Sonia Sgambatti: trazado de una historia de compromisos

Inés Muñoz Aguirre escribe en Edición Especial por el fallecimiento Sonia Sgambatti a sus 84 años, destacándola como una figura excepcional que merece ser recordada. Sgambatti fue una abogada, política, educadora, escritora y activista de derechos humanos que impactó numerosos sectores en Venezuela.
Inés Muñoz Aguirre
  • Desde mi época de estudiante, cuando dirigí Mujer-Mujer, estuve cerca de esta mujer a quien admiré y quien como amiga siempre ha estado presente. Es una de las protagónicas de mi libro, publicado por la Fundación Polar. Hoy reviso, reescribo,hago memoria. A partir de este ejercicio que debemos hacer todos con frecuencia, reconocemos los logros de los verdaderos líderes.

Venezuela ha ido perdiendo valiosas personas que han formado parte de liderazgos indiscutibles en diversos sectores. Pérdidas que en muchos casos, la mayoría, han pasado sin pena, ni gloria. Sin los reconocimientos y los homenajes merecidos. Los homenajes que debe rendir la sociedad a sus verdaderos benefactores.

Esos son los hombres y mujeres que estudiaron, contribuyeron al desarrollo de importantes sectores del país, se erigieron como verdaderos guías, como líderes indiscutibles.

No puede pasar desapercibida la desaparición física de Sonia Sgambatti, porque son muchos los sectores que se nutrieron de sus aportes: las agrupaciones femeninas, el área jurídica, formó parte del Senado, el Ministerio de Justicia, la OEA, la ONU, la Federación Venezolana de Abogadas, el sector educativo, la Universidad Central de Venezuela, las organizaciones de derechos humanos, el poder judicial, la poesía, la literatura y la música, por mencionar algunos de los sectores donde se destacó por su contribución directa al desarrollo.

Un reto para todos.

Sonia nació en Barquisimeto, estado Lara, en un hogar estable en el que su padre y su madre tuvieron siete hijos. Desde sus estudios de bachillerato participó en la creación de un ateneo y su biblioteca. Se involucró directamente en la política para luchar contra la dictadura de Pérez Jiménez. Sus inquietudes se convierten en una preocupación familiar al punto que, cuando se viene a Caracas a estudiar derecho, la familia se viene con ella.

—En efecto. Me vine a la Universidad Central y me inscribí en la Escuela de Derecho. Me vengo yo primero; después de determinado tiempo, logra mudarse toda la familia para Caracas. En ese momento, si la mujer se quería graduar de abogado, era simplemente para ejercer como juez de menores o como procurador de menores. Me enfrentaba con los profesores en el sentido jurídico, en el sentido más pedagógico de la palabra.  ¿Por qué tenía que ser así la situación de la mujer?

Me casé estudiando el primer año de la carrera y tuve a mi hijo en el segundo año. Eso hizo que no incursionara nuevamente en la política. Tenía el doble rol de estudiar, de prepararme muy bien, pero también el de esposa y madre.

Una vez que salgo de la carrera y ya mi hijo está más grande, entro dentro de la administración de justicia. En 1964 consigo la posición de juez en Maracaibo. Vuelco mis deseos y mis apetencias por hacer cosas dentro del poder judicial, por cambiar normas, por conquistar posiciones, porque la mujer sea respetada.

Con el tiempo, Sonia regresa a Caracas. Hace el trabajo unas veces de defensor y otras de juez. En esa época se crea la Federación Venezolana de Abogadas, conformada por un grupo de mujeres, presididas por Luisa Amelia Pérez Perozo. Un grupo de mujeres indetenibles que escribían siempre en los medios de comunicación, daban entrevistas, conferencias y hacían foros, para propiciar la participación.

La lucha de Sonia Sgambatti apenas comenzaba. Su mirada, al conversar con ella, se perdía en un torbellino de recuerdos que anunciaban los caminos transitados. Pocas mujeres han podido alcanzar el éxito en su profesión de la forma constante en que ella lo ha hecho.

Se piensa en los cambios.

Después de egresar de la Universidad Central de Venezuela, estuvo por largos años en la administración de justicia. Estuvo en el Tribunal Supremo de Justicia y en el Consejo de la Judicatura. Fue viceministra de Justicia y ministra encargada. Estuvo en el Senado de la República. Fue representante en la Organización de Estados Americanos (OEA) en la Comisión Jurídica y Social de la Mujer para una lucha en contra de la droga.

Sonia Sgambatti nos cuenta…

—Cuando estaba de juez, hice cosas que me llenan de satisfacción con una ONG que tenía Pedro Liendo Coll.  Llevamos una campaña a nivel de las cárceles venezolanas, iniciando en ese entonces desde la Cárcel Modelo, charlas, conferencias, concienciando a los procesados y penados de que no era un momento oportuno para tener hijos, para embarazar a sus mujeres. Ellos lo hacían para que la mujer no los dejara, para que no los abandonara, sino que viviera con ellos después de largas reclusiones. Tratar de romper ese paradigma fue un arduo trabajo.

No había plan de rehabilitación, de reinserción social. Logré, a través del Colegio Universitario de Caracas y después a través de la Universidad Simón Rodríguez, que se designaran facilitadores para comenzar un centro piloto en el internado judicial de El Junquito donde se iniciaron las clases. Empezar a formar a los más jóvenes, a darles herramientas y eso fue muy importante.

—¿Cuál fue la reacción obtenida por parte de los presos?

