Una semana sensacional. Pudimos disfrutar no solo de buena comida, también de calor de familia y de cariño de amigos, lo que sumado en conjunto proporciona cada vez una sensación más agradable de Viterbo. Seguiremos explorando esa percepción positiva pensando en futuros a medio plazo.
Después de casi una semana de actividades gastro-festivas, y cuando por sorpresa nos llega la maleta extraviada a las tres de la tarde del día lunes 5 de mayo, nos entra la razonable duda entre arrancar violentamente con nuestro viaje por carretera para aprovechar el día o tomarlo con calma y salir a la mañana siguiente sin prisa. Nuestro destino es Orsogna en Abruzzo, a más de 300 kilómetros, en las estribaciones del Parco Nazionalle della Maiella que queda cerca de la Costa Adriática. Lo pensamos una vez, dos veces y a la tercera llenamos dos mochilas con la ropa y lo necesario para un par de semanas, la cava para las vituallas, nos despedimos de nuestros amigos hasta la vuelta y salimos volando para poder llegar antes de anochecer.

La ruta nos lleva al sur, casi hasta Roma y después transcurre en un entorno montañoso atravesando varios parques nacionales de los cuales el más espectacular es el Gran Sasso, que dejamos a mano izquierda pero cuyo aspecto es el de una muralla de piedra de casi 3.000 metros de altura y 50 kilómetros de largo – similar a nuestro Ávila -. Por cierto, en estos días que se está disputando el Giro de Italia, la séptima ronda prevé ascender al pico, con 46 km y dos ascensiones, es una de las etapas más duras de la prueba. Nosotros, después de 4 horas y entrando la noche, llegamos al Ristorante Hotel Altamira en Orsogna, en cuya recepción hay un señor que al ver nuestras cédulas, nos cuenta que su padre fue emigrante en Venezuela durante largos años (algo muy común por estas tierras).
Justo cuando el restaurante estaba a punto de cerrar, nos ofrecen cordialmente el menú de la cena, que consiste en primo y secondo e incluye vino, agua y postre – una ligera cena normal entre los aborígenes de la península -. Nosotros optamos por un sólo plato – porque no hay quien duerma en paz con una cena así a esa hora de la noche –; unos Maccheroni alla chitarra con ragú de agnelo y Agnelo arrosto con sus papas doradas, semifreddo de fresa y un Montepulciano rosso. Después del viaje, la cena y una grapa, perdimos la noción del tiempo hasta el día siguiente.

El motivo por el cual habíamos decidido comenzar nuestro periplo por los Abruzzo, a pesar de estar al otro lado del país, era para cumplir la promesa que le había hecho a mi amiga Adriana Lamaletto de visitar la hacienda – Il Feuduccio – que su familia posee en la zona de Orsogna, sobre todo para quitarme de encima la envidia por las numerosas provocaciones como “en la hacienda se cosecha uva y se hacen unos vinos de primera……..en la hacienda se recoge oliva y se producen unos aceites exquisitos…..la hacienda es bellísima…..unas montañas preciosas…..la hacienda por aquí, la hacienda por allá…”. Entenderán que a cualquiera con un mínimo de mezquina humanidad, se le despierta una mezcla de sana envidia y malsana curiosidad y quiere despejar toda duda, pensando quizás cosas como ”No será pa´tanto, italiana al fin quizás exagere un poco, ésta Adriana tan entusiasta siempre….”. Pues sí señores, en cierto modo acerté, efectivamente fue una exageración; pero fue una desmesura a la inversa, no era como me la había imaginado, no. Era muchísimo mejor, magnífica, no sólo por la construcción donde se ubican bodegas y factorías, sala de cata, salones para fiestas, oficinas, área de parrillas, etc…..sino y sobre todo por el entorno: una serie de colinas onduladas alfombradas de viñedos y olivares y con el fondo de las montañas del parque. ¿Y el secreto de tanta calidad en sus productos?; según nos explicó la persona que nos recibió y nos hizo un tour personalizado, la clave está en los vientos salinos provenientes del Adriático, más al este y las brisas montañosas del oeste. Pocas veces una visita ha merecido tanto la pena; nos fuimos con una degustación en el cuerpo, una placidez en el alma y una compra de vino y aceite, que llegarán a Caracas para poder compartir con amigos y esperemos que también con la heredera de tanta belleza. Por cierto, un detalle que sorprende, es que varias paredes de la construcción son del material original de la zona, rocas con fósiles que acreditan que Orsogna y alrededores fueron alguna vez parte de un ambiente marino, a una altitud actual de 450 metros. Pienso que esa tierra debe tener unas cualidades muy particulares que contribuyen a la calidad de sus artículos. Se lo dejo a los expertos.
