Explorando Otranto: Historia y belleza del sur de Italia

Josu Iza

La bota tiene un tacón. En la base de ese tacón está la ciudad que viene a ser como Gibraltar en el Estrecho del mismo nombre, porque es la línea de división entre dos mares, Atlántico y Mediterráneo. En el caso de Italia divide el Jónico y el Adriático. Justo en ese punto, en un promontorio, junto a Santa Maria di Leuca, se alza el famoso Faro de 58 mt de altura, a 101 sobre el nivel del mar, que suponía en la antigüedad el faro del fin del mundo, Finibus terrae o Finisterre como en Galicia. A nivel de mar, se encuentra Marina di Leuca en el medio de una bahía.

Al lado del faro, está la Basílica que fue fortificada en 1700 para protegerse de los asaltos turcos y sarracenos; para unir ambas poblaciones, existen unas escaleras con 296 peldaños en un ángulo de elevación tal, que exige estar en buena forma para subirlos. Nosotros optamos por subir en carro y desde la atalaya, admirar su antiguo puerto con sus villas modernistas, a veces con diseños moriscos y a los atrevidos turistas  que sufren subiendo a pie por esa doble Scalinata Monumentale de piedra blanca con sus balaustradas. Leuca es una muestra de una larga historia, marcada por asentamientos rupestres, criptas, iglesias, castillos, olivos centenarios, calas y ensenadas escondidas y un mar cristalino de un azul sin igual.

Y también en esa escarpada costa, hay grutas como la Grotta del Diavolo, que toma su nombre de una leyenda urbana que dice, que los demonios la habitaban, lo que explica los fuertes y lúgubres estruendos que se pueden escuchar allí, cuando el mar ruge en su oquedad. Arriba, en la explanada que acoge la Basílica con sus muros, están la columna corintia y la torre hexagonal del Faro, que domina el pueblo, el mar y varias millas a la redonda. Recorrimos el pequeño puerto y las calles interiores y seguimos viaje a Otranto – Ótranto según mi correctora e implacable crítica Claudia Biagolini – con acento prosódico, que no se escribe pero se lee; un capricho de la lengua italiana. Siguiendo la línea de la costa de Salento, subimos atravesando varios pueblos, pequeños y muy interesantes pero el día avanza y es preciso llegar a Otranto antes del anochecer porque encantados por Gallipolli, se nos olvidó hacer reserva de hotel. Y consultando en la página de Booking, nos damos cuenta que sólo hay lugares disponibles  a varios km de la ciudad. 

Llegamos con el sol descendiendo en el horizonte y me estaciono al comienzo del paseo marítimo en zona prohibida, pero para evitar contratiempos con la policía, me quedo en el carro mientras Raquel camina en busca de habitación, ya que en ese bulevar hay varios hoteles, que vemos ubicados a corta distancia frente al puerto: Albania, Profumo di Mare y Miramare. Comunicados por celular, me cuenta Raquel que los dos primeros están ocupados pero en el tercero hay habitación disponible y es un lugar clásico muy agradable.

El asunto es que el estacionamiento es imprescindible y algunos de esos negocios no tienen porque fueron construidos hace décadas en edificios antiguos. Pero siempre hay alternativas. Me acerco hasta la entrada que da a la calle paralela – después de dar un largo rodeo – dejo las maletas y me dirijo al Parking del Signore Mario con una tarjeta del hotel. Enfilo por una vía que corre al lado de un río y a unos cien metros, señalado por banderas, está la entrada al parking que es al mismo tiempo la pequeña hacienda de la familia. Me recibe Mario, un señor entrado en años pero de fuerte complexión, cabeza afeitada y con un bigote largo que me recuerda a un ángel del infierno, de la Puglia en este caso, muy amable, al que no entiendo casi nada, salvo que son ocho euros por todo el día hasta el mediodía de mañana. Aparece la esposa blandiendo un cucharón en la mano y se trae consigo un aroma a plato de cocina de pescado – casi le pido que me invite a cenar -, le dice algo que tampoco entiendo y mientras ellos hablan entre sí – aunque parece que pelean – aprovecho para despedirme y llegar al hotel. Hace falta un buen baño y un descanso antes de salir a cenar.

