CRÓNICAS DE ITALIA CAP 6: Un recorrido gastronómico de Manfredonia a Viterbo

Josu Iza

Nos despertamos temprano para abandonar Manfredonia y el apartamento tan acogedor en el que pasamos el fin de semana. Recogemos el equipaje – que sigue aumentando de tamaño, no las maletas sino su contenido -, nos damos una buena ducha y salimos a desayunar al Café des Artistes, a esa hora que la vida casi brilla por su ausencia en las calles.

A las 7.30 en Corso Manfredi, apenas se puede ver al servicio municipal recogiendo la poca basura que dejaron los viandantes la noche anterior y regando el piso de piedra blanca pulida, algún que otro peatón que camina con premura para abrir los primeros cafés – donde llegarán los primeros clientes de la mañana – y los escasos madrugadores que van abrigados porque al lado del mar, la humedad se siente a esta hora. Nosotros somos dos de esos parroquianos en busca de “colazione”; cuando llegamos a la puerta del establecimiento, todavía está cerrado, pero nos vamos por la puerta trasera – que da a una pequeña plaza desde donde se divisa el puerto y vemos que ya hay personal dentro del local.

MONTECASINO

Son las dos mismas muchachas que nos atendieron ayer; a través del vidrio de la puerta nos reconocen y nos hacen pasar mientras terminan de acomodar el servicio. Llega la camioneta con el pedido de croissants y otros pasteles, recién horneados, todavía calentitos. Al desayuno de ayer – básico de corneto  y café, o cacao con leche en mi caso -, añadimos un jugo de naranja, dulce como si tuviera azúcar, y pedimos que los cornetos los rellenen esta vez de frambuesa  y chocolate. Será nuestro último desayuno por esta vez, en esta ciudad tan especial, hasta una futura ocasión.

Regresamos al apartamento, menos mal que está a pie de calle, cargamos los bultos en el carro y dejamos la Vía Stella para dirigirnos al norte, hacia la salida que conduce a la SS 89 Garganica. Hay dos opciones para   llegar a nuestro primer destino de hoy ; nosotros elegimos la que nos lleva a través de la Foresta Umbra, un bosque que se define como “el reino de la biodiversidad” pues aunque representa menos del 1% del territorio, alberga el 40% de la flora y el 70% de las especies de aves de Italia.  Un curioso fenómeno es que las plantas son más grandes de lo habitual y hay ejemplares de pinos o hayas de dimensiones monumentales, que recuerdan mucho a lo que sucede con las secuoyas gigantes de Sierra Nevada en California; el otro prodigio es la abundancia de orquídeas que adornan su vegetación. La carretera discurre entre una selva, que haciendo honor a su nombre, está envuelta en sombra, de un verde intenso; a veces se tiene la sensación de estar dentro de Guatopo o la Selva de Las Claritas en Guayana. 

La vía llega hasta Vico del Gargano, un pueblo perdido en la montaña, que crece escalonado en una ladera y cuyo centro histórico es de origen medieval, donde destaca el castillo construido por los normandos – junto a los aragoneses los grandes constructores del sur de Italia -. Además de sus murallas con torres de base redonda, lo más destacable del pueblo son las numerosas iglesias y el Trappeto Maratea, un espacio de exposiciones dentro del antiguo “trappeto”, o molino de aceitunas del S XVI; ahí conservan el molino, la muela y las herramientas para el trabajo agrícola. Seguimos entre montes aunque muy cerca de la costa norte de la península de Gargano para llegar al Lago di Varano, en realidad una laguna, que es la mayor de toda la costa italiana y donde habitan miles de cormoranes. En su vertiente norte está separado del mar por un filete de tierra – que los lugareños llaman isola – que resulta ser un bosque cubierto de pinos y eucaliptus y por donde va una estrecha carretera que sale al final del lago para empatar de nuevo hacia la montaña con el segundo lago, Di Lesina, que es más largo y estrecho que el anterior. Igual que el primero, de agua salobre, tiene una gran variedad de fauna y flora endémica especialmente cigüeñas comunes en las lenguas de barro de sus orillas. 

