Antes de comenzar la penúltima crónica italiana de esta temporada, me voy a permitir hacer una pequeña REFLEXIÓN SOBRE EL TURISMO MASIVO. No sé si se habrán fijado pero hay un estilo general en la forma de caminar de los turistas – desganada y cansinamente -, una actitud común de observar cuando caminan – que es alternativamente a izquierda y derecha, arriba o abajo, pero sin ver nada en concreto porque les interesa bien poco la historia, los monumentos, museos y trayectos – y también lucen un estilo particular de ropa y adornos de verano – short, franela con el nombre de la empresa del tour, gorra también del tour, bolso o mochila, sandalias con medias, celular en ristre listo para la foto o para ver el whatsapp, termo de agua fría y cara inconfundible de turista. En este viaje – pero sirve también para cualquier otro – hemos recorrido Italia desde Roma, Abruzzo, Emilia Romagna, Veneto, Friuli, Lombardía, Toscana, Umbria e Lazio y nos hemos topado con un número manejable de turistas en todos los lugares donde hemos paseado, pero no quiero imaginar a Venecia, Roma o Trieste en Julio o Agosto.
El mayor peligro del turismo masivo son los grupos de tours organizados que se desplazan en autobuses o cruceros y salen desbocados en masa a visitar los lugares emblemáticos, saturando plazas, restaurantes y cafeterías. Las recuas dirigidas por un líder que ondea un banderín en lo alto para que sigan su estela, son como un grupo de zombies manipulados, ahora informatizados, con dispositivos electrónicos y auriculares para escuchar las explicaciones precisas del guía, a las que no prestan mucha atención a no ser que anuncien hora de almuerzo o de cena. Estas colas se cruzan y van al lado de otros cientos de colas con los mismos aparatos, cuya única diferencia es el idioma en el que se entienden. Son tan obedientes, tan ciegos en su obediencia que si les llevas al borde de un precipicio caen todos por ahí como corderos, eso sí, haciendo un selfie de la caída para enviar a sus amigos. Sin negar el derecho de todo el mundo a viajar por donde se quiera, debería haber unas fechas y unas horas para dejar sitio a los que viajan por libre, una organización mundial que regule las visitas, los métodos, la vestimenta y los banderines, que quizás deberían tener un código de comunicación como tienen los barcos de un Despliegue Naval con sus banderas ; es probable que se pudieran agilizar las trancas en los centros de las ciudades, las aglomeraciones en las catedrales y las colas en los baños públicos. Es sólo una sugerencia.

Hoy toca entregar el Cinquecento que tan buen servicio nos ha prestado en estos días. La agencia está en un área comercial donde están los principales centros comerciales, Decathlon, LIDL, COOP, GLOBO……..en las afueras de la ciudad. Tengo que dirigirme allá con Google Maps porque después de la salida para Fiumicino ya no me fío, no vaya a ser que me lleve hasta Orte y luego me devuelva al punto de partida después de 30 km, cuando la distancia real es de cuatro. Antes tengo que pasar por una bomba para entregarlo full de gasolina pero la sorpresa es que a esa hora temprana no hay operarios trabajando y solo funcionan las cajas automáticas de pago. El problema no son las cajas sino que piden un PIN y un Código Postal que no tengo, entonces mi tarjeta no es operativa, sólo si me la recibe alguien en un dispositivo con internet, eso que en España llaman Datáfono y en Caracas TPV o simplemente Punto de Venta. Tengo que ver en el GPS si hay otras bombas disponibles y después de media hora y preguntar en tres de ellas, por fin encuentro una donde ya llegaron los bomberos – la hora del café y de la siesta es sagrada -. Menos mal que salí con tiempo porque debía entregar a las nueve, hora antes de que arranque la penalización. Revisado, carro a punto, todo bien, hasta la próxima.
