Ocaso, la última obra de Edilio Peña, es una parábola agria y dura sobre una sociedad plena de horror, puesta en evidencia en situaciones absurdas con ribetes escatológicos. Situación y personajes están en un paraje sin referentes realistas para que el espectador los construya. La muerte y la violencia política quedan establecidas en la primera escena a cargo del Doctor y del Anciano, cuando el Doctor dice al Anciano: “Ha sido puntual a la hora de venir, señor. Se ha convertido en el primero de la lista. Ningún otro de los condenados había llegado tan temprano”. Aunque en su superficie el texto responde a un planteamiento absurdo, se hacen evidentes sus correlaciones con una situación política que, al final, resulta familiar al espectador. La idea rectora de las situaciones de Ocaso es una confrontación en la que la muerte y la violencia son sus ejes determinados por una ley que rechaza el Anciano:
ANCIANO (En un arrebato de protesta): ¡Yo no voté por la nueva ley de exterminio de la población pobre y anciana!
DOCTOR: Pero votó.

ANCIANO: Por un pequeño margen ganaron. Se presume fraude electoral.
DOCTOR: ¡Ja, ja, ja! Cuando el poder se toma no se entrega jamás.
ANCIANO: ¡Pero esto no es una revolución!
Peña se instala en la realidad social con un lenguaje que reta al espectador, e introduce otros dos personajes que desquician el realismo pero acentúan la significación socio política de la obra: la Infancia del Anciano y la Mujer de la Antorcha, exuberante y con cabeza de cierva. La atmósfera de Ocaso tiene un componente exótico y hasta obsceno.
Los elementos eróticos y míticos transportan la acción a zonas imaginarias complejas. El Anciano, la mujer y los dos nietos crean filiaciones casi anacrónicas que colocan al Doctor y al Anciano, centrales en toda la obra, en ambiguas identidades. El Doctor es hijo del Anciano. Así la obra se encamina a una situación general “inhumana” con la descripción mitológica de la mujer con cabeza de cierva. ¿Una referencia esquiva a María Lionza? Puede ser. Comenta la Infancia:
Hay una leyenda que dice que la mujer estaba viva cuando regalamos su cuerpo, entonces el grupo de hambrientos, deslumbrados por su belleza decidieron convertirla en una diosa. Le pusieron esa cabeza de cierva para que los protegiera del exterminio que se había desatado. Entonces, con una antorcha la mujer convertida en diosa los condujo hasta el refugio donde es imposible encontrarlos. Allí el ritmo de los tambores, desde entonces, la adoran bailando sudorosos alrededor de ella. A gritos, la diosa blanca les exige sacrificios desde el corazón de la selva. Siempre entre sus piernas una gallina degollada. La llaman la diosa del dolor, porque es la única que los comprende y protege en su desgracia.
La desarticulación del relato está presente todo el tiempo, así como la disolución de la identidad. “¿Cómo se le puede dar vuelta a la historia si nadie ha podido hacerlo hasta ahora?”, pregunta la Infancia. El Anciano es un muñeco llevado a un crematorio por un “kapo de un campo de concentración”. La represión política se impone. Y toda la situación tiene lugar sobre un espejo negro que funge de piso del lugar en un vacío existencial lúgubre:
LA INFANCIA: ¿Qué se puede esperar donde todo es incierto?
DOCTOR: La nada. (Respirando profundamente.) Por eso tenemos que llenarnos de esperanza.
LA INFANTA: Ridículo.
No es el final, Peña va más allá. El comienzo de la escena IV es con “dos jóvenes rubios armados con un hacha y un bate de béisbol”. La saturación de imágenes desborda el realismo de la fábula. Son los hijos del Doctor. Él, los jóvenes y la mujer con cabeza de cierva constituyen una familia casi obscena de violencia y muerte. Es un mundo en el extremo de la degradación moral y sin opciones. Es mencionado “el psiquiatra de la dictadura” y “el hermano del comandante en jefe”, con lo que Peña alerta la conciencia política del espectador. Es el ocaso de la humanidad. Se confunden las identidades; importa el caos social sin trazas de humanidad. La acotación final marca la destrucción de todo y “el espejo del piso colapsa y se traga el espectro del horror de la superficie”.
Edilio Peña se despoja de atenuantes ante una existencia plena de horror. La representa más allá de la sensibilidad del espectador para subvertirlo y, quizás, hacer que tenga conciencia del horror y la desesperanza que lo rodean.


