Después de varios días de incertidumbre – con las maletas hechas y el resto de requisitos que un viajero responsable ha de tener preparados – debido a los últimos acontecimientos diplomáticos entre la madre patria y su hija o viceversa, con el desasosiego de no saber en qué momento se puede producir una declaración de un líder político que cambie radicalmente la situación – ya de por sí muy inestable -, y se cierre el espacio aéreo a la línea que uno tiene contratada, por fin llega el lunes definitivo. Y bajamos al aeropuerto sin novedad, sin aviso de cambio alguno, tranquilos y esperanzados de que sea un día como otro cualquiera en el aeropuerto.

Y sí, definitivamente fue un día de esos normales en Maiquetía: un gentío a esa hora del mediodía – cinco horas antes de la partida -, con varios vuelos previstos hacia Europa, colas largas según la aerolínea, todas a reventar de usuarios, cierto desorden desordenado y sin aire acondicionado por culpa el apagón. Normalidad a la que hay que añadir los matices propios de la situación: público muy ansioso, más emigrantes que viajeros de ida y vuelta, más maletas que de costumbre, mucha juventud entre 20 y 50 y lentitud en la facturación debido precisamente a la gran cantidad de equipajes a facturar. Un punto de control de la línea para revisar pasaportes y lista de pasajeros, otro de las autoridades para revisar lo mismo y hacer las preguntas de rigor – impecablemente vestidos con uniforme de gala, pero quejándose con razón del calor y de que es mediodía y todavía no llegó el almuerzo -, otro para entregar tarjetas de identificación para las maletas y por último, mostrador de Iberia, con el personal desbordado, se equivocan con los asientos, se les enredan las cintas de las maletas, se pierden los pasaportes……en fin normalidad absoluta.
Pasamos el control de seguridad, pasamos el control de pasaportes – lentamente porque ya se sabe que la hora del almuerzo provoca la desaparición del personal durante una hora -, y por fin estamos en la puerta de embarque asignada después de dos horas y media. La única ventaja es que ya son las 2.30 y quedan otras dos y media para la hora de salida. Puntualmente – y aliviados después de tanta incertidumbre – despega el avión rumbo a Madrid, lleno hasta la bandera, cargado de equipaje hasta rebosar en la bodega, con las aeromozas – que para Iberia son azafatas, no olvidar – españolas con su característico buen humor, orden de mando y atención sujeta a que usted no pida algo que esté fuera de sus parámetros.
Por ejemplo, no se levante usted de su asiento en una fase de turbulencias porque lo prohíbe el capitán, que fue quien encendió la señal luminosa, así esté usted al límite de su sistema urinario por decir algo no muy complicado. Pero siempre atentas a la hora de servir el aperitivo y la cena consistente en «Pasta o pollo», se acabó el pollo, no queda sino pasta porque la empresa de catering en Caracas trajo poco pollo, y la pasta está incomible pero todos contentos porque es gratis, hay apetito y es mejor que la que hacen en mi casa a pesar de todo – piensan algunos que la devoran hasta el final-. Vuelo largo de nueve horas, a poco de cenar la mayoría del público se acurruca con manta y almohada y comienza a dormitar o a dormir profundamente hasta la hora del desayuno, una hora antes de aterrizar, cuando el avión está a la altura de Lisboa.
Tentempié frío de «queso con tomate o tomate con queso», usted elige, que hay que calentar debajo de la manta porque está helado, jugo – mejor que pida zumo porque si no la azafata le dirá que de eso no hay – y café a discreción. Aterrizaje en Madrid, se siente el cambio de temperatura a las 8 de la mañana, aire limpio, fresco y agradable. Pasamos rápidamente el control de pasaportes de ciudadanos europeos pero la cola de extranjeros es brutal porque el 90 % de los pasajeros vienen con invitación de turismo y con pasaporte venezolano. Como no hay que recoger maletas porque van directo a Roma, sólo hay que cambiar de terminal para abordar más tarde otro vuelo de la misma compañía.
Gracias a la tecnología, la pantalla en la que ve usted las películas durante el trayecto, pasan obligatoriamente un video instructivo, acerca de cómo moverse por el aeropuerto para llegar a su terminal de destino, según el país o el vuelo que le espera. Con su acentico castizo y tono de vendedora del Corte Inglés «Suba usted dos pisos, coja el ascensor hasta el piso 1, baje por las escaleras mecánicas, coja el pasillo que tiene la línea amarilla, coja el tren, baje usted un piso, coja la dirección a las terminales RPJ, siga la línea azul y siga, suba, baje y coja»……..que provoca entre los pasajeros recién desayunados una carcajada sobre todo por aquello de andar cogiendo para la izquierda o para la derecha indistintamente.

