La lección indomable que Caracas insiste en olvidar

Maria-Soledad-Hernandez Manuel Sarda
Mayte Navarro

El pasado 24 de junio de 2026, la tierra volvió a recordarles a Caracas y a La Guaira su naturaleza implacable. Con un saldo trágico que ya supera los 4.000 fallecidos y cerca de 19.000 damnificados, el sismo se ha coronado como el más devastador en la historia de Venezuela. Sin embargo, para los historiadores Tomás Straka y María Soledad Hernández, investigadores del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB (IIH-UCAB), la verdadera tragedia no radica en el movimiento de las placas tectónicas, sino en el peligroso olvido institucional y ciudadano frente a un territorio indomable.

Con seis grandes terremotos documentados en poco más de dos siglos, la historia venezolana demuestra una constante: los seres humanos construimos sobre el peligro, asumiendo una falsa soberbia de control que la geología termina pulverizando.

La soberbia ilustrada contra la realidad geológica

La ilusión humana de someter a la naturaleza tiene raíces profundas en nuestra mitología nacional. Durante el terremoto del Jueves Santo de 1812 —un evento con un epicentro y magnitud cercanos a los 8 grados, muy similar al de 2026—, las principales ciudades del eje republicano quedaron reducidas a escombros. La Iglesia católica no tardó en usar la catástrofe para atemorizar a una población de mayoría católica y  tildó el fenómeno como “castigo divino” contra la causa independentista.

Fue en ese escenario donde nació la célebre frase atribuida a Simón Bolívar: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Sin embargo, Straka derriba el mito: las investigaciones apuntan a que la frase fue un invento del periodista realista José Domingo Díaz para retratar al Libertador como un loco de una soberbia anticlerical desmedida. “Para los modernos e ilustrados, esa frase parece una genialidad; para el mundo tradicional, una locura”, explica el historiador. Mito o realidad, el enunciado resume a la perfección el pecado histórico del venezolano: la falsa creencia de que podemos obligar a la naturaleza a obedecernos.

El trauma en camisón y la modernidad quebrada

Los grandes sismos en Venezuela ocurren en intervalos de medio siglo o cien años. Este distanciamiento temporal borra la memoria colectiva: quien sobrevive a un terremoto rara vez está vivo para transmitir la experiencia viva a la siguiente generación.

Ese vacío memorial se llenó de anécdotas y mofas en 1900, cuando un sismo superior a los 7.6 grados sacudió el centro del país. La historia recuerda al presidente Cipriano Castro saltando aterrorizado desde el segundo piso de la Casa Amarilla en camisón de dormir y paraguas. Más allá del chiste de la época, el trauma latente obligó al mandatario a mudar definitivamente la sede de gobierno al Palacio de Miraflores, una edificación considerada más segura para la época.

67 años después, en julio de 1967, el choque contra la realidad se repitió. Caracas celebraba sus 400 años de fundación, presumiendo su transformación de cuadrícula colonial a metrópoli cosmopolita repleta de rascacielos. Bastó un sismo de magnitud 6.5 para derribar una decena de edificios modernos, sepultar cientos de vidas y tambalear la noción de progreso urbano.

Aquel desastre de 1967 dejó, al menos, una reacción científica: obligó al país a entender que la ingeniería debía regularse bajo estrictas normas sismorresistentes, abriendo el camino para la fundación de Funvisis en 1972 y la posterior publicación del “Manual del constructor popular” en 1983.

Tomás Straka por Manuel Sardá

La prevención como único mandato de supervivencia

El colapso de 2026 demuestra que las lecciones del pasado volvieron a quedar sepultadas por la desatención y la falta de cultura preventiva. “Tenemos grandes deficiencias en nuestra formación (…) El tema de la conciencia de nuestra sismicidad histórica es un capítulo más del mismo olvido”, advierte Straka.

Para romper este ciclo destructivo, la profesora María Soledad Hernández sostiene que la prevención debe dejar de ser una reacción ante la tragedia para convertirse en una política educativa permanente. Los textos escolares deben incluir capítulos dedicados a los desastres naturales, no con el fin de sembrar el pánico en los niños, sino para dotarlos de las herramientas indispensables de supervivencia.

Asimismo, el rol del periodismo es vital. Los medios de comunicación no pueden limitar la información sísmica a las alertas informativas del momento o a las agendas políticas de turno. La difusión de campañas preventivas, la fiscalización de las construcciones y el rescate de manuales de construcción segura deben ser tareas cotidianas.

La historia es cíclica y la geología no negocia. Ante una naturaleza indomable que tarde o temprano reclamará su espacio, la memoria histórica y la prevención no son opciones académicas: son las únicas defensas indispensables para que el próximo terremoto no nos encuentre, una vez más, repitiendo los errores del pasado.

Tomado de El Ucabista

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