La sazón en la historia

PRIMAVERA EN NUEVA YORK 22.   CAP 4, NUEVA YORK AL AIRE LIBRE

Josu Iza

#En Nueva York el cielo es más azul, la hierba más verde, las chicas son más bonitas, los filetes son más gruesos, los edificios son más altos, las calles más anchas y el aire es más fino que el cielo, la hierba, las chicas, los filetes o el aire de cualquier otro lugar del mundo #.  EDNA FERBER.

Vuelta a Nueva York, regreso a los cielos azules – para compensar los grises de Chicago – y a la vida primaveral que ya está llegando a su máximo esplendor, con los árboles y su ropaje de hojas nuevas, brillantes cuando las acaricia el sol, regalando una agradable sombra a los viandantes, que pueblan las calles en estos días radiantes de mayo. No es que los neoyorkinos no salgan  de su casa cuando aprieta el invierno con su nieve y sus gélidas temperaturas, pero en esta época del año, las aceras, las terrazas, los jardines y plazas están a rebosar de gente considerando que todavía no ha llegado el turismo, salvo en los fines de semana que afluyen los visitantes, desbordando parques, calles y locales. 

Aprovechando que el clima nos consiente, salimos de paseo para visitar el Storm King Art Center, que se encuentra en Cornwall, a hora y media al norte  a orillas del Hudson y cuyo nombre hace honor a la Storm King Mountain que rodea la hacienda donde están instaladas las esculturas gigantes al aire libre. Calder, Louis Bourgeoise, Sol Lewitt y David Smith entre otros, exponen sus trabajos monumentales en un entorno natural donde resaltan por sus formas y colores. Seis kilómetros de suave caminata entre bosque, lagos y pradera nos aporta arte y ejercicio por el mismo precio; NY luce un día espléndido a nuestra partida matutina, pero Storm King se envuelve en una ondulante niebla – dando un carácter fantasmagórico al entorno – que va despejando a medida que avanza el día.

Ya a media tarde la temperatura y el esfuerzo nos exigen descanso y refugio: varios pueblos pequeños están alrededor del centro de arte y entre ellos muy cerca – en un recodo del Hudson –  está West Point y su museo, de manera que aprovechamos para visitar la mítica Academia Militar orgullo de los Estados Unidos. Y para finalizar tarde y paseo, nada mejor que un toque técnico en  Newburg y su Newburg Brewing Beer: ahí se elaboraba cerveza desde antes de que George Washington estacionara su ejército hace 200 años; de sus 70 variedades nosotros probamos unas IPA (Indian Pale Ale), Nanoboss con notas de fruta tropical, Megaboss sabores cítricos y Gigaboss con 9 grados de alcohol y aromas florales; todas con su sabor característico IPA, amargo e intenso, para mi gusto lo mejor de las cervezas artesanales del momento. Pensarán que pasamos todo el día sin meter nada en el cuerpo después de un desayuno copioso, pero en vista de que íbamos a caminar bastante, salimos de la casa con una buena provisión de Sandwiches de Jamón ahumado de Virginia y Queso Gouda de cabra con su mostaza, en un pan campesino Sourdough crujiente horneado en Whole Food – el paraíso de los hipsters en Williamsburg -,  que devoramos sin piedad después del maratón. 

La mayoría de las personas que visitan NY lo hacen con el tiempo contado, así que tratan de aprovechar al máximo las jornadas; además es necesario – por aquello de lo que ahora llaman la foto del sitio emblemático – ver los 25 mejores lugares de la ciudad que recomiendan las guías en una semana, que se pueden observar circulando en el autobús turístico TOPWIEW de doble piso descubierto (a veces da lástima ver como sufren los turistas en los días de frío y viento) y de esa manera poder mostrar en las reuniones con amigos y familiares el selfie delante del toro de Merry Lynch en Wall Street, en el rooftop del Empire State, en la puerta de San Patrick o en la entrada del Hotel Plaza……y así hasta los 25. Casi siempre los tours se hacen en Manhattan excepto algunos aventureros que toman el Ferry gratis a State Island ida por vuelta, a donde no van sino los que viven allá porque no hay nada que ver que merezca la pena. Pero NY tiene otros barrios con zonas de interés, como es el caso del Bronx, que aunque carga con una merecida mala fama de lugar peligroso, considerarlo así sería confundir la parte con el todo, porque el Bronx tiene emplazamientos amables, especialmente en el norte. Uno de esos vecindarios es el barrio de Belmont, donde está el Zoo y el Botanical Garden. Visitamos un día el primero, partiendo de la Main Avenue en Kew Gardens Hill de Queens, en el Bus Q44-SBS (Special Bus Service que tiene de especial ser un bus articulado), atravesando el East River por el Whithestone Bridge, para llegar al Zoo. Varios kilómetros dentro de un bosque domesticado con 6.000 animales repartidos en sus parcelas, simulando su hábitat natural; tigres, camellos, búfalos, ciervos, aves,……y lo más impresionante, los rinocerontes, carros de combate orgánicos y acorazados; en total 650 especies en una superficie de 107 Has a través de la cual fluye suavemente el Bronx River.