Tres horas de espera deambulando por el Duty Free de Barajas, recordando la novela de Otrova Gomas, de aquel estudiante que llega a París y pide un bocadillo de queso Camembert y ante la cantidad de producto dentro del pan, se va a una oficina de la Poste y le envía al portugués de la panadería donde siempre compra su sándwich de queso paisa, una tarjeta postal con la palabra ladrón hasta debajo de la estampilla. Porque los precios de los productos ibéricos, de los quesos y de los vinos provocan indignación – y eso que son caros en el aeropuerto – acordándose de los precios y la calidad en los bodegones y charcuterías de nuestra ciudad.
Pasada la una de la tarde desembarcamos en Fiumicino, recogemos la maleta y nos vamos a la sección de alquiler de carros donde tenemos una reserva. Hay una máquina donde puedes apuntarte con tu número de reserva en la lista de Priority y detrás de los mostradores hay dos pantallas, una con Priority list y otra con Standard list; la segunda mucho más larga que la primera, lo cual me hace pensar que me entregarán el carro en pocos minutos. No había caído en cuenta que ya estaba en Italia y que las cosas ahí funcionan al revés: una hora hasta que cayó mi nombre, a pesar de que sólo tenía una persona por delante en la lista prioritaria.
Ya nos habíamos comunicado con unos amigos que viven allá para encontrarnos después para almorzar en un restaurante cercano al aeropuerto. Así que con flamante carro – automático gracias al Señor, que agradecí más tarde – salimos del terminal y nos dirigimos al restaurante con la sorpresa de que la primera persona que nos atiende era una margariteña. Al lado de un canal cerca del mar, creo que se llamaba O Cielo, charlamos más que almorzamos con los amigos un Sauté de mejillones y almejas, una fritura de calamares y unas cervezas de Cerdeña Ichnusa – de grato recuerdo -, y nos despedimos con besos y abrazos – después de muchos años – hasta nuestro próximo encuentro los últimos días de nuestro viaje en su casa en Viterbo de Claudia y Máximo.
Grandioso encuentro que vamos a repetir con mayor intensidad si cabe. Nosotros seguimos rumbo al sur hasta Nettuno donde teníamos un hotel reservado para la primera noche, con tan mala fortuna que cuando llegamos – nueve de la noche gracias al GPS – el hotel estaba cerrado y oscuro. Tuvimos que improvisar buscando por Booking gracias al internet contratado por una eSIM y conseguimos después de un par de intentos, un hotel bastante asequible y acogedor en Anzio – famosa por el desembarco aliado en la segunda guerra y la batalla de Montecassino – a 10 kilómetros de Nettuno, ya a las 9,30 de la noche; exactamente 34 horas después de salir de nuestra casa en taxi para Maiquetía el día anterior. No nos contaron diez después de una buena ducha. Despertamos a las 5 de la mañana del día siguiente, enchufé mi celular en la línea de 220 voltios – qué tiene convertidor – y la luz desapareció. No tuve más remedio que bajar a recepción, comunicar que estábamos a oscuras – sin decir por supuesto el motivo del apagón – y luego de diez minutos un técnico de guardia subió los «brakers» y la luz se hizo de nuevo.

Sale uno de Caracas pensando que en Italia la electricidad nunca falla y se encuentra con esa sorpresita del incumplimiento del hotel y de la caída de la línea; como que uno arrastra las malas costumbres de su país sin quererlo. Como ya casi era hora de desayuno, nos acomodamos, otra duchita para refrescarse y pasar el jetlag y fuimos gratamente sorprendidos esta vez, con un abundante, variado y rico «prima colazione» en buffet, con huevos, embutidos, quesos, yogur con todo, frutas, postres, mantequill, mermeladas y mucho más. Amaneciendo nos dimos cuenta que estábamos muy cerca del mar, en una mañana bella y despejada y eso y las viandas, ayudaron a recuperar el ánimo y las fuerzas. Y de paso, prepararnos para la primera jornada de viaje en dirección a Gaeta, rodando por la costa.
Gaeta – en la región del Lazio – es un enclave rodeado de montañas, con dos bahías y al final de una península baja y arenosa donde se ubica la parte nueva con dos paseos marítimos, puertos y veleros, está la vieja ciudad, resguardada por el Monte Orlando con su Castillo de Carlos V. Fue uno de los lugares preferidos por los romanos para pasar sus vacaciones y es comprensible. Por sus calles estrechas y sinuosas se ubican bares, restaurantes y tiendas de alimentación donde es imposible no entrar y abastecerse para cualquier contingencia: mozzarella en tiras, coppa, cabeza de cerdo, salami, queso de teta, melocotones, jamón asado, uvas de Salerno, tomates de bocado, focaccia recién hecha y una cava plegable – que busqué en Caracas durante tres días – donde guardamos todo con su hielo correspondiente para el viaje. Llegamos al Hotel Serapo, en un día soleado, al lado del mar y nos refrescamos con una baño en una piscina bajo la cùpula de una gruta debajo de la Montagna Spaccata a la cual subimos después – en carro, no se crean – para ver su célebre Santuario de la Santísima Trinidad y sobre todo para divisar desde esa altura, la vista panorámica sobre el cabo de la ciudad y sus dos playas, Serapo y Fontaina.
