
El teatro dentro del teatro, protagonista indiscutible.
Inés Muñoz Aguirre
De pronto y después de mucho tiempo me vi allí entrando al estacionamiento del Teatro Teresa Carreño como lo han hecho cientos en estos días. Con nuestras entradas adquiridas vía la eficiencia de una página digital y todas las expectativas que nos generó el montaje de Hamlet, del cual ya habíamos escuchado hablar a otros colegas de la prensa quienes fueron convocados a la función de estreno.

No es fácil dirigir y actuar un texto de Shakespeare, el más universal de los dramaturgos, tampoco es fácil opinar sobre él y las consecuencias que deja su trabajo. Siempre encontraremos altibajos y expectativas no cubiertas porque todos los personajes de este autor británico tienen una dimensión que los hace casi inalcanzables, como consecuencia del fuerte movimiento de sus pasiones. Por eso sus interpretaciones se las han peleado actores de la talla de Sir Laurence Olivier, que representan el pináculo de la actuación a donde todo interprete quiere llegar.
Hoy por hoy es un misterio que una obra estrenada en 1602 sea capaz de soportar las miles de versiones que se han hecho en más de cuatrocientos años. Lo que sí es cierto es que su estructura dramática que raya en la perfección, es mucho más que un sueño acariciado por muchos directores. Toda su obra te acerca a un autor (Hay quienes sostienen que eran varios los que escribían), y a un reto constante.
Entre tanto los tiempos cambian y esta historia siempre sirve de espejo para que las sociedades busquen en ella el reflejo de lo que les acontece. Shakespeare nos planta frente a las tragedias que suele llevar la humanidad sobre sus hombros debido al mal manejo del poder.
Este Hamlet dirigido por José Manuel Suárez nos coloca ante al trabajo de un director que encuentra en este texto considerado como el más largo del autor, los hilos de los cuales agarrarse para innovar, romper esquemas y arriesgar. El primer reto que vencer fue realizar un montaje en el cual la totalidad de los papeles son interpretados por mujeres. Tal propuesta pareciera levantarse como respuesta a un teatro Isabelino en el que era impensable que una mujer subiera al escenario, con lo cual Ofelia y La Reina Gertrudis fueron interpretadas por hombres.
No eran momentos aquellos como para creer que Hamlet sería interpretado por mujeres sin embargo llegaría el momento en que lo hizo Sara Bernhardt. Corría el año de 1899 cuando la celebre actriz francesa lo representó en el Teatro La Princesa de Madrid. La actriz danesa Asta Nielsen lo hizo en 1920. Se habla también de interpretaciones realizadas por Margarita Xirgu y Nuria Espert.

El nombre de estas actrices nos muestra como este personaje forma parte de las apiraciones de todo aquel hombre o mujer que desee crecerse en el escenario. Más recientemente fue interpretado por la española Blanca Portillo quien recrea a un personaje construido a partir de un polémico análisis psicologico.
Aquí, sobre el escenario del Teresa Carreño, al bajar la luz de la sala se abre la caja de Pandora. Estalla una música actual, bailable, que contemporaniza el ambiente, que lo hace festivo, melancolico a ratos. Con la orquesta en vivo se incendian los ánimos. José Manuel Suárez rompe el tiempo y el espacio porque borra los límites. La escenografía hecha en tubos, en distintos niveles y sacando provecho a un escenario que gira se redimensiona con el apoyo de una iluminación que habla, vibra, marca las emociones a través del color, mientras las pantallas refuerzan las distintas atmósferas. El vestuario nos conduce hacia el pasado para casarse con una época.
A medida que avanza la representación vemos un claro juego en el que el director supo diferenciar con claridad sus debilidades y fortalezas para sacar lo mejor de cada una de ellas. Se arriesgó con las caracterizaciones las cuales aprovechó al máximo en las grandes actrices que son Elba Escobar y Carmen Julia Álvarez para la interpretación del Rey Claudio y de Polonio. Un peligroso Riesgo del cual sale victorioso. Elba Escobar demuestra una vez más en la creación de su personaje lo que hemos sabido siempre: el teatro le corre por las venas.
De la presencia y el tono dramático de Nohely Arteaga construyó una Reina Gertrudis que jamás pasaría desapercibida en ninguna corte. Delineó una Ofelia en la que explotó el conocimiento del canto lírico que posee Grecia Augusta. Los personajes de Laertes, Horacio y el Rey Hamlet definidos con claridad y delineados a través de la naturaleza de cada actriz.
Todas conforman, cada una desde su instancia particular, el coro ideal para acompañar la interpretación que hace Daniela Alvarado de un Hamlet que maneja con fuerza ese vendaval de emociones que conforma la estructura psicológica de un personaje lleno de luces y de sombras. Un personaje que es capaz de expresar: “demasiado soberbio, vengativo y ambicioso, con más maldades en la cabeza que ideas para explicarlas, imaginación para describirlas, o tiempo para cometerlas”. ¿El momento cumbre de esta actriz? el de la realización del monologo más representado en la historia de la humanidad: …ser o no ser… La actriz dejó fluir el texto con las cadencias necesarias. Finamente cuidado este momento de la interpretación. Conmovedor.