Después de salir al final del lago, rodamos paralelo a la costa hacia el norte, pasando por varios pueblos – en los que no paramos -, hasta llegar a Marina di Montenero. Se impone una parada y una segunda parte del desayuno porque el día va a ser largo y la colazione básica de café y corneto no va a ser suficiente. Una focaccia rellena de queso y salami, en una taberna del pueblo, que se agradece. Pero no un salami cualquiera, no. Uno que es de producción local, La Ventricina di Montenero di Bisaccia – el pueblo que queda en la zona montañosa de la ciudad -. Este salami de la provincia de la región de Molise, está elaborado con trozos gruesos de carne y grasa de cerdo – alimentado con cereales y legumbres secas -, aromatizada con pimentón, chile y semillas de hinojo silvestre. Molise es una de las regiones menos conocidas de Italia y normalmente es lugar de paso,  pero para los amantes del mar y las playas es una zona ideal. Es fronteriza con Abruzzo y con Campania y a partir de Montenero, la carretera se interna hacia la montaña, pero no tan abrupta como los Apeninos del sur. Más bien recuerda a ese paisaje ondulado, con docenas o cientos de pueblos encaramados en las colinas, rodeados de tierra cultivada y árboles frutales, viñedos y olivares de la Toscana.  Entramos  y salimos todo el tiempo de ambas provincias porque la vía serpentea hasta la región de Caserta donde tenemos reservado un hotel: Villa Pegaso, hotel y restaurante, a un lado de la carretera que conduce a San Pietro Infine, que se acuesta al frente del Monte Sambucaro. Un hotel sencillo, muy familiar, atendido por un matrimonio y la Nonna, que sospecho que es la que se encarga de la cocina.

AGNELLO ALL GRIGLIA

Es media mañana, cerca del mediodía y pensamos en ir a visitar la Abadía de Montecassino, que tiene un lugar destacado en la historia de la Segunda Guerra. Hemos comido poca carne en este viaje y considerando que una de las especialidades de esta zona es el cordero, preguntamos si es posible cenar esta noche “Agnello” a la brasa como plato principal ; nos confirman que en la noche tendremos nuestro corderito en la mesa, tal como deseamos. Con esa ilusión, nos vamos para Cassino, la ciudad que queda en el Valle Latino, saliendo de San Pietro, provincia de Campania y entrando en Lazio a 3 minutos por carretera. Realmente nos interesa Montecassino, la abadía reconstruida después de la célebre batalla de la Segunda Guerra. En el cine fue recreada en el filme «Los diablos verdes de Montecasino». película germana de 1958 y recientemente, se filmó una serie llamada «We were the lucky ones», sobre la historia de una familia judía, residentes en Lodz – Polonia -, que después de muchas vicisitudes consigue sobrevivir al Holocausto, al exilio y a la guerra. Dos hijos de dicha familia, combaten con el Ejército de Polonia, que fue el que conquistó la fortaleza, después de tres duras derrotas de los Aliados – 50 mil bajas contra 20 mil de los alemanes -, intentando tomar el monasterio. Uno de los lugares importantes, es precisamente el cementerio polaco donde descansan los muertos en la batalla. El convento está enclavado en lo alto de una colina rocosa – 520 mt -, al que se llega después de subir desde Casino, 10 km de una calzada con muchas curvas  hasta el estacionamiento fuera de la abadía.

Ésta domina completamente el valle, que es la entrada a Roma, y su construcción – reconstruida porque quedó devastada en la guerra – es  de estilo benedictino carolingio ; un conjunto en torno a un claustro que incluye la iglesia, dormitorios, refectorio – comedor -, sala capitular y otras dependencias, entre ellas el museo, donde se pueden ver manuscritos, textos históricos y una historia contada a través de imágenes. Las vistas son maravillosas y la abadía también. Me impresionó por el tamaño de sus espacios, los materiales que sirvieron para reconstruir, los jardines, las escaleras y el claustro por donde se accede a la basílica en la que está enterrado San Benito, fundador de la orden. Una joya arquitectónica e histórica que hay que visitar. Pasadas las tres de la tarde, regresamos a San Pietro con ganas de almorzar, pensando que en la noche nos espera una cena antológica. Cerca del hotel está el Caseificio San Pietro, que cumple la triple función de fábrica de quesos de búfala, mercado y comedor al mismo tiempo. Compramos burrata, aceitunas negras de tamaño gigante, coppa, grissini  con orégano, yogur y tres Peroni. No podemos dejar de probar  una sección de Tigella, un pan redondo hecho con una masa de levadura, harina y manteca que luego se fríe y se rellena con verduras, embutidos o quesos. En este caso fue de vegetales. Nos sentamos en el comedor habilitado en la terraza del negocio para un ligero – por el tiempo y el lugar, no por la cantidad de comida -, almuerzo, antes de seguir para el centro del pueblo donde está el Parco della Memoria Storica, un museo local con documentos, fotografías, armas y artefactos de la guerra, que en esta zona tuvo gran intensidad. Es el perfecto complemento a la visita a Montecasino. Descansamos más tarde hasta la hora de la cena. 

