Anocheciendo llegamos a Grado, la ciudad en el gancho de la península que cierra la Laguna de Marano – gemela de la de Venecia -, antes de entrar en el Golfo de Trieste. Su localización es muy similar a la de Provincetown en el Golfo de Cape Cod cerca de Boston, para hacerse una idea. La isla de Grado, conocida como “la isla del sol”, se encuentra al sur de la llanura friulana alejada de las cordilleras, razón por la cual tiene un clima más amable.

Haciendo historia, la población se desarrolló alrededor del año 452, cuando muchos habitantes se refugiaron en la isla para escapar de las hordas de hunos lideradas por Atila . Posteriormente permaneció dentro de los dominios bizantinos y después que Venecia se convirtió en la capital de una República importante, pasó a ser un modesto pueblo pesquero, y así permaneció durante los siglos siguientes. En la segunda mitad del siglo XVIII, la industria turística en Grado comenzó a dar sus primeros pasos. En 1873, se inauguró un hospicio costero para menores y posteriormente, se convirtió en el destino predilecto para tratamientos termales marinos, especialmente por parte de la población austriaca – ya que Grado perteneció al Imperio Austrohúngaro hasta después de la Primera Guerra que pasó a manos de Italia -. En pocos años, Grado se convirtió en uno de los balnearios más famosos del Imperio y se construyeron nuevos hoteles y villas en la zona con vistas al mar. En 1910, para fomentar la afluencia de turistas, se inauguró la línea ferroviaria a Cervignano . Con el desarrollo del turismo y la planificación urbana, en 1905 se construyó una carretera en medio de la laguna para conectar ambas partes del territorio. En 1936, se construyó la primera conexión con el continente a través del Ponte Littorio, proporcionando una ruta más rápida para el transporte y el comercio con el interior. Tras la guerra, se reconstruyó integrando un puente giratorio que permite el paso de los principales servicios marítimos. Hoy es un destino turístico de primer orden aunque han tenido un cuidado exquisito por no alterar el estilo de la ciudad y construir nuevos complejos respetando el ambiente.

Llegamos directo al hotel Moreri, en la Avenida del mismo nombre justo a tiempo para dejar las maletas y aconsejamos con una persona en la recepción para ir a cenar antes del cierre de los restaurantes. Se nota en esa región la influencia del turismo germánico, sobre todo en los horarios; los italianos cenan tarde pero los turistas cenan temprano, con lo cual los negocios no reciben clientes más allá de las 9. A esa hora y después de ir del hotel al centro, buscar parking, estacionar y descifrar el funcionamiento de la máquina – como la gastronomía, en Italia cada lugar tiene su propio estilo -, nos dividimos para encontrar el Restaurante Canevon antes de la hora límite y lo conseguimos. Entramos y nos sorprende el ambiente de la sala porque da la impresión que estás al otro lado de los Alpes: la decoración, el público y el sonido de las conversaciones es claramente germánico. Al día siguiente entiendes el por qué cuando caminas por la ciudad; una gran parte de los carros tienen matrícula austriaca – a dos horas de distancia -. Nos atendieron amablemente, y pedimos unos Spaghetti alle Vongole y un Trancio di Orata al forno con Polenta y Vino de la casa frizzante, raciones como para tres personas, espléndida cena hasta el punto que pensamos en regresar la noche siguiente. Ya en el hotel, agradecemos la recomendación y dormimos como niños después de un día largo pero fabuloso.

