La mendicidad frente al hecho cultural

Inés Muñoz Aguirre

Cuando se trata de hablar de la importancia de la cultura para un país, todos nos llenamos la boca. Como suele suceder en esa concepción deformada del Estado, atribuimos a las instituciones toda responsabilidad. Y solemos desentendernos de la parte que nos corresponde.

La cadena de responsabilidades no asumidas puede ser muy larga, pero también existen las personas que sienten en el sector cultural un verdadero compromiso con lo que hacen. Trabajan para alcanzar sus objetivos, contribuyen con el desarrollo de su área y su entorno, y, como suele ocurrir con la mayoría de las profesiones y oficios, desean labrarse un futuro y vivir económicamente de su trabajo.

A pesar de dicho objetivo, el trabajador de la cultura vive rodeado de una mendicidad incomprensible. Todos aquellos que logran realizar un concierto, una obra de teatro, un encuentro cultural, una conferencia se enfrentan a los que suelen pedir las “entradas de cortesía”.

En el teatro, quizá la más pobre de todas las cenicientas culturales, se suele hacer una función de estreno en la que actores, directores, productores y todos los miembros del equipo suelen invitar a sus allegados. Siempre ha sido una noche de gran expectativa y, sin embargo, sabiendo que la platea estará llena de invitados, la verdadera curiosidad encuentra su asiento en las funciones siguientes, porque nunca se sabe cuántos espectadores llegarán. ¿Cuántos espectadores comprarán su entrada?

En más de una oportunidad, he presenciado como personas que tienen los recursos para comprar una entrada, piden que se las regalen. Me pregunto si es que no entienden que dicha situación tiene el mismo matiz que tendría el que usted vaya a la consulta médica de un amigo y pretenda no pagar, o que se siente en el restaurante de un conocido con la expectativa de que no le cobren la comida.

Cada una de las entradas de cualquier expresión cultural suma para la recuperación de los recursos invertidos y establece el camino lógico de la remuneración para el artista y para el espacio. 

Reflexionando sobre este tema, me encantaría invitar a reconocer que cuando alegamos que no vale dedicarse a la expresión artística porque sus cultores suelen morirse de hambre o, en el sentido más coloquial, que los artistas no ganan ni para comer, nos acerquemos a la otra cara del tema y nos preguntemos si alguna vez hemos solicitado que nos regalen una entrada.

Solo pretendiendo que la pregunta sea para asumir el reconocimiento del trabajo del otro. En esa reflexión y en el reconocimiento, ganaremos todos porque la responsabilidad de que se desarrolle el hecho cultural también es nuestra. 

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