El domingo 9 de noviembre me apunté – en vista de que Chacao Bike por motivos de salud no programó ninguna ruta – a un plan de rodar de Caracas a Los Caracas, saliendo de la Plaza O´Leary, donde nos juntamos 60 ciclistas llegados de tres puntos diferentes: de Chacao, de Plaza Venezuela y de los Teques. Salimos sin mucho orden a las 7 de la mañana del cruce que sube hacia Miraflores para entrar a la Avenida Sucre y llegar hasta el final donde comenzamos a tomar la carretera vieja de la Guaira, atravesando la montaña y bajando hasta el puerto. Día extraño porque ese domingo, el viento sopla del este ya en ese punto de la Soublette lo cual hace difícil llegar hasta Naiguatá porque el esfuerzo con el viento en contra es muy duro. Normalmente el viento es una fuerza de oposición a partir de Naiguatá pero ese día no sólo fueron los últimos 20 km de la rodada sino los 60 que van desde la Guaira a la Ciudad Vacacional.
Una parte de los participantes sufrió en exceso – todos sufrimos en realidad – y no pudo llegar entre los calambres y el cansancio. Los que pudimos terminar el trayecto, que luego incluía regresar a Playa Pantaleta para hidratarse con Polar y almorzar en La Pérgola – que ya reseñamos el año pasado, en el restaurante de la familia de Elizabeth, cuyas especialidades son el Asopado de marisco, la Fosforera y la Burger de camarones con tártara -. Fue un día horrible, genial en cuanto al paseo en sí, pero que nos pasó factura a todos; lo mejor, la reunión en esa terraza de unos 40 ciclistas consumiendo cajas de cerveza como si no hubiera un mañana, karaoke voluntario y presentadores y DJs espontáneos con micrófono en mano, que demostraron que el humor venezolano puede con todo. Pocas veces me he reído tanto y tan seguido durante cuatro horas. A la hora prevista regresamos a Playa los Ángeles y retornamos a Caracas con el Bus de Vanessa, con cierto retraso pero sanos y salvos hasta Plaza Venezuela. A las 8 de la noche después del día tan duro en bicicleta, subirse de nuevo a la máquina y venir hasta Chacao fue una mantequilla. Sorprendente el movimiento de carros y personas un domingo a esa hora.
El Lunes tengo que ir a Quinta Crespo para adquirir algunas cosas que sólo consigo ahí a un precio razonable. Me voy en metro hasta Capitolio con mi mochila y mi bulto plegable, salgo a la Baralt y me sorprendo al ver que las aceras están despejadas de buhoneros, las calles limpias y el tráfico manejado por policías en cada cruce con sus guantes naranjas en la mano derecha. No hay que esquivar mantas y mercancía, el flujo de gente fluye con gran facilidad hacia abajo y la calle del mercado luce vacía – no limpia porque limpiar esa masa negra que cubre el piso de la calle es imposible – y pregunto por la ausencia de vendedores. Me aclaran que los lunes hay “día de parada” y salvo los invencibles que se apostan de la mano izquierda del puente de la quebrada no hay ni un sólo vendedor informal. Llego rápido a los dos negocios donde voy a comprar, compro, pago y me voy, entro en un galpón que se llama Gran Bazar Chino o algo así – un lugar gigante que es como mango bajito sin tanta chatarra, pero con automercado también – subo hasta Capitolio y llamo a mi amigo el Doctor Jorge para ver si está en su consultorio, lo cual me supone regresar en carro hasta Chacao en vez del metro y de paso poder compartir con mi amigo que con este trajín que llevamos al día, no resulta fácil encontrarse entre semana.
El martes estaba previsto salir a rodar temprano en la mañana con la gente de Chacao Bike, pero la lluvia decide y no es posible. Curioso que ya pasado el mes de octubre, todavía permanece el tiempo húmedo, con tormentas imprevistas y amaneceres pasados por agua, que alteran los planes. Paciencia. A media mañana se despeja el cielo, sale el sol y para no perder el día, aprovecho y subo al cerro, que todavía está un poco embarrado.
