En el siglo XX casi fue una obsesión hacer teatro popular para concientizarlo, incluso en el más ideológico sentido político. Se quería que el pueblo tuviera conciencia de ser un agente social al servicio del cambio social. La revolución rusa fue un estímulo muy influyente. Francia fue el país donde se persistió más sobre este asunto, con algunos resultados históricos muy importantes. ¿En tiempos posmodernos qué se puede entender por pueblo en relación con el teatro?
Por lo general se refiere a las clases sociales de más bajo nivel cultural y social, que es necesario elevar para estar a tono con la situación y los cambios sociales. Entonces, el arte teatral se convierte en un instrumento pedagógico y político por su capacidad persuasiva. El pueblo no sólo debe ser espectador, sino que el contenido de las obras y sus representaciones deben estar impregnados de espíritu popular. Así parece que se ha entendido, por lo menos, en América Latina.
¿Al elevar la conciencia social del pueblo también se eleva su gusto por el arte, o sólo importa el contenido popular –no burgués- de la representación? Bertolt Brecht escribió: “Generalmente el teatro popular es rudo y sin pretensiones”; añadió: “es un teatro de burlas groseras y de fácil sentimentalidad” y concluyó:

“Cuando el actor tiene que representar la vulgaridad, la perfidia, la torpeza –se trate de lavanderas o de reinas-, no puede prescindir de la fineza, ni del sentido de lo justo y de lo bello. Un teatro de verdadera cultura no logrará su realismo al precio de la renuncia a la belleza artística.”
El siglo XX estuvo embarcado en la tarea de lograr una relación creadora entre el teatro y el pueblo. Quienes actuaron sólo en términos ideológicos terminaron en la vulgaridad, la perfidia y la torpeza. No es fácil, entonces hacer teatro popular. Se requiere fineza y sentido de lo bello. Es así porque el escenario, al igual que un lienzo, es un espacio para crear una obra de arte.
Saber hacer teatro popular es cuestión cultural y de comprensión social. Los franceses tienen, posiblemente, la mejor experiencia, desde que en la década de los veinte del siglo pasado Firmin Gemier creó en París el Teatro Nacional Popular. Nosotros deberíamos tener buena experiencia, si no fuéramos demasiado improvisados en materia teatral, porque en el gobierno de Eleazar López Contreras fue creada una agrupación para hacer representaciones a los obreros que, con distintos nombres, perduró hasta mediados los setenta.
Es muy fácil ofrecerle al pueblo bagatelas para su diversión. Así se entiende al pueblo cuando no hay una política cultural. Romain Rolland, el más apasionado por el teatro popular postulaba la necesidad de un nuevo teatro con el surgimiento de la fuerza del pueblo y alertaba con la tendencia de convertir el teatro burgués en popular. Sin duda, pensaba guiado por convicciones ideológicas.

Un teatro de contenido popular como aspiraba Rolland no es fácil de concebir; menos aún para imponer ideologías. Se requieren convicciones y modos de vida que no se improvisan. Pensar en un teatro popular que acepte la división por clases sociales es tendencialmente imposible. La vida social en su conjunto es policlasista para vivir un mundo de división de clases en un escenario. Se puede decir que la dramaturgia de Bertolt Brecht es la única que logró expresar lo que muchos quisieron; pero la representación de sus obras no siempre han estado en correlación con sus contenidos.
Teatro y pueblo, una armonía que por poco tiempo lograron los griegos para hacer mejores a los hombres en las ciudades, como escribió Aristófanes. Un teatro ciudadano en la vorágine de la sociedad posmoderna luce más factible, aunque con algunas dudas. Representar la convivencia humana y, al mismo tiempo, divertir es casi una utopía en la posmodernidad y no deja de ser una quimera, por el desafuero de la gente.
Teatro y ciudadanía. Gemier: “No es a los ociosos a quienes hay que tratar de gustar, pues ellos, por lo común, sólo aman un arte insulso y mentiroso. Al pueblo es a quien vale la pena divertir y emocionar”.


