Llegamos a Chioggia después de pasar por el Delta del río Po, el curso fluvial que cruza el norte de Italia, desde los Alpes cerca de Piamonte hasta su desembocadura en el Adriático. Chioggia es una ciudad pequeña, es como la hermana menor de la gran Serenissima, con sus canales, puentes, calles estrechas, barcos y vista a la Laguna de Venecia que comienza en este punto y termina en el norte en Jesolo; a lo largo de sus 50 km está protegida de los embates del mar por una serie de islas alargadas que permiten salida al mar en tres lugares diferentes. Hoy día la laguna es la base esencial para el puerto de Venecia que es industrial y comercial y para el de Chioggia – pesquero -, y constituye un ecosistema muy complejo y diferente al del mar al otro lado de sus barreras naturales. Es una buena zona para la pesca y la industria piscícola y los pescadores mantienen en el área sus “Casoni” construidas con materiales naturales, que servían de refugio a los antiguos habitantes.
La ciudad se divide en dos, Chioggia y Sottomarina y en ambas partes se da un curioso caso demográfico, que es extraño en Italia:la mayoría de los habitantes de Chioggia se apellidan Zennaro, mientras que los apellidos más comunes de Sottomarina son Boscolo y Tiozzo. Debido a la gran cantidad de personas con el mismo apellido, la administración municipal – de la Comuna – hizo oficiales los apodos populares utilizados para distinguir las distintas ramas de una misma familia. Estos ” segundos apellidos” se incluyen en todos los documentos oficiales.

Llegamos al hotel Miramare, en una avenida de Sottomarina frente a la playa, que recuerda a la de Rimini – por el ancho de la playa, su Lungomare – paseo marítimo – con sus restaurantes, casetas y su área de sombrillas y tumbonas con todos los servicios. Tenemos vista desde la habitación a ese mar turquesa, tranquilo, con esa playa de arena dorada y también de la entrada del parking, al que me dirijo con un control de la barrera y del portón que me proporcionan en el hotel. Estaciono el carro en un sótano al que se accede por una pronunciada rampa y me regreso al hotel, para salir a conocer el Centro Histórico que queda en la isla unida por un largo puente que tiene un paseo para peatones. Por recomendación de la recepcionista, nos vamos caminando al final de la tarde para buscar un restaurante en la zona del puerto de pescadores, donde hay varias tabernas y restaurantes pero encontramos todos los lugares cerrados. Nos adentramos en las calles que dan acceso al centro histórico y vemos que al igual que su hermana mayor, Chioggia tiene el mismo diseño urbano. Tres canales dividen la ciudad; el principal, desde el punto de vista turístico, por los edificios típicos e iglesias que lo dominan, es el Canal Vena, atravesado por nueve puentes. Los otros dos son el Canal Lombardo, al oeste, y el Canal San Domenico al este, que, uniéndose al norte y al sur, encierran el centro entre las aguas. Nos internamos en ese laberinto y damos con una calle, lateral a un canal donde hay varias terrazas que ofrecen servicio. En uno de los locales, Bacaro Venezia – bacaro es en esa ciudad una taberna que vende vino y cicchetti, o tapas -, nos sentamos en una de las mesas a pie del canal, llenas de visitantes extranjeros y cenamos una pizza con funghi, carciofi e prosciutto, fina como un papel y de medio metro de diámetro y un plato de pescado y marisco fritos, con unas birras de sifón bianca y rossa. Ya entrando en la noche, la temperatura baja gracias a una brisa húmeda que viene del mar y decidimos volver al hotel, caminando de vuelta por ese puente y un viento ligero pero fresco, demasiado fresco; menos mal que vamos abrigados para la ocasión.
Como todas las noches, después de días intensos, se duerme relajadamente, sin aire acondicionado gracias a que estamos en la costa y en estas fechas todavía no ha llegado el bochorno veraniego. Pero en la madrugada, arranca un palo de agua que me despierta; son las cinco de la mañana, está despuntando el sol y la cortina de agua es tan espesa que no veo la playa a 50 metros. de repente recuerdo que el carro está en un sótano al final de una rampa y decido ir para ver si todo está bien. Bajo a la recepción, no hay nadie, pero en la cocina están dos personas preparando el buffet del desayuno – colosal como siempre -, les pido el control para abrir el estacionamiento y un paraguas y cruzo la calle hasta la barrera. Lo primero que me encuentro es un “geiser” que brota de una alcantarilla desbordada junto a la entrada del parking, la calle con un palmo de agua y bajo por la rampa, entro y todo está bien, ni una gota de lluvia dentro. Regreso al hotel con los zapatos empapados, devuelvo control y paraguas, y me dispongo a echar un camarón antes de que se aleje el sueño matutino. Despierto a las 8, baño caliente y colazione, la lluvia ha remitido y el sol luce espléndido.

