Hay días en los que llegamos a la noche cansados sin saber exactamente por qué. Quizá no hicimos un esfuerzo físico extraordinario ni tuvimos una jornada particularmente diferente. Sin embargo, sentimos que algo nos agotó. Y probablemente así fue.
Desde que despertamos, nuestra atención comienza a ser requerida desde múltiples lugares. Revisamos el teléfono y llegan mensajes, correos, noticias, pendientes, problemas, opiniones y preocupaciones. Algo ocurrió en algún lugar del mundo, alguien espera una respuesta, una noticia nos inquieta, un comentario nos molesta o una conversación permanece dando vueltas en nuestra cabeza mucho después de haber terminado. Así, casi sin darnos cuenta, vamos entregando pequeñas porciones de nuestra energía a lo largo del día.
Quizá por eso convenga hacer una distinción que parece sencilla, pero que puede resultar importante: una cosa es que algo reclame nuestra atención y otra muy diferente es que merezca nuestra energía. No todo lo que ocurre a nuestro alrededor necesita instalarse dentro de nosotros. Podemos estar informados sobre una situación sin pensar permanentemente en ella, escuchar una opinión con la que no estamos de acuerdo sin sentir la necesidad de discutirla, recibir una crítica sin permitir que determine el resto de nuestro día o reconocer que existe un problema y aceptar que quizá no está en nuestras manos resolverlo.
Esto no significa volvernos indiferentes a lo que ocurre. Significa aprender a elegir. Nuestra energía no es infinita. Cada día disponemos de una determinada capacidad para pensar, decidir, crear, conversar, trabajar, cuidar, ayudar, amar y estar presentes. Cada vez que algo ocupa nuestra mente, reclama también una parte de esa capacidad.
El problema aparece cuando entregamos demasiado de nosotros a cosas que poco pueden devolvernos: una discusión que no conduce a ninguna parte, una opinión ajena que seguimos repasando durante horas, una noticia que consultamos una y otra vez aunque nada haya cambiado, una situación sobre la que no tenemos capacidad de actuar o una preocupación acerca de algo que todavía no ha ocurrido y quizá nunca ocurra. Mientras tanto, otras cosas mucho más importantes esperan: nuestra familia, nuestra salud, nuestros amigos, nuestros proyectos, nuestro descanso, aquello que queremos aprender, las personas con quienes queremos estar y nosotros mismos.
Aparece entonces una paradoja interesante: podemos terminar dedicando nuestra mejor energía a aquello que decimos que menos importa y entregar solamente lo que nos queda a aquello que afirmamos que más valoramos. Decimos que nuestra familia es una prioridad, pero algunas veces llegamos a casa después de haber gastado nuestra paciencia en todo lo ocurrido durante el día. Decimos que queremos cuidarnos, pero dejamos nuestro bienestar para cuando hayan desaparecido todas las obligaciones. Decimos que tenemos un proyecto importante, pero permitimos que pequeñas urgencias consuman cada espacio disponible.
No siempre podemos distribuir nuestro tiempo y nuestra energía exactamente como quisiéramos. La vida tiene responsabilidades, dificultades y circunstancias que no elegimos. Hay problemas que necesitan nuestra intervención y personas que legítimamente necesitan algo de nosotros. Pero incluso dentro de esas limitaciones existe un espacio para decidir.
Cuando algo empiece a ocupar demasiado espacio dentro de nosotros, quizá podamos preguntarnos: ¿esto merece realmente la energía que le estoy dando? La pregunta no es si aquello es importante, porque muchas cosas lo son, sino si necesita tanto de nosotros. Tal vez una situación merezca que estemos informados, pero no que revisemos las noticias continuamente. Quizá una diferencia con otra persona merezca una conversación, pero no tres días imaginando todo lo que hubiéramos podido decir. Puede que un problema requiera nuestra atención durante una hora, pero no necesariamente nuestra preocupación durante toda la semana.

También podemos hacernos la pregunta contraria: ¿estoy entregando suficiente energía a aquello que digo que realmente me importa? Porque cuidar nuestra energía no consiste solamente en aprender a decir no. También significa aprender a decir sí con mayor intención: sí a una conversación sin mirar constantemente el teléfono, a escuchar realmente a alguien, a reservar tiempo para algo que queremos construir, a descansar sin sentir que deberíamos estar haciendo otra cosa y a estar plenamente presentes allí donde hemos decidido estar.
También necesitamos aprender a reconocer cuándo algo ya recibió suficiente de nosotros. Una conversación que terminó, un error que cometimos, una decisión que no podemos cambiar, una oportunidad que pasó o una situación que escapa de nuestras manos. Soltar no significa negar lo ocurrido ni dejar de asumir responsabilidades. Significa evitar que aquello que ya sucedió continúe ocupando indefinidamente nuestro presente. Podemos aprender sin quedarnos atrapados en el error y preocuparnos sin vivir permanentemente preocupados.
Allí encuentro una conexión importante con la MOTITUD. Motitud no significa pensar que todo está bien ni aislarnos de una realidad que puede ser compleja. Significa también reconocer que, aunque no siempre podemos decidir lo que ocurre a nuestro alrededor, sí podemos trabajar sobre la manera como respondemos a ello. Y parte de esa respuesta consiste en decidir a qué entregamos nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía.
Mañana volverán los mensajes, aparecerán nuevas noticias, habrá problemas y probablemente algo no saldrá como esperábamos. No podemos controlar todo eso. Pero sí podemos detenernos antes de reaccionar automáticamente y preguntarnos si aquello necesita algo de nosotros, si podemos hacer algo al respecto y si realmente merece la energía que estamos a punto de darle.
Cuidar nuestra energía no significa alejarnos de la vida. Significa reservar lo mejor de nosotros para las personas, las causas, los proyectos y los momentos que verdaderamente merecen recibirlo. Después de todo, quizá debamos prestar un poco más de atención a aquello a lo que prestamos atención, porque nuestra vida también termina pareciéndose a aquello a lo que decidimos entregar nuestra energía.


