CRÓNICAS ITALIA MAYO 25 CAP 8

Josu Iza

Salimos de Corvara en Cinque Terre, después de tres días recorriendo la provincia. Nos vamos con un delicioso sabor de boca – nunca mejor dicho – y muy satisfechos con los nuevos lugares descubiertos. Rodeamos la Spezia para entrar en la Toscana por la costa, cuyo primer núcleo de población es Marina de Carrara. Un municipio centro de una importante industria, gracias al famoso mármol blanco que se extrae en sus proximidades, conocido en el mundo como Mármol de Carrara. Aunque se sabe que en la antigüedad ya utilizaban el material, fue en la época de Julio César (48-44 AC.), cuando los bloques de este mármol blanco comenzaron a ser utilizados para las construcciones públicas de Roma y de muchas casas patricias. Pero no sólamente lo usaban los romanos, también lo exportaban a otras naciones a través  del puerto de Luni, de ahí su nombre de “mármol lunense”. Con las invasiones bárbaras se detuvo la extracción pero con el auge del cristianismo volvió a tener una gran demanda para la construcción y la decoración interna de los edificios religiosos. Fue el mármol preferido por MIchelangelo en sus esculturas, quien personalmente seleccionaba los bloques para hacer sus obras, excepto en el caso de su David, que era un bloque que pasó por la mano de  otros escultores y terminó finalmente en el estudio de Miguel Ángel, al que no le importaron las pequeñas deficiencias de origen del mismo. Recientemente, las canteras de Carrara aparecen en el filme “El Brutalista”, protagonizado por Adrian Brody, en el papel de un arquitecto húngaro seguidor del movimiento del mismo nombre.

LUCCA

Pasando por Marina de Carrara, se deja de un lado la costa y del otro la montaña,  una pared que alcanza los 1700 metros de altura de una piedra cuya ánima es de un color blanco, que a la distancia se ve cortada en formas geométricas en bloque. Lo imponente de la prominencia, ese día con las nubes cubriendo sus picos de un lado en contraste con el azul del mar de otro es una imagen imborrable en la memoria.

Ese trayecto tenía como destino llegar a Lucca, un sábado de mercado; el primer intento de buscar estacionamiento lo más cerca del centro, terminó en un atasco entre calles estrechas y llenas de gente. El segundo, entendimos que lo mejor era dejar el carro al lado de la estación de autobuses, caminar un km sin apuro y aprovechar el paseo para  conocer mejor el área que circunda el Casco Histórico ya que no hay otra alternativa. 

Aunque ya había asentamientos cercanos de la época del Paleolítico, Lucca fue fundada por la civilización etrusca y se convirtió en colonia romana en el año 180 AC. Su nombre se debe a los celtas  y significa en su origen “lugar de paludismo”. Una ciudad con mucha historia, como por ejemplo que en el año 56 AC se celebró en Lucca el encuentro entre Julio César, Craso y Pompeyo. A partir del S XII comenzó su proceso de independencia y durante  cinco siglos, Lucca fue la ciudad-estado italiana más extensa con una constitución republicana. Pero como casi todo en Italia, las ciudades son moneda de cambio o un simple objeto de compra o trueque: ocupada por las tropas de Luis de Baviera, la ciudad fue vendida a un rico genovés,  Gherardino Spinola; después  tomada por la fuerza de nuevo por Juan de Bohemia, luego empeñada por los Rossi de Parma, quienes la cedieron a Martino della Scala de Verona, más tarde vendida a los florentinos, rendida ante los pisanos, liberada simbólicamente por el emperador Carlos IV y gobernada por su vicario Lucca, quien consiguió mantener su independencia al lado de Venecia y Génova, hasta la Revolución francesa. En 1805 Napoleón se apoderó de ella; pasado 1815 se volvió ducado de Borbón-Parma, después de Toscana en 1847 y finalmente parte del Estado Italiano. Y de momento ahí sigue. La Divina Comedia de Dante incluye muchas referencias a las grandes familias feudales que tenían enormes jurisdicciones con derechos administrativos y judiciales y él mismo pasó un tiempo de su exilio en Lucca.