MURAL

Después de una buena ducha para aliviar los rigores del día, día largo desde  que salimos de Manfredonia, bajamos al restaurante del hotel, que me sorprende por la decoración y el mobiliario; mantelería blanca y cubertería impecables, iluminación baja que produce un relax inmediato, cuatro mesas ocupadas en un salón de diez y servicio muy atento por parte del esposo de la señora que maneja la recepción. Suponemos que la abuela – a la que vimos en la tarde acomodando servilletas – debe estar en el fogón  junto a su hija, ayudante de cocina en sus horas libres de recepcionista, lo cual nos da cierta garantía de que vamos a cenar bien. En primer lugar nos obsequian con un plato de bruschettas con tomate seco y unas olivas, una jarra de vino tinto marca de la casa y la infaltable agua con gas – que todos los italianos piden aunque luego no la beban -.

Después aparecen los abundantes platos de Agnello alla griglia, unas chuletillas de mediano tamaño – no como las que se comen en la Rioja que son chuletillas de bocado al sarmiento de vid -,  asadas en su punto con un toque de romero, con patatine y una ensalada verde fresca, muy apropiada para acompañar el cordero. Auténtico y simple pero muy rico, con el toque del vino tinto del que no quedó sino la jarra. Era imprescindible un postre: Sfogliatella rellena de crema, típico de la región de Caserta, perfecto remate con una grappa que al final fueron dos. No queda sino irse a descansar, subir dos pisos en el ascensor  y dejarse caer en esa cama enorme con los ventanales medio abiertos para disfrutar del frío de la montaña bien abrigados, que en esa época y en ese lugar no llega a los 8 grados. 

Muy temprano bajamos a desayunar y nos encontramos con abuela e hija conversando en una esquina del comedor. El buffet está detrás de su mesa; un largo menú con lo habitual más alguna cosa extra como la Tigela, esta vez rellena de queso y otra de mortadela. Hacemos un desayuno completo y como hay posibilidad de pedir huevos al gusto, hechos al momento, me apunto a un par de ellos fritos con unas lonjas de guanciale. Con esto y el resto de viandas salimos repotenciados para llegar a Viterbo, al norte de Roma, donde nos encontraremos con nuestros amigos, Claudia Biagiiiiiolini y Máximo su esposo, para pasar con ellos los últimos días de nuestro viaje. 

A pocos kilómetros entramos en la Provincia del Lazio y tomamos la Autostrada A1- autopista – que nos conduce directo a Viterbo sin pasar por Roma. Hay varias retenciones por accidentes y el tráfico está lento. En un punto vemos un carro ardiendo y unas chicas angustiadas en el margen de la autopista. Llegando a Sacco, y después de media hora de rodar como si estuviéramos en Caracas un viernes a las 5 en dirección al Oeste  por la Francisco Fajardo, decidimos salir para salvar la cola, a causa de otro percance, Vamos por Valmontone por una carretera interior  hasta San Cesareo, por un valle lleno de cultivos y olivares. Aquí retomamos de nuevo la A1, hasta la ciudad de Orte, en una colina en la orilla del río Tevere – Tíber -.

