Confluencias, un recorrido por el corazón de Venezuela

Milagros Marcano, Yammy Alonso,Yulisbeth Gardía, Félix Palsencia, Rafael Oliveros y Marbelis Rodríguez
Mayte Navarro

La exposición se inauguró en el hotel La Llovizna de Puerto Ordaz y permanecerá abierta hasta enero 2027. Una oportunidad de acercarse al espíritu indomable de las tierras del Orinoco, con sus culturas y riquezas naturales.

Al acercarse a Puerto Ordaz, ciudad del estado Bolívar, el viajero va a divisar por la ventanilla del avión una arteria gigante, como si fuera la aorta, que va surcando un vasto territorio. Es el Caroní cuya pasividad rompe el salto de La Llovizna. Este paisaje impresionó a los primeros españoles que navegaron sus aguas porque tanto caudal solo podía llevar a un territorio de riquezas. Estaban seguros de haber encontrado El Dorado, un mito que todavía moviliza a muchos a hurgar en las entrañas de nuestro territorio más antiguo. Algunos de ellos, cegados por la avaricia y seducidos por el deseo del oro, han dejado cicatrices que serán muy difíciles de curar.

Fernando Eseverry durante la inauguración

Sin embargo, no todas las miradas que se posan en las riberas del Orinoco y del Caroní las mueve la codicia. Hay quienes, al igual que el barón de Humboldt, desean mostrar los misterios que los gigantes árboles protegen: culturas milenarias, leyendas hermosas, plantas milagrosas y una fauna única.

El Orinoco y sus tierras también han influenciado a los artistas foráneos quienes se han aproximado a estos espacios desde distintas disciplinas y han plasmado en cada obra sus propias percepciones y han manifestados sus inquietudes. Pero los antiguos habitantes de esas tierras, hoy llamados pueblos originarios (a mí me gusta identificarlos como los 100 por ciento venezolanos) también tienen mucho que decir y lo hacen a través de sus utensilios y objetos, muchos de ellos utilitarios, pero cargados de arte y significado. Gracias a C&Fe, dirigida por Carolina y Fernando Eseverry; y a la Fundación Miragua, regida por Rafael Oliveros Russian y Otto Mendoza Briceño, esas piezas salen del anonimato para revelar su valor cultural y se congregan en una colección cuyo valor no es el número de objetos coleccionado sino lo que narran cada uno de ellos.

Ya hubo dos experiencias expositivas anteriores que mostraron estos trabajos y ahora, después de una curaduría disciplinada se nos presenta Confluencias, donde el arte ancestral converge con las expresiones de creadores contemporáneos venezolanos, brindando una mirada universal sobre un tema marcado por el misterio y la fuerza indomable de la naturaleza. De esta manera surge Confluencias, un proyecto que ya es una realidad y cuya dimensión, al igual que la unión del Orinoco y el Caroní, tiene una carga poderosa, generada de una fuerza sobrenatural.

El resultado es una exposición monumental que reúne trabajos y obras pertenecientes a varias colecciones privadas y de los museos nacionales, que se distribuyen en tres sectores, cada uno con propuesta y técnicas distintas pero que convergen en el mensaje centrado en el sur de Venezuela.

Los organizadores explicaron que esta puesta en escena no es producto de la improvisación, sino de un estudio prolongado, de investigaciones que hoy se traducen en publicaciones sustentadas en el análisis técnico e histórico. El resultado, una exposición de gran escala integrada por cuatro muestras: Orinoquia. Territorio plural, Memoria de la selva, Tallas y tejidos de la Amazonia Venezolana, Nonatuma. Tejidos en el arte warao y Hii hipe amoamou toaprarou watori ani (Los árboles cantan bellas canciones con el viento) un conmovedor trabajo de uno de los artistas yanomami más universales, quien desde su cosmovisión nos narra una historia llena de color y movimiento.

La mañana inaugural resultó insuficiente para recorrerla y queda esa necesidad de volver a visitarla para detallar, comparar e indagar en su contenido, porque en Confluencias la Orinoquia se puede observar desde distintos momentos: de lo ancestral a lo contemporáneo, desde la contemplación a la protesta y desde lo divino a lo profano.

Orinoquia la integran más de 150 propuestas de 59 creadores, entre los que podemos citar Alexander Apóstol, Corina Briceño, Ana María Mazzei, Roberto Obregón, Rolando Peña, Octavio Russo, Miguel von Dangel y Carlos Zerpa.

Memoria de la selva reúne el arte indígena de la Amazonia venezolana desde lo etnográfico, con una importante presencia de la cultura ye’kwana, yanomami, e’ñepá y wötüja que por más de 30 años ha recopilado la Colección C&FE. Los objetos se enriquecen con las fotografías de Thea Segall y Bárbara Brändli. La integran adornos corporales, bancos chamánicos, curiaras, cestería y objetos empleados para la elaboración del casabe, el otro pan de los venezolanos.

Nonatuma es el otro capítulo donde se encuentra la cestería warao, que es testimonio de la maestría de estos tejedores, además de presentar la evolución de una tradición dando muestra de la evolución y de nuevas expresiones estéticas.

El trabajo de Sheroanawe Hakihiiwe viene cargado de color y de una historia propia, que es vista desde la selva para narrarla a los demás. El artista se transforma en un chamán que hace de su obra todo un ritual. En esta cita inaugural esperaba a los visitantes en la sala que reúne sus trabajos para transmitir la magia y la espiritualidad que cada lienzo encierra y que es producto de su propia observación.

Sheroanawe se ha dedicado a rescatar la memoria oral de su pueblo. Su trabajo se ha expuesto en la Bienal de Venecia, Sao Paulo, Santiago de Chile y está presente en importantes colecciones internacionales como el MoMa, Centro de Arte Pompidou y Colección Mercantil, entre otras.

La exposición se podrá visitar hasta el 24 de enero de 2027 en el Hotel La Llovizna, Puerto Ordaz. Esta es una iniciativa de la Fundación Miragua, conjuntamente con Colección C&FE. Entre las personas que hicieron posible este monumental montaje están Carolina Vollmer, Priscila Abecasis, Rafael Santana, Ruth Auerbach, Neuros Bell y Luis Romero.

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