Salimos de la hacienda y nuestro propósito era visitar San Benedetto del Tronto a orilla del mar – lugar de nacimiento de nuestra anfitriona en Viterbo Claudia Biagiolini -. Pasamos por alto una visita a Pescara, solo dimos un tour por el puerto en carro con mucho tráfico. Así que seguimos con nuestro plan inicial pero a pocos km de San Benedetto arrancó un palo de agua violento y la visita tuvo que ser como las del Papá pero sin escolta policial, es decir, desde el interior del carro: vimos entre la bruma el paseo marítimo, el puerto y el bulevar de kilómetros con miles de palmeras a los dos lados frente a la larguísima playa; pero fue imposible bajarse para caminar bajo esa cortina de agua. Total que seguimos nuestro camino, siempre en la línea de la costa para poder ver mejor lo que pueda ser interesante.

Después de dejar atrás Ancora, llegamos al Hotel Park, nuestro alojamiento en Rimini. Fundada por los romanos, fue un importante nudo comercial entre norte y sur de la costa del Adriático y un feudo de la Familia Malatesta. La playa, como de 300 mt de ancho y 15 km de largo está en plena preparación para la temporada; restaurantes cada uno con su área de cabañas y terraza, estacionamientos, paseo por la primera línea y bulevar antes de la calle de los hoteles, por donde se ve desde la ventana de nuestra habitación a los caminantes, corredores y ciclistas. Después de un breve descanso salimos a cenar paseando. Se ve caminando por el agradable paseo que está en la calle paralela, mucha gente, mitad locales mitad turistas; muchas terrazas con gente esperando el partido de la final de Copa del Rey entre Real Madrid y Barcelona. Cenamos en un lugar llamado Restaurante Lella al Mare, un plato nuevo para nosotros, Piadina o Pieda, un producto típico de la Romagna, que es una focaccia hecha con harina de trigo, aceite de oliva y levadura, que se cocina sobre una losa de terracota. Hay una variante en la zona de Rimini que se llama Cassone, que consiste en doblar una piadina mucho más fina y cerrarla en media luna – como una calzone -. Nosotros pedimos una clásica de Salsiccia y Squacquerone – un queso fresco -, y otra de Pollo crocante con Salsa mayonesa de hierbas, acompañadas de cervezas artesanales: Midona Amarcord y la Mara IPA. Como nota curiosa, el plato es más que suficiente para quedar satisfecho, pero un tipo en la mesa de al lado, se empujó dos piadine, una ensalada de rúcula y hongos, tres birras de medio litro como la mía y un helado sin inmutarse y hablando por el celular mientras engullía toda esa cantidad de comida. Regresamos al hotel caminando y perdimos el norte en una plaza pero nos volvimos a orientar gracias a Googlemaps, uno de los mejores inventos de la humanidad.

