El lugar desde donde comenzaremos mañana

Luis Vicente García

Solemos pensar en nuestras decisiones como acontecimientos que tienen un principio y un final. Decidimos hacer algo, actuamos, obtenemos un resultado y seguimos adelante. Pero quizá las decisiones no funcionan exactamente así. Cada decisión produce una consecuencia, por pequeña que sea, y esa consecuencia modifica las condiciones desde las cuales enfrentaremos lo que venga después.

Por eso hay una idea sobre la que he estado reflexionando: cada decisión no termina en un resultado. También cambia el lugar desde el cual comenzará la próxima.

Pensemos en algo sencillo. Una persona decide caminar treinta minutos esta mañana. Cuando regresa a casa, aparentemente la decisión terminó: caminó, hizo ejercicio y continuó con su día. Pero algo cambió. Si mañana vuelve a hacerlo, probablemente le resulte un poco más fácil. Después de una semana comenzará a construir una rutina y, con el tiempo, puede aparecer un hábito que antes no existía. Aquella primera decisión no produjo solamente treinta minutos de ejercicio; también creó un nuevo punto de partida.

Lo mismo ocurre cuando decidimos aprender algo. Leer unas páginas, comenzar un curso o dedicar una hora a desarrollar una nueva habilidad puede parecer poco significativo en ese momento. Sin embargo, terminamos el día sabiendo algo que no sabíamos cuando comenzó. Y desde allí continuaremos mañana.

También ocurre con nuestras relaciones. Una llamada, una conversación pendiente, una disculpa o simplemente dedicar tiempo a alguien puede modificar el lugar desde el cual continuará esa relación. La confianza, después de todo, rara vez aparece como consecuencia de un gran acontecimiento. Suele construirse mediante muchas pequeñas decisiones repetidas en el tiempo.

Pero este principio funciona también en sentido contrario. Postergar algo modifica nuestro próximo punto de partida. Cuando dejamos para mañana aquello que sabemos que debemos hacer, no necesariamente permanecemos en el mismo lugar. Puede acumularse trabajo, aumentar nuestra preocupación, deteriorarse una relación o simplemente fortalecerse nuestra costumbre de seguir postergando. Por eso, incluso no decidir puede terminar siendo una decisión.

Hay algo profundamente interesante en todo esto: muchas de las cosas importantes de nuestra vida son el resultado de una acumulación que apenas percibimos mientras está ocurriendo. El conocimiento se construye aprendizaje tras aprendizaje. Una relación se fortalece encuentro tras encuentro. La experiencia se desarrolla problema tras problema. La confianza crece promesa cumplida tras promesa cumplida. Nuestros hábitos se forman mediante acciones que, consideradas individualmente, parecen demasiado pequeñas para producir una transformación. Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos cuánto hemos avanzado o cuánto nos hemos alejado.

Por supuesto, ninguna decisión aislada determina nuestro futuro. La vida es mucho más compleja. Está llena de circunstancias que no controlamos, acontecimientos inesperados, encuentros fortuitos, oportunidades y dificultades que nunca estuvieron en nuestros planes. Pero nuestras decisiones van modificando continuamente el terreno sobre el cual la vida nos encuentra.

Quizá por eso, antes de decidir, además de preguntarnos qué obtendremos si hacemos algo, podríamos añadir otra pregunta: ¿en qué lugar me dejará esta decisión para lo que venga después? Algunas decisiones no producen beneficios inmediatos, pero construyen posibilidades. Aprender algo nuevo, cuidarnos, ahorrar, cultivar una amistad, cumplir una promesa, pedir ayuda, reconocer un error o atrevernos a intentar algo diferente quizá no transforme nuestra vida esta tarde, pero puede cambiar el lugar desde el cual comenzaremos mañana.

Y existe algo todavía más profundo. Nuestras decisiones no solamente modifican nuestras circunstancias; también van construyendo a la persona que tomará la próxima decisión. Quien cumple una promesa está desarrollando confiabilidad. Quien vuelve a intentarlo después de equivocarse cultiva perseverancia. Quien reconoce que no sabe y decide aprender desarrolla humildad y curiosidad. Quien escucha antes de responder comienza a relacionarse de otra manera con los demás. Poco a poco, nuestras decisiones dejan de ser únicamente cosas que hacemos y empiezan también a formar parte de quienes estamos llegando a ser.

Allí encuentro una conexión importante con la MOTITUD. Nuestra motivación puede impulsarnos a comenzar, nuestra actitud influye en la manera como enfrentamos lo que ocurre y nuestra mentalidad puede ayudarnos a aprender, adaptarnos y crecer. Pero todo eso termina expresándose en decisiones, muchas de ellas pequeñas, algunas probablemente invisibles para los demás y cuyas consecuencias quizá no comprenderemos hasta mucho tiempo después.

Por eso, al terminar algunos días, además de preguntarnos qué logramos, podríamos hacernos otra pregunta: ¿dónde me dejaron las decisiones que tomé hoy? Tal vez un poco más preparados, más cerca de alguien, con algo aprendido, con una nueva posibilidad o con una conversación pendiente menos.

Mañana no comenzaremos exactamente en el mismo lugar desde el cual comenzamos hoy. Algo habrá cambiado, y una parte de ese cambio dependerá de nosotros. Porque cada decisión no termina en un resultado. También cambia el lugar desde el cual comenzará la próxima.

Desde la MOTITUD.

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