Nueva York – Después de la doble celebración cumpleañera, del 8 y 9 de febrero, seguimos con la rutina, que en esta ciudad nunca se convierte en un hábito. El único plan establecido y de obligado cumplimiento – a no ser que suceda algo imposible de manejar -, es el día de llegada y el de salida por el mismo aeropuerto o un viaje planificado dentro del país, con fechas establecidas. En el interín, cualquier cosa programada con antelación es una pérdida de tiempo porque siempre vas a encontrar una nueva exposición, un nuevo restaurante, una zona rescatada, un barrio que despega, una invitación inesperada, un encuentro casual, un fin de semana imprevisto……..Eso qué significa? Que la ciudad está viva, es orgánica, muta constantemente, se rehabilita, ofrece alternativas novedosas; pero sin perder los puntos de interés históricos, los lugares a los que siempre hay que volver y visitar porque no cambian y donde uno quiere encontrar esas cosas inalterables. Como por ejemplo, regresar a un restaurante porque comimos un plato que nos dejó un sabor, un aroma, una textura inolvidables y queremos que la experiencia sea exactamente igual, en los mismos términos. Muchas veces, es cierto, sufrimos un desengaño con un plato, una ciudad o una persona, pero nos gusta hacer el intento de volver a disfrutar de ese momento que nos dejó una huella indeleble en nuestra memoria.
Hoy 10 de febrero, salimos temprano para Manhattan porque nos comprometimos, de hecho yo me comprometí, a ayudar a la prima Elena – pintora, dueña y señora – para acomodar un espacio, estudio de pintura, que necesita reubicar materiales, cuadros, lienzos, caballetes, libros, matas y docenas de objetos fuera de su sitio lógico, en función de un mínimo orden funcional. Salimos, pero no sin antes despacharse un buen desayuno para poder gastar la energía necesaria en ese arreglo decorativo, que exige mover corotos, algunos de ellos de cierto peso. Nos vamos en la Línea L gris hasta la 14 con Sexta. Como no hace demasiado frío – 2 bajo cero sin viento -, salimos y tomamos el M5 que sube hasta la 73 del Upper West, lo cual nos permite ver la calle y el movimiento en la superficie. El tráfico se ve reducido gracias a la disposición de la alcaldía de Nueva York acerca de una tasa especial para todo vehículo que ingrese en Manhattan entre el sur de la isla y la calle 60 (justo donde comienza Central Park). Esa tasa de 9 dólares es para disuadir a los conductores de entrar en lo que se llama Zona de Alivio de Congestión, lo que certifica que los políticos tienen una gran capacidad de crear eufemismos para justificar una medida impopular, a la que la autoridad suprema ha puesto fecha de caducidad a partir del 21 de marzo. (Una de las más de cien medidas en forma de decreto presidencial que se ha firmado en menos de dos meses de mandato).

Aprovechamos también la visita a los primos para conversar sobre el menú que vamos a preparar el fin de semana, con unos amigos de invitados y nosotros, en el primer encuentro alrededor de una mesa en esta temporada, que no será el último. Pero esa conversación será a la hora de la cena, cuando la gente regrese de trabajar. Mientras tanto nos damos un paseo hasta Columbus Circle en la 59, para entrar en el Centro Comercial, visitar H & M y Whole Food; mis lugares de interés en ese centro. La idea era conseguir un juego de medias, de esos que vienen media docena sujetas por un hilo de plástico imposible de cortar sin apuntillar una de las medias; pero como sucede siempre, cuando vas a comprar una mandarina, terminas con un kilo de cambures. Rebajas de invierno, gangas provocativas, y a unas medias se añaden varias prendas, que permiten renovar otras gastadas de invierno. Lo malo del asunto, es que para comprar es necesario probar y entre tanto cambio, mete y saca, cuelga y descuelga en un cuarto incómodo, cuando voy a pagar me doy cuenta que se ha extraviado la bufanda. Y es un extravío inexplicable, vuelvo sobre mis pasos, reviso en el cubículo y no consigo “mi scarf”, pregunto al personal y nadie ha visto nada, así que no hay más remedio que conseguirse una nueva. No hay en H & M, tampoco en Zara ni en otro par de tiendas. Doy por perdida la prenda, pero en el camino de vuelta entro en Sephora, Target, otra Zara y el outlet de Bloomingdale´s y para mi sorpresa no hay bufandas en pleno invierno en toda la avenida Broadway desde la 59 hasta la 73, Debe ser una señal que me envía la Providencia; desisto y me olvido de ella.
