DEDICADO AL SEÑOR JULIÁN, AMIGO Y VECINO DEL TIRANO. (RIP)
No hay mentira más grande que la respuesta a la pregunta, ¿Y qué vas a hacer en Margarita? Básicamente descansar y gozar de la vida margariteña. Y no es que sea una mentira premeditada, no; uno lo dice con total inocencia y convencimiento porque ese es el plan inicial: romper con la rutina de Caracas, cambiar hábitos y horarios, emplear más tiempo en estar echado o sentado – dos de las posturas típicamente isleñas – beber y comer más de lo habitual porque el ritmo invita al aperitivo de la mañana y de la tarde, previos a almuerzo o cena (aperitivo que desde que llegamos de Italia hemos adaptado al estilo de allá, bebida con algo para picar), y en resumen, menos ropa, más tiempo disponible y mente relajada, como corresponde al clima de Margarita. Por estas fechas, muy caluroso entre 11 y 4 y fresco en la mañana y en la tarde-noche.

Como siempre que se planea venir a la isla, los preparativos comienzan una semana antes porque tienes que decidir qué traer y recopilar toda esa lista. El equipaje es pequeño, las cavas no pueden faltar, algunas cosas que hacen bulto en la ciudad se vienen para el pueblo, comida básica por si acaso, caña no porque puede que falte la luz y el agua pero las licorerías nunca estarán desabastecidas y a buen precio, algún que otro regalo para los conocidos, los periquitos tecnológicos, enchufes, velas, linternas, algunos libros que nunca leerás y vituallas para el viaje en ferry porque se hace largo y mejor la comida propia que lo que venden en el barco. El tráfico de bajada a la Guaira está fluido y llegamos en una hora a la costa.
A la 1 de la tarde ya estábamos estacionados en la acera que está en el portón de entrada al puerto. Da tiempo a comerse unas empanadas en el Mosquero, antes de que a las dos en punto aparezcan los funcionarios, reconocibles por sus vestimentas y logotipos de Bolipuertos, caminando a paso lento debido al calor y a la costumbre. Nos hacen entrar a las instalaciones para organizar la cola; tenemos el segundo puesto en la fila – lo cual nos permite estar a la espera bajo la sombra de los pocos árboles que hay en esa explanada – y esperamos las visitas del Saime revisando cédulas, Naviera Paraguaná entregando tarjetas y comprobando reservas, Guardia Nacional inspeccionando mercancías y equipajes en los carros, otra Guardia antidrogas con sus perros controlando posible tráfico de substancias y pago en Bolipuertos de seis dólares. Tarjeta azul al cuello de los pasajeros, roja en el retrovisor de la camioneta, verde como comprobante de pago de impuesto y blanca que atestigua la validez de sus documentación. Bien organizados por colores para no confundir, proceso largo y a pleno sol los que tienen del número 8 en adelante, paciencia si tienes necesidad de baño urgente – hay un servicio de autobús que te acerca hasta el muelle -, conversaciones con los compañeros de cola y a rezar para que pase rápido el tiempo y nos hagan entrar al ferry para poder acomodarse con aire acondicionado. Luego tendrás que rezar también para que el mar esté tranquilito y no se mueva más de la cuenta.

El barco parte a la hora precisa, seis de la tarde – antes salía a las ocho -, y ya estamos ubicados en mesa con sofá, acompañados en la mesa contigua por una pareja de señores mayores, muy amables, magníficos conversadores con los que intercambiamos recetas, cuentos y pastillas de dramamine para evitar mareos incómodos e innecesarios. El contrapunto lo ponen un grupo de bebedores de cerveza altisonantes, que terminan yendo al piso superior porque les botan de la cubierta por escandalosos y al cabo de media hora – y debido a que el barco se mueve más cuanto más arriba – los vuelven a botar y aparecen ya borrachos pero contenidos por el personal de seguridad del barco que les obligan a sentarse y dejar de tomar. Cada quien con su vianda, nosotros con nuestro pollo a la plancha con salsa de soya, focaccia con aceitunas y cebolla caramelizada como cena y sobrecena principales, pero también con frutos secos, fruta fresca, dulces y mucha bebida hidratante y alcohólica para hacer más llevadera la travesía. Se anuncian 8 horas de viaje pero esta vez – debido al estado de la mar – se convirtieron en 14. Terminamos atracando en el Guamache a las 8 de la mañana del viernes, pero se nos olvida todo cuando salimos por esa rampa, vemos la luz y enfilamos por esa autopista vía la Asunción, Playa el Agua hasta nuestro destino.
Lo primero al llegar es dejar el cargamento en la casa, darse una ducha rápida y ver donde vamos a desayunar porque no provoca preparar nada después de tantas horas de trayecto y algunas pocas de sueño. La solución ideal a coyunturas como ésta, es Empanadas Doña Clara, con su carrito en el Salado frente a Rattan, las mejores empanadas de la zona y cuidado si de Margarita, masa fina y crujiente, guisos criollos y papelón con limón bien frío. Combo de 2 empanadas y papelón, 2 dólares, una ganga impensable en Caracas en calidad y precio. Vamos con un combo para Raquel y dos para mí. Pero al terminar con esa ración – y con las ganas que uno trae de comer empanadas – pedimos otro combo a medias; total, cinco y tres por cabeza con varios papelones que a esa hora cuando ya comienza el calor, entran suavecito y alivian sed y cansancio.

