Como ya adelanté en la última crónica de Caracas, estaría volando el lunes de la publicación, con rumbo a Madrid y Roma. Y así fue efectivamente, pero antes de viajar, sucedieron algunas cosas que conviene relatar. La primera, que Iberia anunció inesperadamente que el vuelo lo iba a gestionar una compañía llamada Wamos, que como compensación por las molestias – todavía no se a cuales se refería -, nos iban a conceder la gracia de volar en Business Class y que para el próximo viaje, nos ofrecían un 20% de descuento como cortesía añadida. Si va ser siempre así, que Wamos sea el operador ad eternum.

Pero nadie podía prever que el día anterior, el sistema eléctrico español y de paso el portugués, iban a colapsar, con lo cual los vuelos previstos de TAP y Turkish, quedaron anulados, memos mal que los de Iberia y otras compañías salieron puntualmente, entre ellos el nuestro. La tensión del personal de despacho y facturación se podía sentir y nerviosismo de los pasajeros, ante la incertidumbre se podía cortar a causa de su espesor, porque de paso el sistema se caía continuamente. Menos mal que para nosotros, el cambio de compañía terminó siendo una buena noticia, porque el terminal era un hervidero, con varias colas a lo largo del aeropuerto.
Gracias a Wamos, no tuvimos que guardar cola, nos permitieron dos maletas por persona y pasar las cuatro horas de la espera en la Sala VIP de Iberia con el Priority Pass. Pero el privilegio no te libra del recibimiento de la Guardia para revisar pasaportes y hacer la serie de preguntas de costumbre, tampoco de pasar por el control de seguridad y menos aún de pasar el trámite de emigración. No nos quejemos porque nueve horas más tarde estábamos en Madrid – con copas de cava, almuerzo de dos platos, asiento cama y cartera de útiles de regalo incluida – cambiando de terminal para abordar el vuelo – esta vez con Iberia – hacia Roma.

La relajación y el exceso de comodidad produjeron el olvido de una computadora en el avión y el proceso para recuperarla antes de que el vuelo a Roma partiera de Madrid fue digno de una “Slapstick comedy” de Charly Chaplin. Tardamos hora y media en bajar, subir, volver a bajar, preguntar al personal de atención al público de AENA – organismo que administra los aeropuertos en España – que atiende mal e informa peor, salir del aeropuerto para recoger el dispositivo en la oficina de objetos perdidos de Iberia, volver a entrar de nuevo como si llegáramos de la calle, pasar otra vez el control de pasaportes y de seguridad, transpirando y estresados pero felices de haber recuperado la computadora, sólo para darnos cuenta que habíamos extraviado la otra en el primer paso por el control de seguridad, gracias a que nos ordenaron sacar en otra bandeja el aparato y sencillamente yo olvidé recogerla. Gracias a que Dios aprieta pero no ahoga, también ésta computadora apareció y llegamos quince minutos antes del embarque para Roma.
Pero la alegría del pobre rápidamente se diluye en la desgracia: mi maleta procedente de Caracas – y debido al caos del día anterior por el apagón – no llegó a Fiumicino, con lo cual hubo que hacer una reclamación para seguir el procedimiento, perder dos horas en esa diligencia y para colmo, quedarme toda una semana sin ropa y algunas cosas importantes que venían en el equipaje, como varios regalos para un amigo que cumplía años y motivo por el que habíamos adelantado el viaje una semana.

Veinte horas después de salir de casa en Caracas, salimos del aeropuerto con una sola maleta, recogemos nuestro carro alquilado – nos dieron uno de rango superior y automático – y partimos para el norte de la capital para llegar a casa de nuestros amigos que nos esperaban para el almuerzo que terminó siendo cena. No sé si les pasa a ustedes pero no hay nada más complicado que un carro híbrido, que funciona sin llave, con freno de mano sin mano, y que hay que configurar para el teléfono, la radio, el Spotify, el Googlemaps, además de los sensores de distancia, los sonidos descabellados de acercamiento, los varios pitidos por causas desconocidas; y que cada vez que arrancas o paras, te echas la mano al bolsillo o al volante buscando la llave que no existe. Los carros son cada vez más inteligentes y los humanos cada vez más estúpidos, el mundo al revés.
Ahora también es necesario – para no llegar a destino y estar incomunicado – contratar eso que llaman una eSIM, o chip virtual que permite tener datos y recibir o enviar información además de hablar vía Whatsapp. Hay varias marcas pero yo contrato con una que se llama Saily; se supone que se activa al llegar al país siguiendo varios pasos y así parece ser esta vez como en casos anteriores, pero a unos kilómetros de nuestra meta, se desconecta y perdemos el camino; gracias a MacDonald que ofrece Wifi gratis a sus usuarios pude activar de nuevo la tarjeta – ver la M amarilla en la periferia de la ciudad me hizo entender lo que sintió Pablo cuando vio la luz en Damasco – y llegar directo al punto final.

Hace un clima primaveral en Italia del centro; nos dicen que llovió durante una semana pero debe ser que llevamos el sol con nosotros desde Venezuela. Es martes y se preparan los fastos para las fiestas patronales del cumpleaños de Massimo, que debido al numeroso número de amigos y familiares y para repartir carga de trabajo e invitados, se dividirán en grupos más pequeños pero durarán cuatro días. Nos reciben con la primera cena consistente en una Pasta Trofie al Pesto Genovese, con aperitivo previo norma esencial de la casa y Grappa para finalizar. Entre el cansancio, las emociones, el vino y la grappa caemos rendidos hasta el día siguiente.

No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí doce horas seguidas con pérdida de conciencia total. Bajamos a desayunar apenados a las once de la mañana, y de la mesa salimos para CONAD, el automercado que quisiera tener en Caracas, para abastecer despensa, bodega y nevera y compras varias pensando en las fiestas, aunque todavía no se ha diseñado el menú para los diferentes días. Al regreso y con varias bolsas de mercado donde no cabe más, nos espera un almuerzo de pasta – Massimo nos deleita con su maestría cocinando pastas con salsas tradicionales o de su propia autoría – de nombre desconocido para mi: Busiate con Pesto Trapanese. La tarde discurre plácidamente hasta la hora de la cena, paseando a Tara y Ares – que más bien me pasea él a mi -, haciendo tiempo para la cena que resolvemos con unos quesos, embutidos, focaccia y vino cosecha de la casa, así como el aceite de oliva, prensado y embotellado por la familia. Las conversaciones se alargan pasado ya el jetlag del día anterior y entre ellas, el plan de recibir y alimentar a tanta gente durante varios días que se va madurando aunque con cambios lógicos e imprevistos.
Pero será la próxima semana cuando sigamos con el relato de las patronales………todavía no hemos recuperado el resuello del viaje.



Un comentario
Una partida en balance total: unas cuantas vicisitudes pero “buenos regalitos”. Que vivan la vida y sus altibajos!