Al azar y sin tener mucho dato, por puro instinto, decidimos que vamos a comer en un restaurante que se llama Moenia. Salimos de Miramare ya anocheciendo, caminamos por el bulevar hacia el centro histórico, que comienza con una plaza, antes de entrar en el recinto amurallado y deambular por ese laberinto de calles estrechas que suben hasta la catedral. Muchas terrazas con restaurantes, todos llenos y no de turistas precisamente, aunque también se ven todavía en estas fechas muchos “gringos” europeos, algunos de ellos residentes permanentes en esta zona de Italia. 

El Moenia tiene su terraza en uno de los pasillos exteriores de la muralla, justo enfrente del puerto deportivo,  – del que sólo vemos las luces – pero la sorpresa es que cuando entras en el salón interior, te das cuenta que está construido en la planta baja de un edificio con arcadas y techo abovedado de la misma piedra caliza de las escaleras de Leuca. Noche tibia, con una suave brisa en esa terraza: vino blanco frizzante, Pasta con Vongole y salvia y otra con Rape y langostinos. Spumoni de pistacho y Grappa blanca. Hay que ver cómo calienta el cuerpo ese orujo italiano y ayuda a digerir la cena.

Después un paseo nocturno por las calles, por las que sólo quedan abiertos los restaurantes, cafés y algunas tiendas, pero que tiene todos sus edificios iluminados. Regresamos al hotel con vías llenas de gente, cenando o terminando de cenar, comiendo un helado o paseando frente al golfo oscuro salvo por el destello de las embarcaciones. Buen hotel, buena cama y con el  cuerpo bien alimentado, un buen descanso, necesario porque mañana vamos a recorrer de nuevo su parte vieja para poder ver sus encantos a la luz del sol. 

Desayuno salvaje – uno de los mejores del tour -, y tomamos el mismo rumbo de ayer en la noche: un cambio total porque podemos ver el golfo que cierran un cabo con el faro Blanco y el  Molo San Nicola, efectivamente hay varios veleros anclados en un mar azul rey o marino, que refleja a esa hora los rayos solares. La entrada a la explanada donde está una de las torres principales del castillo – que da nombre a la primera novela gótica escrita por Horace Walpole The Castle of Otranto –  es espectacular.

Formó parte de la Magna Grecia, y recibió una influencia profunda de la cultura helénica, incluida su estructura urbanística y el dialecto local que procede en muchas palabras del griego antiguo (ahora entiendo porque no puedo entender al Signore Mario). Más tarde, pasó a poder de Roma trás imponerse ésta en las famosas Guerras Pírricas. Su posición geográfica – en el sur de la península y frente a Grecia, le hizo ser un centro marítimo importante, fabricando tejidos y el tinte mediante el uso de la púrpura (que se obtiene de las glándulas branquiales del molusco Cañailla). A la caída del Imperio Romano fue bizantina, luego ostrogoda, bizantina de nuevo y fue en este período cuando gozó de su máximo esplendor; aprovechó para mejorar sus fortificaciones, se construyó el Monasterio de San Nicola, cuyos amanuenses fueron conocidos en Europa por la calidad de sus trabajos, cuando todavía no existía la imprenta.

Fue ocupada al comienzo del segundo milenio por los Hombres del Norte – que invadieron todo el sur de Italia – y en su catedral de estilo normando, se bendijo a los soldados que partieron para la Primera Cruzada. En el S XIII se incorporó a la Corona de Aragón para impedir el acceso de los sarracenos a Sicilia, Cerdeña y todas las ciudades mediterráneas  propiedad de los aragoneses. Los turcos tomaron la ciudad a sangre y fuego en el S XV, esclavizando a mujeres y niños y ejecutando a los hombres que no quisieron renunciar al cristianismo que se habían refugiado en el Castillo;  por ello son conocidos como los Mártires de Otranto.

Por esta razón, a finales del S XVII el territorio alrededor de la ciudad estaba abandonado debido también a la amenaza del paludismo. Pero en 1868 comenzaron obras de restauración y saneamiento de las zonas pantanosas que acabaron con la malaria y permitieron incorporar muchas hectáreas al cultivo; en los años 60 se vivió un proceso de industrialización que generó una corriente migratoria al norte de Europa, situación que se revirtió con la explosión del turismo en la Puglia. 

