No sé si les pasa lo mismo que a mí. Lo cierto es que no soporto la música a todo volumen en lugares como el supermercado. Mientras empujo el carrito de la compra y trato de concentrarme en lo que necesito. Pienso en cuál será el concepto que se aplica a decisiones como estas de subir el volumen al máximo y de obligarnos a los que estamos ahí, tratando de sortear a los que nos tropiezan, que nos tongoneemos (mínimo los hombros) mientras tratamos mentalmente de rendir el dinero.
¿Se supone que el volumen exagerado de música bailable te inducirá a la alegría, te estimulará a hacer una compra mayor? ¿Debemos suponer que compartir en el supermercado significa gritar para que la otra persona nos escuche? ¿Significa que la compra es un estado puro de máxima felicidad?
El que decide este tipo de ambientación pensará que así se relaciona con clientes más felices, satisfechos, optimistas. Supongo yo. Es obvio que no respondo a ese “patrón” que ellos buscan. Me gusta la música, pero por supuesto a ese volumen de ambiente que nos estimula, nos acompaña y, en muchos casos, nos emociona.

En algunos casos, cuando el volumen sobrepasa nuestros pensamientos, solo pongo un pie adentro y será suficiente para que me dé la vuelta y decida ir a hacer mi compra a un lugar tranquilo y agradable. Busco un espacio donde pueda disfrutar de una compra que hay que moderar porque el solo hecho de realizarla hoy en día es algo de por sí estresante cuando pensamos en los precios.
Este atentado, multiplicado de voces que en esta época entonan El burrito sabanero, se reproduce en múltiples negocios. Tiendas, restaurantes, zapaterías, jugueterías. Todos se contagian, menos los vendedores, que en la mayoría de los casos reciben a los clientes con cara de “pocos amigos”. Reacción natural después de escuchar la música bailable a tan altos decibeles desde el momento mismo en que abren las puertas del negocio. Mínimo unas diez horas de sometimiento sonoro, porque al fin y al cabo, uno como cliente entra y sale.
Recuerdo cuando se hablaba de las ordenanzas sobre ruidos molestos. Las mismas limitaban el volumen de los equipos de sonido y los horarios. Ya nadie se acuerda de eso, ni de lo que se conoce como contaminación sonora. ¿A quién le puede importar eso? Si afuera del local donde usted se encuentre se escuchan las cornetas, el sonido de las motos, los carros con escape libre, el ronronear de las compactadoras, la música de los vecinos. Los parlantes de vendedores ambulantes y de los que juegan a dar discursos a través de un megáfono.
Lo peor, no sé si ustedes piensan lo mismo, es cuando llegas a un restaurante en el que la música hace mucho que forma parte del espacio. Entonces, es inevitable que usted grite para que lo escuche el de al lado. A su vez, ese grita para que lo escuche el otro. El mesonero grita para solicitar la orden. Todos gritan, a veces entendiendo por qué lo hacen. Otras veces gritan sin saber por qué. Pero la música siempre estará por encima de cualquier deseo que se tenga.
Habrá quien entienda que la felicidad, la productividad y el esparcimiento se pueden lograr con la música a todo volumen y habrá los que, como yo, salgan corriendo. ¿Usted qué hace?


