Hoy es 18 de febrero y amanece azul y despejado, ideal para rodar en bicicleta; el termómetro celular indica que la temperatura exterior a esta hora de la mañana – casi las siete -, es de 6 grados bajo cero. Pero el verdadero problema es que hace un ligero viento que produce una sensación de menos 15, de tal manera que salir a pasear en dos ruedas es más un acto de heroísmo que una actividad deportiva. Es uno de esos días en los que la mejor decisión es apagar el teléfono, acurrucarse entre muslo, sábana y edredón y aprovechar para dormitar hasta media mañana, hora de hacer un buen desayuno y pensar en un plato contundente que pueda combatir el frío invernal. Y qué mejor desayuno que unas buenas arepas con todos sus acompañantes, huevos, tocineta, queso – no se consigue un buen guayanés, pero a cambio venden un criollo mejicano que plancha muy bien -, un jugo de fresa-mora-frambuesa y un café decente con la nueva cafetera, no de cápsula sino exprés.
No provoca bañarse pensando en mantener el calorcito que hemos acumulado con el desayuno, así que nos vestimos para la ocasión y bajamos a la calle para conseguir lo necesario para el plato que tenemos pensado para almorzar. Sólo salir del portal y se nota la brisa helada en la cara, menos mal que vamos forrados; caminamos hasta Midoriya, un mercado japonés – en el que encuentras de todo y puedes arruinarte con facilidad – en la Avenida 9 North de Williamsburg: Bok choy, hongos shiitake y noodles de ramen; el resto de los ingredientes los tenemos en reserva. Después bajamos hasta la 3 South para recoger el carro e irnos hasta Greenpoint, buscando lo necesario para la cena. ¿Ustedes dirán, almuerzo y cena?. Sí, porque no es un día para andar aventurando mucho y sí un día para quedarse en casa pero sin pasar ninguna penalidad y comer rico. ¿Y qué se puede comprar en el barrio polaco de Brooklyn? Pues sin duda, un buen surtido de lo mejor que ellos hacen y por supuesto en Kiszka, la tienda de productos donde cada mañana se aglomeran las señoras que por su físico y su indumentaria se reconocen como habitantes del barrio. Y también se distinguen porque sólo hablan esa enrevesada lengua y tienen como costumbre colearse con el mayor descaro, me imagino que es porque son clientas habituales y eso debe conceder un privilegio. Hay que señalar con la mano a los vendedores porque es imposible pronunciar los nombres en polaco de los abundantes productos, pero salimos con lomo, salchichas y jamón ahumados, arenques en crema, pickles y salmón. Y no se pueden comer estas cosas sin adquirir los complementos en la Old Poland Bakery: pan de semillas negras, pan estilo gallego, y de paso croissants de mantequilla, otros con almendras y pare usted de contar. Vuelta a casa, al calor y a retozar mientras vamos preparando el caldo para el Ramen. (La receta, no mía sino de mi hijo, aparecerá al final de la crónica por si alguien quiere replicarla). Después de esa sopa – que es un almuerzo completo porque lleva proteínas, vegetales, caldo, huevos y algas – nada mejor que una siesta mientras la temperatura sigue apretando.