Sentados a la mesa con los primos, discutimos sobre el menú a preparar para la fiesta del 15, mientras compartimos un pollo a la brasa peruano, con puré de batata, espárragos, vegetales, ensalada de cogollos de Tudela con berros y Naan indio para sustentar – sólo algunas culturas son capaces de hablar sobre comida mientras se están alimentando con una mezcla de comidas de otras culturas – y un tinto Nobile di Montepulciano. “A donde fueras haz lo que vieras”, según reza el refrán, vemos el concurso Jeopardy en familia – por primera vez en mi vida – ; después “cada mochuelo a su olivo”, para seguir con los proverbios, y nosotros nos deleitamos con una joya clásica del western: Los profesionales de Richard Brooks con Burt Lancaster, Lee Marvin y Claudia Cardinale. la Sex Symbol de la época. Lo mejor para rematar una buena noche.

Amanece en Manhattan soleado pero frío, desayunamos en compañía con algo ligero, yogur, frutas, para compensar la cena de la noche anterior. Nuestro propósito es ir de nuevo al MOMA, adonde llegamos con el M104; por fortuna nos deja a una cuadra de la entrada y evitamos tener que caminar con esa brisa helada que ataca sin piedad en las esquinas. Es lunes pero el museo está lleno de gente, sobre todo parejas con hijos, porque es el Día del Presidente, la cola en el guardarropa es larga y serpentea, se retrasa porque el público entrega un montón de prendas, mochilas, carritos de bebé……libramos el atasco porque entregamos en el mostrador de miembros del museo y vamos rápido para seguir viendo la expo The Clock: un resumen de 100 años de historia de la imagen en movimiento, que dura 24 horas y está compuesto de miles de clips de películas y series, que muestran relojes y otras referencias al tiempo. El autor, Christian Marclay, estuvo cinco años combinando fragmentos visuales y sonoros y tres años más editando hasta conseguir una obra que como espectador te absorbe y puedes pasar horas hipnotizado, sentado en un sofá que invita a expandirse, en una sala amplia, frente a una pantalla de buen tamaño. Los sofás se van desocupando cada cierto tiempo, en la medida que la gente se cansa o quiere ver otras salas del museo, pero nosotros pasamos cuatro horas seguidas, interrumpidas con una visita corta de la cafetería y con algún pequeño camarón intermitente, poniéndole nombre a los 5 segundos de cada filme y a los actores y actrices que aparecen. Cuando salimos del MOMA, extasiados todavía, ya es media tarde y nos vamos en el metro hasta Williamsburg, con un único tema de conversación: The Clock.
Teníamos pendiente una invitación sorpresa por parte de Iker, otra celebración más de nuestros cumpleaños. Nos lleva al Soho, estacionamos en la esquina entre la Sexta y Church, donde hay precisamente un gran reloj a la entrada del Roxy Hotel, nuestro lugar de destino. Además del restaurante que está en el espacio interior del hotel, en la planta baja está el club cava de jazz The Django, donde esa noche actuó la cantante Judith Owen con su banda, recién llegados de Londres, un show de primera. Entrando en el club, comienza a nevar, dejamos nuestros abrigos, nos sentamos en nuestra mesa reservada, padres, hijo y novia, pedimos bourbon Maker´s Mark, disfrutamos del concierto y dos horas más tarde salimos a la calle, con la nevada más intensa, decidiendo a donde ir a cenar a las 10 de la noche; Great NY Noodle Town en Bowery, y el menú de costumbre en ese templo chino: Pato en su jugo, Bok Choy con Hoisin, Arroz con Shitakes y Noodles con Cebollín. Té de la casa, pagos solo en efectivo y de regreso nos dejan en Willi y la pareja feliz sigue su camino.

