Está allí sentado en las sillas plateadas. Es la recepción de un centro de emergencias. Entra una señora mayor en silla de ruedas. La colocan a su lado porque es el único espacio disponible para hacerlo.
La hija de la señora, que apenas levanta la vista, se acerca y le dice que se sentará al fondo, porque no hay puestos cerca de ella. El hombre escucha, pero permanece inmutable. Ve por un momento a la hija y regresa la vista a su teléfono.
Un rato después entra una madre y su hijo; se sientan en el sofá de dos puestos. Se acababa de levantar una mujer mayor a servirse un café; cuando regresa, se encuentra con la silla ocupada. Tiene un vendaje en el pie. El joven la mira y voltea hacia su madre, quien también ha visto a la señora, pero permanece indiferente. Conversan entusiasmados como quien está en la sala de su casa. El joven se toma un café. La señora retrocede y se recuesta de la pared buscando el apoyo necesario ante su condición.
Una larga lista de exabruptos como estos podría llenar nuestras páginas. Se perdió la cortesía, se fue por el albañal sin ningún reparo. Prevalece el individualismo y pareciera que las personas ya no ven lo que sucede a su alrededor.
¿Será que la cortesía se adquiere en algún lugar, como si compráramos un medicamento? Somos muchos los que deseamos una caja que contenga cápsulas de amabilidad y sentido común.
La cortesía forma parte de los dones que distinguen a los seres humanos; es imposible adquirirla en una farmacia. Ni siquiera en el colegio o la universidad, porque estos son centros de formación en los que se brinda conocimiento académico. Adquirir normas, herramientas para nuestro comportamiento y el de los demás, reforzar eso que algunos llaman civilidad y que termina por distinguirnos del reino animal, tiene un lugar de origen: el hogar y la familia.

Hace unas décadas se decía que la madre era la encargada de inculcar los valores en sus hijos, porque era la que estaba en la casa. Después, cuando la mujer comenzó a trabajar, lo hacían los abuelos. Hoy en día las cosas han cambiado y es tan responsable el padre como la madre de la formación de sus hijos. No podemos perder la claridad de que el comportamiento de los hijos es el reflejo de lo que son sus padres.
La mujer que conversaba con su hijo, entretenida en la sala de espera, se levantó cuando la llamaron por su nombre. Casi tropieza con la señora del pie vendado que aún seguía de pie. Por si fuera poco, su hijo antes de levantarse dejó el vaso en el que se tomaba el café debajo de la silla. La imagen del vaso se multiplicaba en el piso impecable a tal punto que parecía un espejo.
Una sociedad donde no se practica la cortesía, especialmente con las personas mayores y las personas enfermas, es una sociedad en la que comienza a prevalecer la indiferencia, el desconcierto y la incoherencia.
La educación que nos conduzca a una mejor interrelación social es responsabilidad de todos; no volteemos la mirada hacia otro lado como si lo que sucede no fuera con nosotros o como si fueran los demás quienes tienen que solucionarlo. Empecemos por revisar en nuestra casa si estamos prestando atención en enseñar a los más jóvenes y a los más pequeños aquellas normas elementales que nos harán diferentes. Las grandes sociedades se construyen participando; allí radica la otra cara de lo que somos.


