Esta semana se llevó a cabo el trayecto en bicicleta entre Playa los Ángeles y Chirimena, en concreto el sábado 6 de diciembre, como la última gran ruta del año 2025. A la hora prevista – después de desayunar un yogur con todos los hierros, preparar un par de bocadillos de Tortilla francesa con chorizo, botellón de agua, frutos secos, protector solar y un cambio de ropa en la mochila, salgo de mi casa sin luz, bajo solitario por Campo Alegre, llego a Chacaíto y para evitar tráfico cruzo por Sabana Grande, donde están saliendo de las discotecas grupos de jóvenes que se sorprenden al ver un ciclista a esa hora, 4.30 de la mañana y me animan como si estuviera rodando en el Tour de Francia.
Nos encontramos los primeros ciclistas cerca de Plaza Venezuela en la Gran Avenida, a la espera del bus que nos va a trasladar hasta la playa, con una parada intermedia para recoger a los restantes que nos esperan en Plaza O´Leary. Un rato para montar las máquinas en la unidad y nos acomodamos, aprovechando para adormilarse porque nos queda más de una hora hasta la costa. Amanece cuando estacionamos en los Ángeles, donde hay como doscientos más de nosotros que han llegado hasta allá con el mismo objetivo.
Un pequeño discurso de la organización y salimos rumbo al este hacia Anare y los Caracas como primer punto en la ruta. Voy en un grupo pequeño, siete integrantes, al margen del gran pelotón que rueda a una velocidad como si estuviéramos compitiendo; siete que se divide en cuatro y tres con los que nos vamos encontrando en cada punto de hidratación. Primer esfuerzo, llegar a Osma después de 30 km, mitad planos y mitad dividida en tres subidas – la segunda brutal -. Fruta, agua y zulias frías para hidratar en la bodega. Continuamos la segunda etapa hasta Urama, 28 km más, parada para hidratación más larga, además de alimentación – me como el primer bocadillo y frutos secos porque el cuerpo exige reforzar -, empiezo a notar los efectos sobre la espalda y tengo que estirarme acostado en la acera, y también resiento el calor y la humedad, por lo tanto es necesario remojar la cabeza con agua fresca antes de retomar la carretera. Afortunadamente desde Osma pasamos por planos, falsos planos y alguna cuesta pero nada comparable a las tres primeras antes de ese pueblo.
El sol ya cae a plomo pero la vegetación nos protege en la mayor parte del camino, aunque la temperatura no ayuda y la exigencia tampoco; a estas alturas del trayecto el grupo se divide en tres, una compañera que no quiere detenerse más y los otros tres que ruedan a mayor velocidad y nos esperan en los puntos críticos. Nos avisan que a la salida de Urama hay una subida que aparentemente es la última que tendremos que acometer, dura y larga antes de llegar a Caruao, que amerita de una parada antes de seguir para la parte más complicada antes de Chirimena, 50 km por una carretera de selva que parece que nunca acaba, sube y baja, cruza ríos y balsas de barro, arena, piedras, asfalto molido por las inclemencias del clima, calor sofocante, monos que bajan de las copas de los árboles y se acercan a la orilla del camino y rugidos de animales que – confirmado por los que conocen la zona – resultan ser jaguares que no ves pero que mueven la espesura durante los últimos kilómetros antes de llegar al cruce que conduce a Chirimena.
Tuve el descuido de olvidar mi bulto en la última parada de hidratación – donde había consumido mi segundo bocadillo – y después de 7 km tuve que regresar a buscarlo, por suerte estaba allá en la misma silla, pero eso supuso hacer 14 km adicionales cuando ya las fuerzas empiezan a escasear, coincidiendo con esa zona donde los animales amenazan a los caminantes solitarios o a los ciclistas como yo. Por fin llegué a Chirimena, no fui el último por fortuna, pero ya con el autobús alistando las bicicletas para iniciar el regreso a Caracas. Me encontré con mis seis compañeros de ruta que llevaban media hora de adelanto sobre mí, compartimos varias birras y a las 5 de la tarde, vuelta a Caracas. Aterrizamos en Plaza Venezuela, bajamos del bus, montamos las bicis y cada quien a su casa; yo con otro compañero que vive por Chacao salimos rumbo a la Libertador porque la Casanova es imposible y Sabana Grande peor. Es increíble el gentío a las ocho de la noche en esa zona: vendedores, compradores, comida, música, miles de personas celebrando el ambiente navideño, nos costó salir por la Avenida Las Acacias hacia arriba pero al fin conseguimos rodar hasta El Bosque y después hasta el San Ignacio, dos cuadras más arriba y en casa. Hambriento, sediento y molido pero feliz, por el paseo. Duro, retador pero formidable. Par de whiskys, queso al por mayor, baño doble y a descansar.



Un comentario
Estimado Josu. Tu crónica me hizo recordar mi época de ciclista de ruta, cuando hacíamos los recorridos desde hasta Los Caracas. Qué tremenda ruta la tuya y la del grupo que te acompañó. Saludos