Unos pabellones de  estilo Beaux Arts se agrupan en los jardines en los que destaca la Fuente de Rockefeller, el millonario que la compró en el Lago Como, la mandó desmontar, empaquetar y trasladar a NY para instalarla en el Zoo en 1903.  Lo bueno de ver animales y plantas durante horas es que a seis cuadras nos queda Arthur Avenue, el eje del barrio italiano – donde se filmaron A Tale of Bronx y Greenbook – que de arriba hacia abajo o al revés está llena de restaurantes, tiendas de comida, panaderías, carnicerías, fábrica de quesos y todo lo que puedas desear relacionado con la comida; de paso una de sus transversales, la 187 Street, es el complemento de toda la oferta gastronómica que se ofrece en el barrio. Nosotros, como es costumbre cuando queremos probar varias cosas, vamos al Retail Italian Market: un mercado con diferentes puestos que permiten comprar su mercancía y consumirlo en sus mesas, pidiendo la bebida aparte; de todos ellos Mike´s es el mejor negocio a pesar del carácter del propietario con el que tengo un incruento “contencioso” desde que una vez le pedí parmesano, me miró medio feo como quien mira a un hereje sacrílego y me aclaró con su acento italoneoyorkino “parmeeeeeeggggiiiiaaaannnooooo”. Desde entonces, cuando llego al puesto nos saludamos,  nos miramos de  reojo y trato de que me atienda cualquiera de sus empleados porque para un italiano de Belmont una ofensa que tenga que ver con su comida es un asunto delicado. Ese día nos preparamos una bandeja con Coppa picante, Prosciutto, Parmeeeegggiiiaaannnooo, Salami, Aceitunas con orégano y Pan con sésamo, acompañado de unas Peroni bien frías. Tarta de queso Ricotta y Macciato y quedamos como nuevos. Al salir del mercado, es un ritual entrar en la Panadería Madonia para comprar galletas de almendras en tres texturas, para tener en la casa y  picar algo dulce cuando provoca, que es casi siempre. 

Riverdale es el barrio más próspero del Bronx: al principio de su desarrollo residencial fue un distrito de propiedades de magnates de Manhattan que construyeron sus mansiones de campo a finales del S XIX – en una de ellas vivía Mark Twain – y se mantuvo así durante casi un siglo hasta que un aumento de la población de religión judía a final del XX cambió la esencia del vecindario que tiene numerosos parques y extensiones de vegetación y bosque original y es una de las elevaciones más altas de NY, lo que le brinda vistas del Empire State, el George Washington Bridge y New Jersey Palisades al otro lado del Hudson. Su gran Parque Van Cortlandt es el pulmón verde de la zona y hace de frontera entre  Riverdale y Woodlawn un barrio proletario en contraste con Riverdale, al que llaman Little Ireland y donde sus dos avenidas principales – Katonah y McLean –  son un reducto de pubs, restaurantes, tiendas y centros con sabor irlandés al estilo de Belfast o Dublín.  Lo mejor del día, aparte del aire fresco y el paseo, fue almorzar en Liebman´s Kosher Deli,  último de los más de cien Delis de comida judía que había en el Bronx en 1953; ahora el hijo del fundador sigue al frente del negocio con los mismos platos y las mismas recetas como por ejemplo, ¿quién no capitula sin condiciones ante un Beef Flanken in the Pot Guiso de costillas, un Gefilte Fish Quenelles de pescado, un Kasha Varnishkas Pasta en Lacitos con Farfalle y la Cheese Cake con fresas?. Esa noche no cenamos, nos conformamos con un té de jengibre y una manzana.