MONTEPULCIANO

Algo inusual de las ciudades de la región fue que las murallas alrededor de la ciudad permanecieron intactas hasta su expansión y modernización. Como los amplios muros nunca sirvieron para defender la ciudad de ataques, perdieron su importancia militar y se convirtieron en paseos peatonales bordeando la antigua ciudad, y así permanecen. Es la ciudad natal de los compositores Giacomo Puccini y Luigi Boccherini pero también – es una constante en Italia -, tiene una lista de iglesias y una catedral, además de palacios que pertenecieron a las grandes familias. La pujanza económica y social se ve en un día de mercado que no tiene una ubicación en una zona determinada, porque se extiende por toda la ciudad; cada espacio disponible de los patios interiores de las grandes mansiones, calles, plazas y glorietas estaban ocupados por mesas, toldos y tarantines que en su mayoría presentaban antigüedades de todo tipo: muebles, objetos de decoración, arte y por supuesto comida, bebida y todos los productos de los paisanos de los alrededores. Las terrazas de bares y restaurantes estaban al completo con la gente tomando su aperitivo – aunque no es necesario que sea un día especial para que esto suceda -. Mucho turismo pero de buen nivel ocupando ya las mesas para almorzar mientras los locales están tomando Spritz o Campari con una tablita de embutidos y quesos. Caminamos durante 3 horas haciendo un alto en la Piazza dell´Anfiteatro, el centro del centro; una plaza de forma elíptica que fue construida sobre las ruinas de un antiguo coliseo romano que servía para espectáculos de gladiadores o carreras de caballos, además de banquetes de cristianos para leones. Ahora,  sirve para alimentar humanos en la gran cantidad de restaurantes – muchos con sus tiendas de productos y comida para llevar – que están instalados en los bajos de sus edificios de fachada cóncava. En uno de ellos, nos sentamos para entrarle con ganas a una Tagliere con Salumi  di maiale, cervo, cinghiale y formaggio misto. Después un Spaghetoni a la Garfagnina (Cacio e pepe) y Strozapretti alla Norcina Luchese (Salsiccia y Pecorino). Almuerzo merecido que terminamos de digerir camino de vuelta al estacionamiento.

Vamos saliendo en dirección a Siena, aunque dejamos antes la vía principal para quedarnos en un alojamiento cerca de San Gimignano, nuestro próximo objetivo. No hay frase más conocida que aquella que dice “Todos los caminos conducen a Roma” y nunca ha sido más cierta que en el caso que nos ocupa. El camino que pasa por ambas localidades importantes – Lucca y Siena -, es la antigua Vía Francígena (de Francia o Itinerario de Sigerico), una ruta que va de norte a sur por el centro de Europa que comienza en la ciudad inglesa de Canterbury y que fue utilizado desde la Edad Media por los anglosajones como manera de llegar a Roma. El itinerario es heredero de las rutas naturales que desde la antigüedad unían el mar del Norte con el Mediterráneo, pasando por notables lugares de la cristiandad, como Canterbury, Reims, Besanzón, San Mauricio, Pavía, Siena o Viterbo, y utiliza puntos estratégicos para salvar accidentes geográficos, como montañas y ríos. El nacimiento de la Vía Francígena como itinerario específico de largo recorrido se sitúa entre los siglos VII y VIII, en una época en la que Italia estaba dominada por bizantinos y lombardos y en la que los territorios de estos se encontraban divididos en dos partes separadas por los Montes Apeninos. Nosotros no tuvimos que caminar como los antiguos peregrinos, sino seguir la SS 439, una de tantas carreteras atravesando campo y pueblos pequeños, dejando de lado Florencia y yendo al sur hasta llegar a Ulignano donde queda Agroturismo Fattoria Antonella, nuestro hotel en esta zona rural donde no hay sino viñedos y cultivos propios de la Toscana. Llegamos puntuales a la hora establecida pero antes de que finalice el periodo de sesteo y como ya se sabe, no queda sino esperar que la gente se active, explorar la finca en la que hay varias construcciones, piscina, amplios jardines y una vista hacia las colinas lejanas con parcelas sembradas, árboles frutales y olivos. A la hora precisa, abre la recepción y nos recibe Francesca, un sólo tatuaje toda ella, muy amable, nos da las instrucciones y la llave de lo que resulta ser un apartamento en el primer piso de una de las casas de campo que sirven como hospedajes. No perdemos el tiempo  para dejar el corto equipaje y las vituallas en la nevera – que hemos ido acumulando en la cava -,  para que se mantengan frescas. Partimos hacia San Gimignano, la Manhattan medieval como le dicen por aquí, no los paisanos sino los turistas y las guías de viaje. Y el nombre está bien justificado. A tan sólo 8 km del hotel, se ve perfectamente en la distancia,  como se asienta en lo alto de una colina, una ciudad con un perfil neoyorkino construida con “Pietra serena o pietraforte”, una caliza de color grisáceo que le da una identidad estética y visual a la ciudad. En los pueblos amurallados toscanos de la época medieval, las familias adineradas competían entre sí levantando torres cada vez más altas, que simbolizaban más poder y riqueza – era importante ver quién la tenía más larga, me refiero a la torre -, y a la vez  servían como hostales y fortalezas.

