¿Los hombros de América o nuestros propios hombros?

Inés Muñoz Aguirre

Más de una vez he comentado cuánto me impresionó aquel comentario sobre la poca eficacia y compromiso del teatro en Venezuela, realizado por el director teatral Enrique León cuando tuve la oportunidad de estudiar con él.

Su señalamiento se refería a que no entendía por qué los directores en nuestro país se empeñaban en montar a los grandes clásicos u obras de autores que nos mostraban el invierno, las bajas temperaturas de sus países, los vestuarios de pieles y abrigos, las salas con chimeneas, los colores oscuros o los grises.

Con ello se dejaba al margen del escenario el colorido, producto del sol brillante que tenemos, lo cual habla no sólo de esa luz especial, sino de lo particulares que podemos ser.

Creo que aquella clase marcó no solo mi dramaturgia, sino la capacidad de ver nuestro país desde todo aquello que define lo que somos.

Esta reflexión, sobre la que insisto cada vez que tengo oportunidad, me sirve para explicar con certeza por qué la pieza teatral Los hombros de América de Fausto Verdial logra una conexión emocional con el espectador que va más allá de la risa fácil o del aplauso de pie del que suele abusar el público caraqueño.

El valor de esta obra, estrenada por primera vez en 1991 y cuya vigencia se mantiene intacta, es que todo cuanto hay en ella nos pertenece. Todo cuanto expresan estos personajes contiene la luz de nuestro sol, pero por si eso fuera poco, reconoce el encuentro de dos mundos que tanta fuerza tiene en nuestra sociedad. Un encuentro que desde el primer momento construye nuestra riqueza estructural como sociedad. ¿Qué hubiera sido de nosotros, no sólo sin ese mestizaje originario, sino sin la fuerza migratoria que caracterizó los años 50 y que contribuyó de forma relevante a nuestro desarrollo con perspectivas y reconocimiento al compromiso y al trabajo?

He leído algunas opiniones de espectadores sobre este trabajo que se muestra en el Trasnocho Cultural de la mano de Héctor Manrique, quienes dicen que ver la obra en la actualidad te permite conectar con ella de manera diferente a cuando fue presentada por el nuevo grupo porque hemos pasado por un proceso de emigración. Hay algo de razón en ello, pero creo que en esa conexión existe el reconocimiento a la autenticidad de unos personajes que, en medio de sus sueños, ambiciones y desencuentros, nos hablan de lo que nos caracteriza y de las realidades que preñan el exilio.

Los hombres y mujeres que llegaron a nuestro país para el momento en el que nos ubica la obra tenían conciencia de las bondades del país que los acogía y su compromiso esencial tenía que ver con trabajar para ganar el dinero suficiente que les permitiera ahorrar y para dar a sus hijos la educación que consideraban necesaria. Javier, el personaje interpretado magníficamente por Luigi Sciamanna, nos habla de ello, del acento que te conecta con el lenguaje materno, con la tierra de origen, la inquietud ideológica, las ansias de superación para mejorar las condiciones familiares, pero también te habla de cómo tus angustias, prejuicios, creencias y posiciones radicales viajan con cada uno en su maleta y no importa a dónde vayas si no eres capaz de desprenderte de toda esa carga. Si no lo haces, no podrás iniciar una nueva vida en paz. Ese es un duro mensaje en el trasfondo de este personaje. El que no logra soltar las amarras y se mantiene sujeto al pasado, añorando lo que dejó, terminará por ser un desterrado emocional. Tal es el caso de Javier y su esposa, quienes cuando logran cumplir el sueño de regresar a España, descubren que ese no es el país que han tenido siempre en su pensamiento y deciden regresar a Venezuela.

Por el contrario, el personaje que interpreta Héctor Manrique (Manuel) nos habla de quien se va de su país consciente de la decisión que tomó y del reto que tiene por delante, conformado por el desprendimiento y, por otro lado, por la inserción en la sociedad que te acoge y te hace parte de ella. La tolerancia y el agradecimiento.

Si más allá de la risa que generan las diversas situaciones desmenuzamos el mensaje de la pieza, el mismo es para pensar.

Manuel y su familia esperan a sus viejos amigos con la certeza que les da la seguridad de haber elegido el camino correcto, lo cual abre el camino hacia eso que los seres humanos entendemos como felicidad.

Juntas ambas familias verán como nace una nueva generación que unirá las dos posiciones encontradas para seguir adelante.

Sin duda, este es un trabajo para no dejar de ver. El trabajo de dirección marca un elemento muy importante que es el trabajo de los personajes, tan bien construidos por el propio Manrique, Sciamanna, Nerea Fernández, Marielena González, Claudia Rojas y Pedro Borgo que terminan por ser totalmente creíbles.

La obra, resuelta a través de una puesta en escena bastante natural, nos permite entrar como curiosos a la casa de Manuel y su familia, en la que se desarrolla la mayor parte de la trama. La música de referencia de la época, el vestuario, los accesorios, nos ubican en la típica casa o apartamento de los emigrantes de esa época que poblaron diversas zonas de Caracas, en las que no había lujos, pero sí lo necesario para vivir con comodidad.

Regreso al comienzo de esta reseña: lo visto en el teatro del Trasnocho y la reacción del público no hacen más que confirmar aquella teoría de nuestras particularidades. No se quede al margen de reconocerse en ese escenario o en cualquier otro que apoye la dramaturgia venezolana, porque además nos ha tocado vivir etapas donde buscar las referencias para construir memoria es algo fundamental para alcanzar un futuro cónsono con lo que somos.

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