Después de dos días en Pozzuoli, partimos temprano en dirección a la Costa Amalfitana, la cara sur de la Península de Sorrento. Hicimos nuestro último desayuno en el Hotel Gli Dei, el mejor hasta el momento de varios establecimientos, insuperable. Y de paso aprovechamos para despedirnos del personal que nos atendió: el SEÑOR así con mayúsculas, que atendía desde el desayuno hasta la cena la sala principal, dirigiendo el equipo de mesoneros, con sus años encima y las huellas del camino visibles en su forma de caminar, con sus casi dos metros de altura y su porte distinguido con smoking negro, conversador y observador de las costumbres de la clientela, cuidador de cada detalle, ordenando con un solo gesto de las cejas a sus subordinados.
Un ejemplo de profesional que tanto añoramos en Caracas, de esos que atendían en los años de gloria de la restauración en nuestra ciudad. También pudimos despedirnos del recepcionista que nos recomendó aroma de sulfuro como estimulante sexual y del mismo hotel y su espléndida vista hacia la costa y las islas. Tan sólo veinte km para llegar a Napoli – por la Autostrada A56, que pasa por el norte de la ciudad -.

En principio la idea era pasar el día pero sin parar a dormir, sino continuar luego hasta C.A. (Costa Amalfitana) pero se me ocurrió tomar la primera salida de la autopista que bordea el Estadio Maradona, hasta Fuorigrotta y continuar después por esa avenida que primero se llama Diocleziano, luego Gramsci, Dorn, Caracciolo, Marina, Vespucci y que no es más que la vía que recorre todo el frente marítimo de Napoli. Craso error: la bajada hasta el nivel del mar es una pesadilla de calles estrechas, curvas endiabladas y tráfico infernal – al que ayuda un comportamiento de los conductores que te hace extrañar la locura de Caracas -, miles de motorizados que hacen las cabriolas más inesperadas y chóferes civiles que te mentan la madre y gesticulan de una manera que no puedes interpretar como un piropo. Pero después de varios momentos de peligro y tensión, que ellos manejan con mucha soltura, llegamos a salvo e insultados pero sin roces ni golpes en el carro, lo cual parecía una misión imposible.
Menos mal que la experiencia acumulada después de tantos años en el tráfico de Caracas sirvió para algo. Ya nunca me quejaré de los motorizados, taxistas, gandoleros y señoras despistadas que hablan por teléfono, se maquillan y no respetan cruces ni semáforos. Esa avenida carretera que se extiende durante unos doce km, se convierte después en una calle empedrada con dos canales – uno de ida y otro de vuelta, sin aceras ni hombrillo – más carros de los que absorbe la calle, el mismo comportamiento o peor porque el tráfico es más denso, los cruces son guillotinas, hay mucho comercio popular, y gente que camina no me pregunten cómo y se sientan en terrazas improvisadas en las cafeterías montadas sobre la calzada, y el carro botando durante veinte km sobre un piso irregular construido seguramente en la época de los romanos. Pero la belleza del paseo, los personajes y las escenas que uno contempla – dignas del Cine Neorrealista italiano -, compensan en gran parte los inconvenientes.
La historia de Napoli comienza hacia el S VIII antes de Cristo, con la fundación de Ischia por los griegos pero la abandonan debido a causas geológicas y se traslada al continente. Se transforma en un asentamiento importante para el Imperio de Roma hasta el S V de la era cristiana, que es conquistada por los germánicos. Luchas entre bizantinos y lombardos hasta que llegan los normandos – vikingos civilizados – que conquistaron el sur de Italia, incluida Sicilia. A ellos le siguió el Sacro Imperio Romano Germánico hasta que se hizo con la ciudad Alfonso V, rey de Aragón. Esta monarquía hispánica trajo gran prosperidad y más tarde pasó por ahí Napoleón y terminó la historia Garibaldi con el Risorgimento, unificando todo el país.