MONTEPULCIANO

La ciudad floreció hasta el año 1348, cuando la Peste Negra que afectó a toda Europa, la obligó a someterse a Florencia y entonces San Gimignano se convirtió en un centro secundario hasta el siglo XIX, cuando su categoría como centro turístico y artístico comenzó a reconocerse. A diferencia de otras ciudades como Bolonia o Florencia, en donde la mayoría de sus torres se vinieron abajo ya sea por guerras, catástrofes naturales o renovación urbana, San Gimignano ha logrado conservar 14 de sus 72 torres de diferentes alturas que se han convertido en su símbolo internacional. Visualmente, la ciudad es un espectáculo en un contexto que parece fuera de lugar; por su arquitectura antigua sería más apropiado que el entorno fuera rural pero por el perfil de sus construcciones debería estar en un ámbito urbano. Como sea, caminamos por sus calles medievales y da la casualidad de que en esos días se celebra la Regina Ribelle, un festival dedicado al vino Vernaccia di San Gimignano. Decenas de stands de bodegas de la zona en la Piazza della Cisterna y Piazza del Duomo ofrecen sus vinos al público en una iniciativa que llaman “Cantine Aperte”. Te regalan una copa previo pago de 5 euros y tienes derecho a probar seis vinos por ese precio; es fácil de imaginar que los locales y sobre todo los turistas estaban muy contentos y dicharacheros. Hicimos unas compras de crostinis, jabones de lavanda y en un lugar mitad restaurante mitad tienda, nos tomamos un café en su terraza y viendo la oferta, no pudimos resistir la compra de una focaccia recién horneada, mortadela de pistacho y unos filetes de porchetta. Todo para llevar y muy útil para amansar esas apetencias repentinas que surgen en la carretera.  Para llevar, pero puesto de una vez, comemos en la Griglia, un clásico del pueblo que tiene una parrilla en el centro del restaurante y una vista privilegiada al valle de cipreses, olivos y viñedos y al interior del centro histórico: Coniglio con Patatine y Tagliatelle con Ragú de Cinghiale. ¿Quién da más ?. Ya de noche, regresamos a Fattoria Antonella para descansar de un día tan largo pero muy productivo.

Seguimos al día siguiente nuestro recorrido por la Vía Francígena, rumbo a Siena, pero antes recogemos nuestro equipaje, nuestras vituallas de la nevera – casi se nos olvida el alijo de quesos, salchichones, chorizos, guanciale, tomates secos y varias cosas más, lo cual hubiera sido una tragedia -, y bajamos a desayunar. No hay sorpresas, la misma abundancia y calidad. Apenas 40 km para llegar a la ciudad del Palio, la famosa carrera de caballos que se celebra dos veces al año en Julio y Agosto en la Piazza del Campo, que enfrenta a las Contradas – los 17 distritos en los que se divide la ciudad, cada uno con su nombre, escudo y colores y una identidad cultural muy arraigada; son más que simples barrios, son comunidades autónomas con sus iglesias, sociedades y un fuerte sentido de pertenencia de sus habitantes. O sea, una Italia en miniatura. Intentamos estacionar en Siena, lo hicimos durante una hora recorriendo todos los parkings de la ciudad y en la entrada de cada uno de ellos nos encontramos un dispositivo de la policía anunciando que estaba prohibido por una Razón de Estado: este domingo llegaba el Giro a Siena y la ciudad tenía que tomar medidas para acoger ciclistas, equipos con toda su logística, empresas organizadoras, autoridades deportivas, seguidores, medios de comunicación…..todos con sus autobuses, carros y motocicletas que copaban todas las plazas disponibles en varios km a la redonda. Puede parecer incomprensible pero El Papa, San Francisco de Asís, el Calcio, la Mafia y el Giro son las instituciones más sagradas de Italia y no hay discusión posible. No queda sino olvidarse de Siena y seguir al próximo destino, Montepulciano, que no es d’ Abruzzo sino de Toscana, el pueblo del vino y las implacables cuestas.

SAN GIMI

Montepulciano se encuentra a 605 metros sobre el mar y está situado en un cerro muy elevado, entre los valles de Chiana y Orcia, siendo conocido por su origen etrusco-romano. La ciudad tiene todas las características de un pueblo medieval en forma de S y está rodeada por tres anillos de murallas, todas construidas alrededor del siglo XIV. Según la historia, en el siglo XII, la República de Siena quiso someter a Montepulciano, libre y rica, y comenzó una serie de guerras, que los “polizianos” enfrentaron con el apoyo de Florencia. A comienzos del siglo XIII, la vitalidad de la ciudad, promovida por la iniciativa de la burguesía mercantil, manufacturera y agrícola, comenzó a atraer las miradas de Florencia y Siena. El siglo XIV estuvo marcado por las fuertes disputas por el poder entre las familias más poderosas y finalizando el siglo Montepulciano se alió constantemente con Florencia, a la que se le exigió tener un bastión estratégico al sur de Siena.