Pero no todo puede ser descanso. A media tarde el viento cede y el termómetro sube hasta menos 3; después de medio día de sosiego casero, nos decidimos a dar un paseo para ver como transcurre la vida en la calle. Y uno de los mejores sitios de NY para eso es Madison Avenue. Tomamos el metro L hasta Union Square en la 14 y saliendo de la estación donde comienza Park Avenue, tomamos el M2, el bus que nos deja en la 96 de Madison, donde comienza el barrio que llaman Carnegie Hill – entre la Quinta y la Tercera y de la 96 a la 86 -. Este barrio del Upper East, es una mezcla de museos – Guggenheim, Cooper Hewitt, Jews -, tiendas, restaurantes y una librería magnífica: The Corner Bookstore, fundada en 1978, tiene buenas secciones de historia, biografías, viajes y libros de cocina. Elegimos bajar por Madison – porque cubrir en una tarde todo el barrio es imposible -, nos paramos en los supermercados de Morton Williams y Butterfield, en el Marché Madison, Marky´s Caviar, Ladurée Pastry y en la nueva tienda Nespresso Boutique donde nos invitan a degustar un café; hacemos visitas cortas en las galerías de Castelli y Howard Greenberg; vemos todas las vitrinas de Carolina Herrera, Tom Ford, Celine, Chanel y etc…..; y seguimos bajando descubriendo una tienda de velas y perfumes Baobab Collection, donde te permiten probar las nuevas fragancias – a precios sólo para vecinos del barrio -, y 40 calles más abajo de nuestro comienzo, estamos en la 57. Pasamos de Madison a la Quinta y en el camino está el nuevo edificio de Louis Vuitton, algo así como un centro comercial de cinco pisos de extra lujo, con su propia cafetería y restaurante, solo por reserva anticipada, donde abunda el público de músicos raperos, reguetoneros, deportistas y otros afines que buscan sus prendas y accesorios con la marca bien marcada. Enfrente está el edificio de diez pisos que simula ser una torre de varios baúles y maletas de la corporación, algo que sólo verás en NY. Ya en la Quinta, nos acercamos hasta Saks en la 50th street. Lo más interesante de esta tienda, si no vas a comprar nada como nosotros de su magnífica oferta de ropa y accesorios, es el atrio de la entrada con sus escaleras mecánicas de vidrio coloreado. Después de 5 kilómetros y tantas imágenes y sensaciones, nos vamos en el M3 hasta Union Square y tomamos el metro de vuelta a Williamsburg.
Ni que decir tiene que la elección de embutidos polacos fue ideal para cenar porque un paseo de esa entidad genera mucho apetito. Un vino tinto, panes y postres, todo bien merecido y a descansar, porque mañana tenemos previsto cambiar de escenario.
Temprano por la mañana hacemos un pequeño equipaje, cada uno con su mochila, porque salimos de La Guardia con dirección a Los Ángeles al mediodía. United Airlines nos lleva haciendo una escala de una hora en Denver, aeropuerto cuyas terminales están distanciadas y unidas por un tren. Tenemos poco tiempo y casi corremos para llegar a la hora antes del cierre del embarque. Quince minutos para el despegue y estamos frente a la puerta, con todo el pasaje dentro del avión , así que no hacemos cola y el vuelo parte para LA puntualmente. El cambio de hora hace que lleguemos a las 3 de la tarde, aunque también ese aeropuerto tiene su complejidad. Nos espera un carro que alquilamos en Europcar, pero hay que salir y tomar un bus hasta el terminal de la empresa. Nadie te dice que en LA Europcar es gestionada por Fox y cada compañía tiene su propio transporte, menos mal que preguntamos. Llegamos y hay una cola enorme y por supuesto en ocho mostradores de atención al público hay sólo tres personas atendiendo. Casi dos horas hasta salir con el carro a ese laberinto de avenidas y vías para vehículos; gracias al Señor que inventaron el Google Maps, nosotros preferimos llegar a nuestro destino en la ciudad al margen de las autopistas, para así aprovechar a pasear y disfrutar de la vista de las calles. Total que cerca de las seis de la tarde, todavía con el sol en el horizonte llegamos a la casa de los primos, donde merced a su cortesía, vamos a alojarnos por una semana.

Encuentro con unos de los primos que viven en LA cinco años más tarde, nos vimos antes de la pandemia – que marca un antes y un después -. También en esa ocasión nos alojamos en su casa y este segundo encuentro vuelve a ser especial con Raquel y Ricardo; no importa el tiempo cuando hay afinidad y cariño y si sumamos a eso su papel como anfitriones, nuestra llegada a LA se siente como estar realmente en familia, una sensación grata y acogedora. Mucha conversación, no puede faltar un whisky como si estuviéramos en Caracas y para nuestra sorpresa, una cena preparada por la querida Sarai, una institución dentro de esa familia: pabellón criollo, empanadas…….seguimos con el whisky y un vino italiano, sigue la conversación – en realidad no cesó en seis días, salvo las horas de descanso -, para ponerse al día e intercambiar noticias y opiniones acerca de muchos temas, Caracas entre ellos. Entre el viaje, los tragos, las emociones y todo los demás, sumado a ese pequeño jetlag de tres horas – la diferencia de meridiano -, nos vamos a descansar y dormimos sin calefacción, por vez primera en dos semanas, con la agradable temperatura que tenemos en LA cuando cae la noche, alrededor de 16 grados con rocío incluido. Un personaje entrañable de la casa es Frida, una perra de aspecto fiero pero de corazón sensible, salvo con las otras mascotas y los jardineros de la zona. Grandes momentos viví con ella, que se empeña en sacar su cabeza por encima de la mesa para llamar la atención y por si cae algo de la caridad. Vive a caballo entre la casa y el jardín, como si tuviera permiso de residencia pero temporal, revocable durante el día, y green card en la noche, cuando duerme en su cómoda cama con dosel. Una belleza.