Así como el director apostó a un movimiento continuo sobre el escenario, el serpenteante subir y bajar a través de las rampas que nos ubica en el ascenso y descenso emocional de cada personaje, no hay duda de que su gran recurso escénico fue el manejo grupal. La presencia de los soldados cuyas marchas llegan a retumbar en perfecta coreografía. El del pueblo en ocasiones, con el que llegó incluso a manejar a través de lo vocal, un tono estridente, el del rumor que chirria hasta hacerse presente en los rincones que posee toda sociedad. Trabaja hasta convertir la propuesta del teatro dentro del teatro en la gran protagonista del montaje, gracias al coro de comediantes.
Una sucesión de cuadros escénicos, casi procesionales con la participación de los comediantes dan los toques de risa, de color y de ritmo incontenible que son necesarios descifrar con pinzas en la obra shakesperiana para entender que efectivamente, la tragicomedia funciona si se saben manejar las dos caras que representa. En este montaje se anudaron de forma creativa y sutil.
Este trabajo producido por Claudia Salazar Gómez nos abre la puerta hacia el necesario reencuentro con nuestro teatro.Nos permite volver la vista hacia un director que se presenta sin miedos. Nos recordó como pueden confluir sobre el escenario el pasado y el presente. Hamlet nos hizo regresar al espacio escénico más importante de nuestra ciudad.
Este esfuerzo, es sin duda un trabajo que representa lo mejor de lo que somos. La confluencia profesional de mucha gente que merece un prolongado aplauso de pie.


Los Influencers mucho más de lo que parece.
Inés Muñoz Aguirre
Julie Restifo y Javier Vidal forman un binomio creativo inseparable. De ese trabajo continúo nació J Creativa y contra viento y marea han construido una historia importante dentro del teatro venezolano. Entre sus más recientes trabajos está Los Influencers, un título que es sin duda un guiño a los términos que ha impuesto la moda de las redes sociales, pero que después que ves la obra adquiere otra dimensión. Te permite entender que la “evolución” de la comunicación en la que se da paso al comentario superficial, a la hipnosis que produce el uso de la imagen, a la compra de seguidores, no podrán opacar jamás a seres como los protagonistas de esta historia: Sofia Imber e Isaac Chocrón, que como bien expresan en algún momento de la obra son y serán siempre los verdaderos “influenciadores” de la opinión pública. En principio no por ser precisamente ellos (que también) , si no por representar a quienes logran la reacción del otro, la opinión y el seguimiento por el conocimiento, liderazgo y carisma que se posee en “vivo y directo”.

Este texto dramático además tiene la bondad de ubicarnos en un periodo de nuestro país, en el que también existían los “círculos cerrados”, las alianzas entre amigos, la búsqueda de los beneficios que otorgaba el Estado, con una clara diferencia con el presente: la cultura tenía su cuota de importancia (Aunque siempre nos parecía poca) y el talento y la preparación de quienes estaban al frente de las distintas instituciones era indudable. Gente estudiosa, comprometida con lo que hacían y no en balde con un reconocimiento nacional e internacional que acariciaba de tal manera sus egos que se terminaba por construir unos “dioses” que fueron cayendo con el tiempo, destronados por una revolución que pretendía acabar con todo, pero que no ha podido borrar el pasado y lo realizado porque no han podido hacerlo mejor. Los cascarones vacíos en que se convirtieron las obras de aquel momento son la mejor prueba de la falta de gestión y de objetivos, por no mencionar la falta de conocimiento y preparación. Herramientas fundamentales para alcanzar el éxito.