Tras la Segunda Guerra, la ciudad tuvo que reconstruirse y todavía está en eso en muchas áreas. Capital de la Campania, famosa por la Camorra – organización criminal mafiosa -, que se extendió a Estados Unidos de la mano de Al Capone en los años 30 y se asoció con otras bandas como la Cosa Nostra, instaladas en el país. Pero conocida también por sus monumentos, la pizza napolitana y en general su magnífica cocina, sus mercados y la simpatía de sus gentes – salvo cuando están montados en un vehículo -, que hablan un dialecto que poco tiene que ver con el italiano de Umberto Eco.
Escoltada por el Vesubio, impresionante montaña volcánica, tiene más de tres millones de habitantes incluyendo su área metropolitana; considerado por los romanos y griegos como un lugar sagrado le ha dado más de un disgusto a Napoli; el último en 1944 pero la más conocida cuando en el año 79, sepultó a Pompeya y Ercolano que Plinio El Joven describió en lo que fue la primera crónica de una erupción.
Decía que después de disfrutar durante el día de ese Napoli bello y tranquilo del paseo marino, pasábamos por esa especie de Barceloneta marginal antes de las Olimpiadas del 92, anárquica y empedrada, hasta salir y dejar de botar en un asfalto liso por Castellammare di Stabia, que es la puerta a la Península de Sorrento. Pensando en pasar unos días en C.A. es necesario instalarse en un punto estratégico que permita acceder a la costa norte y sur sin tener que desplazarse muchos kilómetros y llegar siempre a un punto intermedio.
Nosotros elegimos un hotel en Sant’agata di Due Golfi, un pueblo de montaña desde el que se nos hacía fácil ir, visitar y regresar a la tarde antes de que se hiciera de noche porque si el tráfico es una pesadilla en Napoli, en C.A. es una congoja que sólo se aplaca disfrutando del paisaje maravilloso que ofrecen esas montañas que caen hasta el mar, con sus pueblos en las laderas, descendiendo hasta los puertos. Las carreteras están excavadas en los perfiles montañosos y por supuesto son puras curvas a veces de casi 360 grados, sin ánimo de exagerar.

Quería hacer una pequeña reflexión acerca de la C.A, que a mi parecer está sobrevaluada, muy sobrevaluada. Entiendo que tiene su leyenda y que es un destino turístico por excelencia, pero sobresaturado, excesivamente caro, complicado para moverse y estacionar, comida regular y público que cree que hay que pasear por esas aceras inexistentes, elegantemente vestidos. Y entonces ves legiones de ingleses, alemanes, holandeses, europeos de todo origen altos y rubios pero ataviados con lo que ellos consideran una vestimenta casual pero elegante, que no es la que lucen los italianos – que van a otros pueblos según mi experiencia en esos días -.
Y aunque parezca fuera de tono y lugar y salvando las distancias, laderas de pueblos ubicados en las montañas – con casas sin frisar – , carreteras con curvas, playas bellas con arena blanca, motorizados rebeldes, gente bella en traje de baño, domingueros comiendo en los chiringuitos bajo las palmeras…..de todo esto tenemos en Naiguatá, Catia la Mar y alrededores. Sin necesidad de ir tan lejos. Porque vamos con la primera impresión que causa Positano, si no te dejas deslumbrar por su fama y su fábula.
Después de un buen desayuno – como todos en este país, no importa el hotel, el nivel medio es extraordinario -, salimos de la montaña y vamos en dirección sur hacia Positano. Hay una equivocación en pensar que cuando el mapa indica que tal población está a un km de la costa, está a un km exactamente. Porque ese km se convierte en quince, debido a que no hay accesos directos en perpendicular hacia la costa; sólo hay una vía que corre a lo largo de la ribera, lo demás son carreteras intrincadas que dan vueltas y vueltas hasta que enlazas con la principal y siempre son monte arriba y cerro abajo.
