CRÓNICAS DE NY – LA FEBRERO 25 CAP 5

BARNEY GREENGRASS
Josu Iza

Y efectivamente, cumpliendo el compromiso de la noche anterior, cuando llegan las 6.30 de la mañana y salimos a la cocina para tomar un café, ya con el equipaje listo – tan pequeño como una mochila -, ahí están Ricardo y Raquel, ya con la cafetera dispuesta, así como el ánimo para despedirnos con el mejor de los recuerdos de esta semana en Los Ángeles. Nos vamos con un grato y agradecido sentimiento de comprobar que hay un nexo, que no sólo es un vínculo de familia en el sentido estricto, sino que tiene que ver más con la amistad, con la coincidencia de gustos y opiniones y sobre todo con el cariño. Afinidad, en una palabra. 

JING FONG

Salimos media hora más tarde para llegar al aeropuerto a la hora correcta. El carro presenta una capa de rocío que parece que hubiera llovido toda la noche – ahora entiendo que la vegetación en esa ciudad se mantiene fresca y vigorosa aunque caiga una gota de agua -; metemos nuestras pocas pertenencias y exactamente como hicimos a nuestra llegada, lo hacemos a nuestra salida: en vez de rodar por las autopistas, lo hacemos entre calles. Entre nuestro punto de partida y el estacionamiento de FOX, tardamos 35 minutos a lo largo de la Cienega Boulevard; los últimos kilómetros cuando llegamos a Inglewood, nos vemos envueltos en una niebla que nos obliga a bajar la velocidad hasta que llegamos a nuestro destino. Entregamos el vehículo, todo en orden y nos subimos al bus que nos lleva al terminal de United Airlines; suben otros pasajeros que van a diferentes compañías y uno de ellos  – un gringo con acento de Texas bien simpático – ejerce de radio matutina relatando su vida de marine retirado, que le ha llevado a vivir en siete bases diferentes de los Estados Unidos, y en varias misiones en el extranjero a lo largo de su extensa carrera militar. Nos animó el traslado.

Con dos horas de antelación a la salida del vuelo, las pasamos en la sala de espera acomodados con desayuno incluido: nos atiende un señor guatemalteco – con 50 años en LA -, nos servimos huevos con tocineta y papas fritas, jugo de toronja y café porque el viaje es de varias horas con escala en Chicago – que una semana más tarde respira con una temperatura de 6 frente a los 16 bajo cero, igual que Denver, de la ida -. El vuelo dura 4 horas y me toca viajar entre dos orientales, él con auriculares y un vídeo juego que nunca había visto y ella dormida casi todo el tiempo, con ronquidito incluido. Nada que no se pueda aguantar, porque yo también me eché mi camaroncito de un par de horas y las otras dos las pasé viendo Radio Days de Woody Allen, una crónica de la historia de la radio y de su familia en Brooklyn. Cambiamos de avión en el aeropuerto de O´Hara para llegar a La Guardia en NY, a esa hora en la que el cielo se cubre de un atardecer rojo encendido y a medida que va oscureciendo, sólo se ven luces por la ventanilla del avión – esta vez sólo me acompaña Raquel en su puesto del pasillo -; estas luces son una continuidad hasta llegar a Nueva York, y el motivo es que el aparato va cruzando todo ese cinturón industrial y residencial de Illinois, Michigan, Ohio, Pensilvania y  NY. 

TSUMO

Llegamos a LGA y nuestro hijo nos está esperando; poco tráfico a las 9 de la noche y  una sorpresa para cenar. La anécdota es que él odio los quesos curados – dice que es nuestra culpa porque cuando era pequeño siempre que abría la nevera olía a quesos franceses hediondos – pero nos consiente con  un queso de cabra con ceniza, otro con pimienta negra y un Comté trufado, aunque para él se reserva un terrine y una rillette de oca. No puede faltar el Woodford y unas IPAs para acompañar esas exquisiteces.  Nos vamos a descansar después de un día tan largo, satisfechos y agradecidos  por el detalle de Iker con la cena. 