Amanece con las huellas de la nevada nocturna. Blanco, limpio y despejado cielo azul, pero con la temperatura por debajo de cero, sin viento. Desayuno tardío después de la noche anterior, contundente – hay que ver cómo el termómetro estimula el apetito – y a media mañana seguimos con nuestro periplo acostumbrado de centros del arte. Hoy toca el Brooklyn Museum, cercano al Jardín Botánico, la Biblioteca, la Plaza de Armas y el Prospect Park. En estos días es aconsejable no aventurar mucho al aire libre caminando largas distancias; es prudente moverse en el metro o en el autobús si no tienes prisa. La conexión para llegar hasta el museo es ir hasta Manhattan en la L gris y luego cambiar a los rojos 2 o 3 y bajar directo cruzando a Brooklyn y saliendo en la estación de Eastern Parkway – la avenida más francesa de Nueva York – a treinta metros de la entrada. Insistiendo en la idea de que en esta ciudad, las cosas cambian cada seis meses, todo el frente del museo acristalado, lo convirtieron en una gran cafetería-restaurante que mira a la avenida y al mismo tiempo cerraron la que estaba en el interior, más pequeña y en un sitio de paso.
La exposición del momento, coincidiendo con los 200 años de la institución, es Solid Gold, organizada en varias secciones para presentar, desde objetos de oro antiguo egipcios, piezas del periodo helenístico y joyas que abarcan tres milenios. Después se pueden contemplar escenas de películas como Cleopatra, vestidos de alta costura diseñados por artistas como Galiano y Dior, el famoso vestido de Tina Turner, el uso del metal en la cultura del Hip-hop; una historia de los orígenes del oro, The Real Gold, desde Nubia hasta Sudáfrica, América, la explotación de las minas; la variedad de monedas de la Sociedad Numismática; materiales nuevos, obras de arte como el panel de oro del Transatlántico Normandie, relojes Art Decó de Cartier, un piano de Steichen de caoba y bandas de oro, muchos trajes usados en el cine diseñados por Balenciaga, Yves Saint Laurent, Louboutin……una historia eterna del oro, que sigue brillando en nuestros días. Son tres horas para verla con calma y luego una visita rápida a los pisos 5 y 4 que contiene muebles, artesanía y arte americano y el piso 3, donde está el patio central interno que siempre me recuerda a una locación de la película de Hitchcock, la Cortina Rasgada. Regreso a casa casi anocheciendo para compartir una cena – de nuevo con la pareja feliz – consistente en una pasta de Langostinos con su Bisque, dulces de la Bicyclette y un par de botellas de tinto Paolo Scavino.

Pensando en la cena del 15, me ofrecí a conseguir las proteínas necesarias. Una mañana neblinosa y con una lluvia moderada – lo que llamaríamos en Venezuela una garuíta – me obliga a tomar el metro hasta Lorimer para comprar en Food Bazaar, en la Avenida Broadway. Un Fish King de carne blanquísima de 7 kilos, una buena pieza de Pork Belly, Lomito Angus y Langostinos. El menú será desvelado en un par de días. El resto de las vituallas estarán disponibles cuando vayamos a cocinar en familia. Pero esa mercancía fresca, tengo que llevarla hasta la 73 de Manhattan, desde Lorimer en Brooklyn. Tomo la M naranja, cuyo trayecto es sobre un elevado y conecto con el 3 rojo en Union Square, hasta el Upper West, con mi par de bolsas cargadas de mercado, a la hora en que la mayoría de la gente se dirige a sus trabajos, medio dormidos, con un vaso en una mano y un celular en la otra. Dejo las compras organizadas en la nevera, aprovecho para almorzar en forma con un par de slides de pizza en Freddys and Peppers y regreso a Willi por la tarde. Cuando llego, me espera Raquel, lista para dar un paseo por Bedford y alrededores: las nuevas tiendas de lujo en la N 6, Kent Avenue, Domino Park, Whyte, Berry, todas llenas de público como pasa siempre en Williamsburg, no importa el clima.
A tiempo regresamos para cenar una Ensalada de langostinos, muy rica, muy saludable, muy oriental y el pan de semillas de Whole Food. Compañera ideal de una buena IPA.

