Y ya estamos de vuelta en Caracas. Casi terminando el invierno y comenzando la primavera. En nuestro planeta tropical, está concluyendo la época seca e iniciando la lluviosa, pero el clima aquí funciona de forma diferente como casi todo.
Ya sabemos, no voy a descubrir nada original, que cuando uno regresa a nuestro país, rápidamente se engrana en la rutina cotidiana, sobre todo porque la circunstancia obliga: algún problema en la cuenta del banco, algún electrodoméstico dañado, alguna avería en el carro, alguna aportación extra al condominio, algún examen médico por indisposición sobrevenida, varios algunos variados más la entrada en el túnel de las dietas detox para librarse de esos kilos y litros extras, que suelen ser de lo mejor de las visitas al extranjero. O como muestra este botón en mi caso, el olvido de mis chips de Movistar – que hay que sacar del celular cuando se coloca los del país de visita -, con la confusión que genera en los últimos días recopilar todo lo que viene de viaje, hacer las maletas y acomodar todo tan bien acomodado que algo siempre queda fuera de tan perfecta organización. Como cuando se guarda algo tan bien guardado que luego nunca se encuentra……hasta que deja de buscarlo.
El descubrimiento de este olvido se produce cuando decidió cambiar los chips en Curazao, antes de regresar a Venezuela. En un primer momento le entra a uno un sudor frío porque intuye los inconvenientes que engendra la pérdida, pero con una simple llamada se confirma el extravío y ya no queda sino ponerse en marcha; del sudor frío se pasa a la acción. A primera hora del día siguiente toca resolver el primer y más importante de los contratiempos: conseguir los nuevos chips para tener operativo el teléfono, sin el cual estamos fuera del mundo de la comunicación. Me dirijo a Movistar, oficina central de la Francisco Miranda, me pongo en la cola de usuarios guiado por un vigilante que tiene como misión principal decirle a los clientes que se coloquen en una línea que es obvio que es la fila de espera, no muy concurrida a esa hora. Después de cinco minutos me atiende un joven – como de treinta -, en un mostrador donde hay otros dos jóvenes más, que son los que preguntan, informan y dirigen a la clientela hacia los operadores que son los que realizan las gestiones. En una conversación dramatizada, el momento fue algo parecido a esto.

- Buenos días, bienvenido a Movistar, dígame.
- Buen día, el asunto es que olvidé mis chips – el mío y el de mi esposa – en el extranjero y necesito que me los repongan.
- ¿Me puede dar su número de teléfono?
- xxxxxxxxxxxxx……
- Usted tiene dos líneas, postpago, cuenta en Banesco…..
- Si señor, es correcto
- ¿Me puedo mostrar su cédula?
- Aquí está….
- Veo que el titular del contrato no es usted, a pesar de que las líneas están a su nombre.
- ¿A nombre de quién está el contrato?
.- Es en ese momento que caigo en cuenta, que cuando regresamos a Caracas, hace casi diez años, esa persona avaló el contrato porque todavía no estaba reactivada la cuenta en Banesco.
- Si, tiene usted razón, pero como vamos a hacer para que yo tenga mis celulares activos con el mismo número y con el mismo plan?.
- Lamentablemente – una palabra que usan mucho cuando te quieren dar una mala noticia -, el titular tiene que autorizar el procedimiento en persona o por escrito. No se puede hacer de otra manera.
- Aunque estén a mi nombre las líneas y yo sea el que ha pagado durante diez años, como consta en su pantalla?
- Sí, así es.
.- Tengo que informar al individuo de que la persona que avaló el contrato falleció hace un año
- Escuche por favor, el titular del contrato falleció y es imposible que se presente o que pueda hacer una autorización a mi nombre.
- Lo lamento, pero entonces tendrá que traerle un certificado de defunción.
- ¿Y no hay otra vía para resolver este problema?
- No señor, y además los chips serán nuevos, con nuevos números de teléfono y el costo de todo eso es de 70 dólares por número, en total 140, al cambio 8.400 bolívares.
- ¿Usted no cree que pueda haber otra manera?
- No señor, y además tendrá que traer la autorización firmada junto al certificado de defunción
.- La mente se me queda en blanco, es imposible entender tanta brutalidad, aún así trato de mantener un tono de amabilidad razonable
- Amigo, usted no comprende que es imposible que una persona fallecida pueda presentarse en persona o enviar una autorización firmada?
- Ah, lo siento, esas son normas de Conatel.
