CRÓNICA DE MARGARITA 9

Josu Iza

Dedicado a: los habitantes de la isla, parte importante de los protagonistas de  Il Gatopardo tropical en Margarita, que son los que más sufren las inclemencias del clima económico y social. Habría que darles una medalla por la capacidad de aguante.

Y también a la memoria del Señor Julián – amigo del Tirano, comerciante de cocos y fallecido al caerse de una mata de dátil de 5 metros, cuando subía siempre a 15 o 20 a las palmeras -, el año pasado y recordando también  al  Señor Andrés vecino de la calle Libertad, este sí de muerte natural a los 93 años. Ahora cuando paso por la esquina, la silla donde siempre estaba sentado está vacía y su perro, acostado y triste a su lado.

Y como siempre, a la memoria de nuestra Inés Muñoz, presente en nuestros recuerdos y nuestras oraciones.

    El mejor ejemplo de cómo cambiar cien veces y nunca hacerlo, es la Isla de Margarita. Su geografía es la misma, sus playas, sus marismas, sus cerros, la Sierra, sus pueblos de costa e interior, la Restinga, Macanao, todo permanece igual, son sus referencias visuales. Pero más importantes son otras referencias, aquellas que tienen que ver con la vida cotidiana de sus habitantes –  los de a pie y las élite –  y las relaciones entre ellos, las costumbres habituales, sus rituales…….En El Gatopardo, Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, observa como la aristocracia va perdiendo el poder frente al auge de la burguesía y acuña la frase que le hizo un personaje inmortal en la literatura: ” Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. En Margarita debió existir un Salina porque el gobierno, las fuerzas vivas, los Patricios de la isla y los ciudadanos funcionan en esa frecuencia. Se la pasan cambiando todo para que todo siga igual. Al menos desde hace 40 años que la conozco. No cambia el paisaje pero tampoco el paisanaje. Si conoces gente en la isla y vas de viaje, da por seguro que cuando vayas a visitarlos, viven en el mismo sitio y haciendo exactamente lo mismo todos los días; el calor, la fallas de luz y la escasez de agua, son, al igual que la silla de la tarde, sellos indelebles de la personalidad margariteña. Pero de igual manera, amamos la isla.

Ya hemos pasado unos días en Margarita  – que contamos en la primera crónica -, y llegamos al domingo. Esta crónica 9 debería haber salido hace dos semanas pero otras ocupaciones no me lo han permitido. Pero aquí estamos y seguimos. Amanece un día espectacular, desayunamos con ganas: arepas, huevos, queso, jugo, café y etcc. Veo cierto movimiento y salgo al estacionamiento, porque siendo domingo es extraño, pero lo que me encuentro es a un par de tipos que están realizando una limpieza de todos los cocoteros del conjunto; son unos cuantos y estarán todo el día. Asombra la habilidad para subir solo apoyándose con los pies, cargando el machete y la cuerda para descolgar los racimos de cocos. Me explican que es fundamental para que la palmera se  reproduzca y dé fruto, limpiar, cortar las ramas marchitas y recoger la fruta para que siga creciendo y teniendo su ciclo regular.  De la primera cosecha me abren un par de cocos verdes, grandes, para probar el agua y comer la pulpa. Deliciosos.

Desayunados, hidratados y con la cava llena de lo necesario, comenzamos el periplo dominical. Primero una visita a nuestro amigo Freddy Albornoz, Chef y propietario de Toche Pez, el restaurante y taller culinario que Freddy tiene en el Museo del Salado. Ahumador, curador y cocinero de productos del mar, este andino que llegó a Margarita hace años, se ha convertido en el mejor exponente de lo que debe ser aprovechar, trabajar y presentar el pescado en diferentes versiones. Recomendable una degustación de varios toques, especialmente el “Bacallau” ahumado, que trabaja sólo en la época final del año, que es cuando ese ejemplar, entra en las aguas  de la isla. Él fue quien me descubrió la existencia del bacallau, (bacalao en cristiano), pescado que se consume en gran cantidad en el País Vasco, pero que nunca imaginé encontrar aquí porque es un pescado de mar muy frío. 

