CRÓNICAS DE ITALIA  CAP 5: Explorando Puglia

Josu Iza

Antes de comenzar la crónica de esta semana, me veo obligado – porque es necesario corregir un error cuando se comete y por la presión a la que me veo sometido por el Santo Oficio de la pulcritud lingüística italiana – cuya sombra es alargada, severisima y despiadada con el infractor – dirigido por mi amiga Claudia Biagiiiiiiiiiiiiiiiiolini (Ella sabe del porqué de tantas íes). El caso es que dejándome llevar por la inercia, al finalizar el artículo anterior hice mención de que me iba a centrar en Gargano, y me atreví a decir que, al igual que Otranto, llevaba acento prosódico. Pero me llegó el mensaje directo, de que no era así. En este caso no hay esdrújula que valga, sino simplemente llana. En mi defensa diré, que hay que hacer un curso para adivinar en qué sílaba se pone el acento en este bello y maravilloso país. De nada me sirve, igualmente estoy condenado. Pero que quede constancia de mi voluntad de rectificación.

Nos despedimos del Hotel  Ramapendula, con un desayuno a la altura del desafío que vamos a tener hoy – y media docena de pasticciotti con crema para el viaje -. Antes, un último baño en la piscina, cuando el sol empieza a calentar, con ese agua fría que revitaliza el cuerpo. Ciertamente, nos llevamos un gratísimo recuerdo de Alberobello, Locorotondo y el entorno, sus carreteras y paisajes rurales del Valle de Itria. La Puglia nos está dejando un sabor de boca muy agradable, desde que comenzamos en Gallipoli y todavía nos quedan unos días en esta costa peculiar – casi casi comparable a Cerdeña –  muy diferente a lo que conocíamos de Italia. Sin duda, será una región que visitaremos en más ocasiones.

La bota tiene un tacón, pero también tiene una espuela que queda a 200 km de Alberobello; es una península a la que llaman Gargano (no como gárgara). Pero en el camino hay varios lugares de cierto interés y vamos avanzando por partes. Nos dirigimos a la costa para llegar a un pueblo de esos que lo tienen todo: puerto, casas blancas, calles estrechas, historia, arquitectura y castillo. Es Monopoli, ciudad única en griego – no me pregunten si se acentúa o no -, que además de contar con todos esos elementos como ciudad típica costera de la Puglia,  también cuenta con una de las plazas más grandes de Italia: Piazza Vittorio Emanuelle, fuera del casco histórico, lugar de celebración de las fiestas más importantes y que tiene un monumento que rinde homenaje a los 300 oriundos caídos en la Primera Guerra en una de sus dos mitades y una fuente en la otra. Cafés y restaurantes suficientes para un aperitivo, un almuerzo, un helado o las tres cosas a la vez. 

POLIGNANO A MARE

Una bebida bien fría – hay en Italia una variedad increíble de refrescos con sabores, frutas y preparaciones diversas, con o sin gas, alcohólicas o no, dulces o amargas………- en una terraza a la sombra, es perfecta para aliviarse y seguir de camino.

Vamos por el litoral hacia el norte y a escasos 10 km está Polignano a Mare. El año pasado fue nombrada como la localidad costera más acogedora del mundo y después de conocerla, creo que fue un premio más que merecido, – aunque en Italia es muy difícil decidir qué lugar es más bello que otro -. Estacionamos el carro en un  organizado parking público, bien vigilado y con sombra. Luego, siguiendo el  flujo de gente nos adentramos en el Casco Histórico a través del Arco Marchesale que era la única puerta de entrada en la ciudad fortificada.