Amanecimos plácidamente y bajamos a desayunar, que no es necesario describir porque es como casi todos los desayunos en este país; objetivamente rendiría para todo el día hasta la noche pero la gula muchas veces derrota a la voluntad a la hora del almuerzo. Salimos para reconocer el centro donde habíamos cenado la noche anterior, una serie de calles peatonales con arquitectura de los dos últimos siglos, donde se puede apreciar el alto nivel del comercio y del turismo que lo visita. No se si es por la influencia cultural del norte pero los jardines, las aceras, el mobiliario urbano, los paseos, la playa……todo está muy cuidado, no hay un solo ambiente fuera de su lugar, todo brillante y pulido en contraste con otros lugares de Italia, con ese ligero desorden encantador. Y más sorprendente todavía es el Centro Histórico, medieval en varios sectores con sus dos Basílicas – en la de Santa Eufemia asistimos en directo a un bautismo múltiple con los familiares vestidos de domingo de provincia para la ocasión -, el paseo por todas esas calles y callejones es una caminata a la sombra y en cada rincón hay un café, una taberna con un par de mesitas en la puerta, donde están sentados los lugareños, tomando su aperitivo. A diferencia de estos pasadizos, están las calles o plazas más amplias como la Via Gradenigo, que permite a los restaurantes instalar terrazas con toldos que ocupan los restaurantes y las tiendas de productos típicos donde la tentación es irresistible (por ahí cayó una pasta tricolor, varias mermeladas y unos salamis ); a esa hora del mediodía los negocios están llenos de “tedescos” que al igual que la cena, hacen su almuerzo temprano pero luego llegará el segundo turno de los locales. Nosotros, todavía con la colazione como sustento, y después de recorrer todo el margen de la isla que termina en el Balneario de la Costa Azzurra – lleno de bañistas -, descansamos sentados en un banco mirando hacia el mar.
Media tarde, llega un señor de la tercera, se quita la ropa y queda en traje de baño, mete sus cosas en una mochila, la deja a la orilla del paseo frente a nosotros y se lanza al agua; Comienza a nadar y se va alejando paralelo a la orilla hasta que lo perdemos de vista. Pasan docenas de personas y nadie toca el bulto del señor. Nosotros ya nos vamos pero la anécdota es que eso sólo pasa en Italia o más concretamente en Grado; Mentalmente hago un cálculo rápido para ver cuánto duraría esa mochila en La Guaira. Poquito. Partimos para el lugar más alejado de la ciudad, un pequeño puerto pesquero en la punta sur de la isla donde abundan las marismas y cañaverales: Villaggio Punta Sgobba, al que llegamos circulando por una carretera donde pasean muchos ciclistas, más apta para bicicletas que para carros; nos encontramos grupos de ellos haciendo picnic sentados en la grama y el pueblito me recordé a esas aldeas en los pantanos de Louisiana, con sus pescadores manejando las redes en un pequeño puerto escondido entre la vegetación, unas cuantas casas de madera, unos botes rústicos y poco más. A la entrada del pueblo, un bar restaurante y después un puente de un solo canal que llega hasta la aldea; muy pintoresco, sería el paisaje ideal para un pintor impresionista.
Estamos de regreso a Grado y en la carretera nos fijamos en una casa sostenida sobre unos palafitos de madera frente a un lago, que me sigue recordando al paisaje del sur de los Estados Unidos. Pensaba pasar de largo pero a causa de un no sé qué, me detengo frente a la casa, que resulta ser un restaurante ya a pesar de la hora todavía está abierto – en vista de que todos los establecimientos cierran de tres a siete -. Entramos y quedan un par de mesas que están a punto de pagar, preguntamos si es posible tomar un café y una grapa, el mesonero le pregunta al dueño y el dueño dice que sí. En esa conversación con el propietario, nos cuenta que ellos preparan un plato de pescado con un método que se llama Boreto. Pregunto si es una salsa y me confirma que es una técnica, no una receta. Nos seduce con su discurso sobre la carta y con la visión del lugar y la atención prestada, decidimos que esa noche no volveremos al Canevon sino que cenaremos en el L’Approdo, le pedimos que nos espere a las ocho que vamos a venir con apetito porque no hemos almorzado. Regresamos al hotel, un breve descanso ya la hora prevista estamos sentados en la misma mesa donde estuvimos en la tarde, con vista al lago. Pocas veces una decisión improvisada ha sido tan acertada: comenzamos con unos canapés de hígados de bacalao con mantequilla de café, obsequio de la casa, vino frizzante blanco, Spaghetti con Botarga y limón fermentado rallado y unos Calamari alla Griglia con Olio al prezzemolo; seguimos con los pescados al Boretto – una gelatina de jugo de pescado donde cocinan Rombo – Rodaballo -, Branzino – Lubina -, y Merluzzo – Bacalao. De postre un helado de Campari con limón, algo desconocido para nuestro paladar, fenomenal y una grapa envejecida. Fue la primera mejor comida del viaje hasta ese momento, todavía puedo saborear mi pasta, algo nuevo, sorprendente, alta cocina en un restaurante de bajo perfil, sorpresas te da la vida.