Como es temprano y me gusta caminar, he pensado en regresar dando un paseo desde esa zona para encontrarme con Raquel en un lugar que hemos visitado varias veces porque no sólo es un buen sitio para sentarse en la terraza – Casantini Garden Café -, a la sombra y comer un helado, tomar un café o lo que provoque en estos días de calor: también tiene una gran oferta de tortas, pasteles, petit fours y unos croissants, todo de mucha calidad, siempre frescos porque tiene una alta rotación. Camino como un peregrino cruzando la SS2, luego la Via Villanova hasta llegar a la Iginio Garbini, que se ve interrumpida por una brecha que tienen muchos pueblos en Italia – y en Europa en general -, que es la vía del ferrocarril, que en muchas localidades han conseguido atrincherar para hacerla subterránea y aprovechar el espacio cubierto con un boulevard peatonal. Ahí frente al Parco Commerciale Viterbo, hay afortunadamente un paso por debajo del elevado, aunque te juegues el tipo porque es una entrada a la Circunvalazione, pero eso es mejor que caminar dando un largo rodeo para salvar veinte metros. Después de alguna manera que no puedo explicar porque me fue guiando el Googlemaps, llegué a la Strada Teverina y finalmente a Casantini. Justo a tiempo para sentarme en la sala interna con aire acondicionado, donde había una mesa grande con un grupo de hombres tomando café, conversando con ese aire de reunión conspirativa que tienen todas esas conferencias entre italianos que hablan “sottovoce” y miran alrededor como para comprobar que no haya oídos ajenos escuchando la charla. Tomamos un café con helado de avellana para refrescar la caminata y luego seguimos caminando juntos para llegar a la hora del almuerzo con Claudia y Massimo: me había comprometido a cocinar unas Tortillas de Papa, una de ellas intervenida con unas Salchichas y Tomate seco, buen invento. Por el efecto del paseo, el vino frizzante y la grappa, la siesta es fundamental, máxime porque en la tarde teníamos previsto ir a un lugar que ya habíamos visitado en otra ocasión pero que estos días estaba celebrando algo especial, una sola vez al año en estas fechas primaverales.
Vitorchiano, “Il Borgo sopeso” – el pueblo suspendido -, llamado así porque tiene una posición espectacular sobre un banco de toba en la intersección de dos cursos de agua, con casas altas y estrechas, a menudo equipadas con escaleras externas apegadas a la roca. El pueblo fue habitado originalmente por los etruscos pero es un antiguo y fiel aliado de Roma; lo atestigua el escudo de armas con la inscripción S.P.Q.R. y el símbolo de la Loba que podrás encontrar sobre puertas y ventanas de la población. Al sur del pueblo de Vitorchiano se encuentran las murallas medievales que delimitan la zona, construidas alrededor del 1200, que albergan el centro histórico cuyo punto importante es la Piazzale Umberto, el encuentro entre el nuevo y el viejo Vitorchiano. La plaza está llena de monumentos: los campanarios de la Iglesia de Sant Amanzio y el de la vieja Iglesia de San Giovanni Battista. Esta última data del siglo XVI, y hoy se utiliza como centro de iniciativas culturales de la localidad. Templos y edificios no le faltan a este pueblo porque tenemos además la Iglesia de Santa Maria Assunta, la Casa del Podestá, el Palazzo Comunale y la Casa del Rabino, símbolo de la comunidad judía presente desde 1500. El Palazzo Comunale tiene una torre de seis pisos interiores a los que se puede acceder por un ascensor o bien una escalera; las vistas desde sus ventanales o aperturas en el muro son magistrales hacia la llanura o las montañas que rodean Vitorchiano y en cada uno de sus niveles hay una sala de exposición de arte, antiguo o moderno.

Para seguir las buenas costumbres, subí y bajé caminando por unas escaleras que son el contraste del diseño actual con una arquitectura medieval, tal como es la combinación de objetos, mobiliario o piezas artísticas. Alejándonos del centro hay una curiosidad llamada el Parque de los Monstruos donde también se puede ver la enorme estatua de un Moai. Se trata de una reproducción de seis metros de altura de monolitos con rasgos humanos que se conservan en la Isla de Pascua en Polinesia; de allí llegó una familia de indígenas que tallaron en la piedra local Peperino la enorme estatua, instalada en un punto con una vista espectacular.
Pero decía antes, que el motivo para visitar Vitorchiano era ver una celebración llamada Peperino in Fiore: cuatro días de fiesta con colores y olores únicos dedicados al Peperino, una roca extraída de canteras volcánicas de la zona. Todo el pueblo se adorna con móviles, esculturas, pinturas, tejidos, mimbre y otros materiales, además de stands con comida, artesanía, productos típicos, música, y todo lo que pueda usted imaginar, creado y presentado por la gente del pueblo, jóvenes y adultos. Algo que llamó mi atención al cruzar la puerta romana es una exposición de plantas, flores, hierbas aromáticas y cactus, de tal magnitud que muchas de las matas me eran desconocidas. Y la otra cosa que también me sorprendió fue que en cada vivienda hay una Cantina, una excavación de habitaciones para guardar vino originalmente, que baja hasta seis pisos por escaleras que se abrieron perforando la piedra. Bajé a una de ellas y pude sentir el cambio de temperatura a medida que iba descendiendo, ideal para conservar los caldos en las barricas. Pero no todo el vino se produce y guarda bajo tierra: en el Monasterio Trapense – orden de monjas que se dedican a la oración y tienen voto de silencio -, cultivan viñedos, olivares, huertos y frutales y elaboran mermeladas y aceite de oliva pero especialmente vino orgánico sin levaduras añadidas; dos excelentes blancos, Coenobium y Coenobium Ruscum. Suponemos que las monjitas también prueban sus caldos antes de salir al mercado para valorar su calidad, de esa manera es más fácil llevar el silencio en la intimidad. Pasamos ahí la tarde hasta la hora de cenar en la casa con una variedad de pizzas y descanso temprano porque el día siguiente iba a ser intenso.