Aprovechamos que es sábado de mercado y nos vamos a la calle principal, esta vez con el carro para salir después a la carretera. Nos cuesta conseguir un puesto pero a la segunda vuelta nos estacionamos – algo recurrente es que cuando estás buscando un lugar libre y lo consigues y te apostas esperando que salga el carro que lo ocupa, siempre hay un vivo que se quiere meter directo a pesar de que te ve con la luz marcando que has llegado primero, así que ya optamos porque Raquel se baja y tal cual policía de punto, impide que algún abusador nos quite la plaza -.
Al final de la calle, está el puerto de pescadores y de salidas de los ferrys y todo el trayecto es una serie de terrazas, tiendas y restaurantes, así como un magnífico Mercato del Pesce, con una oferta de productos casi vivos que provoca comprar de todo, pero no es posible cuando se está viajando. Nos conformamos con un aperitivo en uno de los llamados Bakaro, una birra bien fría – porque el calor aprieta a esa hora del día – y un platico de camarones. Una observación de esa mañana de las calles en este país: los italianos se reúnen o caminan de a tres. Para corroborar este pensamiento me he dedicado a fotografiar cada vez que veo un trío de paisanos juntos que son el trío perfecto para una comedia de enredo y siempre son tres o múltiplos de tres y en esa calle abarrotada de público el trío abunda, pero es sólo una observación.
Después de pasear toda la mañana, salimos a mediodía para Venecia. Llegamos después de 50 km a la 1 de la tarde y entramos por el Puente de la Libertad que la une al continente; nos dirigimos a uno de los estacionamientos dispuestos para los visitantes, donde las tarifas son fijas por un tiempo determinado. Hace más de 40 años que entré en la ciudad por primera vez, volví a final del siglo pasado y me alegro de haber regresado ahora porque mi último recuerdo no era muy bueno que digamos. A finales de los 70, era un lugar decadente – dicen que esa decadencia era parte de su encanto, pero ese es el argumento que se esgrime cuando no hay posibilidad de ser esplendorosa -, como la presenta Visconti en su filme Muerte en Venecia con Dick Bogarde, tenía un aroma desagradable que surgía del agua de sus canales, sus edificios lucían deteriorados, se comía mal y caminar por sus calles era una pesadilla debido a la aglomeración de turistas. A finales de los 90 no había cambiado mucho, pero 25 años más tarde las fachadas se ven arregladas, las aguas relativamente limpias, flota en el ambiente un aroma a lavanda y jazmín, las marcas de lujo están alineadas a lo largo de una calle en un circuito que obliga a los visitantes a circular como si estuvieran comprando en IKEA, se come decentemente y los servicios de parkings, autobús, tranvía y vaporettos en los canales, facilitan el movimiento y por tanto el disfrute; aunque cierto es que la ciudad ha perdido ese aire decadente que tanto gustaba a los escritores, poetas y músicos, esa atmósfera romántica, melancólica y misteriosa que ha convertido a Venecia en un mito.
Estacionamos en Piazzale Roma y a partir de la plaza donde estacionan los autobuses, se puede seguir por uno de los diferentes caminos, en ese laberíntico trazado de la ciudad, para llegar a un objetivo; en nuestro caso tuvimos que escoger un destino porque en seis horas de visita es imposible ver todos los puntos interesantes de Venecia. La Plaza de San Marcos es nuestro objetivo final, pero ya se sabe que el viaje no es la llegada sino el trayecto. ¿Cómo seguir una ruta, incluso con la ayuda del GPS peatonal, sin perderte entre mil callejones?. Lo mejor, seguir el flujo mayoritario de personas que van por libre o los que van guiados por un líder con banderín o también gente que parece que sabe a dónde va caminando con decisión; si te paras para hacer una foto – cientos de veces porque los puntos de vista son infinitos – y pierdes la rueda no hay problema, porque el río turístico es continuo y así vas atravesando plazas, puentes, miradores, calles y jardines, dejándote llevar por la corriente. Caminamos toda la isla de Dorsoduro y nos vamos al final de la punta hasta la imponente Basílica Santa Maria della Salute cerca de la Fundación Peggy Guggenheim; después regresamos al Puente de la Academia para pasar a la isla de San Marco, donde están la Basílica del mismo nombre y el Palacio Ducale.

Gracias al GPS nos atrevemos a ir entre calles hasta el Teatro Fenice y cerca nos sentamos en una terraza del Restaurante Vino Vino para hacer un alto en el camino – con rima incluida -: pulpo al grill, tartar de atún rojo, unos tortellini y una variedad de bocados, todo para picar. Y un postre que me sorprendió, una tartaleta de melocotón. Tras un breve descanso, luego cruzamos de nuevo el Gran canal por el Puente Rialto a San Polo. Y sigue el desfile de gente y los lugares hermosos pero después de varias horas caminando, el cuerpo aprovecha cualquier circunstancia para quejarse; al pasar por la plaza aledaña al Palacio Barzizza, vemos que hay una parada del vaporetto-bus que va hasta el Giardini Papadopoli, donde tenemos el carro. Así que no dudamos y compramos el billete y en media hora, sin dar un paso, estamos en nuestro punto de partida. Igualmente, el trayecto por el Canal es otro espectáculo con ese tráfico aparentemente desordenado de lanchas, vaporetti, góndolas, barcas, yates y todo tipo de embarcaciones que parecen no seguir un rumbo lógico; las fachadas de los edificios de todos los estilos, especialmente gótico veneciano, bizantino y renacentista y turistas de todo origen junto a locales, un maremagnum, un barullo, un alboroto, hasta que subimos al piso 7 del parking en la Piazzale Roma, recogemos el carro y partimos cruzando el Puente de la LIbertad de vuelta y ya en el continente, enfilamos para nuestro próximo destino: Grado, la ciudad en el gancho de la península que cierra la Laguna de Marano – gemela de la de Venecia -, antes de entrar en el Golfo de Trieste.
Casi anocheciendo arribamos al Hotel Moreri en la avenida del mismo nombre, un lugar con un jardín que sirve también de estacionamiento, nos registramos y por recomendación de la recepcionista, nos vamos hacia el centro de la ciudad para cenar en el Restaurante Canevon – un nombre un tanto raro -, que cerraba en una hora y que localizamos gracias a que nos repartimos la búsqueda entre las calles del centro. Pero esta historia es para el próximo capítulo porque Grado, su belleza y sus habitantes ameritan un capítulo completo.


