El Cerro – nombre popular del Ávila -, siempre fue un lugar de encuentro para los amantes de la naturaleza, los admiradores de la belleza y los deportistas de 4 a 7 los días laborables y de medio día el fin de semana. Durante años, las tardes en la subida a Sabasnieves eran como pasear por una calle donde todos los caminantes eran como vecinos de esa calle, casi siempre los habituales, pocos en general que llegaban a pie si vivían cerca de la
entrada o en su carro o moto si estaban en los alrededores. Pero de un tiempo a esta parte, como muchas cosas en la ciudad, el público que frecuenta el cerro ha cambiado y los usos y costumbres también.
Antes, era raro ver aglomeraciones de vehículos en la entrada, sobre todo camionetas y motos como sucede ahora, la gente llegaba sola o con algún compañero de ruta; ahora hay congestión diaria de carros y personal – y los vecinos de las calles adyacentes se quejan de ello con razón – desde bien temprano en la mañana hasta las 7 de la noche, debido principalmente al número de aficionados al cerro y sobre todo a la cantidad de choferes, guardaespaldas, cuidadores, acompañantes y parqueros que quedan abajo antes de pasar el túnel que da acceso al Ávila. Unos para esperar que bajen los deportistas y les den la propina por cuidarles el vehículo y otros para irse con ellos, que son los que realmente cuidan los carros. Ese es uno de los cambios importantes. Pero hay más, y tienen que ver básicamente con las formas, las creencias y las modas, no sólo de vestimenta, también de filosofía a la hora de abordar el hecho de subir a disfrutar del cerro.
Por ejemplo, ahora antes de la base del guardaparques, hay una zona que se ha habilitado con máquinas y material para el ejercicio de pesas y disciplinas para hacer musculatura. Ese es un tipo de público que no existía sino en los gimnasios cerrados, viene de diversas partes de la ciudad y han creado un ecosistema donde lo crucial es desarrollar el físico y las conversaciones giran alrededor de ese tema en particular. No se ve una inclinación a disfrutar del entorno natural como algo prioritario, o al menos así parece. El hecho de subir y llegar hasta ese punto es como para calentar antes de la sesión de pesas y medidas.
Están las chicas – también los chicos -, que suben al cerro con sus nuevos modelitos, un despliegue de marcas y colores, lentes, gorras, zapatos, adornos, periquitos, dispositivos electrónicos – que usan como si estuvieran en la sala de su casa -; y las nuevas protuberancias delanteras y traseras, que se enaltecen con mallas y franelas mínimas y escotadas, que saltan, rebotan y se desplazan al ritmo del caminar subiendo o bajando, que son un contraste con una naturaleza verde, exuberante y plácida que se mueve con la brisa sin necesidad de gel de silicona.
Otro hecho diferencial con lo anterior es la afluencia de aficionados a la salsa, al reggaeton o la electrónica chunda chunda, que no conocen la existencia de los audífonos individuales y que juran que – aparte de que los demás son sordos y necesitan escuchar a un volumen muy alto, que su gusto musical es compartido por el resto de los caminantes que agradecen poder gozar de su lista de éxitos, especialmente Bad Bunny y compañía.
Los hay también amantes comprometidos con la naturaleza, los nuevos convertidos, los que se quitan los zapatos para sentir la vibra de la tierra – más de uno he visto mentar la madre cuando se han clavado una astilla o una piedra en la pata desnuda -, que abrazan un árbol cuando llegan a Sabasnieves, que rezan en silencio y en ocasiones se emocionan tanto en su ritual que hasta lloran de alegría.
Los pastores evangélicos y su grupo de seguidores, son otros huevos usuarios que escuchan la palabra y cantan a coro alabando al Señor, pero que no advierten que la mayoría está ahí para escuchar a los pájaros, al viento o a sí mismos y tienen que soportar durante horas las homilías y orfeones, poco afinados, de paso.
Y lo peor, los miles de visitantes que asolan el parque los sábados, domingos y fiestas de guardar, que llegan en oleadas caminando desde el metro o en los buses naranjas de Chacao, para desgracia de los habitantes de esas calles, que no hace mucho eran un privilegio por el silencio y el frescor. Subir un día de esos, es como caminar por Sabana Grande un día cualquiera, hay que esquivar gente, taparse los oídos – por la música y las conversaciones -, no tener sed porque es imposible conseguir un grifo de agua libre durante horas y menos un baño si tienes necesidad, no ver la cantidad de bolsas, botellas, papeles, despojos de frutas y restos de comida – los guardaparques no pueden con esa avalancha de gente por mucho que se empeñen – y olvidarse de tomar un helado de frutas o un jugo en cualquiera de los puestos que hay a la entrada del túnel al terminar el
paseo.
Aún así, seguimos disfrutando del cerro, bien temprano en la mañana e incluso los fines de semana, más temprano todavía y buscando horarios y rutas por donde no pase la marabunta y lo conseguimos, afortunadamente.


