PERSONAJES PECULIARES – LOS QUE SUBEN AL ÁVILA.

Josu Iza

El Cerro – nombre popular del Ávila -, siempre fue un lugar de encuentro para los amantes de la naturaleza, los admiradores de la belleza y los deportistas de 4 a 7 los días laborables y de medio día el fin de semana. Durante años, las tardes en la subida a Sabasnieves eran como pasear por una calle donde todos los caminantes eran como vecinos de esa calle, casi siempre los habituales, pocos en general que llegaban a pie si vivían cerca de la
entrada o en su carro o moto si estaban en los alrededores. Pero de un tiempo a esta parte, como muchas cosas en la ciudad, el público que frecuenta el cerro ha cambiado y los usos y costumbres también.


Antes, era raro ver aglomeraciones de vehículos en la entrada, sobre todo camionetas y motos como sucede ahora, la gente llegaba sola o con algún compañero de ruta; ahora hay congestión diaria de carros y personal – y los vecinos de las calles adyacentes se quejan de ello con razón – desde bien temprano en la mañana hasta las 7 de la noche, debido principalmente al número de aficionados al cerro y sobre todo a la cantidad de choferes, guardaespaldas, cuidadores, acompañantes y parqueros que quedan abajo antes de pasar el túnel que da acceso al Ávila. Unos para esperar que bajen los deportistas y les den la propina por cuidarles el vehículo  y otros para irse con ellos, que son los que realmente cuidan los carros. Ese es uno de los cambios importantes. Pero hay más, y tienen que ver básicamente con las formas, las creencias y las modas, no sólo de vestimenta, también de filosofía a la hora de abordar el hecho de subir a disfrutar del cerro. 


Por ejemplo, ahora antes de la base del guardaparques, hay una zona que se ha habilitado con máquinas y material para el ejercicio de pesas y disciplinas para hacer musculatura. Ese es un tipo de público que no existía sino en los gimnasios cerrados, viene de diversas partes de la ciudad y han creado un ecosistema donde lo crucial es desarrollar el físico y las conversaciones giran alrededor de ese tema en particular. No se ve una inclinación a disfrutar del entorno natural como algo prioritario, o al menos así parece. El hecho de subir y llegar hasta ese punto es como para calentar antes de la sesión de pesas y medidas. 


Están las chicas – también los chicos -, que suben al cerro con sus nuevos modelitos, un despliegue de marcas y colores, lentes, gorras, zapatos, adornos, periquitos, dispositivos electrónicos – que usan como si estuvieran en la sala de su casa -; y las nuevas protuberancias delanteras y traseras, que se enaltecen con mallas y franelas mínimas y escotadas, que saltan, rebotan y se desplazan al ritmo del caminar subiendo o bajando, que son un contraste con una naturaleza verde, exuberante y plácida que se mueve con la brisa sin necesidad de gel de silicona. 


Otro hecho diferencial con lo anterior es la afluencia de aficionados a la salsa, al reggaeton o la electrónica chunda chunda, que no conocen la existencia de los audífonos individuales y que juran que – aparte de que los demás son sordos y necesitan escuchar a un volumen muy alto, que su gusto musical es compartido por el resto de los caminantes que agradecen poder gozar de su lista de éxitos, especialmente Bad Bunny y compañía.  

Los hay también amantes comprometidos con la naturaleza, los nuevos convertidos, los que se quitan los zapatos para sentir la vibra de la tierra – más de uno he visto mentar la madre cuando se han clavado una astilla o una piedra en la pata desnuda -, que abrazan un árbol cuando llegan a Sabasnieves, que rezan en silencio y en ocasiones se emocionan tanto en su ritual que hasta lloran de alegría. 


Los pastores evangélicos y su grupo de seguidores, son otros huevos usuarios que escuchan la palabra y cantan a coro alabando al Señor, pero que no advierten que la mayoría está ahí para escuchar a los pájaros, al viento o a sí mismos y tienen que soportar durante horas las homilías y orfeones, poco afinados, de paso. 


Y lo peor, los miles de visitantes que asolan el parque los sábados, domingos y fiestas de guardar, que llegan en oleadas caminando desde el metro o en los buses naranjas de Chacao, para desgracia de los habitantes de esas calles, que no hace mucho eran un privilegio por el silencio y el frescor. Subir un día de esos, es como caminar por Sabana Grande un día cualquiera, hay que esquivar gente, taparse los oídos – por la música y las conversaciones -, no tener sed porque es imposible conseguir un grifo de agua libre durante horas y menos un baño si tienes necesidad, no ver la cantidad de bolsas, botellas, papeles, despojos de frutas y restos de comida – los guardaparques no pueden con esa avalancha de gente por mucho que se empeñen – y olvidarse de tomar un helado de frutas o un jugo en cualquiera de los puestos que hay a la entrada del túnel al terminar el
paseo.  


Aún así, seguimos disfrutando del cerro, bien temprano en la mañana e incluso los fines de semana, más temprano todavía y buscando horarios y rutas por donde no pase la marabunta y lo conseguimos, afortunadamente.

Deja un comentario

Compartir este artículo:

Artículos Relacionados

Foton celebra 30 años en la industria global y 5 de presencia en Venezuela, consolidándose en el séptimo lugar de ventas del país.
Foton celebra 30 años moviendo al mundo y fortaleciendo el desarrollo de Venezuela

Foton celebra 30 años en la industria global y 5 de presencia en Venezuela, consolidándose en el séptimo lugar de ventas del país.

Leer más
Alex D’Castro ofrecerá un concierto sinfónico en Caracas

Alex D’ Castro presentará un concierto sinfónico a beneficio de los afectados por los sismos en Venezuela el 17 de octubre.

Leer más
Con lo mejor de nuestra música

El IV Festival Internacional de Guitarra Antonio Lauro clausura en el CCAM de Caracas con un gran concierto de cierre este 29 de agosto.

Leer más
Suscríbete y recibe actualizaciones de nuestro portal

Introduce tu correo electrónico