Hay una Venezuela que no conoce de prisas, donde el reloj se mide por el ciclo de la cosecha y el saludo es un ritual sagrado. Para encontrarla, hay que dejar atrás las cumbres nevadas de la Sierra Nevada y adentrarse en la vertiente que mira hacia los llanos occidentales. Allí, serpenteando entre abismos de verde infinito y neblina, se despliega la Ruta de los Pueblos del Sur. Recorrer esta ruta es aceptar un pacto con la tierra. No es un viaje de velocidad, sino de contemplación. Desde que se sale de la ciudad de Mérida, el paisaje comienza a transformarse: el páramo rudo da paso a valles templados donde el café y el trigo conviven en una armonía que parece de otro siglo.
Pueblos como Canaguá, Chacantá, Aricagua y Mucutuy son mucho más que puntos en un mapa; son refugios de adobe y teja donde la arquitectura colonial se mantiene viva, no por decreto, sino por costumbre. Aquí, las plazas son el corazón del mundo y las iglesias, con sus fachadas impecables, son el orgullo de cada comunidad. Lo que verdaderamente define esta sección de nuestro camino es su gente. El habitante de los Pueblos del Sur posee una cortesía que sobrecogedoramente genuina. Es el campesino que detiene su mula para dar los buenos días, la mujer que ofrece una arepa de trigo recién salida del budare y el artesano que teje la crineja con una habilidad heredada de los abuelos.