El actor es el intermediario entre lo que podría suceder representado por el dramaturgo y el espectador que comparte tal verosimilitud. Es la única realidad ante nosotros en la escena, rodeado de artificios puestos ahí para contribuir con el propósito comunicacional del dramaturgo. El actor es el intérprete de lo que podría suceder y su tarea de darle verosimilitud espacial y temporal. No es, pues, un repetidor de textos. Lo que podría suceder son situaciones dramáticas de acciones y vidas. De manera que el actor interpreta las acciones de unas situaciones en las que se encuentran personajes que podrían ser.

Esto plantea retos y responsabilidades en la pedagogía del actor y en saber ser actor, no ser otro figurín en el escenario. Saber ser actor es saber ser otros, siempre distintos en todo. Por ejemplo, Gabriel en La revolución de Isaac Chocrón y Amadeo Mier en Acto cultural de José Ignacio Cabrujas, en sus momentos ambos interpretados por el mismo actor. Saber ser actor no solo implica tener el talento natural para serlo, sino la formación intelectual para administrarlo y desarrollarlo.
Sabemos de sobra que hay actores de actores; mejor dicho, actores y estrellas: Laurence Olivier y Marlon Brando, o Cary Grand, siempre él mismo; sin mencionar algunos locales para no meterme en problemas. Pero algo es cierto: más de una vez una estrella funge de actor o actriz. Dos desempeños muy diferentes. Por eso la formación de un actor para saber llegar a serlo no es cualquier cosa. En una ocasión un amigo me comentó: “el problema de ese actor es que está acostumbrado a hablarle a un micrófono, no a una sala llena de público”.
Para saber ser actor median problemas técnicos, no basta el talento. Es decir, es vital saber administrar los instrumentos con los cuales hacer verosímil al espectador lo que podría suceder. Brando=Corleone=Brando. Hace unos treinta años fui tutor del trabajo de grado “Presencia de la técnica de Stanislavski en la formación de actores en Caracas”, presentado en la Escuela de Artes de la UCV. Una primera conclusión fue el conocimiento incompleto y/o nulo de la tesis stanislavskiana y la precariedad de quienes fueron los primeros maestros de actuación. En las conclusiones del trabajo de grado se lee: “aplicación fragmentada de la técnica stanislavskiana”, “ninguno recibió una formación sistemática para la pedagogía dentro de los lineamientos stanislavskianos”, “la ausencia de una fundamentación teórica para la elaboración de los programas”, “encontramos en los programas omisiones de diversos aspectos de la técnica stanislavskiana”, “no existe ni ha existido nunca en nuestra ciudad una enseñanza rigurosa y sistemática a partir de los lineamientos del maestro ruso”.

En los últimos años ha habido una proliferación de cursos y talleres para formar actores en dos o tres meses. ¿Qué tipo de actor y a partir de cuál modelo teórico y práctico? En una ocasión, no hace mucho, le pregunté a dos actrices amigas si en sus dos o tres años de formación habían trabajado con personajes de dramaturgos nuestros. Ambas respondieron con un rotundo NO. Es decir, deduje, nuestros actores y actrices son formados sin conocer a los personajes venezolanos. Y pensé si los actores ingleses y franceses se forman sin conocer a los personajes de Shakespeare y Molière.
Mal endémico. Pertenezco a una generación que se formó con los personajes de Anton Chejov y de pasada, por razones más ideológicas que teatrales, del primer César Rengifo. No existía un pasado teatral con algún valor significativo. Al dramaturgo Rómulo Gallegos lo conocí en la universidad.
Saber ser actor no debería ser el conocimiento técnico de un oficio (la voz, las manos, el gesto facial…); debería ser conocimiento y dominio del gestus propio de cada personaje, diferente de otros y en situaciones diferentes, cual ocurre con los seres humanos. Y nunca olvidar que los dramaturgos representan situaciones, acciones y vidas que podrían suceder. Saber ser actor es saber crear a alguien distinto. Entonces el espectador, para siempre, anida en su imaginación a alguien.