Dedicamos la tarde a recorrer la ciudad vieja de estrechas calles empedradas, curvas inverosímiles, catedral y casas construidas desde el medioevo hasta principios del S XX; imposible hacer esa ruta caminando porque la subida hasta las murallas es para atletas entrenados, así que el carro es ideal para ello, mientras hacemos tiempo hasta que abra el restaurante que un paisano nos recomendó y que abre a las 7, pero el servicio es a las ocho. Estacionamos en la plaza del puerto, zona azul de parking con máquina – hay que hacer un curso para descifrar su funcionamiento – y caminamos por una entrada medio escondida que desemboca en una glorieta que ocupan fraternalmente Los Carabinieri y el Restaurante Masaniello. Escalopines en salsa de limón con una verdura que llaman escarola pero que es achicoria, deliciosamente amarga con oliva y peperoncino. Y el plato especial de la casa y de la zona: Calamarotti alla Vitapiatto, una especie de crujiente de calamares enanos, jugosos, un Frascati blanco y agua frizzante. Excelente cena rematada con un gelato de nocciola en la Gelateria Il Pinguino, perdida en uno de esos laberintos que conseguimos en el camino.

Durante la cena pusimos a prueba nuestro italiano macarrónico, mezclado con inglés, francés y español con un par de señoras de la mesa de al lado – amantes de la cocina y del buen yantar – , que nos dieron buenos datos sobre algunos platos típicos de la región. Vuelta al hotel para descansar después de un día intenso y aprovechado al máximo. Sueño profundo y reparador.
Al día siguiente, otro desayuno de primera – y esto es una constante en Italia – abundante y reconfortante. Después partimos hacia Pozzuoli, que es el comienzo del Golfo de Napoli, frente a las islas de Procida e Ishkia. Antes de llegar a nuestro destilo, hicimos una parada en la calle principal de paso de un pueblo llamado Mondragone, atraidos por unos estantes de vegetales y frutas de una tienda, que resultó ser también panadería, charcutería, quesería y que ofrecía una pequeña exhibición de productos hechos en casa, especialmente unas focaccias en forma de bollo redondo, rellenas de tomate seco, aceitunas y mortadela de pistacho, de las cuales cayeron cuatro en nuestra bolsa; además de dos mozarellas de búfala, unos melocotones, trescientos gramos adicionales de mortadela, cuatro cervezas tercios Peroni y unos caramelos de gengibre. Gracias a la cava portátil y una panela de hielo, todo en su justa temperatura. Hay que aclarar, como te aclaran en Italia, dependiendo de donde te muevas, que la Mozarella del norte es de vaca y es insuperable para un romano y que la de búfala es lo mejor que hay para un napolitano y la otra es poca cosa – ya me entienden que poca cosa – y viceversa.
Aclarado el punto, sigamos en dirección a Pozzuoli, adonde llegamos a media tarde para descubrir una ciudad que se levanta desde el puerto y su bahía hasta la montaña, y que están unidos por una carretera con una pendiente de un 20% – así como el Tourmalet – que sube serpenteando hasta donde estaba el Hotel Gli Dei, donde nos alojamos los dos días siguientes. Estamos frente a la recepción y sentimos un ligero aroma a sulfuro, más intenso en esa hora de la tarde y con el viento a favor, así que preguntamos de forma inocente para enterarnos que es lo que ellos llaman La Sulfurata, una zona volcánica que despide humo con sabor a bomba fétida soportable. Nos enteramos que, según el recepcionista, el sulfuro es bueno para la potencia sexual como la viagra, pero sin pruebas científicas que apoyan dicha teoría prefiero pensar que es sólo una superstición más de tantas que hay de esta zona del país.