Después de la visita acostumbrada, que siempre hacemos cuando vamos a Margarita,  vamos a probar – es una tentación sana e irresistible -, los pastelitos andinos del Maracucho en Salamanca.  De toda la variedad que ofrece, para mí los de papa y queso y carne mechada son los mejores, junto  con su jugo de guanábana, espeso y nada dulce.

Cambiamos de rumbo: vamos de vuelta en dirección al norte, destino Playa Zaragoza, en Pedro González.  Pasamos Playa el Agua y Manzanillo, seguimos bajando por la orilla oeste de la isla hasta que nos acercamos a la entrada de Pedro González. No hay cartel indicativo, así que preguntamos a una señora que  nos dice a la izquierda, señalando con la mano derecha. Llegamos a una intersección y aquí nos entra la duda: la palabra o la mano. Optamos por la primera y tomamos el desvío. No sabemos si es el camino acertado, pasan los kilómetros y rodamos por un valle seco, rodeado de colinas sin ninguna información. En ese cuenco el GPS no funciona, no hay señal. Después de 15 minutos nos preguntamos ¿Carretera hacia dónde ??. Deberíamos haber llegado hace rato, lo cual indica que estamos perdidos y desviados. A pesar de lo que mucha gente cree, Margarita es un laberinto de caminos, unidos como una tela de araña, que solamente el que los conoce bien no corre el riesgo de perderse. Todavía, después de tantos años, yo me sigo perdiendo cuando aventuro por territorio desconocido. No hay más remedio que preguntar de nuevo, pero a quien ?. En esa zona no pasan carros apenas….veo una moto que viene de frente a lo lejos y  empiezo a hacer señales con la mano para que se detenga, y como por arte de magia, al mismo tiempo que llega la moto de frente, veo por el retrovisor otra moto, pero en esta va una pareja de policías que también se detiene. Me bajo y pregunto, señor agente, dónde estoy y para dónde voy, va usted camino de Santa Ana. Eso significa que la mano de la señora era la acertada y no la palabra y que iba hacia la montaña en vez de hacia el mar.  Gracias señor agente, media vuelta y llegamos después  de otros 15  minutos al punto de la bifurcación, donde todavía está la señora hablando con la comadre. Ahora sí, a la derecha y descubrimos que no era en esta entrada, que da un rodeo por detrás de la laguna sino en la anterior, que se agarra la vía directa al pueblo. Una hora para algo que dura 10 minutos, pero así es nuestra isla y sus habitantes.

Playa Zaragoza sigue siendo ese pueblo pequeño de casas coloniales, reconvertidas en posadas, restaurantes y tiendas, con su paseo peatonal frente a la playa; una playa de aguas muy tranquilas, encajada en una bahía que se comunica hacia dentro con una laguna salobre, a través de un canal que utilizan los peñeros de pesca para salir al mar.

Pocas personas visitando el pueblo aunque es domingo, algunas parejas, algunas familias; hay más locales que foráneos. Nos acercamos con nuestra cava para preguntar por un toldo con un par de sillas y después de haber pagado en Playa Parguito 10 $, me parece desorbitado que pidan 15 aquí. Veinte metros a la derecha, hay todo una zona de sombra natural con un pequeño bosque de guayacán, gratis y a la misma distancia de la orilla. Voy al carro, saco el par de sillas que uno siempre carga por si acaso y listo.  Ubicados. Al fondo están llegando un par de barcos cargados de sardina, que los pescadores descargan directamente en cajas que entregan a los mayoristas; estos las meten en las cavas que tiene estacionadas y se van con la mercancía para hacer conserva en alguna factoría que todavía queda por ahí. Igual regalan a cualquiera que se acerque con su tono o bolsa porque dicen que unas sardinas no se le “niegan a naidem”. Es impresionante los cientos de pelícanos que acompañan volando a los botes desde que hacen su entrada en la bahía, para luego amerizar y quedar flotando, esperando  que caiga una sardina o las entrañas de algunos pescados que lanzan al mar después de limpiarlos. Cientos.