Al día siguiente faltó muy poco para que retrasáramos nuestra partida a Trieste porque quedamos tan impresionados con la comida de L’Approdo , que pensamos seriamente en almorzar antes de continuar en la carretera. Pero la potencia del desayuno a las 8 de la mañana no hace posible que al mediodía puedas engullir un almuerzo de tal categoría y degustar como corresponde. Así que dejamos la idea para un próximo viaje. En el camino a la capital del Friuli se encuentra Monfalcone, un pueblo engañoso porque promete puerto y centro histórico pero uno queda a varios kilómetros del otro y lo histórico es poco relevante y el puerto es industrial; así que visto lo visto, continuamos hacia nuestro objetivo que queda a poco más de 50 km. Pasando Monfalcone, se entra en el Golfo que está vigilado y defendido por la fortaleza del Castillo de Duino; y Trieste es una estrecha franja de tierra, que es la última frontera de Italia rodeada por Eslovenia y más al sur por Croacia; la ciudad y toda esa región – Friuli Venezia Julia – mantiene una clara influencia austriaca.
Trieste perteneció a la monarquía de los Habsburgo durante seiscientos años. En el siglo XIX, era su puerto marítimo más importante y creció hasta convertirse en la cuarta ciudad más grande del Imperio austrohúngaro (después de Viena , Budapest y Praga ) ya principios del siglo XX, emergió como un importante centro literario y musical. La presencia de numerosos documentos dedicados a la viticultura en la época medieval da testimonio de la importancia que esta actividad tuvo en la economía de la ciudad. Trieste era, por lo tanto, una aldea fortificada rodeada de viñedos, y el vino desempeñaba un papel absolutamente central en su economía. El producto más importante de la centenaria viticultura de Trieste es el vino Prosecco , que debe su denominación al castillo del mismo nombre.
Llegamos a nuestro alojamiento situado en la parte alta de la ciudad, un hotel clásico ahora administrado por la cadena Best Western, así que para llegar al plano al nivel del mar, no hay más remedio que caminar o tomar un autobús porque ir con el carro es más complicado y nos perdemos la cantidad de cosas que se aprecian cuando se va a pie. Por fortuna, todo el camino es cuesta abajo hasta desembocar en la Piazza Unita d’Italia, el centro neurálgico del centro. Frente al puerto donde atracan los cruceros, ésta una plaza cuyas murallas circundantes son varias construcciones majestuosas: Palazzo della Luogotenenza Austriaca, Palazzo Stratti, Palazzo Modello, El Municipio o Palazzo del Comune, Palazzo Pitteri, Grand Hotel Duchi d’Aosta y el edificio de la compañía de navegación Lloyd Austriaco di Navigazione; nunca vi tanta belleza junta bordeando el rectángulo de una plaza. Después del camino te conduce hacia la Piazza de La Borsa hasta llegar al Gran Canal, donde además de muchos restaurantes en sus orillas, hay una estatua dedicada a James Joyce, al fondo la Piazza Sant’Antonio Taumaturgo con una iglesia de fachada griega y enfrente una joya que es la Chiesa Serbo-Ortodoxa de la Santísima Trinidad, con su estilo bizantino que se caracteriza por una cúpula más alta que los cuatro campanarios, por los capiteles hemisféricos azules y por las grandes decoraciones de mosaico que adornan los muros exteriores.

