CRÓNICAS DE CARACAS CHACAO BIKE CAP 3

Josu Iza

Llegar a Caracas después de unas semanas en Italia – aparte de regresar a nuestra casa – es volver a la normalidad caraqueña. Después de un viaje desde Roma pasando por Madrid, casi 12 horas de periplo, al abrir la puerta se siente el calor del hogar – y del ambiente cerrado después de un mes – y la comodidad de las cosas propias. Lo primero que uno hace es descargar el equipaje y pensar en un buen baño, una buena comida y un descanso en esa cama que tiene nuestra huella impresa e indeleble. Los recuerdos y las reflexiones sobre el viaje, vienen a continuación. 

Los recuerdos del paseo, están presentes en nuestras conversaciones y también en las que tenemos con amigos y familia, porque muchos preguntan sobre lugares, mesas, hoteles, precios y otros detalles; a veces para comparar con viajes vividos por ellos, otras para tener información para un futuro y en muchas ocasiones para disfrutar en tercera persona a través de fotografías, cuentos, impresiones y anécdotas, que nunca faltan. Esta etapa posterior dura también varias semanas y sirve para mantener vivos los momentos y alimentar nuevamente mente y corazón. Es como viajar en varias oportunidades – bajo el síndrome del día de la marmota Groundhog Day, el film de Harold Ramis –  por el mismo precio, repitiendo el periplo en cada conversación. Pero con el tiempo, la sensación se diluye  – quizás en unas semanas -, y pasa a ser una reminiscencia que se archiva en nuestra memoria a largo plazo.  

Compras, servicios, trabajo, deporte, vehículos, reuniones sociales, cine y algunas más. Todas esas  actividades que forman parte de la rutina en la ciudad, que nos tienen ocupados durante la semana no son la únicas; también están los paseos a la costa, algo personal, las subidas al Ávila con los compañeros del cerro y las rutas en bicicleta con el equipo de Chacao Bike, que son las que rompen con lo convencional de la vida cotidiana. La ruptura estriba en el esfuerzo, la organización y la actividad que se comparte con el grupo en los destinos, sean de montaña o de playa, con un remate gastronómico – uno de los objetivos principales – en cada uno de esos lugares. 

Dos rutas especiales en las que he participado en este mes que llevo en Caracas. La primera una rodada hasta Puerto Francés, saliendo de Guatire – aunque algunos integrantes partieron desde la capital -; Cien kilómetros con varias paradas estratégicas para alimentarse e hidratarse, previstas por los organizadores. Creo que éramos unos 600 ciclistas anotados y numerados, integrados en diferentes clubes de ciclismo, autobuses, camionetas de apoyo, ambulancias, asistencia policial en la carretera, gente animando en el recorrido y sobre todo mucho entusiasmo de los participantes. Salimos de Chacao en un bus contratado para la ocasión hasta Guatire – que después nos iría a buscar a la playa para el regreso a la hora convenida -, a las 6,  a poco de  amanecer.

Nos costó encontrar el lugar de partida donde se reunían todos los integrantes porque nadie tenía la dirección exacta y después de tres intentos, varias llamadas y otras tantas especulaciones, llegamos gracias al dato de la Gran Brasa, la venta de pollos asados famosa en la zona. Después de las fotos de rigor por parte de los organizadores, partimos en un grupo compacto que al poco tiempo se estira y se disgrega en pequeños pelotones y pedalistas solitarios, a medida que  las bicicletas, los propósitos y las formas físicas empiezan a marcar la diferencia.

