Nueva York – Como todos los viajes, hay unos días previos para preparar lo necesario, que casi siempre es lo mismo, aunque la gran diferencia suele ser el equipaje, dependiendo de la latitud del destino. En este caso, el cambio es radical porque vamos a pasar de la chola, la franela y el short – elementos básicos de la vestimenta en Margarita -, al abrigo, la bufanda, las botas, el gorro de lana y los guantes – indumentaria imprescindible en la Nueva York invernal, aunque todo ese bagaje nos espera debidamente ordenado en su armario correspondiente -. En consecuencia, una buena previsión es llevarse una chaqueta, gorro de lana y par de medias adicionales para la llegada, porque en el trayecto entre aeropuerto y el domicilio puedes sentir el contraste de temperaturas y padecer de una hipotermia temporal, más psicológica que verdadera.
Dicho esto, la lista de cosas a llevar no varía con respecto a otros viajes: pasaporte, tarjetas, efectivo…… .aunque esta vez hemos de añadir algún detalle, a causa del trayecto, más que nada en cuestión de requisitos administrativos y me explico. Vamos a volar con Láser hasta Curazao pero sin continuar hasta Miami con Red Air, porque en la isla vamos a tomar un vuelo de JetBlue que nos lleva directamente a NY, ahorrándonos una escala y varias horas de viaje. (Además de dinero. Este dato para quien quiera saberlo, supone un ahorro de 1.000 $ en el ticket). Pero sigamos con los requisitos: nos comunican en la oficina de Láser, cuando compramos el pasaje en noviembre, que para entrar en Curazao, así sea en tránsito, hace falta un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla y en su defecto una exención si eres mayor de 60 que sólo se expide en el MInisterio del Poder Popular para la Salud. Después de averiguar que en la Urbina – donde se sacan los certificados de manipulación de alimentos – se puede obtener el documento, hasta allá me dirijo en bicicleta, una mañana de martes a hora prudencial para tener la información necesaria. Ya sabemos por experiencia de años, que cualquier gestión ante la administración pública – las cosas de Palacio van despacio – supone al menos una jornada de información, otra de atención, un par de transición, otra de recogida de documento, quizás alguna más de entrega de algo pendiente o cambio en las condiciones exigidas……pero ese día para mi sorpresa, me atendieron con diligencia y amabilidad, pude estacionar mi bicicleta en área de la oficina, me proporcionaron dos copias de la planilla, me recibió una diligente señorita que rellenó los datos y salí de allá con mis dos documentos firmados y sellados.
El otro requisito fue sobrevenido. Cuando Láser envió un día antes el recordatorio del vuelo, avisa también que es obligatorio rellenar un formato electrónico de entrada a Curazao, salvo para los pasajeros en tránsito, con lo cual me evito tener que hacer el trámite. Cuando estamos facturando en el mostrador, la señorita nos pide el comprobante; le muestro el mensaje de Láser y un supuesto jefe que andaba por ahí, me explica que estoy equivocado, que no interpreté bien la información y que debemos hacerlo porque nos lo van a exigir las autoridades curazoleñas. Estábamos muy contentos y sorprendidos porque llegamos tres horas antes de la salida del vuelo y a diferencia de otras ocasiones en las que la cola de pasajeros es larguísima, fuimos los primeros, pero el contento se nos fue de repente. Menos mal que una empleada de la línea nos ayudó a realizar el procedimiento, facturamos, vimos nuestras maletas pasar el escáner antidrogas y nos encaminamos hacia emigración y control de equipajes y seguridad, que curiosamente pasamos en pocos minutos. Ya, en la puerta de embarque asignada, sólo quedaba esperar la hora de partida. Puntualmente despegó el vuelo y en 35 minutos estábamos en Curazao, donde sólo nos revisaron el pasaporte y no nos pidieron ni certificado de vacunación ni formato de entrada. No sé por qué, en ese momento no pude sino acordarme de la mamá del supervisor de Láser al que espero encontrarme a la vuelta para darle mis saludos.

Pero volvamos al principio. La ventaja de volar a las 11.45 es que esto permite despertar, no a las 3 sino a las 6, desayunar con calma de forma contundente – porque el viaje sigue siendo largo – con tortilla de papa, croissant, queso guayanés, jugo de tomate de árbol y un buen té con jengibre. La tortilla y unas pechugas de pollo a la plancha las preparamos ayer tarde, para llevar y comer cuando a uno le provoque – con unas galletas de sésamo de Broad House en Sebucán -, sin tener que someterse a la dictadura de las ferias de los aeropuertos o de las líneas aéreas, que ofrecen mercancía poco apetecible.