Temprano en la mañana – despejada y poco fría –  y mientras ponemos cierto orden en nuestras cosas, Raquel se apercibe de que tiene en su cartera el carnet del Museo Lacma, prestado por su prima y tocaya. No queda más que hacer la diligencia de enviarlo a LA por correo. El lugar más cercano es el US Postal, que queda en Havemeyer, cuatro cuadras bajando hasta la estación de Marcy del metro en plena Broadway Avenue. No sé si ustedes han entrado en una oficina postal en este país, pero lo cierto es que funcionan muy bien, tienen todo tipo de envases, cajas, sobres, protectores y todo lo que usted necesite para su carta, paquete o lo que sea que quiera mandar por correo. No sólo eso, también hay máquinas automáticas, que pesan, escanean, cobran y envían, sin necesidad de pasar por las taquillas. Esa esquina de Marcy está al final de un pequeño barrio hispano de portorriqueños y dominicanos – vecinos de los jasídicos de Williamsburg – con lo cual la clientela en su mayoría son latinos y ortodoxos, como a lo largo de toda la Broadway hasta Lorimer. Las empleadas, no se por  qué todas mujeres, son afro o hispanas y el intercambio de opiniones, cuentos, reclamaciones, quejas etc, es constante y a toda voz en spanglish, mientras se hace el trabajo de forma eficiente y entre el silencio de los hombres de negro, que sólo se ocupan de sus asuntos y no entienden ni papa de lo que se habla. Es como una obra de teatro coral. divertida y representativa de cómo es el día a día en NY. Nosotros ponemos el carnet en un sobre con burbujas, envío ordinario, tres días para la entrega y chao hasta la próxima. 

INCA

Después de una semana de ausencia, se hace necesario reponer ciertas cosas básicas como yogur, leche, jugo de toronja natural, algún fruto seco; así que de camino nos queda Whole Food y un alto en el camino en Nang Xiang, en Grand Street, para pedir unos Wontons con Chili Oil – el vicio imposible de evitar -. Ese será nuestro almuerzo sin necesidad de preparar nada, ni siquiera tener que lavar un plato, porque incluso el aceite que sobra en los envases lo guardamos para cualquier improvisación. No cae mal un descanso, pensando en la tarde,  que queremos pasar por una de nuestras Brewery preferidas en  Red Hook, Strong Rope. Por primera vez probamos una IPA negra, pero me sigo quedando con las Doubles turbias y amargas.  Ese barrio, que fue fundado por los holandeses en 1636 – su nombre proviene de Roode Hoek, rincón rojo, por su suelo de arcilla y su ubicación en el extremo de una península -, fue un importante puerto pero declinó hasta convertirse en “la capital del crack” en los ochenta. Ahora se ha reconvertido con la llegada de muchos jóvenes y el arreglo de sus vías y viviendas, aunque todavía persisten muchos galpones industriales, como el de Zimmerman Workshop Architecture and Design, con sus trabajos en madera espectaculares. Después de un par de cervezas , hora de cenar y ya que andamos por rodando por Brooklyn – nos encantan esos paseos de kilómetros por zonas fuera del circuito -, nos vamos hasta Bushwick, atravesando Carroll Gardens – barrio italiano -, Fort Greene, Clinton Hill – barrios gentrificados poblados por hipsters y profesionales -, y siguiendo toda la Myrtle Avenue llegar hasta Wickoff en pleno corazón de Bushwick. Frontera con Queens por el sur de Brooklyn, este es todavía una zona con sabor mixto, muchas empresas de transporte, su propio río Newtown Creek que desemboca entre Greenpoint y Long Island City, una población mezclada. En pleno barrio hispano,  está Inca Chicken  con su pollo estilo peruano: Nos sentamos en un comedor al fondo del local – donde todo lo que cocinan está a la vista del público – y nos pedimos un Pollo completo asado a la brasa, 3 salchichas de cerdo, plátano frito y ensalada rusa de contornos, dos Inca colas,  todo de una calidad excepcional por la módica suma de 17 dólares para los tres.  ¿Quién da más?. Después de esa cena y dado que ya eran las nueve de la noche, nos fuimos hasta Willi, para entrar a  Fred´s Dog House, el salón de Blues que presenta todos los miércoles una Blues Jam Open Session. Par de Maker´s Mark, buena música, buen ambiente y a medianoche a casita, a descansar. Tarde magnífica y completa.  