.- Ya no me queda sino tirar de ironía
- Entonces, ¿me puedes recomendar algún espiritista que me conecte con el más allá y pida que me firmen el documento?
.- El hombre, cerrado en sí mismo, no entiende nada
- Yo no conozco a nadie…….¿Qué es un espiritista?
- Vamos a dejarlo de ese tamaño. ¿Me puede usted pasar con un operador para hacer el trámite?
- Si, Número T104, espere que le llamen
.- Sorprendido y esperanzado de que alguien entienda la situación, me siento a la espera junto a otros usuarios
.- Por fin aparece en la pantalla ni número, en la taquilla 14. Recuerdo los datos como si fuera ayer. Me recibe una señorita de gesto amable.
- Buenos días, dígame señor, ¿qué necesita?
.- Le explico a la joven “grosso modo” mi problema, con cara compungida y actitud desesperanzada, para ver si se compadece
- Ah sí, eso pasa con frecuencia. No se preocupe, deme su cédula por favor y dígame su número de celular
- Tome mi cédula señorita y mis números son xxxxxxxxx y xxxxxxxx
.- Escribió varias cosas en el teclado, sacó una fotocopia de mi cédula, me ofreció una hoja con varios datos sobre el cambio de titularidad, firmé y puse mi huella del pulgar derecho, me preguntó si tenía los dos celulares conmigo, me colocó los dos nuevos chips, me preguntó por la forma de pago, le entregué mi tarjeta de débito y tímidamente preguntó por el costo, pensando en los 140 dólares.
- Son 320 bolívares, 6 dólares al cambio.
- Aquí tiene señor, todo listo, haga por favor una prueba para ver que funcionan los chips, llamé a unos amigos que en ese momento estaban viajando para los Andes, me contestaron, todo bien.
.- Me entregó una copia del nuevo contrato a mi nombre, me despidió con una sonrisa.
.- A la salida, veo al indocumentado que me atendió en el mostrador y no pude privarme de decirle algo a viva voz, para que todos los presentes escuchen bien.
- Amigo, espero que usted renuncie ahora mismo a su trabajo porque usted perjudica a la empresa con su información falsa, preocupando a los clientes sin necesidad en vez de ayudarlos. Ojalá que no esté usted aquí la próxima vez que venga.
.- Me quité un peso de encima y me fui, viendo la cara de sorpresa y de humillación de ese tonto incompetente, feliz con mis dos chips nuevos y operativos, comprobando que hay mucha gente – como la señorita – eficiente y amable en esta ciudad.
Esto no es más que un episodio breve de esa vuelta a la normalidad. Pero no el único. También hay otros momentos de gloria, para los tiempos que corren. Como la excursión nocturna en bicicleta para celebrar el día, más bien la noche de la luna llena, con el grupo de Chacao Bike. Con bicicleta nueva – otra nuestra de la buena atención en la tienda de Kroos en Montecristo por parte de Iginio, encargado del negocio -, me apunto a la excursión, casi recién llegado y sin haber rodado durante un mes y medio salvo algún paseo en NY en plano y abrigado para la ocasión. Recuerdo que era un jueves cuando salimos de las Plaza de Chacao, a las 5 de la tarde, rumbo al final de la Avenida Sucre, cuando el tráfico es casi casi infernal, teniendo que atravesar la Libertador, la Universidad, el Silencio y toda esa avenida Sucre que es una ajetreada y colapsada vía a esa hora y donde todos los conductores – especialmente motos y autobuses – dominan el territorio sin piedad. Por fin y después de Múltiples paradas, arranques y rotura del pelotón en varios pedazos, llegamos – cada cual a su propio riesgo – a la esquina donde comienza la bajada hacia la carretera vieja de la Guaira, donde nos esperan el resto de los ciclistas a los que viene desde ese punto porque viven en las zonas más próximas.

Todavía hay luz cuando empezamos a bajar hacia Blandín, luego Plan de Manzano por esa vía que al llegar al punto más alto de la montaña, ya el día se ha convertido en noche. A partir de ahí bajamos con las luces prendidas, envueltos en una oscuridad cerrada entre la vegetación boscosa del Ávila. La sensación es muy particular porque la única referencia es la línea blanca del asfalto y los focos de los ciclistas que van dibujando sombras gigantes en la espesura. Por falta de mantenimiento, a veces a vía de dos canales se cierra tanto que se reduce a un metro de ancho y el peligro real está en los motorizados que suben desde la Guaira, algunos sin luces y las curvas cerradas de noventa grados que tienen restos de arena, que convierte el firme de la carretera en una pista de patinaje. Pero con todos los inconvenientes, la experiencia es digna de ser vivida. Cuando se llega al mirador de Pedro González, la ruta se abre y la bajada hasta el puerto de la Guaira es más cómoda y permite rodar disfrutando relajadamente del paseo. Al llegar a la línea de la costa, rodamos por todo el litoral en dirección a Catia la Mar, hasta lo que llaman la Cinta Costera, un área de cinco kilómetros de largo, bien urbanizada, que se ha convertido en un lugar de expansión y disfrute para los visitantes, con bares y restaurantes, más allá de la Terminal de autobuses.