Vuelta a la casa, desempaquetar, acomodar, una limpieza somera pero necesaria y descansar porque el cuerpo agradece una buena siesta matutina, en cama con buen colchón y sin oscilaciones marinas. Hablamos de media tarde cuando resucitamos, con hambre de nuevo y qué mejor que un pollo asado a la leña con sus papas fritas – que cambiamos siempre por el acompañante regular que es hallaquitas, chorizo ensalada rallada -, y cervezas heladas 2 por 1 dólar, lo nunca visto salvo en Moya Grill, cerca de Doña Clara. No confundir con Hermanos Moya, el lugar donde aterrizan todos los caraqueños dispuestos a degustar arepas y jugos a precio de Nueva York pero en plena vía 31 de Julio. Y lo peor es que siguen viniendo todos los años y siguen picando en el mismo anzuelo para no tener que decir que no estuviste en los Hermanos Moya y te miren feo.
Avanzada la tarde, decidimos reposar anticipando la noche, haciendo la lista de las cosas a resolver, las compras a realizar y planear el plan de descanso, que nunca se produce. Al menos los primeros días.
Primera noche, primer amanecer. Con ese recuerdo de las empanadas de ayer, la tentación es muy grande y regresamos a desayunar de nuevo al mismo lugar. Esta vez nos conformamos con tres combos, 4 empanadas por 2 por cabeza, haciendo un esfuerzo para no caer en el pecado, porque hay muchos días por delante y la carne siempre es débil. Recomendables las de cazón, raya, mechada y plátano con queso.

Mantenimiento del aire – que una semana antes estaba perfecto -, arreglo de la nevera a causa de los apagones, cambio de varios bombillos, retoque de mecanismos de un baño y etcétera son algunas de las tareas que impiden comenzar con el famoso plan de descanso. Eso en el área privada; en el común, acomodar las piscinas con el técnico, imprimir mayor velocidad al ritmo del jardinero y cambiar varios bombillos también quemados. En total, una semana hasta que todo funcione como debería funcionar. Por no hablar del ánimo de la gente después de dos semanas con los cortes de luz, después de perder comida, electrodomésticos, repuestos y vivir en la penumbra durante largas horas de la noche. La gente en Margarita pasa tanta penalidad que ya ni se inmutan. Una noche fuimos testigos de lo que supone vivir a oscuras. Cuando vamos a salir, la luz se va y el portón no se puede abrir sino manualmente, una incomodidad porque hay que hacer varias operaciones. Después la calle está negra porque no hay ni un punto que alumbre, la carretera más negra todavía y lo peor es que los carros vienen con las luces altas tratando de alumbrar la vía, con lo cual ellos ven pero deslumbran a los demás. La idea era comprar pan y pasé por tres panaderías, una sin punto de venta, la segunda con la puerta cerrada y la tercera con una cola enorme esperando para pagar porque tiene pizzería, mercado, panadería y estaba llena de público. Cuando llegamos a casa, la luz había regresado pero la sensación de oscuridad en la calle y en los comercios es muy impactante. No quiero pensar lo que debieron ser las noches de las dos semanas seguidas durante el apagón.
Toca llenar despensa y nevera al día siguiente, después de la segunda ronda de empanadas. Visitamos a los conuqueros para la compra de vegetales, huevos y leche – ahora que las vacas parieron -. Pasamos por Río para licores, envasados y chucherías. Pescadería en la vía: un carite de 5 kilos de los que saqué varios churrascos con los que he hecho ceviche, parrilla y ahumado. También un mero de 5 kilos también, churrascos y cabeza y espina de las que salió un hervido con su verdura criolla, pura gelatina natural. Tres docenas de tequeños para improvisar cualquier aperitivo, con el queso de Ezequiel. Guiso de lengua ahumada con vegetales, me recuerda a Alemania por el aroma a pueblo de montaña. Crema de berenjena con las frutas de los hermanos Handryk, vendedores exclusivos de tomate margariteño a este lado de la isla. Pesto de almendras con albahaca de conuco. Huevos fritos con rebanadas de pork belly ahumado. Y como trueque con mis vecinos pescadores, una bolsa de mangos del conjunto a cambio de un kilo de filet de pargo, que preparé a la romana con una mayo de ají picante. Y en el departamento de dulce a cargo de Raquel, coquitos, babka con chocolate y mermelada de mango. Estas y alguna ricura más que hemos preparado esta semana para estar abastecidos.
Pero la mala noticia se produjo cuando fuimos a casa del Señor Julián, nunca supe su apellido, experto escalador de cocoteros, que nos vendía el agua ahí en el Tirano, emprendedor y fabricante de productos como aceite, crema, champú, crujientes y otros a base de coco, excelente persona y amigo después de los años, y nos anuncian que en el mes de marzo el señor falleció debido a una caída de una escalera. Nos impactó mucho el fallecimiento del Señor Julián, nos parece mentira que ya no esté como siempre en la puerta de su casa, bien cortando cocos o bien jugando dominó todas las tardes con los amigos de la calle.