Cuando se pasea por el castillo se puede apreciar las cuatro torres cilíndricas en sus ángulos y un bastión con baluartes externos, que recorre su lateral que da al mar; dentro las calles suben y confluyen en la parte más alta donde está la Catedral de Santa María Annunziata. Todos esos pasadizos, callejones y plazoletas, están llenos de tiendas, cafés, restaurantes, que de día tienen otro brillo.

Es una ciudad magnífica Otranto, tanto la parte vieja como la nueva y además, en las afueras se encuentran algunas playas que parecen de fantasía: algunas dentro del perímetro, Spiaggia dei Grandoni, de aguas transparentes y rocas que forman piscinas naturales. Otras en las afueras, como la Baia dei Turchi – Turcos -, Torre dell’ Orso y sus Due Sorelle y Rocca Vecchia, que forman parte de lo que se llama el Caribe italiano. Después de un aperitivo – imprescindible para los italianos antes de almorzar – retornamos al hotel Miramare, recojo el carro en el parking del Signore Mario, despidiéndonos sin habernos entendido salvo los ocho euros de tarifa, y salimos rumbo a Cavallino. 

Cavallino, en las afueras de Lecce – La Perla barroca de la Puglia -, tiene un megacentro comercial con varias marcas pero a nosotros nos interesa Decathlon por aquello de abastecernos de algunas prendas deportivas, buenas y a buen precio. Otro comercio, no de mi interés pero si de Raquel es un gran Outlet de zapatería, que también visitamos. Una anécdota: en el estacionamiento está un muchacho senegalés, recién llegado al país, que no habla italiano y maneja un francés muy precario; intenta vender libros de la historia de África, un muchacho muy joven, alto y espigado, que me pide agua – el calor ese día apretaba con ganas – cuando saco una botella  de la cava del carro. Le complemento con una bolsa de dulces que tenía reservada para el viaje.

Es un ejemplo de la situación que vive Europa, con millones de emigrantes ilegales, sin trabajo, que viven de la venta ambulante, la prostitución – que explota las mafias -, el trabajo precario y mal pagado o la caridad  y ayudas sociales de los gobiernos y a veces la delincuencia. Pero la realidad actual es que los políticos – para contentar a sus votantes que se han radicalizado en contra y con razón – están aplicando ahora severas restricciones a las ayudas que durante años han servido como efecto llamada para la emigración, sobre todo africana y asiática. Aún así, no se ha frenado el flujo de personas que a través de pateras desde las costas africanas o por tierra desde Asia, consiguen llegar a la Unión Europea. 

Pero sigamos con lo nuestro. Compramos y vamos de camino hacia el norte, con destino a Alberobello. Tenía noticias de un pueblo llamado Ostuni, blanco y montado sobre una colina – casi todos los pueblos están instalados sobre una colina elevada para protegerse mejor de las invasiones a lo largo de los siglos -; nos fue imposible parar porque no conseguimos un puesto en la zona azul de parking. Desconozco la razón de la falta de espacio, pero después que subimos hasta el centro histórico, sólo pudimos verlo desde el carro ya que fue imposible estacionar.

Luego la carretera nos lleva por una montaña suave con elevaciones muy parecidas a la Toscana, en el Valle de Itria, con sus espacios verdes, sembradíos, parcelas con muros blancos de las mismas piedras extraídas a las tierras de cultivo, un mosaico de colores a lo largo de varios km, hasta llegar a Locorotondo que pasamos de largo – porque lo íbamos a visitar al día siguiente – y llegamos a Alberobello – árbol bello -, y nos instalamos en el Hotel Ramapendula, en el extremo oeste del pueblo. Allí nos recibe una recepcionista muy antipática pero muy eficiente, algo poco común en Italia – me refiero a lo primero -, en una hacienda de olivos, buena piscina y entorno rural muy agradable. Confieso que desde la primera vez que vi unas fotos de la ciudad quedé impresionado por la belleza de sus construcciones, los Trulli, unas casas redondas que lucen un tejado en forma de cono, construido con piedra sin argamasa.