No importa que se haya desayunado con contundencia, cuando la Señora María instala su puesto de empanadas en el boulevard, no hay quien se contenga de comerse un par de cazón, crujientes, con sabor a guiso de la isla. Está señora, que siempre está acompañada de un hijo, que curiosamente tiene el cabello  rubio y los ojos azules, viene de Altagracia en moto, los sábados y domingos, porque durante la semana “trabaja la sardina”, según sus palabras. Y no es en la industria, como muchas otras mujeres, sino por su cuenta:  las limpia, las empaqueta al vacío y las vende a su clientela, negocios y particulares. Un ejemplo de lo que puede hacer el esfuerzo y la dedicación, si las condiciones fueran las que debieran ser. Mujeres emprendedoras, como ella, que tiene ese hijo pegado de la falda, le insite de que vaya a estudiar y de que no ande zanganeando en los ratos libres. Mientras ella cocina sus empanadas, él reparte a los clientes, le ayuda con el puesto, carga y acomoda. Porque sabe la importancia de que su hijo estudie, supere un peldaño y no termine siendo un pescador más, condenado a repetir el ciclo del Gatopardo.

Nos vamos a media tarde, después de disfrutar de una playa tranquila, comer unas empanadas – ese día fueron tres de mi parte -, ver el espectáculo de los pescadores y pelícanos, porque en la noche tenemos invitados a unos amigos.

Una cena sencilla, pescado a la brasa, papas con mantequilla y torta de plátano. Abdul y Yuda, dos amigos que tienen sus tiendas de ferretería, con los que compartimos mesa y el vino que nos traen de regalo. Terminamos temprano, para seguir al día siguiente, ellos porque tienen que trabajar, nosotros porque tenemos que apurar el tiempo que nos queda.

El lunes amanecemos sin café. Tengo que salir a ver donde compro porque es muy temprano, apenas comienza el Tirano a despertar, algunos niños yendo para el Liceo, algunas personas yendo para la avenida a tomar transporte, algunas señoras limpiando el frente de su casa…voy en carro hasta la entrada de la avenida principal del pueblo y veo que hay unas mesas en la acera con gente tomando café….me acerco y “oh sorpresa”, es un pequeño local, mezcla de panadería, charcutería, minimercado, restaurante y café, que empieza a servir a esa hora, atendido por gente joven, que son los muchachos de la casa. Porque el negocio está en la parte delantera, que han acomodado como tienda. Me ofrecen un empaque de café de Mérida, artesanal, pago – todo el sistema de venta y cobranza con su computadora, escáner y punto de venta -, y me voy. Desayunamos y nos vamos de

salida para visitar a mi prima  Arantxa, el único familiar directo que tengo en este país, que llegó unos meses antes que yo hace muchos años y que vive en Porlamar desde hace 35. Está regresando de Londres de visitar a sus dos nietos morochos que nacieron hace un mes, hijos de su hijo que reside por allá como casi todos nuestros hijos en el exilio. Entre Londres y Margarita, hizo una parada en Bilbao y nos recibe a media mañana, con un paquete de Jamón de Jabugo y otro de Salchichón Ibérico. Recién llegada, tiene la bodega vacía, pero en la isla uno siempre anda prevenido, así que subo mi cava con Whisky y agua de coco, ideal para acompañar los embutidos.  Nos echamos todos los cuentos de la familia, pasamos el día hasta después de hora de almuerzo y seguimos después para Sigo en el Sambil, para ver si conseguimos unas sidras, no sin antes ir a buscar los ajíes locales que tengo que llevar a Caracas, porque mi amigo Jorge Heiber, quiere que le consiga las semillas para sembrarlas por aquí.