Días atrás en la ciudad cayó abundante lluvia, lo cual ayudó a paliar el efecto devastador de los incendios, pero parece que nosotros trajimos el cielo azul y el sol radiante. Amaneció en esas condiciones, 20 grados a la hora del desayuno. Primer desayuno de bagel con salmón ahumado, queso crema, toronja natural y café. Reconfortante. Vamos al son que marcan los primos, que ejercen de ser doblemente anfitriones porque acogen en su casa también en esas mismas fechas a un par de adolescentes, familia de Ricardo, provenientes de Bratislava – Eslovaquia -, de los cuales se encarga básicamente él, para mostrarles la ciudad y sus puntos de interés. Coincidimos todos, salvo Raquel que se incorpora más tarde, en la visita al Museo del Cine – Academy Museum of Motion Pictures -, enclavado en el mismo complejo con el LACMA, museo del Condado. Ubicado en la avenida Wilshire, a medio camino entre LA y Santa Mónica, el museo del cine presenta en varios pisos exhibiciones diversas como la Galería de los Oscars, la historia del Cyberpunk y el Color en movimiento. Cuatro plantas para los amantes del cine con una pasarela en el piso superior que da acceso a una terraza-auditorium, bautizada como Barbra Streissand, está orientada hacia las montañas del norte – donde está el letrero de Hollywood Sing – y en un día despejado como ese, me dió la impresión de estar mirando en Caracas desde Altamira hacia Baruta con Oripoto y el resto de montañas que quedan al frente. Hora de almorzar en el mismo museo, en el Fanny’s Restaurant, lugar acogedor, con una carta sencilla pero variada: los platos que pedimos van desde la Ensalada con embutidos y quesos hasta la Burger and frites, Ensalada César, Albóndigas napolitanas, Camarones al grill y Pasta con Salsa de Vodka que pidieron los dos muchachos, sin saber que la salsa era picante y casi les puso a llorar.

Regresamos a casa para un breve descanso y nosotros salimos a dar un paseo en la tarde por la zona de tiendas y restaurantes de Rodeo Drive y alrededores. No nos bajamos del carro porque no conseguimos estacionamiento, sólo deambulamos por el barrio viendo el ambiente a esa hora; mucha gente, muchas tiendas de lujo. Curiosamente, esa es una de las pocas zonas donde el público camina, algo que es difícil ver en Los Ángeles, una ciudad diseñada para el automóvil. En este nuestro segundo viaje pudimos ver LA con más calma, hacer un diagnóstico más acertado, ubicarnos espacialmente entre mar, montañas, downtown, barrios y avenidas principales, porque nuestra primera visita fue muy agitada, vimos demasiadas cosas en pocos días y no nos tomamos el tiempo para pasear – como a uno le gusta en carro – y poder precisar mejor cómo es la ciudad, sus edificios, sus grandes arterias viales, centros comerciales, la arquitectura del centro, las zonas comerciales. Y tengo que decir que la impresión fue francamente favorable, porque el paisaje urbano y montañoso, el diseño de las vías principales y su grandiosidad, unido a la gran cantidad de información precisa que nos proporcionaron, cada vez que paseamos con los primos acerca de la ciudad, su historia, la demografía de cada una de las zonas por donde pasamos, los restaurantes – a los cuales ellos son muy aficionados – etc fue determinante para conseguir un criterio más acertado, que antes no teníamos.