Pero antes hay que hacer una parada en la Arepera de Margaret, donde recogemos las arepas encargadas previamente que sirven de cena, junto a unos tobos con cervezas bien frías, antes de que el transporte nos suba de vuelta a Caracas, a donde llegamos casi a medianoche. Magnífica excursión.
Y hablando de motorizados, les quiero dejar algunas observaciones, que quizás coincidan con las suyas con respecto a estos ciudadanos, sus manías y sus costumbres. Y voy a enumerar algunas:
Les gusta pararse en las esquinas. Cuando hay alguno de ellos detenidos en una avenida o calle, siempre está ubicado en un cruce, nunca en la parte lineal de la vía, mientras consulta su celular, trata de conquistar a una mujer, discute con otro colega o simplemente descansa de su actividad.
Los que hacen delivery con moto, al igual que los mototaxi, se reúnen como una secta en espacios reducidos, en escaleras de edificios, con su enseña del grupo y su franela uniformada, sacan sus tuppers a la hora del almuerzo y comen sentados en las aceras o en bancos improvisados, en armonía como una familia desahuciada sin mesa ni sillas.
De un tiempo para acá, desde que su número ha crecido exponencialmente, tienen la costumbre de tocar sus cornetas todo el tiempo mientras pasan entre el estrecho pasillo que dejan las filas de carros. Y cuando se junta un grupo frente a un semáforo, convierte el minuto de espera – si es que esperan -, en un breve concierto, al combinar las diferentes notas de sus cornetas.
Me dicen amigos que han visitado otras ciudades, que el fenómeno de la multiplicación de motorizados en Caracas, no se ha producido en otros lugares. Desconozco si es así, pero de ser cierto, no saben lo que se pierden.
La escena familiar que veíamos frecuentemente en nuestra ciudad, de dos motorizados rodando al mismo ritmo, mientras mantenían una conversación a lo largo de varios kilómetros, impidiendo el avance de otros vehículos -que hasta Radio Rochela se convirtió en un sketch-, se ha perdido.
Los motorizados de esta época, no utilizan los auriculares para escuchar música o mantener un diálogo telefónico. Ha desarrollado una habilidad especial para mantener el celular entre la mejilla y el casco sin que se les caiga y sospecho que incluso suben y bajan el volumen, se aprenden y apagan y hasta marcan el número, con las orejas. Cosas de la adaptación al medio.
La inclusión de género es muy patentada en el mundo de la moto. Cada vez más chicas jóvenes y no tanto, se incorporan a la lista de usuarios de vehículos de dos ruedas; un universo que hasta hace pocos años era exclusivo de los hombres.

Las clases sociales motorizadas, son fácilmente reconocibles por algunos rasgos inequívocos: el tamaño y cilindrada – 150 o 1000 cc -, la vestimenta del jinete – franela colorida o chaqueta negra-, el uso de la matrícula o no, el oficio de unos y otros – mototaxi o guardaespaldas -, el origen – china o japonesa -, el número de ocupantes – hasta cuatro de familia o máximo dos -.
En fin, que nuestra Caracas va evolucionando con el tiempo y presenta rasgos identitarios nuevos. Los motorizados son un ejemplo del cambio sociológico que se puede observar; pero no el único.
Habrá más material para próximas crónicas de esta Caracas, nuestro hogar y nuestro tormento en ocasiones. Puede que apreciemos nuestras visitas a otros países pero cada vez que uno regresa, lo que siente es que ha regresado a casa. Con todas las consecuencias.
En la siguiente crónica hablaremos de las nuevas costumbres gastronómicas, los nuevos restaurantes, los influencers, los críticos……entre otras cosas.



Un comentario
Excelente e ilustrativa crónica (como siempre) que (de nuevo) disfruté con mi cafecito. Y tengo dos preguntas: sobre el tema Movistar (insólito, por demás) por fin pudiste conservar tu número? Y… esas fotos tan preciosas de la playa, son sin filtro? Un abrazote