Por último, el domingo Día de la Madre, nos aventuramos a ir hasta City Island – “los Hamptons del Bronx” – , una isla situada al noreste de Pelham Bay, en un largo viaje de tres Buses, el Q20A el Q50 y el Bx29 que llega hasta la zona y de la que habíamos oído que era un conjunto de marinas y restaurantes de pescado y marisco donde gusta ir a los vecinos de NY. Amaneció un día medio nublado y fresco, pero íbamos preparados para cualquier eventualidad;  preferimos llegar hasta el final de la isla – de unos 2.5 km de largo – y caminar de vuelta hasta el principio donde se une a tierra firme con un puente ancho y corto. Las vistas sobre la bahía son espléndidas y en cada pequeño golfo hay un muelle con embarcaciones – supongo que para el tiempo veraniego – y en cada cuadra un restaurante a ambos lados de la calle; los del final son los más populares donde te pones en una cola, pides, pagas y te sientas en cualquier mesa de un comedor abierto, comes y te vas. Son restaurantes inmensos con estacionamientos gigantes para que los clientes puedan llegar, no como nosotros en bus, sino en su propio vehículo. Ese día en concreto todos estaban llenos, con colas de gente esperando varios turnos para celebrar con las madres, vestidos de domingo, con bolsas llenas de regalos y despachándose unos festines pantagruélicos. Los restaurantes del comienzo de la isla son de mesa y mantel, cubiertos y servicio de mesoneros, son formales no de comida rápida; acertamos porque éramos sólo dos personas  – en general las mesas eran de familias completas – y conseguimos un puesto en Sea Shore, con vistas a la bahía y al puente, con mucha público pero al menos con una mesa cómoda aunque rodeados de cientos de personas. No es cuestión de ponerse exquisitos en City Island y menos en el Mother´s Day, así que nos pedimos unos Calamares fritos, un Branzino (Lubina) entero a la parrilla que vino acompañado de Papas fritas y una Ensalada difícil de ubicar en su estilo con Camarones, además del plato de Antipasti con un Pan campesino, Cornbread y mantequilla que pusieron en la mesa sin pedirlo, consistente en Pimentón asado, Encurtidos, Aceitunas y Hongos al ajillo. He visto en este país platos grandes, desmesurados, enormes, descomunales y exagerados pero estos eran de Record Guiness; el resultado fue que el largo viaje de vuelta con sus tres etapas de autobús, nos sirvió para hacer  la digestión en las dos horas de camino hasta llegar a la casa. Tampoco cenamos esa noche como es lógico, después de semejante almuerzo.

Y  de todas estas cosas que comimos en esa semana al aire libre, me gustaría reseñar – para terminar este artículo –  la receta de ese Flanken in Pot, fácil de preparar y apropiado para un almuerzo – nunca para una cena porque se necesitan varias horas para digerir – en compañía de unos amigos glotones. 

RECETA DE BEEF FLANKEN IN POT: INGREDIENTES: Flanken (Costillas de res sin hueso) 1kg cortado con su gelatina y grasa. Cebolla 200 gr. Ajo 2 dientes. Caldo de res. Vino tinto 1/2 litro. Zanahoria 500 gr. Laurel 1 hoja. Salvia 1 puño. Sal y pimienta negra. Pasta de tomate  taza.  Aceite vegetal 2 Cu. PROCEDIMIENTO: Sellar bien los trozos de carne y reservar. En esa misma olla de hierro sofreír la cebolla y el ajo bien picados. Agregar el vino y dejar que evapore el alcohol, añadir la zanahoria cortada en rebanadas en chaflán, el caldo, la pasta de tomate y la carne con las hierbas. Con el horno precalentado a 350 F,  la olla tapada, dejar 90 minutos y comprobar hasta que la carne se deshaga en mechas. Servir con un buen pan y el resto del vino y alguna botella más por si acaso. Se come con cuchara para aprovechar el caldo espeso. 

PRIMAVERA EN NUEVA YORK. SEMANA EN CHICAGO CAP 3

Josu Iza

DEDICADO ESPECIALMENTE a nuestros primos Kineret y Yossi Zabner, nuestros generosos Cicerones en Chicago.

# Chicago es una ciudad que nunca tiene que compararse a sí misma con ninguna otra ciudad. Otros lugares tienen  que compararse con ella. Es grande, extrovertida, dura, obstinada y donde todo el mundo tiene una historia # ANTHONY BOURDAIN. 

En esta nuestra tercera semana en USA, nos acercamos por la que llaman no sin motivo “la ciudad de los vientos”, y podemos comprobar que no hay urbe en este país que se compare con Nueva York, salvo esta metrópoli que se acuesta en el este con el lago Michigan – cuyo tamaño le hace parecer un mar – y en una inmensa llanura  se extiende “ad Infinitum” hacia los restantes puntos cardinales. Dividida por un río en forma de Y griega invertida, su zona central – norte y sur – es del tamaño y opulencia de Manhattan, con enormes edificios de oficinas y vivienda – clásicos y vanguardistas – calles llenas de comercio, restaurantes, bares y líneas de metro elevadas que aportan color y dinamismo al paisaje urbano.

