“Hay segundos que pasan inadvertidos.
Y hay segundos que cambian la historia.”
Hay acontecimientos que transforman la historia de un país de forma gradual. Una crisis económica, un cambio político o una revolución tecnológica que se desarrollan a lo largo de meses o incluso años, permitiéndonos adaptarnos poco a poco a una nueva realidad. Sin embargo, existen otros momentos que no conceden ese privilegio. Llegan sin previo aviso y, en cuestión de segundos, alteran todo aquello que creíamos estable. El terremoto que sacudió a Venezuela el 24 de junio pasado fue uno de esos momentos.
Durante apenas treinta y nueve segundos la tierra nos recordó algo que con frecuencia olvidamos: la estabilidad es mucho más frágil de lo que imaginamos. En menos de un minuto cambiaron paisajes, colapsaron edificaciones, se interrumpieron carreteras, dejaron de funcionar servicios esenciales y miles de familias vieron desaparecer, de un instante a otro, aquello que habían construido durante toda una vida. Sin embargo, con el paso de los días comprendimos que el verdadero impacto del terremoto no podía medirse únicamente por la infraestructura dañada o por las pérdidas materiales. Lo que realmente cambió fue nuestra forma de mirar la vida.

Las primeras horas posteriores al sismo dejaron imágenes que difícilmente desaparecerán de nuestra memoria colectiva. Personas removiendo escombros con sus propias manos antes de que llegaran las maquinarias, vecinos organizándose para atender a quienes habían perdido sus hogares, médicos trabajando durante jornadas interminables, voluntarios distribuyendo alimentos, agua y medicamentos, y miles de ciudadanos preguntando exactamente lo mismo a través de llamadas y mensajes: “¿Estás bien?”. En otras palabras, en medio del caos, desaparecieron casi todas las preocupaciones que normalmente ocupan nuestros días. Nadie pensó en la próxima reunión de trabajo, en la rentabilidad de una inversión o en responder un correo pendiente. Durante unas horas, lo único que importó fue la vida de las personas.
Quizás esa sea la primera gran lección que nos dejaron aquellos treinta y nueve segundos. Las crisis poseen una extraordinaria capacidad para revelar aquello que realmente valoramos. Nos obligan a distinguir entre lo urgente y lo importante, entre lo accesorio y lo esencial. De repente comprendemos que aquello que suele ocupar la mayor parte de nuestra atención cotidiana —el trabajo, el dinero, las preocupaciones diarias, las discusiones sin trascendencia— pierde todo significado cuando existe la posibilidad de perder a quienes amamos. Lo que permanece no son nuestras posesiones ni nuestros títulos. Permanecen las relaciones, los afectos, la solidaridad y la necesidad profundamente humana de cuidar unos de otros.
Con frecuencia afirmamos que las crisis cambian a las personas. No estoy completamente seguro de que sea así. Más bien creo que las crisis revelan quiénes somos verdaderamente cuando desaparecen las apariencias. Así como un terremoto pone a prueba la estructura de un edificio y deja al descubierto la calidad de sus cimientos, una tragedia colectiva pone a prueba la arquitectura invisible sobre la que hemos construido nuestras vidas y, por ende, a la sociedad. Es entonces cuando aparecen el carácter, la empatía, el liderazgo, la generosidad y la capacidad de servir. O, por el contrario, quedan expuestas nuestras debilidades, nuestra improvisación y nuestras fracturas como sociedad.
No fueron simplemente los 39 segundos que hubo entre los dos terremotos del Doblete sísmico. Fueron los 39 segundos en los que cambió nuestra manera de entender la vida, la fragilidad, el liderazgo y la esperanza.


