PEDALEANDO: NUESTRO PASEO HISTÓRICO Y GASTRONÓMICO

Josu Iza

Este domingo se celebró el Maratón de Gatorade, con más de 14 mil corredores, que obligó a cerrar varias calles principales de la ciudad. No hubo quórum en el grupo de Chacao Bike, así que de nuevo salí en solitario a rodar, buscando no encontrarme con el grueso de la carrera. Normalmente no cierran el paso a los ciclistas, y entonces pude bajar a las Mercedes – donde se veía la Avenida Principal atestada de ciclistas que ya deambulaban con sus medallas después de terminar la prueba -, seguir hasta Chuao por la paralela Calle París, rodear el Hotel Eurobuilding y subir por el Cafetal hasta las Américas, donde tuve que pararme porque el tráfico estaba detenido a causa de un atropello de un peatón de parte de un motorizado. No me quiero recrear en el hecho porque la visión de la víctima fue algo impactante pero sólo recordar a los imprudentes de dos ruedas que piensen en los efectos de su forma de manejar con muy poco respeto por las reglas de tránsito. Sus locuras pueden provocar la muerte de personas inocentes. 

Sigo después hacia el Cementerio de la Guairita, pasando por la calle de las flores y trato de pasar sin 

mirar por la Cachaperita; imposible. De regreso del Cementerio, no puedo resistir la tentación de esas empanadas de mechada en esa masa fina con una capa crujiente, con un punto de dulce suave y un guiso de carne insuperable, más el jugo de parchita espeso y ácido. Necesario para seguir la ruta. Al regreso tomo a la derecha en el cruce y voy en dirección a la Luis de Camoes pasando por Vistarroyo, el restaurant criollo de carne en vara y pollo asado, luego esa calle del hambre improvisada donde están el Rincón de la Arepa, la Tochería, la Parada Burger y varias más y continúo haciendo grupo con otros seis ciclistas a los que conozco – pero siempre hay aceptación y solidaridad entre colegas -, y con los cuales cruzo la inmensa Macaracuay hasta la Río de Janeiro. Esta avenida corre paralela al Guaire – iba a decir Río Guaire pero no le pega – y va hasta mi destino que es los Ilustres, Plaza los Símbolos y llegada al circuito de los Próceres, donde doy varias vueltas antes de regresar a Santa Mónica y Chaguaramos. Paso y saludo en los Símbolos a mis amigos de Santa Empanada, los hermanos Rony y Dony – donde sólo acepto tomar un café porque querían que probara la especial Vaina con Vaina, cazón con camarones -, en cuyaplaza donde cientos de chicas bailan acompasadas Salsaterapia y paseo por ese centro comercial al aire libre que es la Avenida Las Ciencias de Santa Mónica: Restaurant Milenio, Amor y Fish, El Rancho de Tranquilino, La Nave, Brasas Santa Mónica, El Tropezón, El Búho, Crema Paraíso, La Sem y los chinos Long Lou y LIn Yuan y una lista interminable de restaurantes en la zona. Digo centro comercial porque además de gastronomía hay multitud de talleres, automercados, caucheras, periquitos y por si faltaba algo, camiones y puestos de venta de frutas. 

Los Chaguaramos estuvo ocupada por haciendas durante siglos debido a la calidad de su tierra y la abundancia de agua con los ríos Guaire y Valle. Pero a mitad del S XX, con la expansión de la capital, fue cambiando de uso rural a residencial. En 1940 la Hacienda el Convento se transformó en lo que conocemos por su nombre actual; el ingeniero que desarrolló la idea se inspiró en una novela de Rómulo Gallegos que describe la hacienda, al lado de la Ciudad Universitaria, que reunía los requisitos necesarios para una urbanización ideal. La discusión para elegir su nombre duró 15 días, que se zanjó cuando vieron un sendero con una doble fila de árboles firmes como soldados en la entrada de la hacienda. Se construyeron pequeños edificios de apartamentos, tiendas y servicios para gente de clase media y otras casas para personas de mejor situación económica, además de parques, plazas, campos deportivos, una iglesia y el primer autocine que muchos recordarán. Medina Angarita fue uno de los promotores en torno a la Avenida Victoria, donde se establecieron colonias de emigrantes italianos, portugueses y españoles; también comenzó la construcción de la Universidad hasta que Pérez Jímenez emprendió obras como los Ilustres, los Próceres, el Comando nacional Antidrogas y las plazas Los Símbolos, las Tres Gracias y Tiuna. 

El Autocine Los Chaguaramos junto al de Prados del Este y los Naranjos fueron los tres espacios donde se disfrutaba más cualquier bocado gastronómico y la comodidad y privacidad que brinda el carro que las películas en sí mismas con su sonido deficiente y distorsionado, pero ese era el encanto de ir al autocine con amigos, novia o novio. Otra obra que representa la zona es la Iglesia de San Pedro de Caracas, copia de la Basílica de Roma cuya cúpula debía de ser vista desde cualquier punto de la ciudad; obra inspirada por quien luego llegó a ser el Papa Pablo VI, fue cuestionada por el gobierno municipal al principio de su construcción pero después apreciada como medio para la evangelización de sus feligreses. 

De  Santa Mónica se dice que es un lugar que se edificó sobre una colina al sureste de Caracas, cuya construcción data de principios de la década de los 50 del siglo pasado, y comenzó a habitarse principalmente por parte de matrimonios jóvenes de origen italiano, español y portugués, pero también de una emergente clase media venezolana, que buscaba alejarse de las congestionadas El Paraíso y San Bernardino. Formaba parte de la expansión e impulso urbanístico de la capital venezolana de esos años, propia de un país petrolero pujante y al lado de Los Chaguaramos son ese tipo de urbanizaciones que asombraron por su modernidad, cambiando los techos rojos y casas coloniales por edificios con un carácter dinámico y funcional. Se transforma un lugar que era un montículo en la zona más bonita y mejor poblada, con todos los servicios de agua, cloacas, luz, teléfono, jardines y canchas de juego, plazas y caminerías para comodidad y disfrute de sus habitantes. 

Después de rodar, ver y documentar, regreso por Bello Monte, las Mercedes y Campo Alegre, Chacao y en casita. Me espera un churrasco de solomo en mantequilla que me resucita de tanto esfuerzo, ya que llego medio fundido. Oar de whiskys, siesta y tarde de cine en Trasnocho, para ver Hamilton.

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