Dos horas para cubrir una distancia de 15 km que sin tráfico son treinta minutos, las mismas casas montadas una sobre otra que se acoplan siguiendo los pliegues del monte, la mayoría bastante precarias – pero frisadas y medio desconchadas – y encajados entre ellas, estacionamientos improvisados, restaurantes estrechos y terrazas más estrechos aún, hoteles normales a precios estratosféricos, miles de visitantes de todo pelaje vestidos para hacerle el coro «al glamour Traki Style» del pueblo, caminando apretados y jugándose los pies – que no retoñan – con los carros que se mueven en unos canales de 3 metros de ancho, casi rozándose unos a otros y con las voces y la mímica, tan propios del lugar como la granita di limone que venden a lo largo de la vía unos motocarros de tres ruedas estacionados – en mi infancia se llamaban isocarros – en espacios inverosímiles.
Exactamente igual, pero menos aglomerado es Amalfi, Arienzo, Praiano y todos los pueblos de esa zona, salvo Ravello; una excepción en la montaña junto a Atrani, la entrada hacia arriba desde el mar; Ravello tiene el Auditorium Oscar Niemeyer, utilizado anualmente para el Festival de Música Clásica y es una ciudad que ha servido históricamente como lugar de retiro para personajes como Boccacio, Wagner, Virgina Wolf, Gore Vidal, Greta Garbo y otros.
Por algo será. El mar que dejas atrás cuando subes a Ravello, es algo que nunca ves a su nivel porque la carretera transcurre a una cota muy alta. Después regresamos por el mismo camino, sin tráfico porque todo el mundo va a esa hora en dirección Positano, para recorrer la costa por Termini, Punta Lagno, Massa Lubrense, Marina di Puolo y de nuevo Sant Agata dei Due Golfi, justo antes de anochecer. La idea es cenar en un restaurante de forma contundente, porque durante el paseo del día sólo hemos comido cosas para picar o aperitivos en los bares de las playas o puertos, que sirven para acompañar la bebida: suelen ser unas «patatine fritte» o cosas por el estilo.

Después de consultar en las guías, decidimos sin muchos datos precisos que valorar – porque las fotografías y las recomendaciones de usuarios y expertos siempre son interesadas y hay que seguir el propio instinto a riesgo de equivocarse -, que vamos a cenar en Casa Orlando.
Descansamos lo justo para refrescarse y abrigarse con una chaqueta porque en la montaña la temperatura cambia a partir de la caída del sol afortunadamente, y caminando por las calles de una población – que como su propio nombre indica – está ubicada entre los golfos de Napoli y Salerno. Lo interesante es el panorama que se divisa: la isla de Capri y los islotes de Galli, Isca y Vetara; y en el punto más alto se encuentra el Monasterio del Desierto, que fue construido por los frailes carmelitas en el S XVII.
Llegamos al restaurante y para nuestra sorpresa, una agradable terraza está ocupada por más de cien habitantes masculinos que fijan su mirada en un televisor tamaño pantalla de cine donde se retransmite en directo el derbi de la semana: Juventus vs Napoli; comentarios, gestos, gritos contenidos y no tan mesurados conforman un ambiente de «miniestadium» futbolístico y en consecuencia, ante un acontecimiento tan importante, no hay servicio de cenas esa noche. Uno de los «tifosi» que va saliendo de la terraza – con una edad media bordeando la jubilación – nos pregunta por nuestra procedencia y cuando le respondemos que venimos de Caracas, nos cuenta que durante años estuvo haciendo la ruta marina entre Europa y Maracaibo, Puerto Cabello, La Guaira y otros puertos de nuestro país.