Después de un vuelo apacible atterizamos en el  Aeropuerto O’Hare lejos del centro,  al cual llegamos con una conexión entre el metro Blue Line y un Bus 76 que atraviesa diferentes barrios a lo largo de hora y media. Mientras esperamos el cambio al bus – ya en la superficie – podemos apreciar eso que  los meteorólogos llaman sensación térmica por debajo de la temperatura que marcan los termómetros; llegamos a nuestro destino en Lincoln Park y por sorpresa nos encontramos con un Trader Joe´s para poder abastecernos de lo mínimo necesario, dejar el equipaje y salir a nuestro primer paseo de reconocimiento. Con la tarjeta Ventra para el transporte combinado por una semana, nos vamos a la zona que recuerda a Manhattan y que aquí se denomina River North Gallery District. Las calles y avenidas de esta parte de Chicago son una réplica  de la City de NY con el mismo trajín de gente en sus aceras pero  en apariencia  menos estresada. Hay una gran diferencia entre la primavera  neoyorkina – más cálida y apacible – con la invernal de esta ciudad pero diera la impresión de que el público está más que acostumbrado a su clima porque mientras nosotros caminamos encogidos y con las manos en los bolsillos para mantener las manos calientes, los aborígenes pasean relajados y sonrientes.   Quizás el aire sea más húmedo pero el aroma a cannabis es similar en las dos ciudades después de su legalización y la posibilidad de comprarlo en las numerosas tiendas del ramo.  Al final de la tarde ya casi no queda gente por la calle porque es martes, hora de retirarse y sobre todo por la temperatura que gracias al ligero viento, es agresiva e induce a tomar el bus de vuelta y rematar el día con una cena ligera pero reconfortante a resguardo en nuestro alojamiento. Una buena ensalada bien surtida, crema de salmón ahumado y una botella de Campoviejo de la Rioja nos hacen olvidar los pesares del viaje y del paseo.

Hoy jueves es otro día pero amanece con el mismo clima, frío pero seco, lo cual permite disfrutar de la calle pero protegido por cuatro capas y gorro de lana. El plan es visitar el Art Institute of Chicago, una institución ubicada en un edificio amplio y muy iluminado, en pleno Parque del  Milenio – el Central Park de Chicago – y cuya colección de arte moderno no tiene nada que envidiar  a ningún otro museo, especialmente las salas dedicadas a la pintura modernista en todos sus movimientos artísticos. Son varias horas las que pasamos recorriendo sus tres pisos y a media tarde el apetito hace sonar las alarmas, viéndonos obligados a terminar con nuestro periplo: cruzando la Michigan Avenue – arteria principal de la ciudad – entramos en el Restaurante Acanto, un italiano del cual tenemos algunas referencias pero el instinto nos dice que nos puede deparar  una buena sorpresa;  como el cuerpo pide calor, una Sopa de Fagioli con espinacas y parmesano y  Albóndigas con una espesa y suculenta Salsa Napolitana nos reconfortan ampliamente. Una torta de chocolate con helado de café y un Montepulcciano tinto son el remate perfecto para un almuerzo que cumple de sobra con las expectativas. Chicago es famosa no solo por Al Capone o Michael Jordan, también es célebre por la calidad de su cocina italiana, especialmente  una variedad de pizza local llamada Deep Dish, que más parece una Quiche, con su masa hecha con aceite de maíz y aceite de oliva y que más tarde vamos a reseñar.

Con toda esa energía en el cuerpo, nos aventuramos a pasear por la orilla del río, un curso de agua cuyas orillas norte y sur están cosidas por puentes donde se nota realmente la brisa y que son el balcón del Riverwalk, un paseo que está a la altura del agua, atestado de restaurantes y cafés con sus terrazas, que se puede recorrer a pie o en los barcos que hacen el trayecto para mostrar a los turistas la arquitectura que enmarca a manera de una  gigantesca pared, el cauce fluvial. Entrada la noche comienza una leve llovizna, poco intensa pero helada que invita al transeúnte  a refugiarse para evitar males mayores. Toca regresar a casa con el bus – evitamos el metro para poder aprovechar el trayecto y ver la ciudad en la superficie – y llegamos justo antes de que la llovizna se convierta en  lluvia y nos despachamos con otra ensalada suave para compensar el banquete del almuerzo tardío. 

