Cuando me descubro repitiendo ideas o frases que escuchaba en mi casa de pequeña, pienso que el tiempo no pasa en balde (aquí va otro dicho de entonces).
La verdad es que no sé si esas ideas que ahora me ocupan tienen que ver con que envejezco, con que de tanto repetir los principios se sujetaron como aguantados con candados o si es que todo a mi alrededor se ha deteriorado.
Los conceptos que nos integran como seres humanos educados, civilizados y amables se han deformado al punto que vemos por la vida una mezcolanza que nos sorprende. Sobre todo a aquellos que éramos reprendidos en función de las buenas costumbres.
Uno de los principios básicos que escuché como enseñanza a los jóvenes de la familia es que jamás se entra en la casa con una gorra puesta; mucho menos te podías sentar con ella en frente de la mesa. Peor aún era presentarse en un acto público luciéndola como si estuvieras protegiéndote de la luz del sol.
Lo cierto es que estas costumbres que estuvieron arraigadas durante tanto tiempo tienen un origen cultural y en muchos casos religioso, pero también es verdad que descubrirse la cabeza al entrar en un espacio cerrado era signo de respeto y en algunos casos incluso de humildad.
Si desean ir a lo más superficial, incluso podríamos señalar lo terrible que se ven algunos señores vestidos de traje y corbata con una gorra puesta que generalmente es de publicidad de alguna marca.
Siempre recuerdo estar tras bastidores en uno de esos actos de gerencia que nos ha tocado organizar a lo largo de nuestro historial como asesores de comunicación y ver cómo llegaba uno de los expositores con su gorra a cuestas. Se montó en el escenario, ocupó el puesto de alta gerencia que le correspondía y permaneció con los ojos entornados, viendo a su alrededor por debajo de la aleta de la gorra que lucía lleno de orgullo.
Ni corta ni perezosa, me dije que eso jamás podía ocurrir en un acto en el que yo estuviera como parte de la organización. Salí, crucé el escenario, saludé al gerente en cuestión y, sin mayores rodeos, le dije que se tenía que quitar la gorra.
Él me miró incrédulo y sonrió. Me dijo que no podía hacerlo porque esa gorra representaba a su empresa, que observara el logo. Le menciono que su logo estaba mejor expuesto en la pantalla que abarcaba el escenario, que era importante que las personas presentes vieran su rostro, sus gestos y sobre todo la mirada de un hombre como él, triunfador en lo que hacía. Le hablé de la importancia de llegar a los demás con su frente despejada, llena de ideas, como muestra de lo que hace un hombre inteligente por dar a conocer su marca.
Se quitó la gorra, me la entregó y me pidió disculpas.
Pasados los años nos volvimos a encontrar y hizo referencia a aquella tarde como una lección de gerencia y de urbanidad que no había podido olvidar el resto de su vida.
Ojalá todos los que promueven sus marcas de esta manera, los que promueven las marcas de los que ni siquiera conocen, los que se tapan para ocultar la calva incipiente, los que se ponen la gorra para combinar con su traje de salir, los que entran en espacios públicos, gubernamentales y de empresas, los que se sientan a comer con la gorra puesta, piensen un poco en ello.
También los invito a pensar en la otra cara de las gorras, lo bellas, amables, coloridas y protectoras que pueden ser las gorras en los espacios al aire libre. Para ello se hicieron.