Damos un paseo de reconocimiento por Pampatar y nos vamos por toda la Bolivar hasta la Vela, porque queremos almorzar en un lugar de comida libanesa, que se llama Il Beirut. Dentro del centro comercial – en principio yo le tengo reserva a estos sitios ubicados aquí en la Vela, porque Francelina y Julia ya están agotados –  y con una decoración de set de cine falso,  columnas  de granito de cartón, con ese toque de lujo,  no luce muy prometedor. Pero los muchachos poco entrenados que atienden le ponen ganas, pedimos un trago para ir entrando en calor y la carta. Muy tradicional pero estructurada de forma lógica. Sorprendente la calidad y la presentación de lo que pedimos: un plato de 3 cremas Hummus Babaganush y Muhahmmara, después Falafel y Kibbe crudo. Pedimos unos tragos de JW Black y Cynar con aguakina. Muy buena la comida y la atención. El ala nueva de la Vela es un espectáculo, negocios nuevos de nombres desconocidos, cafés y docenas de locales que son necesarios para dar la impresión de que hay bonanza pero lo que hay es gente que camina y pasea pero compra poco.

Mientras regresamos a casa, pensamos en tomar el final de la tarde en Playa Parguito. Es la hora del atardecer. La playa está vacía pero nos encontramos  con un antiguo conocido: Juanito. Juanito es un muchacho que no debe tener más de 20 años y es un habitante invasor  de una casa abandonada en Parguito – que han ido rehaciendo con lo mínimo – que vive con una familia imposible de describir. Juanito tiene años, desde niño, haciendo todos los trabajos necesarios  para sobrevivir: parquero del estacionamiento, conductor de motos de agua, mesonero y encargado de mesas y sillas, jardinero y diez cosas más que no recuerdo. Juanito tenía un complejo grave porque nunca sonreía, no es que no quisiera porque tiene un temperamento afable, sino que le faltaban varios  dientes  de arriba y le daba mucha pena, siendo un muchacho de 18 años de buena presencia. En esta ocasión estaba risueño con su dentadura completa, hasta novia le salió, porque antes no se atrevía a ligar, siempre con la boca cerrada. Me alegré mucho por él. Como decía, la playa estaba desierta a esa hora del atardecer, sola para nosotros, el único restaurante que tenía los toldos abiertos era Biblo’s, nos sentamos en unas sillas disfrutando de ese sol que se va ocultando y los matices de luz y color en el cielo del oeste, hablamos con los últimos empleados que se ganan la vida en la playa y ya de noche recogemos y nos vamos para la casa, 300 metros de la orilla.

Esa noche, la última de este periplo, toca terminar con el pescado para no dejar nada en el congelador. Preparo el lomo y la cabeza que me queda de bacallau, que me sirve para dos propósitos: la cena de hoy en caliente y el almuerzo de mañana en frío. Vamos con el horno, sencillo porque ese pescado fresco no necesita más: sal, pimienta, limón, aceite de oliva, pero como y perejil. Una rica ensalada de aguacate y tomate margariteño y listo.

No soy muy amigo de los felinos como mascotas, pero hace tres días, que apareció  en la puerta de la casa un gatico bebé, flaco e indefenso, rubio, manchado de blanco, maullando como un niño cuando tiene hambre y se me ablandó el corazón. Empecé a alimentarle con todo lo que sobraba de la comida, le di huevas, pescado, arepa, queso, jamón, hasta aguacate comió, así sería el hambre. Tres veces al día le dejé su ración en un papel de aluminio y no perdonó ninguna pizca de nada. Ya hoy está gordito, tiene hasta pancita,  y cuando paseo por los jardines me persigue, se me acerca maullando, supongo que pidiendo más comida o agradecido quizás. Cómo nos vamos mañana, le dejé encargado al jardinero para que esté pendiente de él, que lo alimente y lo tendrá siempre por ahí de acompañante. Hasta le hice una dedicatoria. ” En Margarita he adoptado un gato en estos días….me recuerda un alma desorientada y con mucha necesidad de cariño….Es pintado de rubio y blanco y ojos amarillos, un bebé apenas, frágil todavía,  que toca mi puerta, maúlla y se acaricia en mi tobillo…..contra mis principios, acerca del cuidado de un felino, le he alimentado, le llamo y se acerca…..desconfiado a veces, pero el gatico sabe que ahora que lo adopté,  estará para siempre en mi vida. Si algún día descubre el camino que conduce a mi casa, estaré encantado de cuidarle, de alimentarle…..He adoptado un gato en Margarita “.