STRONG BREWERY

Decía antes que este viaje ha sido en gran parte “Un viaje de primos”; hoy subimos a la 73 para encontrarnos con otros que viven, nada menos que en São Paulo Brasil. Stanley e Ivette. De viaje en NY por dos semanas, hacía 45 años que Raquel y Stanley no se veían, desde que él se fue a vivir a NY y después a Brasil como corresponsal. Encuentro muy emotivo, muchos recuerdos de Caracas a pesar de los años. Más tarde, todo el mundo sale dispersa a la calle y quedo en soledad en el apartamento de los otros primos, donde se alojan los brasileiros. Por fin decido salir a la calle para explorar la 72 del lado oeste, a partir de Broadway y descubro que hay dos restaurantes de comida kosher: Kossars – especializado en bialys, bagels y postres –  y Fisher Bros and Leslie, éste último más clásico, con la comida a la vista detrás de una vitrina a la calle, los cocineros vestidos de blanco estilo años 50, que vende carnes, aves, cordero y prepara Kugel, Brisket, Gefilte Fish, Matzo Ball, Farfale, Apple Strudel, Babka de chocolate y todas esas cosas divinas de la cocina askenazy. Deambulando sin rumbo recibo la llamada de Elena diciendo que van a comer unos Hot Dogs en el famoso Gray´s Papaya, que vende  como si los regalaran, en la esquina de la 72 y Amsterdam. hasta allá me voy y me empujo un combo de dos perros con el jugo que nadie sabe muy bien de qué está hecho, pero sabe como a mango liofilizado y endulzado con algún edulcorante artificial. Una vez al año no hace daño, dice el refrán; lo cierto es que son sabrosos porque lo adornan con chili, papas, repollo, salsa picante y otras cosas qué mejor no preguntar. 

TSUMO OMAKASE

Pasamos la tarde tomando café y postre mientras la conversación se extiende y se extiende. El almuerzo no fue gran cosa, menos mal que en la noche vamos a cenar con las Hermanas Wagner, Claudia y Elisa, que han elegido un restaurante japonés de Sake y Omakase – donde se cede al cocinero la elección del menú, que consiste en preparaciones escogidas según su criterio -. Calle 28 con Lexington, zona de restaurantes indios y japoneses, Tsumo Omakase; llegamos puntuales porque el servicio se divide en grupos de 40 personas cada hora y media, sentados alrededor de una barra, atendidos por un cocinero que nos va preparando un bocado cada cinco minutos, en una degustación de 15, a la que añadimos 2 más de lo especiales, mientras nos vamos tomando una botella de sake bien frío, en porciones pequeñas. Cada bocado es especial, varios tipos de pescado, marisco, soportados por bolitas de arroz, algas o envueltos en sí mismos, con diferentes tipos de salsas y grados de picante. Total, un banquete preparado y explicado por el cocinero, que no llena pero satisface. Cuando se cumplen 90 minutos, recogen, te despiden muy educadamente, te vas y entra el grupo siguiente que está esperando en la entrada. Una experiencia muy diferente a sentarse alrededor de una mesa con los platos servidos y el ritmo a tu gusto, sin límite de tiempo y compartiendo el espacio y la comida; esto es casi una experiencia individual aunque la conversación  – no enfrente sino en línea – no decae durante la cata.  Salimos de allá como a las 9, nos despedimos de nuestras amigas y nos encontramos con Iker en la 32 con Broadway porque él estaba cenando en Koreatown, para irnos juntos a casa. Nos faltaba un postre y un par de whiskys para rematar la cena. 

ZIMMERMAN

A pesar de que estamos en pleno invierno, el clima no ha sido demasiado duro. Solo usamos la ropa de super invierno dos días, con nieve y frío intenso gracias al viento, y un solo día las botas de nieve para caminar por la calle. El resto del tiempo si nos hemos abrigado bien pero no como si estuviéramos en Alaska. Es nuestra ultima semana en NY y como siempre, se despierta el síndrome del turista con frenesí: queremos sacarle el juguito a cada minuto, como si hubiéramos venido por una semana en un viaje organizado, con tarjeta de visitas a los 10 lugares emblemáticos, paseo en el bus turístico y todas esas cosas que se contratan en esos planes todo incluido sin tener que pensar.  Hoy es un día de esos casi primaverales que nos permite pasear en la mañana por Williamsburg, sin rumbo fijo,  a pesar de que amaneció muy frío y aprovechamos para pasar el día juntos los tres hasta mediodía, porque en la tarde tenemos una invitación, reunión de familia, con cena delivery del restaurante chino Jing Fong, un clásico en el Upper West: 10 platos cantoneses, Seafood Noodles, Prawns in Garlic Sauce, Pork Chops, Spare Ribs y varios platos para picar. Antes de la cena paseamos por Amsterdam arriba, entrando en el mejor y más genuino restaurante actualmente, de cocina askenazy: Barney Greengrass en la 87, The Sturgeon KIng. No comimos nada porque nos esperaba una cena pantagruélica pero nos sentamos para tomarnos un té y husmear mostradores y estanterías para estimular las papilas gustativas. 

Cenamos y como es costumbre entre los aborígenes del alto Manhattan, comido e ido, comenzamos a las siete, a las nueve no queda nadie, incluidos nosotros, que nos vamos en carro; con suerte porque el clima ha cambiado  y el fresco ya es un frío nocturno digno de estar en casa. 

Nos queda la última crónica de este tiempo en NY  pero eso será la próxima semana, nuestros cuatro días finales por esta temporada…………

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