Por la noche salimos a cenar a Koreatown – las zonas donde viven ciudadanos de Korea, Vietnam, China y Filipinas son extensas y propicias para comprar o comer -, en un restaurante muy casero, nada sofisticado. De hecho tuvimos que agenciar unas birras en un automercado cercano, koreano por supuesto, autorizados por el personal del lugar -, de nombre Namsan; no me pregunten los nombres de los platos, pero sí recuerdo que fueron dos tipos de dumplings, un arroz frito con carne, unos noodles con setas, una plancha caliente de cerdo con vegetales y hongos y toda esa cantidad de platillos que los coreanos ponen para acompañar la comida principal. Si recuerdo que las cervezas eran unas Voodoo Ranger IPA. No comimos postre, regresamos a la casa y nos enredamos en una tertulia, en realidad una continuación de la del viaje de ida, cena y viaje de vuelta, con unos tragos de Glenlivet hasta las 11 de la noche. Recuerdo también que tenía que escribir el artículo de la semana para Pasión País y prometí hacerlo desde la comodidad de la cama. Mentira, a los diez minutos mis ojos estaban pidiendo una tregua. Me dormí y a las 4 de la mañana desperté, me fui a la sala, preparé un té y me puse a terminar mi crónica. A las 7 estaba preparando el desayuno.
Bagel, esta vez con huevos fritos y queso, fue apareciendo el público salvo Ricardo y Sarai que daban la impresión de estar siempre ahí al pie del cañón, esperando que la gente viniera a desayunar. El día anterior había conversado con mi amigo y compañero de trabajo Christian de hace unos cuantos años, con quien compartí fogones y hermandad en Caracas en un par de restaurantes y que ahora vive en LA. La idea era encontrarnos hoy viernes en un mercado y comprar unas cosas que íbamos a preparar esa noche – para recordar viejos tiempos en una cocina – , ya que los primos tuvieron la cortesía de invitarlo para la cena de Shabat en familia. Salimos en carro después del desayuno, subiendo hacia el norte a través de Mulholland Drive – que hace honor a la película de David Lynch – , para llegar a Panorama City después de 40 minutos. En Seafood Market, mercado filipino, conseguimos lo necesario para hacer una buena ensalada de langostinos con sabor oriental y un pescado para hacer un ceviche, receta auténtica peruana, con todos los ingredientes necesarios. En esos mercados, la variedad de productos de mar es impresionante y la calidad también, sin obviar los precios. Con una peculiaridad añadida: que puedes elegir tu pescado y ellos te lo preparan a tu gusto listo para llevar. La barra de comida lista de todo tipo es como para quedarse todo un día probando, porque muchas de las preparaciones son desconocidas para uno. Después fuimos a otros lugares tratando de conseguir masa filo pero nos rendimos y decidimos comprarla en LA en Whole Foods porque los asiáticos no la ofrecen; cuestión de culturas gastronómicas.

Esa misma tarde, antes de la cena, aprovechamos para visitar a otros queridos primos, Carlos y Mónica – que no pudieron asistir a la cena de esa noche – , con los que tenemos también una relación muy cercana a pesar de la distancia geográfica y con quienes compartimos esa tarde y el resto de las que estuvimos en Los Ángeles hasta nuestra partida. Emotivo encuentro, mucho cariño de por medio. En nuestra segunda visita al día siguiente, llevé una ensalada de langostinos y un ceviche, preparados con la misma receta que los de la noche anterior, porque Carlos especialmente es un amante del plato peruano; me confesó en la tercera visita que no compartió con nadie y que devoró sin piedad el pescado, aunque si dio alguna oportunidad con los crustáceos.