Teníamos que regresar al Milenium Park el viernes – en realidad un centro cultural con varios puntos de interés como el Art Institute, la Buckingham Fountain o el  Butler Field –   para ver el resto de cosas que el espacio vegetal ofrece. Lo mejor el Jay Pritzker Pavillion,  anfiteatro al aire libre de Frank Gehry, un escenario gigante con un retablo escultural que recuerda al Museo Gugenheim de Bilbao con las mismas placas de titanio, de donde parten gruesos tubos de acero que sirven de soporte para focos y altavoces, que llegan al final de la platea de grama y que solo es usado en los meses veraniegos; enfrente queda la gran escultura The Bean,  el objeto mas visitado por los fotógrafos amateurs – nosotros incluidos – que agotan las baterías de los celulares en el reflejo curvado que crea efectos sorprendentes de la pieza.  

Habíamos reservado para un almuerzo-cena temprana a las 5 de la tarde en el Restaurante Apolonia, un lugar en el Near South Side – la zona donde es poco recomendable ir por su mala fama – , pero nos encontramos con un barrio reconvertido y habitado por gente joven que nos recordó mucho a cualquier barrio de Brooklyn recuperado de su pasado industrial con un entorno amigable; el local tiene una decoración minimalista y funcional y se ve que la inversión está en los equipos de cocina que está al frente de los comensales. Un pan esponjoso inflado con trufa, perejil frito y aceite de oliva con ajo de aperitivo acompañado de un tinto suave Milenrama tempranillo. Rigatoni con Calamares y una Pasta rizada – de cuyo nombre no puedo acordarme – con puntas de espárragos y de postre un curioso tres texturas de pistacho con helado, bizcocho y garrapiñado. Otra de las cosas por las que es conocida esta metropolis además de por la brisa constante, es por el Blues de Chicago, un ritmo que impusieron en los 50 músicos procedentes del Sur abanderados por Muddy Waters y otros como Buddy Guy. Ritmo que  llevaron al cine The Blues Brothers – John Belushi y Dan Aykroyd – en los 90 rindiendo homenaje a la ciudad, donde hay docenas de bares y clubes en los que se puede escuchar blues en vivo y tomar un par o más de tragos como los que nos tomamos en el Buddy Guy LEGEND’S Bar Blues, para rematar la noche del viernes, muy concurrida por cierto de gente de todo pelaje. Gente variopinta y divertida. 

The Untouchables, la película de Brian de Palma sobre Elliot News y Al Capone tiene su momento culmine en la escena de la escalera en la Unión Station en Chicago – que rinde honores al filme Acorazado Potemkin de Sergei Einsenstein -. Esta estación de trenes tiene todo el aspecto de un templo Greco-Romano, en su fachada y en su interior con arcos, columnas y estatuas alegóricas. Desconozco el motivo pero al mediodía del sábado está llena de una tropa de Amish que viajan para Ohio donde hay una comunidad grande de anabaptistas.  Pero la Union no es el único detalle de grandiosidad en esta ciudad, capital oficiosa del MidWest; a cuatro cuadras está  La Willis Tower y su  Skydeck en el piso panorámico 103. Con sólo hablar del vértigo se despierta el apetito y almorzar en Eataly es una apuesta segura: pizzas de Portobello y Prosciutto con Queso de Cabra, para seguir paseando y descubrir la última novedad de diseño y menú de Mac Donald’s, el Burger de Gordon Ramsay, El Chop House – los mejores cortes de carne – y el Jewell Market, una joya de mercado. Al final de la tarde subimos al 360 Chicago, un Rooftop en el John Hankcok Building a 94 pisos y  trescientos metros de altura, en un ascensor con un cartel que aconseja tomar aire profundo para compensar la presión del despegue. La vista es impresionante de día pero cuando  la tarde se hace noche,  la ciudad se ilumina, la niebla que se levanta del lago juega entre las gigantescas torres iluminadas y se viste de colores, produciendo una escena que recuerda al comienzo del filme Blade Runner. A esa altura entra un aviso de tornado y decidimos bajar y tomar el bus hasta la casa, minutos antes del arranque de  un aguacero torrencial con rayos y truenos de acompañamiento que vemos a través de la ventana, con una salchicha polaca gigante con mostaza y una IPA bien fría.

