.

Esta historia se repite con frecuencia en distintas instancias. La mayoría de esos “yo”, te hablan que pronto superaremos nuestra crisis,  que el país se enrumbará de inmediato. Finalizará la reunión y muchos se irán satisfechos porque las citas de libros, autores, recuerdos históricos impresionan a la audiencia.  Tanto que a lo largo de la historia de la humanidad muchos supuestos lideres han logrado el fervor de sus seguidores, gracias a las citas de libros, y autores que tal ven nunca han leído.

Cualquier cambio en una sociedad pasa por superar conceptos caducos sobre liderazgo, información, capacidad de análisis y comunicación. En un mundo avasallado por la información, por una nueva forma de liderazgo construida a partir de las nuevas y veloces formas de comunicación, hay que revisar la incapacidad de quienes no se adaptan a ello, desde la construcción de un análisis profundo sobre lo que significa la ciudadanía, la gobernanza, la gestión  y la co-ciudad, no se deje engañar por las promesas de cualquier “yo”, también nosotros desde el papel que corresponde a cada quien en la sociedad, papel que pasa por elegir, votar, proponer, cambiar y crecer debemos asumir que  el mundo se mueve a una velocidad vertiginosa en la que permitir que los “yo” sigan avanzando  le resta a sus seguidores la posibilidad de crecer.



La resistencia al cambio

Inés Muñoz Aguirre

Hace muchos años mientras comía con un amigo extranjero en un restaurante de nuestra ciudad, él me hacia una observación que estoy segura que en el momento no entendí en toda su dimensión.  Hoy recuerdo su voz firme: “los venezolanos tienen un grave problema con la figura del padre, no dan paso a las nuevas generaciones y les encanta elegir de presidente a un viejito”.  Rafael Caldera había llegado a su segunda presidencia.

En primera instancia pensé que era lógica tal afirmación ante la figura del nuevo presidente y ante la imagen que vino a mi cabeza de un sociedad en la que la mayoría de los hogares estaban conformados por mujeres solas que hacían de padre y madre por distintas circunstancias, pero que al final daban siempre el mismo resultado: la ausencia del padre.

Ese comentario ponía sobre el tapete un tema recurrente en nuestro país, que iba mucho más allá que el hecho de referirse a que comenzaban a gobernarnos personas muy mayores. La resistencia al cambio por parte de algunos dirigentes puso a prueba a una sociedad joven que terminó por cansarse.  Llegó al punto en que decidió no seguir apoyándose en un bastón y se produjo  un cambio abrupto respaldado por altísimos porcentajes de participación.  Vividas las experiencias que nos han tocado como sociedad se produjo una fractura, un antes y un después, una desvalorización de muchos conceptos que nos identificaban como y que hoy nos entrega una desarticulación generalizada.

El tema visto muchos años después,  sin la presencia de mi amigo quien se fue del país y estando casi segura de que el lugar donde comíamos terminó por cerrar,   me preocupa mucho más que en aquel momento. No se si la desesperación hace que nuestra sociedad voltee la mirada hacia supuestos “lideres” que cuando hablan apelan a las experiencias sociales de hace cuarenta o cincuenta años atrás, manteniéndose aislados de los cambios que experimenta el entorno, en medio de una globalización de la que no podemos escapar.  No incorporan en su análisis los cambios rotundos que han arropado a la sociedad.  No ven sus propios errores porque es más fácil culpar al otro. No escuchan porque siempre tienen la razón. La desconexión con buena parte de sus oyentes nos muestra el desconocimiento del sentido estratégico.

 Muchas veces me pregunto, qué hemos aprendido. También me pregunto qué buscamos. Los bastones han desaparecido por diversas circunstancias, pero ahora más que nunca contamos con una sociedad que espera que llegue alguien a resolverle los problemas.  Ahora más que nunca entiendo la reflexión de mi amigo, solo que ya no nos importa la edad, con tal de que los lideres que volteamos a ver , nos ofrezcan todo lo que un padre debe resolver.

¿Dónde quedan nuestras exigencias y la posibilidad de que aun nos encontremos con personas, que crean en el viejo dicho de que no hay que dar el pez, si no que hay que enseñar a pescar? ¿Somos en realidad una sociedad de huérfanos o de niños abandonados? Mientras sigamos buscando un padre en el otro, es señal de que aun nos falta mucho por crecer. 