Como dije anteriormente, todo el proceso de facturación, emigración y seguridad fue inusitadamente fluido y la espera antes de partir, muy cómoda. Apenas el avión alcanza velocidad de crucero y altura adecuada, comienza el procedimiento de aterrizaje porque sólo 35 minutos separan a Maiquetía y Curazao lo cual se agradece. Después toca esperar 3 horas de nuevo para la salida de JetBlue, pero entre camarón, almuerzo, paseo y lectura pasa el tiempo rápido, a pesar del alboroto de una familia integrada por esposo de baja estatura, esposa de triple tamaño que el esposo – de ancho y alto – y tres criaturas que necesitaban medio terminal para expandirse espacial y sonoramente hablando, a las cuales la progenitora les proporcionó unas bolsa tamaño familiar de nachos y que terminó comiéndose ella, para no tener que guardarlas de nuevo. A las 9 estamos aterrizando en JFK, después de viajar 4 horas en un avión que tiene el doble de espacio entre asientos, internet incluido en el boleto, merienda, refrigerio y veinte años menos que el anterior.
Salimos con 32 Celsius y llegamos con 0 grados; la ropa de urgencia nos sirve para salir hasta el estacionamiento, donde nos espera nuestro hijo y media hora después estamos cenando unos Dumplings de cerdo y langostinos con aceite picante y ajo crujiente de Nan Xiang – para quien no los haya probado sepan que es lo mejor de NY – que rematamos con unas IPA Stonewall y bourbon Woodford Reserve Double Oak, de quitarse el sombrero – en este caso el gorro de lana -. Por hacer mención nada más, y para que no caigan en la trampa, el Ron 1796 de nuestra tierra, cuesta en Curazo 70 Dólares, el JW black 50, y en esa misma proporción el resto de los licores; ¿por donde anda el Duty Free?.
Amanece el día miércoles con un cielo azul brillante, el sol hace su aparición temprano pero el termómetro marca 21 Farenheit, que son -6 Celsius. Todavía arropado decidiendo si levantarme a preparar el desayuno, Adriana Lamaletto envía por el Chat del Centro Gastronómico, un video cruel y despiadado abanicando una focaccia crujiente y apetitosa, uno de sus experimentos culinarios – que muestra pero no ofrece -, y ustedes comprenderán que a esa hora, con ese frío exterior y bajo el efecto del jet lag y del apetito impaciente, no se puede perdonar tamaña exhibición de lujuria en forma de masa con salsa. Y muchos menos aireando la focaccia en un primer plano lacerante e inhumano. No queda más remedio que tomarse una cumplida venganza – además de denunciar públicamente esa falta de empatía – así sea con la compra en la Bicyclette de croissants de almendra y mantequilla, Pain au chocolat, Queso Comté, Mermelada de naranja y todo eso con el café espresso elaborado en el nuevo juguete que nos espera a nuestra llegada y que irá para Caracas: cafetera con su salida de vapor y molinillo incluido.

Suficiente para olvidar la afrenta italiana y salir a Costco para reponer nevera y despensa. Nos gusta ir al Costco de Queens, cerca del Museo Noguchi en Astoria, frente a Roosevelt Island. Siempre hay un gentío pero disfrutamos de la abundancia y variedad de lo que ofrecen. Como es normal, siempre se carga el carro con más de lo previsto pero es imposible resistir: frutas, frutos secos, pescado, marisco, ahumados, quesos, yogur, encurtidos………y el famoso pollo que resuelve cualquier emergencia y rinde hasta que te cansas de comer en cualquier versión.
Regresamos a casa, descargamos y acomodamos toda la compra y resolvemos con un almuerzo rápido de salmón ahumado y guacamole, pan de la Bicyclette y IPA con sabor cítrico. Aprovechando que en Costco las ofrecen por cajas y con variedad de sabores, compramos la de 24 con 4 sabores de Torpedo, Optinite, Cosmic y Top Bullet de la marca Sierra Nevada.
Hoy, como todos los primeros días hay que seguir poniendo al día cosas como el nuevo chip de TMobile y la nueva tarjeta de MTA para transporte público que enviaron por correo y que hay que actualizar en una estación de metro – que ahora se ha convertido en una tarjeta de contacto que se llama OMNY -. Todas esas diligencias las hacemos en Bedford St, llena de gente como siempre a pesar del fresquito, y la última tarea en Whole Foods, para comprar varias cosas que no se encuentran en Costco, como el Jugo de toronja y de naranja naturales, la leche con crema 365, quesos de granja, las salchichas italianas de hinojo y la Peanut butter recién molida, puro capricho.