Domingo es un buen día para visitar el museo,  casa y taller de Frank Lloyd Wright en Oak Park; un primer Bus 76- que atraviesa Belmont, el México Town de Chicago – hasta Harlem y otro Bus 90 hasta el museo que a la vuelta pasa por Belmont Harlem africano en el Bus 65. Otra versión de la ciudad que solo se puede percibir si nos aventuramos por allá. Entre ida, visita guiada para apreciar mejor el trabajo del arquitecto – FLW rompió con todos los esquemas de la época victoriana –  y vuelta son 6 horas, que terminan en Navy Pier, un muelle al final del Milenium especie de Coney Island  del que nos retiramos gracias al viento fuerte que sopla desde el Lago Michigan. Todavía no sé por qué pero entramos por primera vez en Five Guys, una cadena de burgers, a la que Obama recomendó como la mejor del mundo y que después de probar creo que debería enviar una queja por triplicado a la oficina del expresidente para reclamarle su mal gusto. Lo mejor, el maní que regalan a la entrada. No dio para más el día. 

El lunes comienza como una jornada tranquila con una sesión de Spa, sauna. jacuzzi y piscina antes del desayuno. Después un largo paseo, gracias a la buena temperatura, por el barrio North Halsted, al norte de Lincoln Park con sus cuatro cuadras de barrio gay, adornado con sus banderas multicolor, buenas tiendas, bares y restaurantes y un magnífico ambiente. En uno de sus locales, Fired Ramen nos comimos, como corresponde,  un ramen de cerdo con noodles y unos dumplings picantes de langostinos con una Pilsen de toronja para apagar el incendio. Regreso a casa después de cinco horas de caminata, siesta y paseo nocturno en sentido contrario al de la mañana por Clark Street hasta Old Town, residencial y con buen comercio. Vuelta en bus a la casa para hacer maleta porque mañana hay que volar a NY, cena ligera y sueño temprano.

Es martes y horas antes de ir al aeropuerto salimos a dar un corto paseo y desayunar cachitos de jamón auténticos venezolanos en Stein, un café cercano atendido por compatriotas. Y para llegar relajados al vuelo, la última sesión de baño turco y piscina, cierre de maletas y nos dirigimos a O’ Hare,  Bus 76 y Blue Line pero en dirección contraria. Disfrutamos mucho de Chicago y nos vamos con el deseo de regresar en otra ocasión. Gran ciudad, nos queda mucho por descubrir, pero creo que será en época veraniega.

RECETA DE DEEP DISH. MASA:  Levadura 10 gr. Harina 2.5 Tazas. Agua tibia 3/4 taza. Aceite de maíz 1/4 Taza. Aceite de oliva 1 Cu. Sal y Azúcar. RELLENO: Salchicha italiana 250 Gr. Queso Mozarella 350 Gr. Parmesano 150 Gr. Salsa tomate espesa  con albahaca y orégano 250 Gr.    PROCEDIMIENTO: Disolver levadura con el agua y el azúcar. Agregar aceite de maíz, harina y sal y amasar bien con las manos. Poner el aceite de oliva en un bowl y colocar la masa humedeciendo con el aceite. Cubrir y dejar que leve en un lugar tibio. dejar durante 4 horas y amasar de nuevo. En un molde alto, aceitar con aceite de oliva y extender la masa como si fuera una Quiche, colocar en capas la mozarella, el tomate, la  salchicha, tomate de nuevo y por último el parmesano. Horno fuerte por 20 minutos hasta que el queso se dore. Servir caliente y con un buen vino tinto.

Primavera en Nueva York CAP 2

Josu Iza

Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. – PAUL AUSTER.

Durante la primera semana en NY la vegetación urbana  cambia su plumaje blanco a rosado y ya brotan las hojas verdes ampliando la sombras en las avenidas que tienen la suerte de contar con  árboles  en ambas aceras. La primavera se afianza en Brooklyn a pesar de que algunos días el clima se rebela y se siente el frío ayudado por la brisa que sopla procedente del East River, el curso de agua que la separa de Manhattan. Cuando se llega a la ciudad, como siempre, hay que cumplir con el rito obligado de ponerse al día para poder vivir como aborigen: compra de tarjeta de transporte, tarjeta SIM para el celular y abastecimiento de despensa y nevera en los sitios habituales; Trader Joe’s para envasados, empaquetados,  lácteos y frutos secos; Foods Bazaar para vegetales, carnes, pescados y mariscos, además de los embutidos polacos en Kizska y las cosas especiales que no se consiguen en otros lugares, solo en el mercado chino de Grand o de Queens. Es tanta la oferta y la calidad de los productos que se nos ofrecen a la vista que para un amante de la comida, es el paraíso y la perdición al mismo tiempo.