Es indudable que además de la risa que le produce a los espectadores los desencuentros entre estos dos “titanes” de la cultura, si nos permitimos pensar un poco más allá de lo que vemos y leer las “entrelineas” del texto dramatúrgico el espíritu crítico está presente, en una memoria que además recurre a unos cuantos guiños como el nombrar a personas que en su mayoría son familiares a la audiencia. Referencias que actualizan, familiariza y en algunos casos nos premia con una anécdota en torno al personaje mencionado.
Las actuaciones como siempre ocurre con estos inigualables actores, impecables. Acudieron al recurso de las caracterizaciones que se nota con mayor evidencia en el personaje de Chocrón. Julie Restifo logra una Sofía, cuya interpretación nos regala una actitud corporal inconfundible, apoyada en la voz, tan bien lograda que se pueden cerrar los ojos y escuchar con claridad al personaje. Ambos personajes se descubren y redescubren entre ellos. El espectador también tiene la oportunidad de encontrarse con las inquietudes personales que sirven de plataforma a la obra de Chocrón y a lo que significa hacer un buen periodismo, porque la obra nos cuenta como la Imber hacía entrevistas previas a los que después serían entrevistados en su programa. Periodismo sin debilidades y sin sorpresas.
Sin duda alguna hay que ver esta obra, no se la pierda porque ya están en las últimas funciones.


Una fiesta salvaje de Boris Vian, un canto hacia las pasiones humanas
Gabriela Márquez
“La mer a bercé mon coeur pour la vie” /
“El mar me ha agitado el corazón de por vida”
La emblemática y conmovedora canción de Charles Trenet, titulada “La mer”, da inicio a la obra teatral “Una fiesta salvaje de Boris Vian” presentada por el director de teatro, productor y crítico musical Federico Pacanins, de la mano de la Embajada de Francia en Venezuela y la Asociación Cultural Humboldt. Asistí a la segunda función de esta magnífica pieza de teatro musical el día domingo 10 de abril a las 11:30 a.m. y terminé con ganas de empaparme de música jazz y de investigar más sobre la vida de este reconocido compositor.

Con delicadeza, Una fiesta salvaje de Boris Vian nos lleva a la década de los años 50 del siglo XX en donde nos retrata la vida de Boris Vian, un compositor, cantante, ingeniero, trompetista, novelista, poeta, periodista y traductor. Este importante representante de la vanguardia musical y literaria francesa post-guerra, realizaba extraordinarios encuentros con su primera esposa Michelle Léglise Vian y precisamente en esta fiesta que presenciamos en la obra, aparecen personajes muy importantes como Ursula Kübler, bailarina y segunda esposa de Vian; el filósofo Jean-Paul Sartre, y la cantante Hildegard Knef, posterior pareja del compositor. Todos estos personajes junto a un músico ciego y un jefe de comedor, convergen en un goce surrealista y eufórico, en una celebración llena de vida, una orquesta inigualable de jazz y en unos exquisitos diálogos que dan un sentido completo a la obra.
El elenco de esta pieza teatral me pareció muy creíble y cada uno de ellos transmitía una esencia auténtica de las personas de aquella época. Gerardo Soto como Boris Vian, Sandra Yajure como Michelle Léglise Vian, Anakarina Fajardo como Ursula Kübler, Edgar Sibada como Jean-Paul Sartre, Paola Martínez como Hildegard Knef, Juan Carlos Grisal como el “ciego”, Edisson Spinetit como el maître; lograron a mí parecer, una sensación de frescura y naturalidad con sus actuaciones, en donde los personajes resultaban cautivadores y tenían una caracterización vocal sumamente pulcra y apropiada para las interpretaciones de las distintas canciones que se pudieron escuchar.

Esta pieza de teatro musical nos traslada a las noches de París gracias a su escenografía, su música, los efectos de iluminación, los vestuarios y el maquillaje de los personajes. Por un lado, la atmósfera que crea la escenografía nos hace movernos hacia una elegante velada, con colores predominantes como el rojo, verde, azul, morado y negro. Y, por otro lado, nos muestran un objeto particular: un “piano coctelero” que va más allá de la imaginación y tiene el poder de contagiar el placer de la diversión en los personajes, incluso en los espectadores. Uno de los aspectos más interesantes que me parece relevante resaltar de la escenografía, fue el uso de una pantalla que mostraba las traducciones de las canciones interpretadas en francés y en inglés, además de traducir los diálogos y enseñar imágenes de la ciudad en esa época, haciendo incluso más auténtica la puesta en escena. Además, pudimos ver una breve parte de la adaptación cinematográfica –interpretada por los mismos autores de la obra- de la novela “Escupiré sobre vuestras tumbas” de Boris Vian.
Sin duda, Una fiesta salvaje de Boris Vian, me trasladó a muchas de las vivencias del protagonista. Un hombre de veladas espectaculares, con la música jazz en cada uno de sus pasos, con su amor por la trompeta, el universo artístico, las letras, las pasiones humanas. Una obra de teatro compleja en la cual hay que estar atento a cada uno de sus palabras para una comprensión máxima y para poder adentrarnos en los años 50, una pieza que trata temas de gran importancia como la libertad y el sentido de la identidad. Una obra de teatro que conquista desde el primer tema musical hasta el último y que resalta el significado de la vida: ser feliz.