Llegó el martes, temprano preparamos maleta, desayunamos con los Hermanos Núñez, Alexis y Carlos para despedirnos: con ellos los desayunos siempre son abundantes y más cuando hay que vaciar nevera……arepas, huevos, embutidos, queso guayamano, jugo, café, no le ponen pegas a nada. Después nos visita nuestro amigo Francisco, que tiene su casa y su taller de ebanistería en la calle trasera de la playa de Parguito, detrás de la laguna. Pensador, taoísta, seguidor de Gurdjieff, español de nacimiento pero residente en la isla desde hace 52 años. Le preparamos una bolsa con todo el restante de vegetales y otras cosas, conversamos un par de horas y nos despedimos hasta la próxima. Vamos a la Asunción para hacer las  compras de los últimos caprichos chinos  y regresamos para el último almuerzo con el pescado en frío. Una ensalada tipo tartar que compartimos con el gatico, agua de coco y whisky.

Nos vamos para el aeropuerto, entregamos el carro en Amigos rent car, vamos a facturación de Láser y esperamos en el Terminal. El vuelo sale puntual y llega perfecto. Al bajar del avión, nos recogen en bus y nos llevan hasta la carpa de equipajes, proceso rápido y salimos a las avenida porque nos espera el taxista Joel, que nos bajó hace una semana. Y ahí comienza el caos, en la salida y recogida de pasajeros. Hasta ese momento, están más o menos organizados, pero miles de carros pasando por esa calle larga frente al hotel, parándose y metiendo maletas, policías dando instrucciones que nadie obedece porque no hay manera de recoger a los pasajeros que llegan sino desobedeciendo, parece la guerra de Pancho Villa, cada quien a lo suyo….con el celular en contacto con Joel que viene desde la bomba, donde se apostan todos los taxistas y particulares que tienen que esperar a alguien. Después de media hora salimos de ese maremágnum, subimos la autopista, recibimos las últimas noticias del acontecer caraqueño, un par de historias de la vida de Joel – azarosa vida por cierto, como la de todos los taxistas –  llegamos a casa, hay luz, agua, todo está bien, descargamos, acomodamos, nos refrescamos y a descansar. Feliz final a una semana bien aprovechada.

Hemos visto dos películas en estos días, tres en total. Digger, de Iñarritu, con Tom Cruise en una caracterización increíble; posiblemente la mejor película del año hasta el momento. La segunda, los colores del tiempo ( la avenida del futuro en original ) del Festival Francés. Magnífica película que combina el pasado con el presente, la vida en ese París de los pintores impresionistas. Muy recomendable y un ejemplo de que cuando los franceses quieren hacer buen cine, lo hacen  con mucho estilo. Y la tercera, Calle Málaga, con Carmen Maura en una historia de una española nacida y residente en Tánger, cuando todavía era Protectorado español todo el norte de Marruecos. Esa mujer, ya entrada en años pero conservando su encanto y belleza, no necesita actuar, le brota con naturalidad. Bello film y bellos recuerdos de esa ciudad que visité varias veces. Salvo el nuevo puerto comercial, todo se ve igual en esa ciudad encantadora.

Y por esta semana, estamos listos. Hasta la próxima.

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