Han pasado varios meses de nuestra visita anterior y se percibe en las calles y en los transportes una sensación diferente después de dos años de encierro y privación. Las zonas comerciales y de negocios tanto de Manhattan como de Brooklyn recuperaron el ritmo anterior a la epidemia; las torres de oficinas de bancos y corporaciones están llenos de nuevo, con lo cual las horas de desayuno y almuerzo se llenan de gente que o bien comen dentro de los locales o compran para comer en el parque, la plaza o caminando con el café en una mano y el sandwich en la otra.  

Con el COVID prácticamente dominado – aunque todavía hay miles de puntos de prevención  para hacerse exámenes gratis  – la falta de máscaras  permite ver de nuevo las caras de los transeúntes que reflejan alegría y alivio en general, sin olvidar los amargados profesionales  – un personaje frecuente en NY – que siempre ostentan un rostro de tono avinagrado. Me cuentan que en dos años la gente acumuló mucho ahorro y ahora con la vuelta a la normalidad, el dinero corre como la pólvora; las tiendas, los restaurantes y terrazas lucen llenos y ya se sabe que dinero, comida y caña alegran la vida de cualquier mortal. 

Salvo algún paseo esporádico a Manhattan o Queens, nuestros primeros días en la ciudad se centran en este vecindario de Williamsburg – que es una ciudad en sí mismo. Para comenzar la historia de esta semana voy a mirar a Long Island City que a  pesar de pertenecer a Queens es una continuación de Brooklyn, solo separado por el Newton Creek, un arroyo – aunque aquí arroyo le dicen a un río en toda regla – que se dirige al sur y llega hasta el barrio industrial de Bushwick, coloreado por los miles de grafitis gigantes que adornan sus galpones -. Long Island se ha desarrollado como todas las zonas antiguamente industriales y ha sufrido el mismo proceso de gentrificación;  su eje central es la Jackson Avenue, que termina en el metro elevado que viene del Queensboro Bridge junto a los nuevos edificios acristalados y varios Markets nuevos con sus ferias de comida: Jacx & Co, un espacio muy sofisticado, el más popular City Acres y Chesse Shop, una tienda de quesos y embutidos con su propio restaurante Murray´s Cheese Bar. Caminando hacia el sur  por Jackson de puede visitar el Museo de arte moderno PS1, la sede en Long Island City del MOMA, poco antes de cruzar después el Pulanski Bridge bien a pie o en bus y entrar en Greenpoint. 

Este barrio al norte de Brooklyn, es todavía una zona de población mayoritariamente de origen polaco aunque – al igual que toda la costa – ha recibido nuevos vecinos, jóvenes profesionales, artistas y emprendedores, que se han asentado en los edificios antiguamente industriales y reconvertidos en viviendas y negocios. Hay una lista de buenos restaurantes pero dos especialmente a destacar : Oxomoco, un magnífico mexicano de vanguardia y Glasserie, con un menú de Oriente Medio con un toque en su cocina del gran Yotam Ottolenghi. Caminar por Greenpoint en estas fechas primaverales es poder disfrutar de sus parques – Mac Carren – y avenidas – Manhattan y Nassau – donde se puede ver esa mezcla de eslavos de varias generaciones que hablan en su lengua materna, que  se mueven en sus panaderías, restaurantes, mercados y pastelerías tratando de conservar sus costumbres en contraposición a las tribus de jóvenes de varios orígenes que aportan frescura al barrio. 

Hay colorido y mucha energía en la atmósfera de  Greenpoint que es la continuación de  Williamsburg, al que se llega caminando por todas las avenidas paralelas al East River, que fue el primer vecindario que comenzó con la renovación urbana en Brooklyn. Bedford Avenue es el eje de Willi, aunque todas sus calles tienen un gran ambiente; conocida por ser el centro de la “nueva cultura hipster” es en realidad la zona más cotizada desde hace dos décadas, cuando los primeros “pioneros” se mudaron de Manhattan buscando más espacio y mejor precio para vivir, siendo todavía un barrio industrial, proletario y con el estigma del delito y la prostitución. Nada de eso queda en Willi, ahora solo se ve gente feliz, relajada, sonriente, amable con alto poder adquisitivo, artistas y profesionales de la comunicación y el diseño – que pueden engañar a la vista por su vestimenta sencilla y descuidada de los bohemios alternativos – que muchas veces recuerda a esos músicos de jazz de los años cuarenta en los que se inspira el modo hipster, aunque no son la mayoría de su población. Además de gozar de una vida urbana muy tranquila al margen del trajín de Manhattan, los habitantes de Williamsburg son amantes de la comida de la que pueden disfrutar en los cientos de restaurantes que pueblan la zona. Devoción, así como suena, una cafetería colombiana con su propio tueste, Mogador un restaurante marroquí, Montesacro especialista en Pinza romana, Winson un cantonés increíble, Allswell hamburguesas y papas trufadas y entre otros muchos buenos hoy nos vamos a quedar con Winona’ s, que vamos a reseñar al final y que por casualidad los dueños abrieron en pleno barrio Jasídico, al otro lado del Williamsburg Brigde, que hace de frontera entre laicos y religiosos aunque ambos conviven con la mayor naturalidad. 

