Algunos sienten que la creencia en Dios se limita a agradecer los beneficios recibidos. Sin embargo, para quienes la fe es una búsqueda constante, encontrar a Dios es un acto para compartir felicidades y dolores. A cierta edad, las creencias deben tener otro fin, diferente al de buscar el cielo para asegurar una eternidad. La fe debe traducirse en compartir y ayudar; no con una solidaridad vacía o de vitrina, sino plena de caridad real.
La religión es, en su esencia más práctica, un medio para procesar emociones colectivas y buscar soluciones desde la razón. Expreso esto desde una posición poco teológica y más humanista, la cual he podido constatar en este primer mes tras los terremotos que azotaron a Venezuela.

Asistir a una ceremonia religiosa en tiempos de crisis va más allá del rito; es el momento donde nos sentamos al lado del afectado y entendemos, al ver su rostro conmovido, la magnitud de la tragedia del otro. El templo se convierte en epicentro donde el dolor individual se transforma en una responsabilidad compartida.
Esta empatía no se queda en las paredes del templo; se mueve hacia la calle. Así lo ha demostrado la Iglesia Católica, sirviendo de refugio y conformando equipos de trabajo. Un ejemplo concreto es Cáritas, organización de carácter internacional que apareció desde el primer momento de la emergencia. Hoy, su labor ya comienza a dar un giro necesario: pasar de la asistencia inmediata a la organización y orientación de ayuda para comenzar la reconstrucción formal de las vidas destruidas.
El primer mes
Para conmemorar el primer mes de este trágico suceso, la Iglesia Católica ha oficiado diversas misas en distintos lugares de Caracas. El acto central fue el organizado por la Arquidiócesis de Caracas, presidido por monseñor Raúl Biord Castillo, arzobispo de la ciudad.
En este oficio, la palabra «reconstrucción» protagonizó buena parte del mensaje, donde también se instó a la acción frente al pesimismo. Sin obviar el tema espiritual, propio de un acto religioso, se destacó el espíritu de servicio de los nuevos santos venezolanos, San José Gregorio Hernández y la madre Carmen Rendiles. Su legado sirve de inspiración para emprender una tarea que apenas comienza: la reconstrucción. Un proceso que, a mi juicio, no solo involucra las edificaciones, sino también la institucionalidad.

Al referirse a los daños físicos sufridos por varios templos caraqueños y de La Guaira, Biord Castillo señaló que hoy muchas iglesias y monumentos históricos de los siglos XVIII y XIX están heridos. Templos que custodian las imágenes más queridas por los fieles, como el Nazareno de San Pablo, el Cristo de la Salud de La Guaira y la Virgen de Lourdes de Maiquetía, sufrieron daños. Sin embargo, agregó: «No se trata solo de demoler o reparar paredes; se trata de entender que estas piedras son el testimonio de nuestra fe».
Para el prelado, el ser humano debe ser el centro de esta labor. Explicó que, aunque las escuelas, los hospitales y las iglesias necesiten reparación, la prioridad absoluta es la reconstrucción de las vidas. «Salimos a estar en medio de la gente, porque la Iglesia no son las estructuras, sino nosotros, las personas», agregó.
En el momento de las ofrendas, dos grupos fueron los protagonistas: voluntarios y rescatistas. Ambos sectores estuvieron representados por miembros de esos equipos que todavía continúan trabajando con el mismo ahínco del primer día. El voluntariado centra sus esfuerzos en las familias de los refugios, mientras que los rescatistas no cesan en la búsqueda de cuerpos para llevar tranquilidad a los deudos.
En esta ocasión, la Iglesia dio visibilidad a la solidaridad vista desde la caridad, entendida no solo desde la compasión, sino desde el acompañamiento y el trabajo conjunto hacia quienes han sufrido más. De esta manera, se destacó al ser humano como el objetivo fundamental en la reconstrucción del país, en un acto que transformó el luto colectivo en un momento de fe y esperanza y al templo en un lugar de encuentro y unidad.