El primer paso para un cambio

Por: Inés Muñoz Aguirre

Una sociedad dividida en dos bandos generalmente es consecuencia de un proceso en el que  uno de los dos lados comienza a actuar en función de lograr dicha división.  El mensaje de estás conmigo o no estás, se impone y empieza a surtir su efecto, hasta que el otro lado comienza a enarbolar los mismos argumentos, creyéndose o asumiéndose desde la otra acera.  Al final los dos bandos son iguales, utilizan la discriminación, el insulto, la descalificación. Promueven la separación, la división. Siembran la desesperanza. Se empeñan en hacer creer a los demás que tienen la razón. Culpabilizan a terceros de sus errores y problemas. Si el culpable es del otro bando mucho mejor. 

Con el paso del tiempo se vuelven incapaces de poner en marcha acciones positivas, se lamentan, amenazan, utilizan la cuota de poder que manejan para reprimir al otro. Utilizan palabras soeces, se burlan y descalifican.  Terminan por no darse cuenta que culpan al otro de lo mismo que ellos practican.  Se aíslan y tiendo a pensar que uno de los aspectos más graves es cuando descubren que en el medio de los dos bandos hay una porción social que trabaja, desea y promueve seguir adelante, porque ambos grupos se empeñarán en destruirlos alegando que no les interesa el país. El descubrimiento los descoloca y proceden a descalificar.  Promueven la generación de sentimientos de culpa porque no han tomado partido por uno de los dos.

El radicalismo es una posición muy grave porque en la mayoría de los casos denota falta de cultura, de información, de educación.  A veces es producto de una de las emociones más detestables que puede experimentar el ser humano como es el resentimiento. Es el reflejo de quienes van por la vida con gríngolas que le impiden mirar alrededor.  En ocasiones puede ser manifestación de un ego tan encendido que su propietario puede estar convencido que siempre tiene la razón. Pero también puede ser característica  de quien es incapaz de manejar sus emociones y de experimentar una desconexión con la realidad, que les impide ver los diferentes matices.

No hay duda de que entre el blanco y el negro existe el gris, que entre una acera y otra, hay una calle o una avenida en la que la gente transita de un lado a otro.  No hay duda que entre dos montañas hay un valle, entonces es lógico plantearnos que en lugar de dos formas de pensar pueden haber tres o muchas más. 

Cuando dejas de estar en los extremos, desechas la queja, la depresión, te activas y terminas por dar valor a cada minuto de tu vida, a cada gesto, cada palabra.  Si te encuentras en un extremo, prueba a brindarte cierta flexibilidad como un primer paso a reencontrarte con lo más sano de tu espíritu. 


No al abandono

Inés Muñoz Aguirre

Caminas por el medio del museo y sientes que estás en el centro del mundo. Giras en la esquina de la galería para apreciar mejor la exposición en blanco y negro sobre la guerra civil española.  Ves las ciudades vueltas escombros, los rostros macilentos, la destrucción en la mirada que termina por resignarse. El gesto firme que ha llevado a pueblos devastados a resurgir de sus escombros para brillar de nuevo.  En otro espacio puedes ver las obras de Vincent van Gogh llevadas a lo audiovisual, llevadas a la interrelación libre con el espectador, tan independiente todo que te indican que te puedes acostar en el piso o bailar en el medio de la exposición. En el teatro puedes descubrir como Drácula también se vuelve contemporáneo. En la música te recreas al punto que casi flotas y al final de todas las experiencias que te visten con el ropaje de un mundo que avanza entiendes que de eso se trata, que aun en las peores circunstancias el truco está en no detenerse. Que las máximas expresiones artísticas tienen detrás de ellas una terrible historia, pero ni las más catastróficas circunstancias callaron las voces de sus creadores.

No en balde en medio de grandes crisis han surgido movimientos como el Dadaismo, o el Surrealismo. Los artistas son capaces de tomar los elementos que se deshacen en medio de las pugnas, de las pretensiones de saltos ideológicos, de los ascensos y descensos de los que luchan  por el poder y recomponer lo que sucede a través de su mirada y sus medios de expresión.  No en balde el teatro en diversas ocasiones se ha apoderado de los rincones más oscuros. Los pintores han sido capaces de transformar el más profundo dolor en la más bella expresión de las artes como ocurre con el Guernica de Picasso.  Los escritores han contado una y otra vez como la humanidad parece recrearse en repetir una y otra vez los mismos errores. La música ha transformado todas las voces en un coro sin fronteras. Si indagamos más descubriremos como sucede lo mismo con  la ciencia, la tecnología, la educación, el emprendimiento, por mencionar algunas áreas claves.