Yo, en particular, rodé todo el circuito sin nadie de mi grupo alrededor, sin conocer la ruta previamente, sin referencias geográficas y rodando a mi propio ritmo, tratando de dosificar mis fuerzas porque cuando la carretera baja desde la cota de Guatire hasta el nivel del mar, el calor y la humedad aumentan y el efecto es demoledor. Estaban marcados los puntos de avituallamiento con fruta, agua y asistencia, lo cual permitió reponer fuerzas y líquidos mientras avanzábamos hacia la costa. La idea de que es un trayecto que baja y baja hasta llegar al plano de Barlovento, es equivocada porque toda la carretera es un falso plano que tiene cuestas y trechos llanos continuamente – lo que los ciclistas profesionales llaman “un rompepiernas”; subidas no demasiado empinadas pero si largas y a pleno sol, que causan un gran desgaste al tener que cambiar ritmos y posición en la bicicleta.

La segunda idea que ronda la mente, es la incertidumbre acerca de si se va a culminar la etapa porque son muchos km y las condiciones son exigentes; ciertamente hay momentos en los que la duda te asalta sobre todo cuando se llega a Higuerote y al lado del mar, el calor aprieta gracias a la hora en la que el sol está en lo alto y la batería está a media carga – aunque no he dejado de comer, beber y refrescarme cuando he tenido oportunidad -, producto del empeño de continuar y no perder el contacto. Uno de los errores es hacer la ruta sin compañía porque en un pelotón, el esfuerzo se reduce, te protege del viento y hay un ritmo de la rueda que va delante que ayuda a descansar; en mi caso no pude contactar en ningún momento con nadie de mi grupo para poder hacer un pelotón, salvo ya al final que conseguí a un par de amigos, que iban medio fundidos como yo.  

Final que por cierto fue el remate y desgaste de las últimas fuerzas. Los últimos kilómetros desde Carenero a Puerto Francés, más o menos, son una cuesta sin descanso, sin sombra protectora, donde pedaleas como por instinto, sacando fuerzas de flaqueza, la gente se detiene en algunos puntos para descansar y luego seguir con la esperanza que al final del calvario está la llegada. Y así es, la certeza de la victoria frente al reto personal, el aroma a mar y la voluntad por encima de toda dificultad te llevan hasta el estacionamiento de la playa. Ahí te entregan tu medalla que acredita tu hazaña particular y buscas a los ciclistas – entre ese maremágnum de bicicletas y uniformes – para celebrar, abrazarse por el triunfo y dejar la máquina para tomarse varias cervezas heladas a ser posible porque el cuerpo te lo va a agradecer. Eran las 11 cuando llegué, cuatro horas después de la partida.

Nada provoca más después de tanto calor que cambiarse de ropa, darse un baño en el mar, comer rico y beber muy frío. Pero ese día, debido a un incumplimiento del chófer del bus, algunos de los ciclistas nos quedamos sin poder disfrutar de esas cuatro cosas imprescindibles que son el perfecto complemento para un día de larga rodada. Nada que pueda enturbiar la magnífica jornada, que terminó con nuestra llegada a Caracas – que encontramos todavía medio inundada después de un aguacero abrumador -, y el punto final en la casa de cada uno, con ducha, cena e hidratación alcohólica para compensar lo que no se pudo hacer en Puerto Francés. El almuerzo en uno de los muchos restaurantes que adornan la orilla de la playa – montados en el promontorio -, se complica en un día como ese, en el que se añaden a los turista habituales de domingo, los cientos de ciclistas que llegan vacíos de energía y con hambre desbordada. Lo más fácil, un pescado frito con sus tostones y toda la cerveza posible. 

 La segunda ruta, la hicimos un domingo hasta Pedro García, un mirador en la carretera vieja de la Guaira, a medio camino entre Catia y la cima de la montaña. También salimos de Chacao muy temprano – 6 am -, rodando por toda la Libertador, Avenida Universidad hasta el Calvario, allí se incorporan un par de amigos, y luego por la Sucre hasta la entrada a la carretera vieja, donde espera el resto de los ciclistas. Comienza el paseo bajando profundamente, atravesando el barrio hasta el Limón y a partir de ahí, la subida hasta la cima de la montaña para luego bajar por esa carretera, que debido a la lluvia y la falta de mantenimiento, la vegetación se ha ido comiendo hasta convertir dos canales en un pasillo estrecho de menos de un par de metros de anchura. Llegada hasta Pedro García, desayuno individual con las vituallas traídas de la casa – yo en mi caso, una tortilla francesa con queso en medio campesino -,  acompañados por los perros que habitan el lugar y que se alimentan de los regalos de los ciclistas que pasan por allá. Una hora más tarde vuelta pero al revés: lo que era bajada ahora es subida y viceversa con el hándicap de que la última parte es una considerable subida desde el Limón hasta el plano de Catia, a esa hora cuando el sol comienza a descargar con fuerza. No queda sino hidratarse en las licorerías del camino, algunos con gatorade, otros con birra pero la idea es combatir el calor y la deshidratación.