Como a las seis de la tarde – la invitación era a las siete -, nos pusimos manos a la obra, cada uno con su plato, Christian y yo. Raquel y su famoso preparado de masa filo rellena de salmón, espinacas y queso ricotta y por su parte Ricardo, arregló todo lo correspondiente a una parrilla de carne y pollo, hongos, espárragos y otros acompañantes, que conformaban el grueso de la cena. Puntualmente fueron apareciendo los invitados, unos quince en total, que compartimos una mesa de Shabat muy amena, con gente muy variada en cuanto a orígenes, nacionalidades y lenguas, comida estupenda y mucho vino; de los postres que fueron unos cuantos, recuerdo con pasión las galletas Levain que causan furor desde hace unos años, justamente. Como sucede siempre, después de despedirse los invitados – alguno como Jean Marie, un vasco francés colega de Ricardo que conocí esa noche, sorpresa agradable, ofreció resistencia como buen vasco, a terminar la velada – seguimos con nuestra particular sobremesa hasta que el día largo impone el descanso. Mañana será otro día.
Y mañana es hoy, sábado excelente para visitar en el Centro el Museo The Broad, al lado de Los Angeles Philharmonic – el edificio de Frank Gehry que parece gemelo del Guggenheim de Bilbao -, vemos la exposición del alemán Joseph Beuys, fue uno de los primeros en introducir el arte conceptual y fusionarlo con la política, la educación, la naturaleza y hasta la religión; su expo “En defensa de la naturaleza”, son más de 400 obras del artista. También la colección permanente mereció la pena, sobre todo las grandes exposiciones de Warhol, Roy Lichtstein, Basquiat y Rauschenberg. En una plaza cercana en Olímpic Street y por casualidad, está Christian con su negocio de empanadas peruanas en un Farmers Market y nos dirigimos hacia allá más tarde para empujarnos unas empanadas variadas y unos dumplings de un puesto cercano y cumplir con el almuerzo, a pleno sol protegidos por una sombrilla.

Paseo por nuestra parte en la tarde, después de visitar a Carlos y Mónica, por un Los Ángeles atardeciendo, en un sábado sin tráfico que permite rodar casi sin rumbo pero ubicados gracias al Google Maps. Llegamos a tiempo para una cena temprana de retallones de lujo de la cena del viernes porque en la noche fuimos invitados por los primos para ver una sesión de cine con los cinco cortos nominados al Óscar; ninguno me gustó demasiado pero el ganador “No soy un robot”, holandés, fue quizás el más original y mejor realizado, en mi opinión.
Vuelta a la casa, y siguiente capítulo de nuestra conversa familiar, amenizada por unos tragos del guatemalteco Ron Zapaca.
El domingo Ricardo lleva a los muchachos eslovacos de paseo y nosotros salimos con la prima Raquel – esa semana tuve Raquel estereofónica – para visitar los Canales de Venice, Historic District, cerca de la costa. estacionamos y caminamos por esos canales estrechos donde se mezclan casas originales de madera con construcciones más modernas en un mix sin mucho orden ni concierto, pero que en conjunto resulta una agradable urbanización que es una versión de Venecia en América. Después de un largo paseo a pie nos fuimos para la calle que comparte su nombre con el fundador de los canales Abbot Kinney, la avenida llena de tiendas y restaurantes de la zona. Almorzamos en Butchers and Daughters – un local que comparte nombre con otro en Williamsburg pero totalmente diferente en su decoración y tamaño -; Shakshuka israelí y un Pastel de carne con vegetales, ambos veganos y deliciosos con unas heladas IPAs, que compartimos como almuerzo-brunch antes de regresar a la ciudad. Todavía teníamos que encontrarnos con Ricardo, que ya había dejado en su destino a los muchachos, en una moderna sinagoga iraní, donde había una exposición de varios artistas que vendían sus obras. Regreso a casa, visitas de otros primos de Costa Rica pero residentes en LA – definitivamente fue el viaje del encuentro con los primos que Raquel tiene repartidos por medio mundo -, y después una cena casera con crema de ajoporro cortesía de Sarai, tortillas viet de cebollín, salmón y otros complementos, entre ellos el Glenlivet single malt, del que dimos buena cuenta esa noche, entre cuento y cuento, reflexión y reflexión.