Hoy es 14 de Febrero, Día de los Enamorados, se nota en los comercios adornados con corazones y guirnaldas de color rojo. Pero tenemos que dirigirnos a Brookfield Place en el Lower, cosas de banco por un ratico. Buscando evitar las zonas de frío, nos vamos por debajo del Oculus de Calatrava, atravesando el pasillo subterráneo que cruza West Street. Ese centro tiene un gran atrio con sus palmeras y salida al puerto al que llegan los ferrys de Jersey City. Hacemos nuestra gestión, tomamos un café en Daily Provisión, el primer negocio en la entrada del pasillo de la feria de lujo, donde han abierto tres negocios que me llamaron la atención: un libanés Naya, Black Seed Bagel y otro de asado sureño Mighty Quinn´s BBQ. No los probé pero están pendientes. Hoy es viernes de nuevo y estamos invitados a un Shabat, formal y solemne, en casa de nuestra hermana Sylvia Benzaquén. Doce personas alrededor de esa gran mesa para darse banquete con cuatro ensaladas diferentes, la grandiosa Sopa de habas con carne, Garbanzos con aceitunas y res, Muslitos de pollo, Pastel de carne con puré, Gefilte Fish en forma de pequeñas albóndigas en salsa, Pan de Jalá, Pie de manzana, Helado, Mini Croissants de chocolate y Torticas de almendras. Toda la comida con su tono de Marruecos, canto del Kiddush estilo Askenazy y compañía variada de religión, etnia, lengua, cultura y nacionalidad. Magnífica noche, que se alarga con una sobremesa y conversaciones cruzadas, amenas e interesantes. No nos quedamos a dormir esa noche porque el hijo, presente también en la cena, nos lleva en camioneta sin tener que viajar en bus y metro para regresar a Willi. Un par de Woodford Reserve y a descansar.
Sábado 15 de febrero, cielo azul, salida al MOMA para continuar con The Clock que por ser sábado tiene más gente de lo habitual pero no tanta como el Día del Ptresidente; cambiamos la hora para continuar con material nuevo, un intermedio en Stein para comer una Sopa de lentejas y un Sándwich de Pastrami compartidos. Después queremos ver las salas que presentan arte entre 1880 a 1945, que hay que ver siempre que uno visita el museo, no importa que se hayan visto docenas de veces.
Me toca ir a la casa de los primos hacia las dos de la tarde para poder cocinar con tiempo la cena, con los productos que compré ayer en Food Bazaar. Cuento con los dos primos como ayudantes, tomamos whisky de malta mientras estamos frente al fogón, repartimos tareas para que sea equitativo el trabajo y tenemos todo listo para las siete, hora de llegada de los comensales invitados. Mesa de Buffet, autoservicio, tragos y entradas previas a la cena en mesa: Ensalada de langostinos con salsa oriental picante y Lomito abrasado con Salsa Tártara para amenizar tragos y tertulia. Después King Fish en Salsa de Alcaparras, mantequilla y limón y Pork Belly con Salsa Thai, Cremoso de Papa y Vegetales con Setas como acompañantes.
Toda la tarde vi una caja de postre enorme pero no la abrí, aunque sabía que dentro había una torta. Resultó que la torta tenía su sorpresa porque sobre la cubierta de chocolate estaba escrita la frase Happy Birthday Iker y Josu ; total cuarta celebración de esos cumpleaños que no se acaban nunca. La torta, de Mousse de chocolate y avellanas de la Patisserie Chanson en Broadway con la 70 West. No recuerdo el vino que tomamos pero sé que era un Bordeaux tinto, perfecto.
El domingo, día de descanso merecido. Mucha lluvia, ideal para no vestirse, acomodarse en cama y sofá, comer lo que y cuando provoque, mucha conversa y paz, mucha paz. Mañana será otro día lunes, para la próxima crónica.



2 respuestas
Disfruto mucho tus crónicas tan fluidas y a la vez repletas de detalles que son datos muy interesantes. Y lo que más me gustó fue el final… que compartes eso con alguien con quien conversas sabroso… en mucha paz! Invaluable, TODO
Mil gracias
¡Muchas gracias por leer esta crónica! Nos alegra que disfrutes este contenido de nuestro columnista Josu Iza.