Amanece en el horizonte de la playa y bajamos a desayunar; como todos los hoteles – algunos sobresalen pero la media tiene un nivel alto -, el buffet es completo. Yo diría que la mitad del precio de los hoteles es la habitación y el resto la colazione. Insisto en este punto porque en ningún país europeo según mi experiencia – salvo en Holanda o Escandinavia – te ofrecen variedad, calidad y cantidad como en Italia, son insuperables. Queríamos aprovechar el día yendo al centro de Rimini y habíamos descubierto que el Bus 11 nos llevaba hasta la zona, al norte del puerto, así que compramos unos tickets en una tienda de Tabachi y esperamos el bus en una parada cerca del hotel. Aguardando la llegada se acercan dos “individuas” que identificamos al instante como carteristas – rumanas, kosovares, albanas o similares -, porque por su actitud dan el tipo perfecto. Cuando llega el transporte viene al completo de pasajeros y sólo hay un espacio a la entrada en la puerta del conductor; subimos los cuatro juntos y al entrar tratan de cerrarme entre las dos y tengo que gritarle y empujar a una de ellas para que me deje pasar al lado de Raquel. Perdida esa oportunidad, en la siguiente parada se bajan y suben por la puerta del medio del autobús. Hay un grupo de turistas cerca de la entrada, se acercan y se meten en medio del grupo; una de las dos ladronas le saca un billete de 20 euros a una de las chicas y se lo entrega a la otra carterista que sale rápido del bus. Pero una de las muchachas del grupo, que resultan ser de Lituania – una rubia de 100 kg y 1.90 de altura agarra a la que hizo el robo por el pescuezo, le da varios golpes todavía dentro del bus, después la saca por el cuello a la calle y le arranca el bolso, le da otra ración de jarabe de palo y la deja ir destartalada, corriendo despavorida y sin bolso. La vikinga vuelve al bus, exhibe el bolso de la ratera como un trofeo, la gente le aplaude y el conductor – que no ha hecho nada sino observar – arranca de nuevo camino del centro. Es un tema recurrente que en Rimini hay una fuerte población proveniente de Albania y las repúblicas ex-yugoslavas que llegan a este puerto y los locales están muy molestos con ellos porque dicen que en su mayoría son delincuentes. Este es un asunto que preocupa en toda Europa, pero como no pertenece a nuestro interés histórico-gastronómico, lo dejamos así, aunque personalmente tengo mi opinión muy clara al respecto.
El bus nos deja en la entrada del Centro Histórico. Coincidimos con el Festival de Cine que se celebra estos días, en esta ciudad donde nació Federico Fellini. Proyectan la película de Lina Wertmuller, Pascualino siete bellezas, Memorias de África de Sydney Pollack, conferencias sobre el cine de Fellini y David Lynch, proyecciones de el Ladrón de niños y América de Gianni Amelio y Encuentros sobre el Cine de la Generación Z y el Cine y la Moda. Nos damos un paseo por el Mercado Cubierto de vegetales y pescados, entramos en el Templo de Malatesta, el Castillo de Sismondo, Museo de Fellini, tomamos un café en una terraza de la Plaza de los Tres Mártires y llegamos hasta el Puente de Tiberio – inaugurado en el 27 DC – donde finaliza el canal que viene desde la playa. Regresamos al centro del centro y nos sentamos en la Plaza Cavour – una plaza rodeada de palacios y una fuente romana – para almorzar-merendar en La Prosciutteria, un rincón toscano en la Emilia Romagna: Cassone de Schiacciata all,olio artigianale con Salame piccante, Verdura grigliate, Gorgonzola, Tartufo y Crema di mandorle e Cassone di Prosciutto grigliate al Tartufo, Pecorino, olio al Tartufo y Crema di pomodori secchi con un vino de la casa. Cuando la mesonera y dueña viene con el café, lo derrama sobre Raquel que con un rápido movimiento evita el accidente aunque le cae una parte en el pantalón. Gentilmente y como disculpa nos ofrecen Grapa, Licor de mora y Biscotti de mandorle. Día largo pero productivo; ya anocheciendo nos vamos de regreso para el hotel con el mismo autobús número 11 pero a pesar del horario previsto el bus no aparece. La gente en la parada deserta después de media hora de espera pero al fin aparece y nos deja frente al hotel afortunadamente, porque cinco minutos más tarde comienza a llover. Ni siquiera cenamos, comimos una fruta de la reserva que siempre llevamos con nosotros, un té caliente y a descansar viendo una película – mientras en la calle el cielo descarga una tormenta con rayos y truenos – cuyo título no recuerdo porque no llegué ni a los créditos iniciales.

