La vida no avisa: Reflexiones sobre el tiempo, la rutina y lo verdaderamente importante

Luis Vicente García

Dedicado a mis queridas Ana Luisa Silva e Inés Muñoz Aguirre

Hace unos días leí nuevamente una frase del filósofo y escritor español Miguel de Unamuno que me golpeó de una manera distinta:

“Hay que vivir cada día como si fuera el último y cada hora como si fuera la eternidad.”

Quizás porque algunas frases llegan en el momento exacto.

En días recientes han fallecido personas muy queridas, cercanas o amigos que lo son, aunque tengamos años sin verlos. Y todo eso nos afecta en lo profundo.

Una era mi prima Ana Luisa, madre de dos hijos pequeños, una mujer llena de energía, afecto y sueños por cumplir. La otra, mi querida amiga Inés, escritora, creadora y promotora incansable de las buenas noticias, una persona que siempre encontraba motivos para destacar lo positivo en medio de las dificultades. Ambas dejan un hermoso legado y también un vacío imposible de ignorar.

Vidas que, como tantas veces pensamos cuando ocurren estas noticias, parecían todavía tener mucho tiempo por delante.

Y entonces ocurre algo profundamente humano.

Por unas horas —o quizás por unos días— despertamos.

Nos damos cuenta de la fragilidad de la vida.
De lo rápido que pasan los años.
De lo mucho que postergamos.
De las llamadas que dejamos para después.
De los abrazos pendientes.
De la cantidad de tiempo que entregamos a lo urgente mientras descuidamos lo esencial.

En esos momentos pensamos:

“Debo cambiar.”

“Debo dedicar más tiempo a mi familia.”

“Debo cuidar más mi salud.”

“Debo estar más presente.”

“Debo vivir mejor.”

Y lo creemos sinceramente.

Porque cuando la muerte toca cerca, por un instante desaparecen muchas de las ilusiones que nos acompañan todos los días:
la ilusión de control,
la ilusión de permanencia, o
la ilusión de que siempre habrá más tiempo.

Pero entonces vuelve el lunes. Y con él, la rutina.

Vuelven los correos, las reuniones, los problemas, las exigencias económicas, la incertidumbre, la velocidad del mundo, las noticias, las preocupaciones y la presión cotidiana.

Y poco a poco aquella claridad emocional que tuvimos por un instante comienza a desvanecerse.

Retomamos la rutina.

Volvemos al piloto automático. Y aquello que parecía tan evidente apenas unos días antes vuelve a perderse entre las urgencias de lo cotidiano.

Y quizás ahí se encuentra una de las grandes tragedias silenciosas de la vida moderna:
olvidar rápidamente aquello que, en el fondo, sabemos que es verdaderamente importante.

Vivimos en una época muy acelerada y cada vez más dinámica.

Una época donde muchas personas tienen agendas llenas… pero vidas vacías de presencia.
Donde estamos hiperconectados digitalmente, pero emocionalmente distantes.
Donde la productividad muchas veces reemplazó a la profundidad.

Corremos constantemente.

Y pocas veces nos detenemos a preguntarnos:
¿hacia dónde?
¿para qué?
¿a qué costo?

La frase de Unamuno no habla de dramatismo.
Habla de consciencia.

Habla de vivir despiertos.

De entender que la vida es frágil, sí…
pero precisamente por eso merece ser vivida con más intención.

No significa abandonar nuestras responsabilidades ni vivir con miedo permanente a la pérdida.

Significa recordar.

Recordar que:

  • nuestros hijos crecerán más rápido de lo que creemos,
  • nuestros padres envejecerán,
  • las oportunidades de compartir no son infinitas,
  • nuestra salud también necesita atención,
  • y que muchas veces el tiempo que creemos tener simplemente no está garantizado.

Quizás por eso una de las habilidades (y los retos) más importantes del siglo XXI no sea solamente la productividad… sino la presencia.

Y eso significa tener la capacidad de estar verdaderamente presentes en los momentos que vivimos.

Escuchar de verdad.
Conversar sin mirar el teléfono.
Compartir tiempo de calidad.
Decir “te quiero” más veces.
Perdonar antes.
Agradecer más.
Cuidar mejor nuestro cuerpo y nuestra mente.
Y no esperar siempre a que una tragedia nos recuerde lo que verdaderamente importa.

Porque la vida rara vez cambia de golpe.

Pero sí puede terminar de golpe.

Y aunque probablemente mañana volvamos nuevamente a nuestras rutinas, quizás el verdadero desafío no sea mantener intacta la intensidad emocional de estos momentos…

sino conservar, aunque sea, una pequeña parte de esa claridad.

Una pequeña pausa.

Un pequeño cambio.

Una conversación pendiente.

Una llamada.

Un abrazo.

Una hora más consciente.

Porque la vida no siempre nos da una segunda oportunidad para decir lo que sentimos, agradecer lo que recibimos o compartir tiempo con quienes amamos. Y quizá por eso, más que vivir con prisa, debamos aprender a vivir con presencia.

Y esto significa que -tal vez- vivir plenamente no consiste en hacer más cosas…
sino en estar más presentes en las cosas que realmente importan.

Y quizás ahí radica la verdadera sabiduría:
vivir cada día con propósito,
sin olvidar nunca la fragilidad y el valor inmenso de estar vivos.

Luis Vicente García

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