El miércoles pasado bajamos a la costa, para probar como es el plan de Marina Grande, ya que tanta gente y las redes sociales hablan de la playa. Temprano para no agarrar la cola en la autopista, vano intento, el tráfico hacia el oeste está lento, no tanto como en el sentido contrario, hasta pasar los túneles que conducen a Catia. Después fluye como si nada y nos desviamos hacia el aeropuerto siguiendo la ruta hacia Catia la Mar, hasta desembocar en la Avenida Atlántica o Bicentenaria que corre paralelo a la playa; entramos en el complejo de Marina Grande, que por cierto cuando abren los portones el nombre queda recogido hacia dentro y no se ve desde la calle. El estacionamiento es largo y amplio, con algunas zonas de sombra bajo los árboles – necesario llegar pronto para no quedarse al descubierto bajo el sol de justicia -, te entregan un ticket que hay que guardar para la salida, estacionas y quedas frente a un módulo con varias taquillas para cobrar la entrada. Hoy miércoles, hay un dos x uno para los clientes de la tercera edad, te piden la cédula para comprobar – es gratificante que duden si uno tiene menos de 60, se muestra la identificación con orgullo -, haces tu pago de 12 $ al cambio del BCV y llegas a una playa que forma una bahía en forma de concha, con la entrada del mar protegida por un par de muelles de piedra, toldos bien instalados, algunas churuatas con bares y restaurantes y unos baños impecables, nuevos, modernos, con secciones de duchas y espacios para cambiarse muy bien pensados. Cuando escoges tu toldo, te traen sillas tumbonas y mesa incluida en la entrada.
Me fijo que el público trae su cava e incluso su comida, con lo cual con una entrada asequible es un plan que puede permitirse cualquier bolsillo sin mucho esfuerzo, que compensa la magnífica relación calidad-precio. Nos quedamos hasta la 1 de la tarde, unos baños de mar, cuidado con el sol, una buena ducha, cambio de ropa para salir fresquitos y nos vamos a almorzar en Casa de Margaret: Arepas de Ensalada de camarones y Cazón, con unos potes de Papelón con limón, todo muy sabroso, abundante y de muy buen precio. El sistema de despacho está muy bien pensado para que el gentío no atasque la cadena; un grupo de jóvenes uniformados de rojo, que atienden muy bien, tomas un número, pides a las chicas que despachan, pagas en caja y cuando vuelves ya tienes tus arepas servidas por el personal que está detrás de la barra y también la bebida. Muy bien pensado, rápido y todo exquisito. La idea es bajar semanalmente cuando el tiempo y el trabajo lo permita y hacer prueba de toda la carta de arepas, que llevará más o menos 4 meses. No hay prisa.
Jueves, buen tiempo, paseo en bici por la zona cercana para entrenar y mantener la forma porque el sábado hay un plan para valientes: Caracas a Puerto Francés. Después tengo que ir al IVSS – Seguro Social -, porque hay que arreglar varios trámites en la sede del organismo en el Centro Comercial de Macaracuay. Buena atención por parte de una funcionaria joven, he de volver otro día con más requisitos y papeles pero ahí vamos encaminados. Y caminando voy el viernes haciendo alguna diligencia por Altamira y Los Palos Grandes. Pasando por delante del Altamira Village, dejo atrás Aprile, Caracas Meat y Barako y en la esquina al lado de la bomba la quinta donde estaba Mandarine se ha convertido en un gran KFC – mejor porque la parcela estaba abandonada -. Entro en la Cuarta Avenida y veo que el Rey David se ha dividido en tres locales: Rey David, con su café, pastelería, bodegón y peluquería Vogue de lujo en el segundo piso, un Gym potente en una esquina y Pollos Mario en la otra, y antes, en la entrada del Barrio Pajaritos, está el puesto de empanadas de siempre y enfrente bajando unas escaleras, empanadas, cachapas y sopas en un lugar llamado la Bodega, Hard Rock Café, Las Cúpulas, Oceanía – que está reformando su local -, Alma Italian y Mesa Restaurant, además de un par de lugares nuevos que creo que son Sushi y Ceviches y otro identificado como Aurora Café. En el medio de todos, el negocio más antiguo y clásico de esa calle: el Kiosko de Juanito, el portugués que lleva ahí instalado en su caja metálica gris adornada con banderas nacionales de los equipos de fútbol, fan del Real Madrid, enemigo del Barsa y que atiende a los clientes de paso desde hace 40 años.