Después de atravesar el arco, aparece la Iglesia Matrice y varias terrazas alrededor de una pequeña plaza; en ese punto comienza el laberinto de calles empedradas que recorren el antiguo gueto judío a lo largo de la Vía Giudea – debe ser por eso que me sentí como si estuviera paseando por el Barrio de Santa Cruz en Sevilla -. Numerosas tiendas de artesanía, heladerías, pastelerías y restaurantes con vistas al mar. Polignano se define como “El País de la Poesía” porque en las paredes, escaleras e incluso puertas, se ven – pintados  a mano por Guido Lupori, artista local – versos y palabras de poetas y escritores famosos. Cada calle desemboca en un acantilado que rodea la ciudad, que a su vez esconde una serie de grutas marinas en la parte baja del farallón. En una parte de ese acantilado se  esconde Lama Monachile, la “Playa del deseo”, en una especie de fiordo que corta la línea de la muralla de escarpados formando una cala, que es la más famosa de la Puglia. Más adelante, en pleno Paseo Marítimo nos encontramos una estatua del padre de los cantautores italianos: Domenico Modugno, realizada en bronce, de tres metros de altura adonde peregrinan miles de personas para rezar a su santo musical. Hora de aperitivo, nos sentamos en una terraza; nos atiende un mesonero muy amable, que habla español casi perfectamente – según él lo aprendió a fuerza de atender turistas -.

Nos pregunta por nuestro origen y respondemos que de Caracas y Bilbao. Nos pregunta si es verdad que los vascos son personas frías tal como se dice. Le respondo que los vascos son algo así como los lombardos del norte; entiendo dice el muchacho, nadie es tan amable como nosotros los italianos de la Puglia, porque en Milano ningún mesonero habla con los clientes como hacemos aquí.  Y tengo que darle la razón, aunque desconozco si en Milano el personal no habla con la clientela, lo cual me cuesta creer porque “italiano mudo, muere chiquito”.

MANFREDONIA

El tiempo apremia para llegar a nuestro destino de hoy, así que pasamos por Bari recorriendo en carro su centro histórico y el puerto. Su Basílica de San Nicolás – que hubieran visitado sin duda las muy devotas de San Nicola di Bari,  nuestras editoras Mariam e Inés – es el monumento más destacable junto a su castillo normando que sirvió de cuartel para los Cruzados de Federico Barbarroja.   Seguimos la línea de la Costa y antes de llegar a la Península de Gargano, nos encontramos con Margherita di Savoia, que se abre a un filete de tierra que tiene por un lado el mar y en el interior un lago de salinas de color rosado. Por una necesidad apremiante de hacer una parada porque el sueño ataca y los ojos quieren cerrarse, tenemos que parar para despejarnos y tomar un café en el único establecimiento que está abierto a las 2 de la tarde, hora de la siesta, calles desiertas como si hubiera desaparecido la gente de la faz de la tierra, en un día medio desapacible y tormentoso que luego irá a mejor al final de la tarde. Despejado y activo, cubrimos los últimos km antes de llegar a Manfredonia, donde teníamos reservado un apartamento para pasar dos noches.

En la reserva se especifican tres cosas importantes: que la hora de llegada debe ser entre 3 y 4 de la tarde; que el desayuno está incluído y que el apartamento tiene parking privado por el mismo precio. Ni una cosa ni la otra. El mundo se detiene después de almorzar porque comienza el letargo, la hibernación diaria a la que se someten muchos habitantes de este país, durante varias horas. Llamada, whatsapp, mensaje; nadie contesta durante una hora y media. A eso de las 5, un mensaje con un código que se supone que da acceso al apartamento. Exijo que alguien se apersone para que nos dé las instrucciones precisas y nos indique dónde estacionar el carro. Después de un tira y afloja, se presenta una señora con cara de haber despertado de la siesta, no habla sino italiano y alemán según ella, Raquel se entiende en una mezcla de los dos idiomas, nos da la tarjeta de entrada, nos muestra la vivienda, nos indica que el estacionamiento es en la calle zona azul y que el desayuno es en un local cercano y consiste en croissant y café. Nos olvidamos de todos los inconvenientes cuando entramos en ese espacio  moderno con aroma a viejo, construido en la planta baja de una casa antigua con arcos en piedra, que resulta ser un lugar cómodo, amplio, totalmente instalado, muy agradable y a dos minutos de la parte antigua de la ciudad. El carro lo estaciono en la misma calle con un ticket para todo el fin de semana hasta el lunes y el café del desayuno, Dios dirá mañana. Después de un viaje de 6 horas, se impone un descanso.

