En la historia encontramos casos de desmesura de algunos que ejercen temporalmente el poder, como si se creyesen todopoderosos por encima de la condición humana. Son poderosos que, de tarde o en tarde, evidencian su soberbia en el poder y su frustración, cuando no sanción, por haber actuado contra principios universales que hoy en día se identifican con la expresión “derechos humanos universales”. Es decir, poderosos autosuficientes por su capacidad de decidir por sí mismos sin considerar norma alguna, contingente o intangible como son los derechos humanos.
El teatro ha representado casos ejemplares. Su vocación originaria de representar el drama de la democracia griega conllevó la denuncia de los comportamientos desmesurados en el ejercicio del poder y sus consecuencias. Uno de esos casos es Áyax, el héroe más poderoso de los griegos después de Aquiles, tanto así que hasta un detergente llevó su nombre (Ajax). Cuando iba para la guerra de Troya su padre le aconsejó encomendarse a Atenea, la diosa virgen patrona de Atenas: “Vencer con la lanza procura, hijo, pero tus triunfos se deban a los dioses”. Pero el hijo respondió “con locas palabras y altaneras: Padre, si ellos le ayudan, hasta aquel que no es nada podría tener éxitos; pero yo estoy seguro de que habré de obtenerlos incluso sin su auxilio”, y a la misma diosa le dijo: “Señora, ponte cerca de los demás Argivos; jamás flaquearán las filas por mi lado”. Atenea esperó, y cuando Áyax quiso ejercer su poder desmedido para matar a los líderes griegos, lo enloqueció para que tuviera la experiencia directa del poder divino.

Autosuficiencia y desmesura ante normas universales en una sociedad en la que política y religión eran las dos caras inseparables de una moneda. Pero casos históricos y reales también los hay, algunos distanciados en el tiempo pero similares en su desmesura: Napoleón y Hitler.
De éxito en éxito, Napoleón se consideró todopoderoso e invadió a Rusia en 1812, pero fue catastrófica su retirada. Sabemos en qué isla murió en medio del Atlántico. Siglo y medio después otro todopoderoso, Hitler, pretendió lo mismo y los rusos lo hicieron retirar con las tablas en la cabeza. Casos de desmesura inhumana. Cuando nos hicieron creer que éramos La Gran Venezuela, todos pecamos de lo mismo. El rey andaba denudo y no se percataba de ello.
Sin duda, el poder empalaga. Cualquier poder absoluto es monárquico y absolutista, aunque la constitución sea republicana. Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez, por ejemplo, estuvieron rodeados de cortesanos. Aquel, en una ciudad de bahareque construyó un teatro desmesurado para sentirse up-to-day. El otro se hizo importante por el petróleo, pero nada de progreso. Ambos desmesurados caminaron sobre el país sin sombra ni temor.

Ricardo III, el personaje de Shakespeare, asaltó el poder sin la menor mesura, asesinando y deshaciéndose de quien se le atravesó en el camino. Hasta que, derrotado del todo, quiso cambiar su reino por un caballo para huir. Y es ese el dilema de los todopoderosos. Ante la posibilidad de dejar el poder, la opción que tienen es huir, no regresar en paz y tranquilidad a su antiguo hogar, porque no lo tienen.
La picardía es una buena arma contra la desmesura del poder; pero es un arma de comedia, no de rama. Es Arlequín cuando le sirve a dos patronos en un toma y dame de equívocos que le permiten sobrevivir al poder de ambos. Pero la vida no es comedia; oscila entre drama y tragedia para sanción de los poderosos desmedidos.
Impotente ante la realidad, Pio Miranda, el personaje de José Ignacio Cabrujas en El día que me quieras, huye hacia adelante para cobijarse en algún rincón y abandona falsas esperanzas y símbolos equivocados. Su poder de convocatoria se vació de contenido y la grandeza que ofrecía se reveló inexistente. Por eso, en el poderoso desmedido hay una carencia irreparable: no tiene sabiduría práctica para ser coherente con lo que piensa y lo que hace.