Desde la época romana fue un punto de unión entre el campo y la capital y su belleza está bajo la superficie; una red de galerías con pozos, alcantarillado y cisternas que tiene 2.500 años de antigüedad, que han sido establos, bodegas, almacenes y talleres artesanales. Orte – que otro día visitaremos  –  queda cerca de nuestro destino y ahí es donde salimos a la carretera que conduce a Viterbo.  Cuando llegamos a la periferia de la ciudad, el GPS se pone caprichoso y como siempre nos lleva por el camino menos transitado. En esta ocasión nos mete por unos senderos muy estrechos de doble vía, donde los aborígenes manejan a velocidad de avenida principal, nos lleva por una laberíntica ruta entre sembradíos, túneles vegetales, urbanizaciones y en el momento en que nos dice «su destino es aquí», resulta que está equivocado. No se si el GPS o el diseño urbanístico, pero alguien está equivocado y tengo que llamar a mi Claudia querida para decir que ya estamos en Viterbo pero perdidos. Al final estamos en una calle trasera de la casa, así que damos la vuelta, guiados por nuestra anfitriona hasta llegar a la entrada. Es nuestro segundo encuentro en este mes, el primero en  Fiumicino, saliendo del aeropuerto, ahora en su casa que es más una hacienda que otra cosa por su tamaño y lo que contiene. Como es natural, llegamos a hora de almuerzo, a la hora prevista inicialmente, como si dijéramos «a mesa puesta». El hombre de la casa, Máximo, es un gran aficionado a la cocina, estudioso, inventor de sus propios recetarios y comensal competitivo.

PASTA CINQUE BUCCI

Amante y conocedor de la pasta, nos prepara un plato de su particular cosecha: una pasta siciliana llamada Cinque Bucchi, que parece un ladrillo en miniatura con cinco huecos, con una sorprendente salsa de sardinas; la mesa se completa con embutidos, quesos y vino de la casa, que él mismo cosecha y procesa, al igual que el aceite de oliva que brota de los olivos que hay en la hacienda. Éste es el primero de una serie de platos de pasta que Máximo preparó en una semana, cada uno mejor que el otro. Lo cual no es de extrañar, porque teniendo  cariño, técnica, sabiduría acumulada, magníficos productos y muchas ganas de hacerlo bien, el resultado no puede ser sino el éxito. Sin necesidad de salsa incluso, la calidad y la buena hechura de la pasta – el punto al dente perfecto -,  de la que Máximo tiene un pequeño almacén con docenas de variedades, muchas de ellas desconocidas para mí, el plato es redondo y sabroso, sólo con su punto de sal, pimienta, ajo y peperoncino, aceite de oliva y quizás un poco de queso. Me enseñó lo importante del manejo del hervor, el método y el aliño básico con el que se consigue un estilo definido y personal. Tengo todo en la memoria, lo único que me falta son los productos  y su maestría para tratarlos. Poco a poco iremos aprendiendo.

En la tarde, después de una conversación interminable – que salvo las horas de sueño  – duró siete días, nos llevan de paseo a una granja de vacas a las afueras de Viterbo que parece escondida tras unos caminos excavados en la roca de la montaña. Un dédalo enrevesado entre dos paredes de piedra que salen a una planicie infinita cultivada.  El propósito es conocer  la estancia  y comprar dos tipos de queso que elaboran los  campesinos: ricotta y otro fresco, más cremoso sin llegar a ser mozarella, más compacto. Esos servirán para hacer varias recetas en esos días. Después regresamos a  la ciudad para hacer una compra de despensa. Increíble automercado el CONAD, donde compramos para hacer nuestra primera cena y otras cosas más para desayunos y varios caprichos – cena que coincide con Rosh Hashaná -,  así que celebraremos el 5785 mañana en la noche con nuestros amigos.

Pasamos por una pescadería  – con la idea de conseguir pescado para hacer Gefilte Fish – pero a esa hora ya estaba cerrada, con lo cual dejaremos para mañana esa compra. Llegamos a la casa y nos sentamos a la mesa con el resto de la pasta del almuerzo, que devoramos Máximo y yo, ensalada capresa para los cuatro con unas burratas tamaño familiar que trajimos de San Pietro, albahaca de la huerta, vino blanco frizzante de la casa – una de las variedades que produce Máximo -, y después que las señoras se retiran a descansar a medianoche, nos quedamos conversando con una botella de un licor – también de hechura propia y de la que dimos buen cuenta -, muy frío y ligeramente dulzón, creo que con albahaca. Una sorpresa más.  