Nuestro último día en LA, coincidimos con Christian en Universal Studio, saliendo de casa y tomando Sunset Boulevard – qué gran avenida comercial y residencial -, hacia Hollywood Hills hasta los estudios de cine y parque temático de la compañía. Estacionamientos en pisos gigantescos como corresponde, una gran avenida flanqueada por numerosos franquicias de negocios de tiendas de ropa, restaurantes, souvenirs por donde caminamos mientras charlabamos sobre la ciudad, la vida de Christian en LA, la nuestra en Caracas, la cena de Shabat – la primera experiencia del amigo en estas lides -, y los recuerdos de tantos años en la trinchera de las cocinas. Escoger un sitio para almorzar no es fácil dada la cantidad de oferta y sabiendo que hay que elegir comida rápida, de mediana calidad pero admisible. Como por primera vez en mi vida – aunque suene increíble – el pollo de KFC en un combo compartido para dos personas, con el que hubiéramos comido seis y Raquel escoge un perro caliente con todos los hierros, papas fritas, ensalada y refresco.
No se puede dejar pasar la ocasión de comer un postre en un negocio que era una mezcla de casa de los Adams y castillo de Drácula, pero que tenía unos helados ciertamente provocativos. Elegimos un plato de varios helados de chocolate con browning que después de repetir los tres, todavía se veía medio lleno. Total, que con el resto de KFC, el combo de perro y de helado, Christian llevó para la cena y seguro que le sobró para el desayuno. Son unos bárbaros.
Llegamos a buena hora para hacer nuestra visita a Carlos y Mónica y a las 8 de la noche estábamos listos para cenar en un restaurante chino, favorito de los primos, donde nos dimos gustazo con dos variedades de wontons con chili oil, unos langostinos con una gabardina desconocida para mí, un cerdo crujiente, noodles con carne y el plato estrella: un turbot completo – rodaballo – en un salsa de cebollín y su propio jugo a la brasa. Ricardo llevó una botella de Txakoli de Getaria, – uno de los dos puntos de producción de este excelente vino en el País Vasco -, que supuso un gran detalle y combinó muy bien con la comida; fue nuestra última cena en LA por esta temporada, grandiosa cena, que como pasa en muchas ocasiones sorprende, porque la cocina china es tan variada en sus orígenes como la italiana, española o cualquier país con gran diversidad regional.
Llegada a casa, Ron colombiano la Hechicera, con su lacre azul, tan bueno como cualquier venezolano que se precie, palabras de agradecimiento que siempre se quedan cortas dada la dedicación y el cariño y el compromiso de vernos a las 6.30 para despedirnos porque mañana temprano salimos para el aeropuerto…………

Y como lo prometido es deuda, aquí va la receta del ramen, de Iker, cuyo resultado es fenomenal.
RECETA DE RAMEN. INGREDIENTES: EL CALDO: Carcasa de pollo 1. Panceta de cerdo en un solo trozo 300 g, Cebolla 1, Ajoporro, solo la parte verde 2, Zanahoria 2, Dientes de ajo 3, Jengibre fresco, Setas shiitake frescas 4, LOS HUEVOS: Huevos 4, Diente de ajo 1, Jengibre fresco, Salsa de soya 200 ml, Vinagre Mirin 60 ml, Azúcar moreno 25 g, Noodles para ramen 300 , Cebollín 1 ramo, Bok Choy 500 gr, Alga Nori 2 , Brotes de espinacas 200 gr. PROCEDIMIENTO: Atamos la panceta con Pabilo. Calentamos un poco de aceite en una olla y sellamos la panceta hasta dorar. Retiramos y desechamos el aceite. Hacemos un caldo con todos los ingredientes, incluida la panceta. Después sacamos la panceta y las setas. Colamos el caldo y desengrasamos para que quede más ligero. HUEVOS MARINADOS: En una ollita, agua a hervir y los huevos 3 minutos. Enfriamos con agua helada y pelamos. Calentamos la marinada e introducimos los huevos cuidando de que se impregnen bien y dejamos en nevera durante dos horas.
Finalmente calentamos bien el caldo, montamos todos los ingredientes sobre él, la panceta en tiras finas y las espinacas ligeramente blanqueadas. Por último, los huevos, los noodles – hervidos en el caldo – y las algas, con el cebollín cortado y las setas también. Una cerveza bien fría, un vino blanco o ambos, son buenos para acompañar.