Amanecimos con ganas, hicimos un desayuno de los buenos, con todo lo necesario, huevos, queso, yogur y sus acompañantes, jugo y café, porque hoy es el día de nuestro aplazado paseo a Roma. Salimos de Viterbo en tren por la Estación Porta Romana – donde previamente compramos los boletos en el bar, atendidos por el señor que sirve cafés y tickets de Trenitalia, que incluye pasaje y todos los transportes en la capital, bus, metro etc….. -, directamente hasta San Pietro, la estación más cercana al Vaticano, pero no parece tan cercana con el calor que hace hoy. El tren sale de Viterbo con medio pasaje y a medida que avanza de estación se va llenando; vamos en un vagón intermedio, baño, aire acondicionado, cómodos asientos, conexión para los dispositivos y la sensación de ir con mil personas en un espacio donde van 100, porque cuando los italianos hablan todos a la vez en conversaciones cruzadas parece que se multiplican y un grupo se convierte en una multitud. Y todos iban para Roma, incluso conjuntos organizados con la misma franela, banderas y gorras, familias completas con mochilas cargadas de comida y bebida – luego entendí la razón -. En la Estación Roma San Pietro se bajó todo el mundo y caminamos hasta la explanada donde están los buses o la conexión con otro tren o metro, no lo sé, o la opción de caminar dos km hasta el Vaticano. En vista de que podemos movernos en transporte público sin límite y para evitar agotarse en trayectos innecesarios, tomamos un bus que nos lleva hasta una cuadra de la Piazza di San Pietro. La entrada en el óvalo del Vaticano es un tanto accidentada debido al volumen de gente; de hecho hay pasillos de circulación marcados con vallas para tratar de ordenar el movimiento de la masa de público – debido a la elección del nuevo Papa y que es Año Jubileo, millones de peregrinos se acercan a Roma y se nota la afluencia anormal de creyentes que esperan la recepción de la indulgencia plenaria -, el sol está en lo alto y el calor es intenso, la gente trata de refugiarse debajo de los arcos pero no hay espacio para todo el mundo.
Después de una hora salimos por un lateral hacia el Castel Sant´Angelo para dirigirnos hacia Trastevere. Caminamos por la orilla del Río Tevere hasta la parada del Bus 115, que pasea por varias colinas durante treinta minutos hasta que llega al antiguo barrio, nos bajamos en la parada cerca de la Basilica di Santa Maria, al lado de la parte antigua del distrito. Hoy el Trastevere mantiene sus casas populares medievales y sus calles adoquinadas llenas tanto de italianos como de extranjeros – debido a la presencia de la Academia Americana, Universidad Americana, Universidad John Cabot, Campus Tomás Moro, Arquitectura del Instituto Pratt y Academia de España – que gozan de la gran cantidad de bares y restaurantes. Después de tres intentos de conseguir mesa, al final nos sentamos en la terraza de la Casetta di Trastevere: Fettucini lardo, carciofi e Pecorino y Rigatoni Carbonara. Prosecco muy frío y Tiramisú.