Al día siguiente, después del desayuno, que no desmerece respecto a los de los hoteles, salvo la cantidad de postres, Máximo y yo salimos a la pescadería; no consigo el pescado adecuado para el Gefilte pero si unos langostinos jumbo y un makarel – caballa – de buen tamaño que nos servirá para otra cena. No pudiendo hacer el Gefilte, prefiero preparar el pollo que hacía mi querida suegra Rosita, en fecha tan celebrada de Año Nuevo y me apertrecho de unas buenas pechugas, hongos de dos tipos y varias botellas de vino rosado de Sicilia. 

Para aprovechar el día, nos llevan de paseo a un pueblo a varios km de Viterbo, que estuvo a punto de desaparecer, pero que una iniciativa artística  le salvó de su muerte, además de ponerle en el circuito del turismo del arte urbano.  Se trata de Sant’Angelo di Roccalvecce, conocido hoy como la Tierra de los Cuentos de Hadas. El pueblo, de apenas 100 habitantes, todos ellos ancianos, está aislado y mal comunicado con el resto del territorio de Tuscia, por lo que estaba destinado literalmente a convertirse en una ciudad fantasma. La iniciativa nació de la idea de renovar el pueblo para atraer turistas. La Asociación Cultural Arte y Espectáculo (ACAS ) creó un proyecto que fue bien acogido por los habitantes. Sant’Angelo es un auténtico  museo al aire libre, que de paso te obliga a caminar arriba y abajo para poder ver los murales que adornan las fachadas de sus casas.  El primero de ellos fue dedicado a la gran obra maestra del escritor inglés Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas y después vinieron decenas de murales con temas como Hansel y Gretel, el Libro de la Selva, la Vuelta al mundo en 80 días, la Espada en la piedra, La Bella y la bestia, La Bella durmiente, Pinocho, Willi Wonka, Don Quijote, Blancanieves………………………. Supongo que en época de verano, el pueblo se inunda de ruido y turistas, pero ese día sólo era silencio y color. 

CELLENO

Salimos de ese pueblo antiguo con sus casas coloridas para acercarnos a Celleno, otro pueblo en lo alto de una loma, que al contrario que Celleno, sí desapareció. De hecho es llamado Il Borgo Fantasma. La razón es que  su centro histórico  se encuentra abandonado – aunque hay un trabajo de recuperación continuo -. Fue golpeado por epidemias, luego por deslizamientos de tierra y finalmente destruido por un terremoto en 1931. Desde entonces su casco histórico medieval permanece abandonado y en el resto del pueblo viven apenas 1500 habitantes. Subiendo una pronunciada cuesta, lo primero que destaca es el Castillo Orsini, situado a la entrada del antiguo pueblo; rodeado por un foso y adornado con un fuerte y una torre de vigilancia. Recorriendo  el perímetro del castillo, están las pequeñas celdas donde se encuentran el antiguo horno, las caballerizas y las bodegas donde antiguamente se guardaba el vino. Puede parecer medio fantasma pero es muy activo en cuanto a eventos y celebraciones: en Navidad acoge un belén viviente con decenas de extras representando el belén, mientras el pueblo cobra vida con fuegos de castañas asadas y artesanías antiguas. Ya que esta zona es un mar de cerezos – se producen 10  variedades de la fruta – , en junio se celebra la Fiesta de la Cereza, con degustaciones y eventos dedicados.

En julio se realiza la Noche de las Arpías , un conocido evento musical en el que participan artistas locales. que finaliza con el espectáculo circense «La Arpía Voladora», a cargo de los artistas del Circo Verde. Y como curiosidad y al mismo tiempo orgullo local, Celleno ostenta el récord en el  Concurso de escupir huesos de cereza – que atrae cada año a escupidores de todo el mundo – a una distancia de 22,80 metros. Casi nada para un pueblo fantasma. Regresamos a casa envueltos en esa nube de historias fantásticas y pueblos espectrales, sensaciones que despiertan el apetito. Nos espera un tardío almuerzo casero, un guiso especialidad del Cocinero oficial, de Faggioli y Salchichas con su aderezo mágico y secreto, con su correspondiente Prosecco marca de la casa. 

Esta noche celebramos el Año que llega, habrá que preparar un menú de varios platos, pero el cuento será la próxima semana.

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