Quizá pensamos que afuera  del ámbito que hemos elegido para actuar nada  cambia. Seguirán las injusticias, el hambre, la guerra, la locura que genera el poder,  pero mientras más personas buscan la posibilidad de expresarse a través de lo que hacen, las sociedades se encaminan a construir los eslabones necesarios para tiempos mejores.  Lo que no es válido es poner el destino en manos de unos pocos que venden ideas incapaces de concretarlas. No puedes elegir a terceras personas para que decidan por ti, sin que tengas la posibilidad de celebrarle la buena decisión o sancionarle la mala.  No puedes escuchar los discursos que solo te ofrecen una visión negativa, vengan de quien vengan.

Lo cierto es que  cuando caminas  en medio del museo,  de la galería, te sientas en la butaca del teatro, o simplemente caminas por la acera observando los detalles de la calle  entiendes que cada día tienes el reto de darte una respuesta que te satisfaga y que te estimule a seguir adelante. El hombre resurge de sus cenizas de forma constante, porque el mundo habita en cada uno de nosotros. No te confundas  aunque te entregues a la queja y a la falta de acción el mundo sigue girando y quizá un día, te descubras solo consumiéndote en tu propio abandono


La nueva vida del pasquín

Por: Inés Muñoz Aguirre

Mi abuela me contaba numerosas historias de las cosas que ocurrían en su pueblo.  Desde pequeña yo pensaba en escribirlas y en poder compartirlas con los demás, sobre todo aquellas que me parecían increíbles o en algunos casos exageradas.  Una de ellas tenía que ver con como sin ningún remordimiento de conciencia se procedía a destruir la reputación de cualquier persona con la que no se estuviera de acuerdo.  Se escribía una frase en su contra,  fuerte, grotesca, que contribuyera al desprestigio y en multígrafo o a mano, es decir de uno en uno, se escribía o se imprimían lo que para la época se llamaban pasquines.

El pasquín jamás se distribuía a la luz del sol, se hacía como se hace todo lo que busca hacer daño, al amparo de las sombras.  Se metían por debajo de la puerta y al amanecer, casi como la pólvora se encendía el rumor, se murmuraba en las esquinas y corredores lo que después de todo, en cuestión de muy poco tiempo se convertía en la comidilla. Cuando yo le preguntaba qué originaba tal situación, ella me respondía que casi siempre tenía que ver con la política.  Para esta historia en particular tenía que ver con la guerra que existía entre Adecos y y los partidarios de URD. No importaba parentesco alguno si tenían que defender las ideas de sus dirigentes, hasta el extremo de que el prefecto (URD) mandaba a poner presa a su hija (AD) con bastante frecuencia.

Entonces pienso que hemos sido siempre los mismos, que la historias se repiten una y otra vez. Con el paso del tiempo solo cambian los instrumentos y aunque en la Venezuela de hoy  el desprestigio se ventila  durante las 24 horas del día, a plena luz del sol y sustituyendo los pasquines por las redes sociales, los motivos que nos movilizan no han cambiado.

La agresividad que hace de cada red un paredón de fusilamiento es mucho más incisiva porque es directa, sin el sonido del papel, sin el aroma de la tinta y el misterio que propiciaba compartir su contenido al amparo de la llama de una vela. La victima es expuesta para ser despellejada a palabra pura.  Se me hace contrario el sentimiento que propicia al avance tecnológico con la falta de progreso emocional en muchos casos.  Se me antoja síntoma de una fractura social de tal dimensión que nos pone al margen del avance. Y no es que en otros países en los que el tema político o de diferencias ideológicas no cuente también con su “rabo de paja”, lo que preocupa son las obsesiones. Tendríamos que revisar por qué nos complace derribar arboles y después hacer leña de ellos. Hacernos estas preguntas, nos permite un alto, la posibilidad de revisión y por supuesto la posibilidad de enmienda en los casos necesarios. Si hay respeto nadie merece un pasquín pero en el fondo estamos frente a una sociedad desesperada que lo que clama son rayos de luz, que le permitan avanzar sin creer que estamos todo el tiempo al borde de la hoguera. Cuando reconozcamos tal necesidad y nos empeñemos en dar respuestas certeras y accionar desde lo individual habremos salvado las distancias entre las historias de ayer y las de hoy.

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