Salir a la calle a las 7 es como aterrizar en otro planeta – dos horas antes la ciudad parecía abandonada -. Caminamos una cuadra y entramos en la calle principal Corso Manfredi en honor a su fundador, peatonal, con miles de personas paseando  con sus atuendos de sábado por la noche en Manfredonia, ciudad que se levanta en las laderas del Gargano, a orilla del golfo y es famosa por sus hermosas playas de arena blanca y agua azul cristalina, especialmente la que llaman Spiaggia Sciali di Pepe.  Principal puerto de escala en la antigüedad tardía, era la base operativa de los mercaderes de trigo. En 1256, cuando la malaria y la destrucción hicieron inhabitable la antigua Siponto – su nombre original -, el rey Manfredo diseñó el plan de la nueva ciudad, de acuerdo con las crecientes necesidades de expansión económica y para constituir un baluarte de defensa de las costas de Apulia contra los eslavos y los árabes.

MEZZE MANICHE E GAMBERI

Fue devastada por los turcos en 1620 y tras una decadencia que duró siglos, a principios del siglo XIX, Manfredonia contaba sólo con 5.000 habitantes. Sus habitantes vivían de los productos de una miserable agricultura, pesca y ganadería. Sin embargo, una vez que se mejoraron las vías de comunicación, se fortaleció el puerto y se fomentó el comercio, comenzó lentamente su ascenso. Las leyendas hablan de la antigua Siponto, describiéndola como la ciudad gloriosa de magníficos palacios con techos policromados, de las cien iglesias con techos dorados;  hoy sólo queda la basílica de Santa Maria Maggiore. La ciudad moderna de Manfredonia fue construida por Manfredo – biznieto de Federico  Barbarroja – entre 1256 y 1263, varios kilómetros al norte de las ruinas de la antigua ciudad.

El castillo, construído por los Suevos – pueblo germánico – es el principal exponente arquitectónico de la ciudad. Tiene un aspecto austero y recuerda su pasado de construcción defensiva, escenario de batallas y luchas feroces. Durante la segunda mitad del siglo XV, bajo dominio aragonés, la fortaleza original fue complementada con la edificación de cuatro torres circulares. Alberga el Museo Arqueológico Nacional, donde se exponen artefactos que datan desde la era neolítica.  Como buen puerto de mar, Manfredonia maneja una cocina basada en pescados y mariscos, en las montañas se cultivan buenos vinos y la ciudad presenta una amplia oferta gastronómica en las calles de su centro histórico, muy comercial.

Nosotros buscamos sitio para cenar. Tratamos de hacer una selección y paseamos viendo los locales, casi todos con terrazas abiertas. Caminando cerca del Castillo, un fuerte aroma nos lleva hasta la Via dell’Arcangelo y cual podencos entrenados para cazar, nos vemos siguiendo la pista olfativa llegamos a Il Galletto, restaurante de Pollos asados, pizza, focaccia y otros.  Un local muy sencillo, con tres mesas frente a la barra donde se asan los pollos y otro mostrador donde se ofrecen el resto de las especialidades. Al frente de los asados, el pater familia; en el otro lado, tres hijas y la madre que maneja el horno de pizza. Un intercambio permanente de frases – que no comprendemos por la velocidad y por la jerga – entre ambas estaciones, cuatro contra uno, mientras entran y salen clientes, en su gran mayoría locales que o bien vienen a buscar encargos previos o se sientan a cenar. Desde nuestra ubicación podemos ver el escenario completo y la sensación es la misma que estar sentado en el cine viendo una película de Fellini.   Dos parejas piden una bandeja de pizza y se sientan en una mesa al lado de la nuestra. Son dos tipos de baja estatura con bolso de mano – me llamó la atención la cantidad de hombres que llevan estas carteras en el sur de Italia -, acompañados de dos mujeres que se dedican a comer en silencio. Cuando uno de los dos tipos se levanta para protestar por algo acerca de la pizza, las tres hermanas le responden al unísono – seguimos sin entender nada – y vuelve a la mesa apesadumbrado.