Llegó el sábado. Otro plan ciclista, este es el mejor reto del año aparte del que nos espera el día 6 de diciembre de Los Ángeles hasta Chirimena por toda la carretera de la costa. Antes de amanecer 5 am en el San Ignacio, transporte con Periquito hasta Guatire para los que no quieren bajar desde Caracas. Dejamos mochilas con cambio de ropa y almuerzo para que las lleven hasta Puerto Francés, el destino final de la ruta. Son 142 km o 100 desde Guatire, parece fácil porque se piensa que es bajando y luego plano, no es oro todo lo que reluce, porque entre Guatire e Higuerote hay varios falsos planos muy largos que si no los conoces te dejan sin fuelle y el calor, ese calor húmedo que te hace transpirar y perder líquido. Gracias a la asistencia de la organización que tiene varios puntos de hidratación y abastecimiento se hace más amable la ruta (En nuestro caso es Periquito quien nos proporciona este servicio de forma regular ), pero aún así, de casi 900 ciclistas de todas las asociaciones que hay en Caracas, unos 100 no concluyen a causa de calambres, agotamiento, averías o deshidratación.
Yo he descubierto que en estas rodadas tan largas e intensas, con el sol castigando sin piedad, llevar una toalla al cuello empapada de agua, con el aire siento un fresco en la zona del cuello y la nuca que es fundamental para no acalorarse; también riego regular en la cabeza en cada parada y mucho líquido y fruta, además de cuatro huevos duros, unas ruedas de salchichón, maní y galletas de frutos secos que hay que ir metiendo al cuerpo para que no pierda energía. Como pasa siempre, el pelotón del grupo de Chacao Bike se dispersa y te pegas de alguien si coincide para no rodar en solitario, que es lo que me sucede casi siempre. Esta vez voy con tres personas más – una de ellas se rinde llegando a Higuerote – y llegamos bien hasta Buche, después de la bahía de Carenero, donde comienza el último tramo de unos diez km en subida hasta el Puerto. Entramos juntos para recibir la medalla – a mi no me correspondía porque no me inscribí y rodé de forma independiente como muchos otros -, pero gracias a mi amigo Iginio, Gerente de la marca polaca Kroos de bicicletas que me vendió la mía, que me presta una medalla para la foto con Macri y su hermano Umberto. Se siente una especie de orgullo personal por el hecho de haber terminado la prueba y ahora hace falta cambiarse de ropa y pasar las próximas cuatro horas hasta la salida de la Van de Periquito de regreso a Caracas. Es imposible conseguir una mesa en vista del gran número de personas que invaden los restaurantes, la playa y los estacionamientos; pero para los que conocemos la playa y los playeros siempre hay una alternativa: me acerco a uno de los que atienden las mesas en la playa y le pregunto si no hay unas sillas sobrantes, que al final aparecen y nos coloca bajo un techo, a la sombra y con vistas al mar, con servicio de bebida, compartimos almuerzo que viene de casa, Chuletas de cerdo ahumadas al grill y Pechugas de pollo a la plancha, cervezas, refrescos y una botellita de 1796, en pote de mostaza de plástico, con unos vasos gigantes con mucho hielo que amablemente nos proporcionan en el bar.
En sillas tan cómodas, después de la ruta y las endorfinas, las birras y el ron, el cuerpo se predispone a descansar y si te descuidas quiere dormir una siesta pero la buena conversación, las anécdotas de la playa y el chisme sabroso, nos permite estar en forma hasta el regreso. Hora y media hasta el San Ignacio, nos despedimos de los amigos y dos cuadras hasta casa. Una ducha reconfortante, el cuerpo anestesiado y el alma feliz. A descansar.