Desde principios del siglo XV hasta mediados del siglo XVI, Montepulciano tuvo su época dorada, marcada por la estabilidad política, el prestigio cultural y el florecimiento artístico pero desde 1559, con la sumisión de Siena al principado de los Medici, Montepulciano perdió parte de su importancia estratégica y política, aunque mantuvo su prestigio. Con la Unificación de Italia, Montepulciano se impuso como principal mercado agrícola en la zona, mientras que las actividades comerciales se desplazaron hacia el interior del valle, atraídas por el ferrocarril. Actualmente, como la mayoría de los pueblos de Toscana, basa su economía en el turismo que impulsa el comercio local a través de hoteles, restaurantes, tiendas y servicios.

Pero es el vino, principalmente de la uva Sangiovese, el que convierte a este sector en el más importante de la región. Y se puede apreciar en la ciudad – además de su arquitectura renacentista – la gran cantidad de lugares dedicados al vino,  sobre todo el conocido Nobile. Los negocios que más destacan son las Cantinas – Bodegas- excavadas debajo de los palacios que se pueden visitar y de paso  aprovechar para hacer degustación y compra; estas cantinas son laberintos de pasajes, túneles y salas donde se almacenan grandes barricas de vino. Tal es el culto que se le rinde al vino que el último domingo de Agosto se celebra lo que llaman el Bravio delle Botti, una competición entre las ocho Contradas – distritos como en Siena -, pero no a lomo de caballo como en la capital de la provincia sino haciendo rodar barriles de 80 kg a lo largo de un recorrido de 1.800 mt. Lo peor no es la distancia, sino el trayecto – que es cuesta arriba y puedo dar fe que las pendientes son para gente entrenada -, que serpentea por las pintorescas calles del centro hasta llegar a la meta en la Catedral.

Ya se ha pasado la hora regular de almuerzo y los restaurantes lucen casi vacíos de turistas, pero todavía quedan los italianos y nosotros – que a pesar de la hora todavía aguantamos gracias al pantagruélico desayuno -. Un local pequeño, del que ni siquiera recuerdo su nombre, con cuatro mesas, nos llama la atención por los platos que ofrece en una cartelera: Trippa alla Fiorentina y Ravioli ripieno de Salsiccia y Trufa con Pecorino, además de otras delicadezas. Con esas dos y una media botella de Chianti nos conformamos. Sabiendo que comerse un mondongo, así sea toscano, es una pequeña locura a esa hora, con esa temperatura y con media visita por delante – y que es la parte más empinada de Montepulciano – pero no hay voluntad que resista a la gula. Raquel, prudentemente, se sentó en una plaza para refrescar con un Gelato alla Nutella e Pistacchio, mientras yo sigo subiendo, como será con los barriles  – menos mal que la anchura de las calles favorece la sombra – hasta la cumbre donde se encuentra la Piazza Grande con la Catedral y el Palazzo Comunale. Pero un poquito más arriba, ya en el tope, está la Fortezza Medicea – Castillo de los Medici -, que sirvió de defensa durante las guerras entre Siena y Florencia pero que hoy es un centro cultural, además de tener las mejores vistas sobre los dos valles que flanquean la ciudad. 

SAN GIMI

Cuando decido bajar me encuentro a Raquel paseando plácidamente y continuamos descendiendo hasta una de las dos puertas de entrada a la muralla. Ahí nos encontramos con el Caffe Poliziano, que lleva el nombre del famoso poeta renacentista de la ciudad;  más allá de la barra de despacho – qué clase de repostería – hay un elegante comedor art nouveau donde se pueden admirar los frescos en la pared, además de una terraza con vistas al Val di Chiana. En una mesa contigua hay seis personas sentadas y su acento es inconfundible, paisa de Medellín, conversamos con ellos media hora, también están recorriendo Italia, se extrañan que todavía vivamos en Caracas y les explicamos que en ningún lugar se vive como en el propio hogar, recuerdan los años violentos en su ciudad y ahora si nos entienden, tomamos nuestro  café y  pequeño descanso antes de abandonar Montepulciano para retornar a nuestro punto de partida: Viterbo.

Un par de horas atravesando la campiña y dejando de lado Orvieto, que visitaremos más tarde. La ventaja de la primavera, es que los días se alargan y hay luz hasta las nueve de la noche. Así que antes de llegar a casa de los amigos, hacemos una parada en Coop, el automercado que resuelve cualquier tipo de necesidad, para abastecernos de algunas cosas como fruta, frutos secos, yogur, queso fresco……para nuestros desayunos. Los amigos nos están esperando con pizza variada, unos aperitivos y tras una corta sobremesa hay que hacer descarga de equipaje, asearse y descansar. Todavía quedan dos semanas de viaje y hay que seguir planeando.

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