Al otro lado del río, cruzando por el Ponte Garibaldi de la Isla Tiberina, se accede al Ghetto Ebraico. La comunidad judía de Roma es seguramente la más antigua del mundo fuera de Oriente Medio, con una existencia continua desde la época clásica hasta la actualidad. En1442, el Papa de la época ordenó la separación completa de judíos y cristianos y otro colega suyo en 1555 decidió que los 2000 judíos que habitaban la comunidad en ese momento, vivieran en el gueto, un barrio amurallado con sus puertas cerradas por la noche. La vida en el gueto romano era de una pobreza aplastante, existía la prohibición de poseer propiedades y de ejercer la medicina a los cristianos y solo se les permitía trabajar en oficios no cualificados, como traperos, comerciantes de segunda mano o pescaderos. Sí se les permitía ser prestamistas (algo que había estado prohibido para los cristianos) básicamente para que prestaran dinero a las clases poderosas; esta actividad despertó el odio de muchos cristianos contra ellos. Hasta “que llegó el Emperador y mandó a parar”. Napoleón eliminó los derechos y privilegios especiales que disfrutaban las figuras aristocráticas y religiosas; a la inversa, también eliminaron las restricciones y cargas especiales impuestas a las comunidades judías y cuando las tropas francesas hicieron su entrada triunfal en la ciudad, demolieron los viejos muros del gueto. Con la Unificación, se puso fin al requisito de que los judíos vivieran en el gueto; los soldados del Risorgimento fueron tratadas como liberadores y héroes conquistadores por muchos residentes judíos. En 1888, se derribaron definitivamente los muros del gueto. El gueto romano fue el último que quedaba en Europa occidental hasta que la Alemania nazi lo reintrodujo en la década de 1930.

Hoy en día, el barrio del antiguo gueto alberga la Gran Sinagoga de Roma y se conserva un fragmento del muro, integrado en el muro de uno de los patios de la Piazza delle Cinque Scole. Ahora es uno de los barrios más encantadores y eclécticos de Roma, con restaurantes que sirven algunos de los mejores platos de la ciudad. Al final del almuerzo llegaron unos amigos Margarita y Ricardo – a los que no conocíamos personalmente sino a través de unos amigos en común -, tomamos café, charlamos y guiados por ellos, buenos conocedores de Roma a pie, pasamos el río y nos fuimos caminando entre calles hasta el Centro Histórico – por Via dei Chiavari, cruzando Corso Emanuele – desembocando en la Piazza Navona. La plaza ocupa el espacio del Stadium de Domiciano, donde los romanos acudían a ver los juegos. Tenía 276 por 106 mt y podía albergar hasta 30 000 espectadores. Los elementos más destacados son las tres grandes fuentes: Fontana dei Quattro Fiumi, la Fontana di Nettunoy la Fontana del Moro.) y la iglesia Sant’Agnese in Agone, además de El Palazzo Pamphili, actual embajada de Brasil, en el que colaboró el arquitecto barroco Borromini.
Mucha gente a esa hora de la tarde, en una plaza que ha adecentado sus monumentos – las esculturas de las fuentes han perdido su encanto decadente porque se ven blancas como si fueran nuevas -, turistas de todo pelo, vendedores, saltimbanquis, disfrazados para la foto como en Times Square, terrazas y mucho ruido. Tenemos una hora prevista para regresar a Viterbo y nos vamos en el Bus 64 hasta San Pietro, subimos al tren y en un par de horas estamos en Porta Fiorentina, salimos por la muralla y ¡Oh sorpresa!, por ser domingo, no hay autobuses ni taxis. Gracias al señor de la tienda de quesos al lado de la Porta que llama por teléfono a un taxista amigo suyo, llegamos sanos y salvos a la casa. Los dos días siguientes los pasamos haciendo las últimas compras, conociendo el Ultramercado Pemex, la última novedad, haciendo equipaje, acomodando tres maletas con poca ropa y mucha comida y el miércoles temprano, Massimo nos lleva hasta Orte para tomar el tren que nos lleva directo a Fiumicino. Cuatro horas de espera en Priority Pass, avión de Iberia a Madrid y llegada a las 12 de la noche. De nuevo Priority Pass toda la noche hasta las 11 que parte el avión para Caracas. Menos mal que tenemos habitación para dormir y ducha y durante toda la noche sólo cuatro personas compartimos todo el espacio de la Sala Neptuno, un lujo inesperado. A la hora del despegue, una señora mayor con problemas de respiración – y que dejó sus baterías en casa para su respirador mecánico -, se niega a bajar del avión, llega el capitán, la jefa de la estación de Iberia en Madrid, la abogado de la compañía y todo el personal a coro y nadie la convence. Después de hora y media, con los pasajeros a punto de amotinarse contra la señora, accede a bajar, previo compromiso de hotel, dietas, transporte y cambio para el día siguiente en Business Class. La próxima vez, creo que yo mismo olvidaré las baterías que no tengo, el viejo truco para conseguir ventajas comparativas. Llegamos a Maiquetía, viaje largo, nos espera el taxi y estamos en casa, un alivio. Después de seis semanas llegar a casita es una bendición.