Una vez en Catia, el camino de regreso hasta Chacao es fácil, plano aunque con mucho tráfico a esa hora. Para aliviar el sofocón, nos acercamos hasta una frutería que vende unos helados de frutas bien sabrosos, cerca de la Corte Suprema, donde supongo yo, que debe haber un templo de Testigos de Jehová, porque en un pequeño boulevard están apostados un par de centenares de creyentes, armados con atalayas, sus discursos y sus trajes de domingo, tratando de convertir algún pecador despistado. Después se separan los grupos según su lugar de domicilio en Caracas y los que vamos hasta Chacao nos vamos por la Avenida Panteón, Andrés Bello pasando por delante del Mercado Guaicaipuro, Country Club y en casa. El mismo ritual de todos los días de ruta, salvo que esta vez, tenemos pendiente un almuerzo dominical con unos amigos, que ayudará a restaurar lo consumido.  

El almuerzo tiene como plato principal uno de los manjares – una versión lógicamente -, de la película la Pasión de Dodin Bouffant -. En concreto la pechuga de pollo con trufa. Como es imposible conseguir Pollo de Bresse y la trufa en fruta resulta difícil y muy cara de conseguir, nos vemos obligados a cocinar una interpretación de la receta original: pollo criollo y aceite de trufa – eso sí original importado -. Y cambiamos la bechamel original, que baña la pechuga por un cremoso de papa que la acompaña gentilmente. Vamos con la preparación.

RECETA PECHUGA CON SABOR A TRUFA. INGREDIENTES. Pollos enteros 2. Papas 2 grandes 300 gr. Zanahoria 100 gr. Celery 200 gr. Bouquet de hierbas. Estragón 1 ramo. Cebolla blanca 100 gr. Mantequilla 100 gr. Aceite de oliva 2 Cu. Aceite de trufa 2 Cu. Sal y pimienta. Crema de leche 50 gr. Vino blanco 1 vaso. PREPARACIÓN: El día anterior, limpiar bien los pollos de grasas y puntos de sangre, cortar cuello y sobrantes dejando la piel entera y amarrar con pabilo las patas. Aliñar por dentro y fuera con sal, pimienta y 1 cu de aceite de trufa. Al día siguiente, hacer un caldo a fuego lento con las papas,  la zanahoria, el celery y el bouquet. En ese caldo – sin que hierva – introducir los pollos y  dejar durante dos horas hasta que se cocinen. Vamos a utilizar solo las pechugas, el resto se puede usar para hacer una ensalada, una sopa o un guiso. 

SALSA DE CREMOSO DE PAPA: En mantequilla con aceite de oliva sofreír suavemente, cebolla finamente picada; dejar blanca transparente. Agregar el vino y dejar evaporar el alcohol. Al final el aceite de trufa y el estragón bien picado. Dejar enfriar y pasar por la licuadora con la crema de leche, retocar punto de sal y pimienta. Debe quedar cremoso con textura de salsa. Por otro lado, las pechugas enteras de los pollos – cuatro -, sin piel se introducen en la salsa y se dejan a fuego muy lento durante media hora. Servir en el fondo del plato la pechuga y bañar con la salsa. Es necesario un buen pan para untar y un vino tinto con cuerpo para complementar el banquete. Degustar cada bocado.

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