PERSONAJES PECULIARES: Los Bienquedantes

Josu Iza

Cada cultura tiene su peculiaridad, sus códigos, su lenguaje, costumbres y actitudes. Caracas, más allá del país, tiene la suya propia – segmentada por varios factores como origen, etnia, estrato social, nivel académico etc..- que coincide en un 90 por ciento con el resto de ciudades importantes. El resto, ese 10 %, le da un matiz diferente en cosas como ésta que hoy nos ocupa: la inclinación obsesiva a quedar bien, a parecer sinceramente interesado por los asuntos de los demás – eso que ahora dicen empático – y en manifestar una voluntad a toda prueba de ayudar a resolver cualquier problema que tenga el interlocutor de turno. Es lo que en español de toda la vida se llama » El ánimo de quedar bien a toda costa». 

Este deseo se expresa en varias formas: está el gesto servicial y la mirada fingidamente atenta; está el movimiento de cabeza oscilante afirmativo, mientras el otro expone su precaria situación, la mueca dolorosa al escuchar la tragedia ajena y está el léxico adecuado a estas situaciones, la frase hecha y aprendida desde que uno es un infante, al escucharla cotidianamente a sus mayores. Se aprende el código con todos sus elementos y se perfecciona si hace falta. Como todos los lenguajes, tienen un origen y en este caso – yo que procedo de otro hemisferio y aprendí esa misma jerga, lo puedo confirmar -, viene como otras tantas cosas de la madre patria, la universidad del arte del quedar bien, con la diferencia de que en este continente, la forma del bienquedante es amable y de tacto  sedoso; al revés de la original, un tanto áspera y más bien forzada (la amabilidad). El hábitat perfecto para estos personajes son las reuniones medianas o multitudinarias, donde se juntan personas que provienen de diferentes grupos y no se conocen, porque con aquellos que son amigos no es necesario quedar bien, este arte sólo se practica con los recientemente conocidos. 

          Son muy importantes los niveles del status en esta materia; básicamente hay tres, con sus variantes:  el primero es el de los «bienquedantes compulsivos», son inocuos, lo hacen por hábito, son aquellos que muestran entusiasmo para decir que van a pasar por tu tienda, ir a tu restaurante, leer el libro que escribiste, comprar lo que vendes, seguir tu consejo del viaje que hiciste a no importa donde, ver la película que recomiendas o llamarte por teléfono para contratar un evento. Estos últimos son los que siendo invitados amigos de la casa en un evento que organizas, se te acercan para felicitarte, decirte que el montaje y la comida estaban increíbles, que el servicio es de primera – mientras saca un par de tequeños al mesonero -, te piden el celular o una tarjeta, la dirección de Instagram y te juran que la semana que viene te llaman porque quieren hacer algo en su casa – a la par que pide otro whisky – y nadie mejor  que tú, qué estilo, qué distinción. Nunca te llaman o si lo hacen es para comparar precio porque tienen otro presupuesto o para que les des ideas gratis.  

En el podium de nuestro personajes, con medalla de plata, está el bienquedante emocional,  aquel  que se solidariza fraternalmente, se identifica con la tragedia del otro, sufre con él y anota en su listín de infortunios, la desgracia del que la padece, y que le sirve para confirmar que este mundo es muy injusto; justo antes de que empiece a sonar la salsa, entrar en el ritmo y descubrir que el mundo no es tan arbitrario, más bien es una maravilla, sobre todo con un prosecco bien frío en la mano. Y el tercero y medalla de oro en lo más alto del estrado está  el Hermanazo, grado sumo de bienquedante, normalmente con varios tragos de más, que te abraza y te dice «HERMANAZOOO», eso te lo arreglo yo mañana, llámame sin falta, vamos a montar un restaurante, tengo un socio para eso, si es real lo que hace falta eso está resuelto, yo conozco a alguien de confianza y barato, lo que tú necesites mi hermano, pregunta mil cosas para tratar de encontrar un hilo conductor como el colegio, un negocio, una vecindad, algún pariente lejano, decir que Caracas es un pañuelito, aquí nos conocemos todos, otros diez abrazos y tres whiskys más tarde, aunque no te ha visto en la vida pero tiene un primo que estudió en el Loyola, conoce a una señora que vive en Terrazas del Club Hípico que le hace la contabilidad a un tipo que le gusta pescar en el Capanaparo y compra las cañas en el CCCT, donde tú fuiste una vez por equivocación (la única razón por la que se puede ir al CCCT) y en ese momento ya es familia tuya. Este es el personaje que bate todos los récords. 

Con los dos primeros bienquedantes uno tiene que comportarse con cariño porque son como un bien a conservar, una especie que es necesario mantener viva, aportan cortesía, nos muestran que se puede ser afable de manera gratuita, a veces son enternecedores sobre todo los emocionales. Pero hay que protegerse de los hermanazos porque – aunque en otra reunión te vean y no se acuerden de tí, algo normal porque en cada fiesta acumulan decenas de hermanazos -, corres el peligro de que identifiquen; por eso hay que seguir la corriente  y decir que sí, que conoces a aquella señora que le hace la contabilidad a su primo y al mecánico que cambia las bujías en Sarriá y que estudiaste en el San Ignacio aunque lo hiciste en el Santiago León, siempre darles el número de celular equivocado y tener a mano una tarjeta de presentación falsa. De los abrazos y palmadas en la espalda no te podrás librar, a no ser que dejes de ir a reuniones sociales o no te dediques a organizar eventos.  

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