Hay personas con quienes resulta muy fácil convivir. Pensamos parecido, compartimos intereses, tenemos maneras similares de entender la vida y probablemente reaccionamos de forma semejante ante muchas situaciones. Con ellas, conversar, trabajar o compartir suele resultar natural.
El verdadero desafío aparece con quienes son diferentes a nosotros. Con quien piensa distinto, con quien tiene otras prioridades, con quien ve el mundo desde una perspectiva que no comprendemos completamente, o, con quien tiene otro ritmo, otra historia, otras experiencias e incluso valores o creencias diferentes a los nuestros.
Y, sin embargo, esa es precisamente la realidad de vivir en sociedad. No elegimos a todas las personas con quienes compartiremos nuestra vida. Elegimos algunos amigos, nuestra pareja, quizá determinados compañeros de viaje, pero no elegimos a nuestros vecinos, a todos nuestros compañeros de trabajo, a quienes conducen a nuestro lado ni a las miles de personas con las que coincidiremos en los espacios que habitamos.
Convivir significa aprender a vivir entre diferencias.
En las últimas semanas he venido reflexionando en esta columna sobre la convivencia, las responsabilidades compartidas, la confianza y el país que construimos todos los días. Todas esas ideas parecen conducir hacia una misma conclusión: ninguna sociedad puede construirse únicamente a partir de instituciones, normas o infraestructura. Necesitamos también desarrollar determinadas capacidades humanas que nos permitan relacionarnos mejor.
Y quizá una de las más importantes sea aprender a convivir.
Parece sencillo, pero no lo es. Convivir exige paciencia cuando preferiríamos reaccionar, capacidad de escuchar cuando estamos convencidos de tener la razón, empatía para intentar comprender experiencias que no hemos vivido y humildad para aceptar que nuestra manera de ver el mundo no es la única posible. Vivimos, además, en una época que no siempre facilita ese encuentro. Las redes sociales nos permiten encontrar rápidamente comunidades que piensan como nosotros y, al mismo tiempo, pueden convertir las diferencias en confrontaciones permanentes. Cada vez resulta más fácil etiquetar al otro antes de escucharlo, descalificar una idea antes de comprenderla o convertir una diferencia de opinión en un juicio sobre la persona que la expresa.
Quizá por eso necesitamos recordar algo fundamental: estar en desacuerdo no debería impedirnos reconocernos como personas.
Podemos tener posiciones profundamente diferentes y aun así escucharnos. Podemos defender nuestras convicciones sin humillar a quien piensa distinto. Podemos debatir con firmeza sin perder el respeto. Podemos incluso terminar una conversación sin haber llegado a ningún acuerdo y, sin embargo, haber comprendido un poco mejor al otro.
Eso también es convivir. Y aquí encuentro una dimensión de la MOTITUD que me parece especialmente importante.
Siempre he definido la Motitud como la integración de nuestra motivación personal, una actitud positiva y una mentalidad de crecimiento. Pero quizás esas tres fuerzas no solamente nos ayudan a alcanzar metas o superar dificultades. También pueden ayudarnos a relacionarnos mejor con los demás.
La motivación nos permite preguntarnos qué tipo de persona queremos ser cuando interactuamos con otros. La actitud determina la energía con la que llegamos a una conversación y la manera como respondemos ante una diferencia. Y una mentalidad de crecimiento nos recuerda que siempre podemos aprender algo, incluso —y quizá especialmente— de quienes no piensan como nosotros.

Eso es Motitud para convivir.
No significa aceptar todo ni renunciar a nuestras convicciones. Tampoco significa evitar los conflictos. Las relaciones humanas necesitan conversaciones difíciles, límites y desacuerdos. Una sociedad donde nadie discrepa probablemente no sea una sociedad verdaderamente libre. El desafío está en aprender a disentir sin destruir. Porque el problema no es que tengamos diferencias. Las hemos tenido siempre. El problema comienza cuando dejamos de ver una persona detrás de la diferencia.
Cuando alguien deja de ser nuestro vecino, compañero o conciudadano para convertirse únicamente en “el que piensa distinto”. Cuando dejamos de escuchar para comenzar simplemente a esperar nuestro turno para responder. Cuando la necesidad de ganar una discusión termina siendo más importante que la posibilidad de preservar una relación.
Tal vez necesitemos recuperar el arte de la conversación. Conversar no es solamente hablar. También es preguntar, escuchar, intentar comprender y, en ocasiones, permitir que una idea diferente nos incomode lo suficiente como para obligarnos a pensar nuevamente.
No todas las conversaciones cambiarán nuestra opinión. Ni deberían hacerlo. Pero una buena conversación puede cambiar nuestra comprensión de la persona que tenemos delante. Y eso ya es muchísimo.
Hay otra dimensión de la convivencia que también considero fundamental: la consideración. Esa pequeña capacidad de recordar que no estamos solos y que nuestras acciones afectan la experiencia de quienes nos rodean. Consideración es bajar la voz porque alguien está descansando. Es respetar el tiempo de los demás. Es preguntar antes de asumir. Es reconocer cuando hemos cometido un error. Es agradecer. Es escuchar. Es entender que detrás de una mala reacción puede existir una batalla que desconocemos.
Ninguna de estas conductas requiere grandes recursos. Pero todas necesitan algo que parece cada vez más escaso: conciencia del otro. Y quizá allí se encuentre el verdadero desafío.
Durante mucho tiempo hemos hablado de crecimiento personal como un proceso fundamentalmente individual: conocernos mejor, desarrollar nuestras capacidades, alcanzar nuestros objetivos, fortalecer nuestra autoestima y construir la vida que deseamos. Todo eso sigue siendo importante. Pero tal vez exista un nivel superior del crecimiento personal: aprender a ser mejores personas con los demás.
Porque de poco sirve desarrollar extraordinarias capacidades profesionales si somos incapaces de escuchar. De poco sirve alcanzar grandes metas si destruimos relaciones durante el camino. Y de poco sirve reclamar una sociedad más respetuosa si nuestra propia manera de relacionarnos contribuye diariamente a hacerla más hostil.
La convivencia comienza mucho más cerca de lo que imaginamos. Comienza en casa, en el ascensor. en el tráfico, en una reunión, en una conversación familiar, en la forma como respondemos a un comentario que no nos gusta o en la manera como tratamos a alguien que no puede ofrecernos nada a cambio.
Es allí donde ponemos a prueba nuestros valores. Y es allí también donde podemos practicar la Motitud.
Quizá nunca logremos una sociedad donde todos pensemos igual. Y afortunadamente no necesitamos hacerlo. Lo que sí podemos aspirar a construir es una sociedad donde nuestras diferencias no nos impidan colaborar, respetarnos y reconocernos como parte de algo compartido.
Porque vivir juntos no exige uniformidad. Exige humanidad.
Y tal vez esa sea una de las grandes tareas de nuestro tiempo: recuperar la capacidad de encontrarnos sin necesidad de parecernos, escucharnos sin obligación de estar de acuerdo y construir juntos aun cuando imaginemos caminos diferentes para llegar al futuro.
Eso también es crecer. Eso también es construir sociedad. Y eso, definitivamente, también es vivir Desde la MOTITUD.
Porque quizá la verdadera medida de nuestra humanidad no esté en cómo tratamos a quienes piensan como nosotros, sino en cómo elegimos convivir con quienes son diferentes.