Nosotros pedimos al señor, un  pollo arrosto entero con unas papas asadas en una bandeja que recibe la grasa que sueltan los  pollos que giran en la máquina, con un tenedor de plástico, más unas birras Peroni bien frías a pico. No se que tenía ese pollo – que devoramos completo – pero sabía a hierbas con un punto de picante. Delicioso comido así con la mano, hasta chuparse los dedos literalmente. Era necesario un helado para cambiar de registro y aunque ya estábamos casi lleno, siempre se puede hacer un esfuerzo si el esfuerzo vale la pena. En la gelatería Bramanthe, con una vitrina de exhibición de 20 metros, comí el helado más grande que he comido en mi vida, 300 gr de Avellana y pistacho para mí; Chocolate y limón para Raquel. Ahora si estamos a rebosar, así que nos levantamos de la terraza, y nos vamos hacia Corso Manfredi, una calle llena de tiendas, iglesias, bares y restaurantes con terrazas, empedrada con piezas de roca anchas de color blanco, pulidas  de tanto viandante a lo largo de los siglos. Cuando ya estamos cansados y digeridos, volvemos al apartamento con ánimo de disfrutar de esa cama grande y cómoda.

PIZZOMUMNO

Amanece en Manfredonia. Otro domingo soleado, muy apropiado para hacer el circuito que tenemos previsto.  Desayuno en Café des Artistes, un remedo de café francés con aire italiano, donde nada es auténtico del todo pero seguro que los turistas no lo distinguen. Cornetto di limone y café es el  desayuno asignado, pero yo pido para mí una  leche caliente con cacao. Eso es todo. Una curiosidad: en el café tienen una máquina que tiene unos dispensadores de cremas diferentes con frutas como naranja, limón, durazno, pistacho, avellanas, kiwi y otras más. Escoges el que te gusta y te rellenan el cornetto. Después de los desayunos a los que estamos acostumbrados, seguro que a media mañana habrá que hacer un refuerzo con algo más contundente o echar mano de la reserva de la cava en el carro. Nos sale focaccia con mortadela, queso o salami.

Salimos para Vieste, ciudad al norte de Gargano. Para llegar a Vieste, hay que atravesar una carretera que deja de lado la costa y se interna en la montaña, la SP526, que parece una de las vías de Sorrento, con muchas curvas pero sin casi tráfico afortunadamente. Estacionamos en el puerto, que a esa hora está atestado de gente – es legendaria la afición de los italianos a la competición automovilística –   que son espectadores del Rally de carros clásicos que se celebra este domingo.