También fuimos a comprar nuestros quesos – guayamano, crema, semiduro para tequeños, mozzarella – a la tienda del Hermano Ezequiel – de donde sales con quesos y una bendición -, pero el hermano había cambiado de lugar; en realidad 20 metros de distancia en la misma calle del Salado, en un nuevo local que además de comercio tiene una barra, una sala con mesas y servicio de cerveza con tablas de quesos para picar. Nueva ubicación, nuevo emprendimiento. Buena suerte. El agua de coco lo tuvimos que conseguir en un nuevo lugar, un conuco en la carretera, donde también sirven sopas de leña, cochino frito y cachapas con queso y pernil. La Señora Oneida atiende a sus clientes personalmente y se pueden hacer encargos. Calidad y precio asequible.
Siguen los personajes habituales en la zona: el Señor José, alias el Pintao, vendedor de cambures, huevos criollos y verduras para sopa, experto catador de ron a palo seco y uno de los dos pelirrojos que hay en el área de Paraguachí. El Señor Perro Verde, cauchero y filósofo; Abraham, vendedor de berenjenas, auyamas, melones y lo que vaya creciendo en el conuco y varios más que iremos nombrando a lo largo de nuestras crónicas.
Se ven rusos y polacos en los hoteles y en las licorerías. Y cada vez más, rusos que se quedan a vivir en la isla. No es de extrañar, pensando en la temperatura que debe estar haciendo ahora en Moscú, la guerra en Ucrania y la dulzura de Putin. Los mismos extranjeros europeos y algunos más nuevos en la zona desde Guacuco hasta Manzanillo, donde viven su paraíso particular. Los que viven jubilados con su buena pensión y los que viven trabajando, siempre industriosos, agricultores, servicios de mantenimiento, mecánicos, hoteleros o dueños de posadas e hippies que disfrutan de la playa y del dolce far niente.
La tecnología en Margarita no deja de evolucionar. Mi amigo el Señor Alexis Núñez, ingeniero jubilado pero en activo, me fabricó un ahumador con el que ya he hecho pruebas – seguimos con el embuste del descanso -, con pollo, carne, panceta, pescado y lengua. El resultado es un espectáculo, considerando que estoy ahumando con pura madera de mango, recolectada aquí en el conjunto. Y con esa misma madera hacemos parrilla en el Anafre comprado en el Cercado, donde dicen que tienen la mejor arcilla de la isla. Verán también el último grito de los toldos protectores para carros y la trampa para atrapar borrachos que se toman las birras de la familia.

Entre empanada y empanada, apareció un muchacho, un personaje nuevo de esos que abundan en el camino: Miguel Suárez, joven apuesto y rapero. Nacido en Caracas pero criado en la isla. Se inició en el Liceo y ahora está volviendo al Rap con más fuerza, según sus palabras. Cristiano que a través de la rima, lanza un mensaje para inculcar valores a los jóvenes, Bendecido por el Señor con un talento increíble, nos pidió tres palabras a tres personas que estábamos desayunando y con esos términos comenzó a improvisar acompañado de una base de sonido que salía por una corneta portátil.
Dos visitas a la playa de Parguito, preparada para recibir visitantes. Como todos los diciembres, con el deseo de que los turistas se acerquen y puedan recuperarse de tanta pérdida del mes pasado. El mar siempre es el mar, la playa todavía solitaria salvo por los vendedores, tímidos aún pero siempre al acecho. Algún que otro adelantado como nosotros, a la avalancha decembrina. En el Bodeguero, la licorería más popular entre el público caraqueño, que queda a mitad de la autopista que sube desde Sambil, han abierto una nueva zona, adyacente al local de siempre, con canchas de pádel y fútbolito y me dicen que está previsto abrir un restaurante. Siguen con su terraza donde puedes tomarte una botella con servicio, con su excelente café y con toda esa variedad de licores y alimentos importados. Lugar agradable frente a Matasiete, especialmente por la tarde cuando el sol ya se acostó a dormir.
Bien, estamos llegando al fin de esta crónica, la semana próxima más y mejor. Y vamos a incluir recetas.



2 respuestas
Margarita es única y apetecible. Terminé de leer con ganas de volver!
¡Muchas gracias por leer esta crónica de nuestro columnista Josu Iza! Nos alegra hayas disfrutado y que tengas ganas de regresar a la maravillosa Isla de Margarita. Puedes leer más de estas crónicas en nuestro portal web