—Se sentían tratados como ciudadanos, como seres humanos plenos que podían tener un oficio definido y no tener que estar malandreando para adquirir sus necesidades.  Se logra que en el internado judicial de La Planta, que funciona como centro piloto, estuviera el Instituto Universitario Nacional de Estudios Penitenciarios, que en 1992 fue abierto con profesores integrales de jerarquía y altura. El objetivo era darles todo para lograr que se prepararan, que se capacitaran para poder conseguir un trabajo y reinsertarse en la sociedad.

Inés Muñoz Aguirre escribe en Edición Especial por el fallecimiento Sonia Sgambatti a sus 84 años, destacándola como una figura excepcional que merece ser recordada. Sgambatti fue una abogada, política, educadora, escritora y activista de derechos humanos que impactó numerosos sectores en Venezuela.

Yo me sentí orgullosa cuando en el rectorado de la Universidad Simón Rodríguez se graduó la primera promoción. Todavía recuerdo ese momento feliz para mí porque nadie creía que eso se iba a dar. Yo me siento feliz de haber sido pionera de tantas cosas que parece mentira que se hayan logrado a pesar de las dificultades y de la resistencia que se puede encontrar en cosas de esta naturaleza. Fueron grandes cambios, grandes hechos que llenan de satisfacción.

La lucha por la mujer.

Con un carácter que ella define sin duda alguna como firme, encontramos a una mujer que se sale de lo común y ella lo tiene claro. Así como lucha por restituirles a los presos su dignidad, se empeña en que la mujer no puede ser tratada como un ser disminuido o incapacitado. Decide romper esquemas en nombre de todas y se enfrenta a la tarea más difícil: modificar las leyes que la perjudican.

Se planteó lograr un cambio en la legislación venezolana para lograr que la mujer saltara a la posición de equilibrio y jerarquía que le correspondía en la sociedad. Creó la Federación Venezolana de Abogadas en 1968. Hizo el himno de esa federación y comenzó una intensa campaña desde los medios, visitas y conferencias en todos lados para tratar de explicar y sensibilizar a la opinión pública de cuán difícil era la situación de la mujer.

Logra modificar el código civil; su reforma es un hito en nuestra historia. La mujer estaba obligada a seguir al marido y, si se negaba, se le seguía un juicio, lo cual significaba perder a los hijos e inclusive los bienes de la sociedad conyugal. Todo eso cambió. Se modificó lo relacionado con el nombre; ella podrá tenerlo si lo desea voluntariamente.   Se logra además eliminar situaciones que ahora nos parecen absurdas, como que la mujer no podía coadministrar los bienes de la sociedad conyugal así ella trabajara. No tenía derecho a la patria potestad de los hijos, sino solo al orden doméstico.

Incluso se ganó el derecho para los hijos que antes eran estigmatizados como hijo natural, hijo adulterino o hijo sacrílego. Todo eso se cambió para que ellos simplemente fueran hijos.

Una visión global.

A Sonia le tocó en más de una oportunidad estar presente en diversos encuentros, en los cuales se discutían los derechos de la mujer en diversos países de la región. Su voz se elevó siempre, argumentando y defendiendo la necesidad de legislar. Consciente de que con leyes no basta, si éstas no se aplican y se defienden en su aplicación de las malinterpretaciones. También se deben defender de los usos inadecuados de los cuales también son susceptibles.

Logró que la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política apuntalara la cuota de participación en un 30 % para la mujer.   Era la forma de reclamar el derecho a participar por cargos en todas las elecciones y para cualquiera de los cuerpos, se llamara parlamento, asambleas legislativas, concejos municipales o juntas parroquiales. Propuesta que tuvo que pelear ante el Consejo Electoral. Por otra parte, demandó la nulidad parcial de la Ley de Violencia contra la Mujer, solicitando beneficiar a la mujer, impidiendo la hostigación por parte de su pareja.

Hablamos de poder.

El poder es algo que siempre llama la atención a quien no lo tiene. Hay quienes dicen que el que lo tiene siempre quiere más. El problema no está en el poder en sí mismo, sino en quien lo ejerce, y Sonia Sgambatti pone el tema en el tapete, porque pocas mujeres de nuestro país han tenido tantos puestos de poder como ella.

—No queremos el poder por el poder mismo, como cualquier político podría pensar. Lo vemos en el sentido de una función noble. Vocación de servicio. Logro de bienestar colectivo. Pensar en los seres de los que nadie se ocupa y que quieren una respuesta importante a sus inquietudes.

Yo estuve veinte años en el poder judicial, cinco como viceministro, y uno se pregunta: “¿Llegué solo hasta aquí?”. Uno siente que se le cae el mundo encima y piensa que hay que seguir en la lucha hasta la muerte.

Yo diría que he anhelado el poder, no lo puedo negar, pero lo he anhelado en el sentido de servicio público. Nunca he querido ejercer la profesión donde podría obtener prebendas o simplemente la cuestión material. No es ese mi ideal. He estado en los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en beneficio de mi patria, y fue un juramento que me hice desde la época de liceísta. Desde entonces no he podido dejar a un lado ese juramento. Yo estoy enamorada de mis luchas y mis creencias y lo expongo así en libros, canciones, poesías, etc.

Finalmente, Sonia expresa: “La mujer para competir tiene que hacerlo con otras armas, con su inteligencia, sabiduría, dignidad, honestidad, capacidad, preparación, porque esas sí son armas legítimas, que son respetadas”.

Sonia se despidió a los 84 años. Defendiendo siempre sus principios a los cuales fue leal durante toda la vida. El mejor homenaje que se podrá hacer será que cada sector beneficiado con sus logros, siga defendiéndolos.

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