Cruzar la calle Broadway al lado del puente, es como atravesar una frontera de otro país porque cambia radicalmente el público que deambula por sus calles. El negro es el color predominante de la vestimenta de hombres, mujeres y niños que además se adornan con pañuelos y sombreros. Muchos autobuses escolares amarillos estacionados en sus calles, porque hay muchos infantes en esa comunidad  que van a sus escuelas o Jeshivas y que dan mucha alegría  como contrapeso a la seriedad aparente de sus adultos que siempre parecen tener prisa y estar ocupados en algo. Grill on Lee, Cheesy Kosher, Weiss Bakery, Brooklyn Bagel o Sander’s son una muestra de los lugares donde se puede degustar auténtica comida Askenazi centroeuropea. 

Durante dos años las calles de Brooklyn se llenaron de terrazas provisionales en sus calles para que los usuarios de los cafés y restaurantes pudieran sentarse a comer, luchando contra el frío o el calor en espacios pequeños separados por pantallas a cubierto parcialmente de las inclemencias del tiempo; propietarios y clientes se veían preocupados y poco alegres pero ahora , aunque parte de esas terrazas permanecen, ya se puede comer y beber dentro de los locales;  los muchos bares con música en vivo – otra de las cosas que más aman los newyorkers – están llenos y animados como antes. 

Siguiendo la costa hacia el sur se puede llegar a otros barrios como Navy Yard, Dumbo – entre los puentes de Manhattan y Brooklyn -, Red Hook – el mejor Lobster Roll en Lobster Pound -, Sunset Park – maravilloso Shawarma de Salmón en Sahadi’s en Industry City – , Bensonhurt y sus buenas pizzas en cualquiera de los italianos en 18 Avenue – , Coney Island y Manhattan Beach – la terraza de Liman con su pescado fresco y  buen marisco a pie de mar – . Todos estos vecindarios han tenido la misma evolución que sus hermanos de  Brooklyn, especialmente a destacar Dumbo con Timeout Market, una feria de comida de lujo frente al agua, muchos restaurantes y cafés bajo el puente azul de Manhattan. 

Pero vamos con Winona’ s, un restaurante muy original en plena Flusing Street y su particular menú del que probamos Smoked fish paté, Steelhead Trout Crudo, Charred Pork Belly , Braised Leeks ,Duck Fat Potatoes y los postres Olive oil Cake y Chocolate Budino. La receta de las Papas fritas en grasa de pato y aplastadas, recuerdan a la técnica para hacer unos tostones; fáciles de preparar y deliciosas para acompañar o para aperitivo con una buena copa de vino tinto. 

Así ha sido esta semana en Brooklyn, que a mí parecer es el centro de la vida gastronómica – sin ofender a Manhattan – de la ciudad de NY y donde la gente lleva una vida de trabajo y diversión dentro de un ambiente más suave y relajado, con restaurantes alejados de la filosofía turística de las cadenas de comida, donde los.chefa innovadores pueden desarrollar sus ideas culinarias porque tienen un público conocedor, exigente y con alto poder adquisitivo a pesar de no parecerlo. 

RECETA DE PAPAS CON GRASA DE PATO con Ali Oli de Wasabi: Papas de tamaño pequeño compactas 1 kg. Grasa de pato, se puede comprar en el mercado chino del Bosque, 1 kg. Huevo 1. Aceite oliva 500 cc. Sal y pimienta. Wasabi en polvo 1 Cu. PREPARACION: Freír las papas con su concha en la grasa de pato. Cuando estén blandas se sacan y se golpean aplastando sin romper. Volver a freír para.que doren. El Ali Oli se hace en licuadora, con el huevo completo, el Wasabi, sal y pimienta y añadiendo el aceite en un hilo suavemente hasta que la crema emulsione. Comer acompañando con un vino tinto con cuerpo.