Se emociona porque sus recuerdos de Venezuela son entrañables, nos pregunta si estamos buscando un lugar para cenar y nos dice que le sigamos al mejor restaurante – en su opinión – del pueblo. Nos lleva hasta la puerta, conversa con el propietario – que está abriendo en ese momento para el turno de la noche – y nos recomienda como si fuéramos de la familia. El señor entra y se dirige hacia la barra porque están sacando en ese momento varios productos recién hechos pensados para «portare»: mini calzone, crocchette, arancini, pizza, focacce y etcétera y se lleva varias piezas para seguir viendo el partido de fútbol. Nos sentamos y para no complicarnos la vida pedimos calamari fritti para compartir y dos spaguetti vongole, vino blanco de la casa y pan con aceite de oliva que nos ofrece el establecimiento. Acertamos y acertó el señor con la sugerencia. Después de eso, damos otro paseo nocturno hasta el hotel para favorecer la digestión y disfrutar de ese fresquito serrano con lejano aroma a salitre.
El desayuno en el Hotel Delle Palme, no desentona con los otros anteriores. Una breve descripción merecida, que deberían poner en práctica todos los hoteles del mundo: huevos revueltos, fritos o duros y carnes como salchichas, tocineta o similares; quesos (mozzarella, parmigiano, taleggio, pecorino, caciocavallo…..) y embutidos (salami, coppa, prosciutto, mortadella, bresaola…. ; panes para todos los gustos, croissants – cornetos -; yogur con todos los hierros y frutos secos; mermeladas, confituras, miel: frutas frescas de la temporada; una docena de postres, tortas y dulces en varios formatos; cafés, tés, aguas gasificadas y sin gas. Y no recuerdo todo pero si hay algún capricho que no esté en la lista, usted lo pide y se lo buscan. Y muy importante, café recién hecho, sin límite y como usted prefiera.
Café italiano, hecho en máquina de café italiana por un italiano que ama el café. Tras esta prima colazione, salimos buscando una ruta distinta a la del día anterior, que nos lleva a San Pietro y luego Sorrento para visitar el puerto – que siempre es el lugar clave de los pueblos porque ahí suele haber un paseo marítimo, castillo, calles medievales, bares y restaurantes amén de la catedral y otros monumentos si los hay -, Luongo di Metamare – que tiene la curiosidad de dividir la entrada al muelle en dos túneles: en el izquierdo el parking cuesta tres euros, en el derecho uno -, adivinen cuál elegimos.

Mientras trato de sacar el ticket de la zona azul, me ataca la necesidad de aliviar líquidos, nada extraño después de la ingesta de semejantes desayunos, y como el sistema es nuevo aquí también, entre que darle al verde, mete las monedas, apunta la matrícula, dale de nuevo al verde, me equivoqué, comienza otra vez…….llego a la terraza del bar en la playa en el último momento, apurado pidiendo una baño pero llego, justo justo pero llego. Ahí nos provoca tomar un campari – hay que hacer entender a los europeos que las bebidas en verano se toman con hielo, pero no una piedrita de hielo, sino con el vaso completo – viendo a los turistas alemanes bañarse en una pequeña playa que tiene canto rodado en vez de arena pero un agua azul transparente, un arrecife rocoso al fondo y embutida de un pliegue debajo de una pared vertical de fantasía.
Seguimos rodando hasta Nerano – al que puso nombre el emperador Tiberio Nerón porque pasaba sus vacaciones en la época de verano – al sur de la península, después de un camino en bajada de siete km para almorzar en el Restaurante Lo Scoglio di Tomasso, pasadas las 3 de la tarde, aunque el sitio está completo de visitantes italianos – salvo rara excepción -, nada que ver con Positano, gente bien vestida al estilo del país, ambiente increíble en una terraza que sobresale sobre la playa, con su techo de madera y tejido blanco. Y un menú que costó elegir porque todos los platos que pasaban alrededor de uno, eran provocativos.
Al final, Frittura di mare, Spaghetti ai frutti di mare, Calamari alla griglia, Dolce di fichi, Vino Bianco. Regreso al hotel al final de la tarde, descanso, paseo y una merienda cena tardía ligera. Descanso y la semana siguiente seguiremos más al sur de la costa del Mar Tirreno. Allá nos esperan las rectas después de tantos millones de curvas. Arrivederci.