La historia nos cuenta que nacieron como pequeñas construcciones de campesinos, en los que el agricultor podía dormir y almacenar las herramientas para trabajar el campo. Pero hoy día los Trulli sirven como habitación de hotel, tienda – donde se puede comprar licores, souvenirs, productos típicos, objetos de hierro forjado, comida, vino, frutos secos y una curiosidad: prendas de lino porque los habitantes de Alberobello son conocidos en el arte textil.  Después de un breve descanso y acomodo en el hotel, nos acercamos al centro caminando, mientras descubrimos las calles estrechas entre los trulli. Llegamos a la plaza central donde se está llevando a cabo la interpretación de una ópera de Verdi; los espectadores están sentados en filas de sillas bajo la sombra de unos árboles tallados para crear protección del inclemente sol, que en verano debe ser terrible. Es la primera vez que veo ese ingenio. No pensamos que en la montaña el clima es muy diferente que a nivel de playa y por lo tanto hace frío cuando llega la noche. Raquel se queda en la plaza, sentada en un banco  y yo decido ir hasta el hotel – cerca afortunadamente – para traer chaquetas que se agradecen.

El motivo por el que hay música en el gazebo de la plaza es porque este fin de semana se celebra la fiesta de San Cosme y San Damián, Santi Medicci, los patronos de la ciudad y ésta organiza actos culturales, música, ópera, desfiles y ventas ambulantes para homenajear a sus santos. Cuando regreso con las chaquetas, me encuentro a Raquel conversando con una pareja que resultan ser holandeses y que por casualidad tienen previsto ir a cenar al mismo sitio que nosotros. Gente amable y viajera, con los que entablamos conversación en inglés hasta la hora de ir al restaurante. Trattoria Casa Amatulli, ese es el establecimiento que elegimos, pero no pensamos en reservar y esto produjo un pequeño inconveniente que se solventó, gracias a una casualidad de la vida. Entramos en el restaurante detrás de nuestros nuestros nuevos amigos y vemos que una persona que recibe a la clientela, les pregunta si tienen reserva y a nombre de quien. Algo muy razonable  considerando que estaba lleno. Pasan ellos y nos preguntan lo mismo a nosotros. respondemos que sí, que tenemos reserva, a nombre de quien, a nombre de Iza, pronunciado Isa; el señor mira el libro y dice Marisa, no no Marisa, sólo Isa. Entre Marisa e Isa, nos hacen pasar y acomodar en una mesa para dos.

Un aperitivo de la casa consistente en focaccia con tomate seco y unas olivas enanas aliñadas, una botella de vino blanco y después Orecchiette con Funghi Porcini y Ravioli  rellenos de Mozzarella  de búfala y tomate seco. Tartufo de Pistacho y Grapa tostada. Comida excelente, no es de extrañar que esté lleno completo. Justo antes del postre sentimos en el cogote que se acerca el dueño encendido, con una pareja que resulta ser Marisa y compañía. Nos interrogan acerca de la reserva, decimos que reservó la recepcionista – la amargada eficiente -, de qué hotel, el Ramapendula decimos. Y sabiendo que nos hemos coleado descaradamente, nos dejan terminar amablemente nuestra cena. Pero el dueño no para de botar espuma de rabia por esa boca y después de pagar la cuenta, nos acercamos hasta él y le decimos que queremos hacer una reservación para la noche siguiente. Sorprendido por nuestra iniciativa nos pregunta el nombre para anotar en su libro y tranquilamente le decimos Isa. 

Al día siguiente domingo, siguen las fiestas patronales con mercado al aire libre y visita a la Catedral, que otorga por la presencia en celebración tan importante la Indulgencia Plena a todo pecador que entre en el templo y rinda homenaje a los santos. Desayunamos como reyes en el Hotel, salimos caminando para disfrutar del ambiente de la ciudad que está llena de gente de los alrededores y aborígenes también. Los músicos en el gazebo llevan capas al estilo de la época de Musolini  e interpretan música clásica a esa hora de la mañana. El día luce de verano, cielo azul límpido, los puestos de frutos secos y encurtidos a lo largo de la avenida principal, las ventas de escapularios, estampas, rosarios y demás parafernalia, productos envasados, hierbas, tomates secos, olivas para freír y una especie de pepino con forma de patilla pequeña – que nos sirvieron ayer con la pasta para limpiar el paladar -.

