Un libro tiene revolucionada a España. Tanto que la polémica que desató en ciertos sectores el Premio Planeta de Juan Val pasó rápidamente a segundo plano.

Se trata del libro firmado por la “socialité” Isabel Presley. No voy a hablar ni de ella ni del libro por el que se debe haber pagado muy bien para su realización. Voy a hablar de lo que se pone sobre el tapete con su publicación: la importancia de las cartas.
En una época donde las acciones se convierten en algo efímero, que un libro esté en el tapete porque contiene ocho cartas firmadas por un Premio Nobel de Literatura, nos habla de cuáles son los elementos valiosos en las formas de comunicación del ser humano.
Las cartas siempre han tenido valor propio. Existe el género epistolar con el fin de reconocer la carta como forma de comunicación.
Ya alrededor del año 500 antes de Cristo, se cuenta que la reina Atosa inició la escritura de la carta en el reino de Persia.
En la literatura son numerosos los libros que recogen y dan valor al género. Mencionaré algunos: Cartas de amor de una monja portuguesa, Cartas a Theo de Vincent van Gogh. La carta de Oscar Wilde escrita en la cárcel, Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke.
Ya de Vargas Llosa se publicó Cartas a un joven novelista (1977). En él comparte su conocimiento con los jóvenes escritores. Así como hay una serie de publicaciones que incluyen las cartas que intercambiaban los autores del boom latinoamericano: García Márquez, Cortázar, Fuentes y el mismo Llosa.
Otros libros que contienen las cartas de escritores como César Vallejo o las cartas que escribió Emilia Pardo Bazán a Galdós. Podríamos hacer una larga lista: Kafka, Stefan Zweig, Séneca. En fin, testimonios en todas las épocas que han trascendido en el tiempo.

En este caso, alguien entendió que poseer unas cartas de amor de un Nobel de literatura pasa a ser un tesoro inigualable. La lástima de este caso no es ver o leer cómo un hombre enamorado es capaz de escribir frases que podríamos calificar de “cursis”, porque a todos nos gustaría recibirlas de la persona que amamos.
La lástima es que las cartas de un escritor de este nivel estén publicadas en este libro. Una biografía centrada en historias de amor con hombres reconocidos. En la popularidad de los hijos. Anecdotarios de cirugías plásticas y una conclusión contundente más allá del contenido de estas páginas: el Nobel la amó.
Sin duda, este libro venderá dentro de su público natural, aquellos que sostienen el negocio de la crónica rosa española. Las cartas de Vargas Llosa aportarán un público que comprará el libro para acercarse a lo íntimo de un autor que en sus últimos años se movió en el mundo superficial en que se ha sumido la sociedad contemporánea.
La otra cara de este tema es que todo esto nos permite recordar que, aun así, las grandes bibliotecas siguen sosteniéndose y conforman un tesoro. Llenas de libros maravillosos. De seductoras biografías de personajes históricos e inolvidables. Ellas representan el valor, el contenido, la memoria, el testimonio de la humanidad. Resguardan lo valioso de las ideas y las palabras.
En conclusión, lo cierto es que, a diferencia de lo que contiene nuestro mundo tecnológico de hoy, bañado por el rosa de lo superficial y de la apariencia, lo que está escrito, escrito queda. En muchos casos, muy bien resguardado.



4 respuestas
Muy fino y equilibrado comentario en donde la literatura queda muy bien parada y la frivolidad en su lugar. Gracias por compartir
Gracias por tu comentario que indica la maravilla de ser un buen lector. Siempre habla de la importancia de saber leer entre lineas.
Muy atinado comentario. Felicitaciones.
Excelente reflexión. Resaltar la importancia del intercambio epistolar que hasta no hace tantos años uno atesoraba, y que lo efímero y poco tangible de las redes y la mensajería electrónica ha banalizado. ¿Cómo se documentarán estos intercambios históricos entre autores contemporáneos? No sé qué pensar sobre la verdadera historia de Isabel Preysler, no será un libro que leeré. Pero las cartas son testimonios escritos en papel, y lo que está escrito, escrito queda. Y las librerías son, como dices, el testimonio de la humanidad.