El centro histórico de Vieste, también conocido como «Vieste Vecchia», se levanta sobre un promontorio rocoso que domina el mar, que se reduce paulatinamente hasta formar una punta, llamada: «Punta San Francesco». A la izquierda del centro histórico, al pie del acantilado, se abre la playa de Marina Piccola. A la derecha se encuentra la playa dorada de Scialara (o playa del Castillo) , con el inconfundible monolito de roca llamado Pizzomunno.  Un enorme espolón de piedra caliza blanca, de 25 metros de altura, con su propia leyenda:  Pizzomunno era marinero. Todas las muchachas de Vieste y las sirenas que vivían en el mar estaban enamoradas de él, porque era uno de los jóvenes más bellos de la zona. El corazón de Pizzomunno, sin embargo, latía solo por una hermosa chica llamada Cristalda. Siempre que Pizzomuno iba a pescar, Cristalda lo esperaba junto al mar y las sirenas – para castigar al joven por su indiferencia, secuestraron a su amada. Pizzomunno quedó petrificado por el dolor.  Unos magníficos artefactos hechos a mano – que servían para pescar – llamados Trabucchi, están protegidos como monumentos históricos en el Parque Nacional Gargano. Se pueden visitar o participar en una demostración de pesca, así como lecciones de yoga y degustaciones de vino o comida. El majestuoso Faro de Vieste, – que se encuentra en la pequeña isla de Sant’Eufemia -,  la Punta de San Francisco, en cuya iglesia se dice, que Vesta la esposa de Noé está enterrada. El castillo de Suabia que es un cuartel militar y no se puede visitar. Para los románticos, no dejen de visitar las famosas Escaleras del Amor;  se basan en la canción «La leyenda de Cristalda y Pizzomunno» cuyas estrofas, junto con muchos corazones rojos, fueron pintadas en sus escalones y la Catedral de Vieste, que es una de las iglesias románicas más antiguas de Puglia, son algunos de los puntos de interés de la ciudad. Después de recorrer estos lugares y hacer una parada en una terraza para tomar un aperitivo refrescante, tomamos el camino de vuelta, pero bajamos por la costa. Seguimos bajando  hacia Manfredonia pero por el perfil más pegado al litoral, por una carretera a una cota alta, que permite ver todos los pequeños pueblos como Portogrecco, Pugnochiuso y entramos en la playa de Vignanotica, que me recuerda a Cala Gonone de Cerdeña, por sus acantilados blancos y su agua transparente, pero con canto rodado en vez de arena y con una zona colonizada por toldos y sillas, en vez de arena blanca fina y naturaleza salvaje. La mayoría de las playas del este de Gargano, no tienen acceso directo porque los hoteles o restaurantes tienen sus parkings privados y te obligan a pagar y caminar un kilómetro hasta llegar a la arena. Las dos últimas, Baia di Matinella y Spiaggia della Valle delle Sirene, están antes de pasar por Matinata –  donde está la Baia delle Zagare, un paisaje fascinante verde, blanco y azul,  con sus rocas blancas gigantes que emergen del mar, L´Arco di Diomede y Le Forbici – y entrar a Manfredonia por el puerto comercial. Ambas son playas bellas y extendidas, con poca gente en estas fechas y las vemos de lejos, aunque lo mejor es el camino para llegar a ellas.

TROCCOLI VONGOLE COZZE

La sorpresa, siendo domingo, es que a las 4 de la tarde está casi todo cerrado y sólo los ciudadanos que han planeado salir a almorzar están en la calle en alguno de los pocos restaurantes abiertos. Caminando acechados por el hambre, encontramos una terraza llena a esa hora: Bacco Tabacco e Venere. Ni una mesa libre y en el interior se está celebrando un bautizo y no hay opción.  Nos atiende una mesonera. nos pregunta si tenemos reserva – no pudiendo utilizar de nuevo el truco de Isa en Alberobello – y respondemos que no. Ponemos cara de lástima y de hambre pero aún así no hay oportunidad. Aparece el propietario y le decimos que venimos desde Caracas, especialmente para almorzar en su restaurante. El argumento ablanda su corazoncito `porque el hombre tiene familiares emigrados a Venezuela, se apiada de nosotros y nos acomoda en la mesa elevada para fumadores en una esquina marginal de la terraza. Pedimos una botella de un vino rosado, helado y delicioso, Calafuria, mientras esperamos que nos traigan la comida: Una tabla de embutidos y queso con focaccia, Mezze maniche pistacchi i gamberi, Troccoli allo scoglio, cozze e vongole. No me canso de comer pasta en esté país, cada una más rica que la otra, son unos artistas con el producto y la hechura; luego damos un paseo por el castillo para comer otro helado de Nocciola en Tommasino, según me dicen, una gelatería histórica en Manfredonia. Siesta tardía y merecida en el apartamento.

Por la noche salimos a la calle de nuevo, la gente ha vuelto a las calles, caminamos  por el puerto de noche, tomamos unas birras, comemos unas salchichas asadas en la misma máquina de asar pollos en el restaurante Il Galletto – más unas birras bien frías – , viendo el show familiar de nuevo por el mismo precio y más tarde nos vamos a descansar.   Al día siguiente nos vamos para San Pietro; nos espera un largo viaje por el norte de Gargano, después cruzar  la montaña de los Apeninos del sur y pasando por el exterior de Napoli y Caserta, pero eso será mañana y será otro día. Así que dejamos la historia para la próxima crónica.

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