En una tienda restaurante, se exhiben productos embutidos, quesos y otras especialidades; compramos la focaccia tradicional de las fiestas, rellena de mortadela y queso pecorino y también la empanada de atún y anchoas. Nos empaquetan la compra pensando en comerlas más tarde porque nuestro propósito es pasear por varios lugares después de recibir la indulgencia y los calendarios correspondientes, previo pago de una colaboración voluntaria.   Después vamos a visitar Locorotondo. Desde lejos en la carretera, se ve como un bloque blanco sobre un promontorio y al entrar en sus calles, el tráfico te conduce hacia su centro, que tiene una estructura circular, coronada por la Iglesia de San Jorge.

La ciudad – cuyo nombre significa lugar redondo – es conocida por la calidad de sus vinos, donde se puede vivir la atmósfera mágica del Valle de Itria, al igual que en Alberobello. Hay una gran diferencia entre ambos que es la forma de construcción de sus casas antiguas: en Locorotondo están las Cummerse, de base cuadrada y tejados inclinados; en Alberobello, están los Trulli, de base redonda y techo cónico. Las dos le otorgan a cada una de las poblaciones un encanto singular, no visto en otras regiones de Italia. Por eso y otros detalles la Puglia es especial. Después de pasear por unas calles que recuerdan a los barrios antiguos de los pueblos blancos de Andalucía con sus macetas de flores colgando de sus balcones y paredes, hacemos un picnic en un banco de la plaza, con la focaccia y la empanada, más unas birras locales compradas en una bodega. 

Vuelta al hotel para refrescarnos después de los dos paseos y porque el calor aprieta  – aunque estemos a final de Septiembre -. Ya bien entrada la tarde, salimos de nuevo para recorrer la parte que nos queda de Alberobello; en una calle que divide ambas zonas del pueblo, está montada una feria con abundantes toldos, con comerciantes ambulantes que ofrecen de casi todo – al igual que la feria de la parte alta de la mañana -, y destaca entre ellos un charlatán que vende picadoras de vegetales y ofrece una demostración a los viandantes.

La verborrea es tan potente y sin descanso, que no puedo entender nada de lo que dice porque además de la velocidad creo que lo hace en el dialecto local. En ese lado, las calles no son planas sino que suben con bastante inclinación hasta la loma donde se encuentra una iglesia cuyos techos son como los de los Trulli, salvo que de tamaño netamente superior. Una belleza. Por supuesto, todas las casas son Trulli, algunas habitaciones de hotel y muchas son tiendas de productos de la región, restaurantes y cafés llenos de gente que se toma un respiro de las cuestas, de pisos empedrados de piedra blanca. es como pasear por un escenario que te envuelve en un ambiente onírico. Luego, acercándose la hora de la cena, nos vamos  para la zona de la plaza principal, donde a esa hora hay un concierto, el público sentado bajo el palio vegetal y a la hora precisa, entramos de nuevo en la Trattoria.

Una muchacha nos recibe libro en mano, nos pregunta si tenemos reserva – esta vez sí – y cuando vamos a contestar a nombre de quien, aparece desde la cocina el dueño que le dice Isaaaaaaaa. Con una ligera inclinación saluda a Raquel, a mí se dirige con un avanti signore, y hasta nos brinda una amable sonrisa. Nos acomodamos en una mesa diferente a la de ayer y repetimos el protocolo. Vino blanco de la casa, Focaccia de tomate seco y aceitunas, Salsiccia di finocchio, Cappellacci Funghi-polpette y Agnello para Raquel y Spianelo de maiale y agnello para mí, Semifreddo de chocolate y grappa blanca. 

Día completo, camino de regreso al hotel, descanso merecido. Mañana nos vamos para la región de Gargano – pronunciado Gárgano -, pero eso será en la próxima crónica. 

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