Además de la Catedral de San Giusto que es el principal templo católico de Triste, está la Sinagoga principal que es el lugar de culto más grande de Europa sólo superada por la de Budapest, lo que da testimonio de la importancia económica, cultural y social de las comunidades judías dentro del Imperio austrohúngaro y por última la Iglesia Sant María La Mayor, de estilo barroco construida por los Jesuitas, por enumerar las más importantes. Después de caminar y ver estas maravillas, ya es hora de reconfortarse con una buena cena y no es fácil decidir entre tanta oferta. Nos encaminamos hacia un callejón que queda oculto, Via delle Ombrelle, para entrar en el Ghetto Ebraico, buscando un restaurante porque la mayoría de los negocios en el trayecto son terrazas con comida de cafetería. Observamos varios siguiendo nuestro instinto y al final nos sentamos en la Trattoria Geko; no se puede creer sino lo ha experimentado, cómo es el tamaño de las raciones junto a la calidad de la comida: Spaghetti con Anchoas frescas y Salsa de Anchoas y Calamares al Grill con Tomates confitados; pero lo mejor fue el Bacalao Mantecato que pedimos de antipasto, pensando que era un plato pequeño, algo para picar. Nos fue difícil terminar el bacalao, así que tuvimos que esforzarnos con los platos principales y la botella de frizzante blanco de la casa. Gracias a que no habíamos almorzado, si no, hubiera sido imposible. Ya de noche, lo que hubiera sido imposible es subir caminando 3 km hasta el hotel, pero cuando bajamos en la tarde descubrimos que el autobús de la línea 10, subía hasta el hotel y habíamos ubicado la parada frente al puerto, cerca del Borgo Teresiano. Cuando vamos en esa dirección, de repente Raquel me asusta gritando !!!!el diez, el diez, el diez!!!!!. Arranco a correr porque veo que llega el autobús, nuestra única esperanza y gracias a una señora que detiene la unidad, podemos llegar apuradamente para subir, sin boleto ni nada parecido. Que placer no tener que caminar, nos deja en una placita al lado del hotel y para celebrarlo nos sentamos a tomar una grapa en un bar de parroquianos atendido por su dueña. Final feliz para un día magnífico. El descanso en el hotel es muy merecido.
Como todos los días, el desayuno es para campeones, pareciera que compiten entre sí los hoteles para poner más y más comida en esas mesas de buffet. Nosotros como clientes no tenemos nada que objetar; pero como deformación profesional, haciendo un cálculo estimado del costo, me atrevería a decir que de un precio medio de un hotel, el 50% corresponde al desayuno, considerando que un café con un croissant, mantequilla y mermelada cuesta 7 u 8 euros. A eso súmale huevos, carnes, vegetales, quesos, embutidos, yogures con todos los hierros, varios postres, frutas variadas, café…..todo ello “all you can eat” y productos de buena calidad y creo no equivocarme.

Teníamos previsto visitar esa mañana el Castello di Duino, que se construyó en el S XIV sobre las ruinas de un puesto militar romano. Desde el S XVIII ha sido un centro cultural y humanístico y numerosos huéspedes han contribuido a la fama del castillo; la Emperatriz Isabel de Austria – la célebre Sissí -, Johan Strauss, Franz Liszt, Gabriele d´Annunzio y finalmente el poeta Rainer Maria Rilke, autor de Las Elegías de Duino, que visitó el lugar invitado por la propietaria y al que rindieron homenaje con la construcción del Sendero Rilke. En realidad son dos castillos, el más antiguo que se remonta al S XI, en ruinas, y el más reciente que hoy está habitado y se puede visitar; imperdible la Escalera Paladio, una obra maestra arquitectónica, el piano con el que tocó Liszt y el extraordinario panorama del golfo de Trieste, que se puede admirar desde los bastiones exteriores y desde la terraza panorámica, además de las 18 salas abiertas al público. Volvemos al centro para almorzar en la Osteria San Marino, contiguo a la Trattoria Geko, al que no entramos porque de noche no sirven en la terraza y la parte interna es pequeña y oscura; pero su cocina es excelente basada en carnes como la Pasta con Ragú de Pato y el Cerdo asado con Polenta. Después de ese almuerzo enfilamos hacia Lago di Garda que queda a 4 horas o 325 km, pasando por Padua y Verona – a la que intentamos entrar pero fue imposible estacionar; Suavemente y pasando la tarde, llegamos a Sirmione, específicamente a Colombare, la península que queda a la entrada del lago, donde teníamos una reserva en un hotel – Hotel Villa Trieste curiosamente – al pie del lago. Intentamos salir a cenar después de dejar el equipaje cerca de las 9 ya pocos metros del estacionamiento arrancó una furiosa tormenta, con rayos y truenos y un palo de agua violento que nos obligó a regresar y cenar en el hotel. Pero ese es un cuento para la próxima semana.


