¿Quién manda a quién?

Inés Muñoz Aguirre

Llegamos con el tiempo suficiente para escoger un asiento en La Capilla, el maravilloso espacio que está escondido en la Escuela de Enfermería de la UCV, en Sebucán.

Nos sentamos en una primera fila; eran tres de cada lado. Sin que nadie nos pidiera permiso ni a nosotros, ni a los demás espectadores que se encontraban alrededor, una señora mantenía una videollamada con un señor de gruesa voz, que a su vez era respaldado por un alto volumen.

Miré con insistencia. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando. En cualquier momento entraría la coral para su presentación. La acústica reforzada por techos abovedados hacía que la alegre conversación que sostenían estas personas a través de su teléfono retumbara en el lugar.

Durante un buen rato me quedé pensando en lo que nos pasa. Cada vez transmitimos más una individualidad, que nos vuelve despiadados en muchos sentidos.

Ya no se trata de hablar de educación. Se trata de asumir que el teléfono dejó de ser un instrumento que usamos a nuestro favor; es un verdugo de nuestras emociones y necesidades, pero es imperdonable que se convierta en el látigo con el que fustigamos a los demás.

En el teatro repica en medio de una representación; en un concierto, el timbre se mezcla con el sonido de los instrumentos. En la iglesia interrumpe la oración. En los centros de salud y lugares de atención al público se convierten en un coro.  A unos cuantos parece no molestarles tener que subir el volumen de su voz, porque se producen varias conversaciones al mismo tiempo.

Cuando nos acercamos a estas historias y situaciones, me pregunto: ¿Cuál es el miedo que manifiestan muchas personas sobre el avance de la Inteligencia Artificial si ya han sido dominados por un pequeño aparato que, cargado de Apps nos domina las 24 horas del día?

Y digo que nos domina, porque si perdemos la relación que existe entre lo que hacemos y cómo nuestras acciones repercuten en quienes nos rodean, quiere decir que nuestros sentimientos y nuestra capacidad de razonamiento han pasado a un segundo plano. Se produce una desconexión de la cual es obvio que el protagonista de la historia no se da cuenta.

Se abrieron de par en par las puertas de la capilla, y comenzó a entrar el coro, dividido en dos filas que llenaba el espacio. La mujer orgullosa giró el teléfono para mostrar a su amigo lo que estaba sucediendo.  Él opinaba, supongo que entusiasta.  La acción continuó hasta que le solicitamos a la señora que bajara el volumen. Finalmente, cortó la llamada cuando ya el concierto había comenzado.

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