Al día siguiente salimos para San Marino, la república independiente más antigua del mundo, aunque su independencia estuvo en peligro varias veces porque a lo largo de su historia San Marino sufrió tres breves ocupaciones militares. El estado fue reconocido por la Francia de Napoleón en 1797 y durante el Risorgimento fue un refugio para muchas de las personas que tomaron parte en las revueltas de aquellos años; durante los acontecimientos que llevaron a la unificación de Italia, San Marino asumió un papel fundamental para Giuseppe Garibaldi que encontró refugio en el Monte Titano cuando se encontró rodeado. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Italia mostró una actitud hostil y desconfiada hacia San Marino y esto llevó a algunos voluntarios a alistarse en el ejército italiano y al establecimiento de un hospital de campaña que albergó entre otros a Ernest Hemingway , entonces segundo teniente del ejército americano. En este marco, el fascismo llegó al poder y se propuso como representante de la limitada clase media, formada por algunas familias terratenientes. La última ocupación del país tuvo lugar en 1944 por las tropas alemanas y la República Social Italiana en retirada y posteriormente por los Aliados, que lo ocuparon durante tres meses. Entre los años 1980 y 1990 hubo importantes reconocimientos de la comunidad internacional. Aunque depende en gran medida de Italia, a la que está vinculado por numerosos tratados, San Marino afirma con fuerza su soberanía e independencia, manteniendo relaciones diplomáticas y consulares con numerosos países europeos y americanos.
En la ciudad capital San Marino hay tres núcleos fortificados, llamados torres, construidos alrededor del siglo XIV, con ampliaciones en el siglo XVI. De gran interés histórico y cultural son las tres famosas fortalezas que se alzan en los puntos más altos del Monte Titano. Es el punto turístico más importante del país, que se recorre en un par de horas. Lo difícil es estacionar cerca de la entrada del castillo, porque la carretera – que asciende a 750 metros a lo largo de numerosas curvas cerradas, ofrece algunos espacios bien acomodados donde dejar el carro, pero que obligan a subir caminando si no tienes la suerte de encontrar un lugar libre en los parkings cercanos a la cima. Pero la vista desde esa altura merece el esfuerzo porque se domina todo San Marino e incluso se divisa la costa de Rimini a 25 km. Muchas tiendas de souvenirs, restaurantes y algunos cafés en la cumbre de la montaña, pero salvo esa ciudad encerrada entre murallas poco más tiene San Marino, a excepción de sus bellas zonas rurales con colinas sembradas y pequeñas poblaciones donde se nota que el nivel de vida es elevado. A mi me recordó al Principado de Andorra, menos agreste, más extendido, sin tanto comercio y con la gente más amable.
Para las tres de la tarde, ya estábamos en la ruta de nuevo camino del norte, siguiendo la costa y pasando por una zona muy interesante: el Delta del río Po, que nace en los Alpes cerca de Francia y cruza en dirección este el país hasta el Adriático. La parte más reciente del delta, que se adentra en el mar entre Chioggia y Comacchio, contiene canales que conectan con la costa y está formada por profundos pantanos y marismas poblados por flamencos y multitud de aves acuáticas. Pero también se cultiva arroz, sobre todo en la región de Ferrara, que es considerada como la Camarga italiana – región aledaña a la Provenza francesa- .
Después de atravesar el delta, llegamos a Chioggia, una ciudad que está en el extremo sur de la Laguna, sobre un conjunto de pequeñas islas divididas por canales y conectadas por puentes. De ahí su nombre de Pequeña Venecia debido a las características urbanas similares a las de su hermana mayor. Pero esto será tratado en nuestra próxima crónica.