Pasamos la tarde descansando en la terraza con vistas a la bahía, soñamos con las islas que quedan al frente, vemos los ferries cruzar hasta ellas, y hasta distinguimos los carros que circulan por el borde del paseo marítimo. Decidimos tomar el carro y salir a cenar anocheciendo para llegar a las ocho – los restaurantes en Italia tienen la mala costumbre de cerrar después del servicio del almuerzo y abrir para la cena, pero si quieres comer algo entre las 4 y las 8, tienes que recurrir a un helado, un bocadillo o algo de comida rápida si es que consigues un fast food porque en este país, invertir en un negocio como Mcdonalds, Burger King o Kentucky Fried Chicken, es una apuesta a perdedor, porque los nacionales odian la comida que no sea italiana o más bien de su región. Y saliendo para la Trattoria adonde iba con la ilusión y la gula de comerme unas albóndigas con pasta al estilo napolitano, arrancó un palo de agua, más bien una tromba que ríete de las lluvias de Caracas, y por ese camino hacia el centro en cuesta como Alpe D´Huez en el Tour de France, bajaba un río a toda velocidad, hasta que llegamos al plano del pueblo. Nos bajamos cuando la tormenta se apaciguó durante un par de minutos para estacionar, sacar el ticket de la zona azul e irnos al restaurante. Pero en esos minutos que uno se tarda en pagar en la máquina porque los sistemas son como la comida y el dialecto en Italia -son siempre diferentes -, arrancó de nuevo pero con más violencia.

Nos refugiamos debajo del mínimo techo de un kiosko de prensa, pero nos mojamos hasta el pecho, esperando que amainara el temporal pero fue al contrario. Decidimos que era momento de irse y regresar al hotel, pero alguien tenía que ir hasta el carro, arrancarlo y recoger al otro debajo del kiosko. Como comprenderán y habr´nan intuido, fui yo mismo, que rodeando el puesto de periódicos me encontré una bolsa de basura blanca tapando unos potes de pintura, me la eché por la cabeza y atravesé los veinte metros agua hasta entrar en el vehículo empapado salvo la cabeza. Subió Raquel como pudo y emprendí el retorno en una noche sin luz, con esa avalancha de agua que me impedía ver y gracias al google maps pude llegar hasta el hotel, subiendo por esa cuesta, despejando agua a los lados como una lancha fuera borda. No terminó ahí la aventura porque desde el estacionamiento hasta la entrada del lobby, quedan 50 metros sin cubierta. Primero salió Raquel con la bolsa de basura y diez minutos más tarde un señor me vino a buscar con un paraguas que difícilmente nos cubría el cogote. Total, ducha caliente rápida y cena en el hotel, que resultó ser estupenda. Ensalada de carciofi, melanzane, zucchini al grill y nueces, tartar de salmón y yo no perdoné unos spaguetti con salsa de albóndigas y salchichas al más puro estilo del lugar. Vino blanco bien frío y nos olvidamos de la trattoría y de la bomba de agua, como le dicen los lugareños a esas explosiones.
Es digno de resaltar que esa misma tarde se celebraba una boda en el hotel que media hora antes de la tormenta estaba en pleno apogeo hasta que la gente huyó despavorida de los jardines a los salones interiores. Buen ambiente, buffet espléndido y orquesta tipo película el Padrino, con los hombres trajeados y las mujeres de largo con kilo y medio de piezas doradas como adornos. Aprovechando la confusión del aguacero, anduve husmeando en el salón de la comida – espectacular – y el despliegue de modelos también al estilo de la orquesta.
Amanece al día siguiente como si no hubiera pasado nada. Un cielo azul casi cobalto, únicamente superado por el atardecer, que nos invita – después de otro desayuno, el mejor hasta el momento en un buffet de 30 metros – a recorrer toda la costa, con sus dos bahías como Gaeta, pasando por el Lago Averno, la famosa Solfatara y el centro de la población. Hora de cenar en el puerto – otra máquina de parking diferente – en Il Tritone, Zuppa di cozze, polipo grillo, sauté de vongole, vino blanco de la casa y un pan con un queso y aceite de oliva con hierbas para esperar los platos. En una gelateria al lado nos tomamos el café y el helado de pistacho. Un barman que atendía la cafetera con el cigarro en la boca me corrige cuando le pido el café y le digo «Maquiato»; se saca el cigarro de entre los labios y me dice con cierta acritud «Machaaaato». Repito como él pero me vuelve a corregir, me recuerda siempre a la película de Robert de Niro y Billy Cristal cuando este último se hace pasar por el Consigliere y al preguntarle un mafioso por su nombre – Sobel típico alemán yiddish como buen psicoanalista – responde suavemente añadiendo el sufijo Sobel…leeeeeone……para pretender sonar como siciliano. Casi que me siento como Cristal pero sin el traje de tela brillante.
Regresamos a Gli Dei a la hora en que se estaban celebrando unos 18 años, con el mismo ambiente de la boda del día anterior en cuanto a la comida y decoración; la única diferencia era la música que sonaba en esta ocasión más a una mezcla entre reggaeton y romántica italiana. Nos quedamos en la terraza de la habitación con vistas a las islas, hasta que el cuerpo pidió descanso.
Por esta semana tenemos suficiente, seguiremos a partir de Napoli y la Costa Amalfitana la próxima semana. Arrivederci.


