El Renacimiento fue el tiempo inicial de la modernidad, cuando el hombre comenzó a independizarse de los modelos mentales de la Edad Media para explorar lo desconocido.
Para el común Renacimiento es sinónimo de progreso, y el progreso estimula el optimismo. Fue el tiempo de los descubrimientos de nuevos mundos, que ampliaron hasta el infinito los límites del espacio humano.

Tiempo de la emergencia del razonamiento frente a las creencias. Los cambios fueron tan rápidos y radicales que el hombre se sintió, de pronto, con dominio de la Naturaleza pero sin piso que diera certeza a su andar. Renunciando al sistema de valores, creencias y costumbres medieval, se encontró sin uno sustituto que se empeñó en construir en medio de incertidumbres e imprecisiones.
El hombre se constituyó en el centro, incluso con la exclusión de Dios, para relacionarse con la Naturaleza sin mediadores.
Esa transición hacia una modernidad definida implicó crisis profundas en el cristianismo con las separaciones de Enrique VIII en Inglaterra y Lutero en Alemania respecto al Papa. Anglicanismo y luteranismo, religiones nacionales, tuvieron que construir nuevas teologías para fundamentar sus posiciones.
Fueron años ambiguos en los cuales emergió el sujeto y su toma de conciencia respecto a las antiguas y nuevas visiones del mundo. Si bien en el Renacimiento comenzó a tener significación el concepto de progreso y vislumbrar la historia, su resolución constituyó un drama que el teatro expresó en forma continua.