Ya es la hora de cenar, ya sentimos el esfuerzo del día y el resto del cansancio del viaje. Así que nos damos una cena de Ensalada de pollo, Aceitunas Kalamatas y Pepino chino con Spice oil anda garlic y mi preferida, IPA Top Knot. Al finalizar la cena, me entregan por sorpresa un regalo inapreciable para mí: Flavor Thesaurus, un libro magnífico, de Niki Segnit, que es un tratado de la mezcla de sabores en la cocina internacional. Conocen mis gustos.
Desde las diez de la noche aproximadamente, comenzó una nevada que a las 5 am del día siguiente, se ha convertido en una capa de 6 pulgadas. Aceras, calles, carros y todo el mobiliario urbano aparecen teñidos de una blanca capa de nieve en estado de “sorbete”, todavía virgen e impoluta, hasta que comience la vida en esta parte de la ciudad. Es un placer verlo a través de las ventanas, como un paisaje de postal.
Dos horas más tarde, vamos preparando el primer desayuno – ya sin espíritu de venganza italiana – de croissants con sabores, queso farmer de Whole, yogur con todo – frutas, avellanas, blueberries, avena, fresas y miel, jugo de toronja y café de capricho con nube de leche en forma de corazoncito.
Nuestra primera intención es ir hasta el MOMA, para renovar la suscripción anual. Así que caminamos hasta la estación de metro de Bedford – 3 cuadras con nieve en las aceras -, temperatura no tan fría y bien abrigados para la ocasión. La idea es tomar la línea L hasta la 14 con 6 Ave, y subir hasta la 57 con 7 Av con la Q amarilla. Y así lo hacemos, pero !!!Oh sorpresa!!!!, una bota de Raquel pierde el tacón y nos vemos obligados a tomar el Bus M7 que baja por la Séptima hasta la 34 ST, para entrar en DSW al lado de Macy´s para conseguir unas botas de invierno, procedimiento de urgencia.
Nos bajamos en la 33 y pasamos delante del Restaurante de Jack Dempsey, la sucursal de Nan Xiang, nuestra tentación de los dumplings y finalmente subimos una calle hasta DSW, compramos las botas y medias nuevas y regresamos a la idea original, salvo que dejamos el asunto del MOMA para otro día.

La segunda parte del plan era visitar a los primos del Upper West. Hay mucha nieve en las aceras, pero ahí mismo entramos en la estación de la 34, tomamos el 2 rojo express y subimos hasta la 72. No hace demasiado frío porque cuando nieva la temperatura se estabiliza, a no ser que agarres una esquina donde sopla el viento y de repente baja 10 grados la sensación térmica.
Llegamos a casa de los primos y decidimos almorzar en Simply Noodles, un japonés en plena Amsterdam donde son buenos los Ramen, ideales para calentar el cuerpo. Ramen con Noodles, pollo, hongos chinos, huevos a la soya y Pancake con scalonian – vulgarmente cebollín -.
El café, postre y sobremesa lo hacemos en casa y como siempre dura bastante, en este caso hasta las 6.30. Pero en el interín, aprovechamos para mover muebles y acomodar espacio de una habitación que se está remodelando; trabajo y placer al mismo tiempo.
Ya de noche, el clima es agradable y eso nos permite caminar hasta Lincoln Center, iluminado todavía de navidad – el centro y la plaza de enfrente – en colores violetas. Más tarde regresamos a Brooklyn, metro 3 hasta 14, luego de nuevo L hasta Bedford. No arruga la gente en esta ciudad, sea invierno o verano, siempre hay una multitud en la calle y en los bares y restaurantes; Williamsburg no es una excepción, más bien es uno de los barrios donde la vida se mantiene casi 24 horas en movimiento.
Una cosa que no pudimos conseguir en Costco fueron huevos. El motivo, una gripe aviar que ha reducido la producción de las gallinas. Y como consecuencia, la oferta se reduce y la demanda aumenta; basta que no haya para que el público quiera acaparar e incluso pelear por conseguirlos.
Como vimos en Costco, un pequeño grupo asaltando las neveras tratando de llevarse el máximo posible, compitiendo entre ellos por agarrar cartones para meterlos en los carros. Resultado: las torres de cartones se vinieron abajo y aquello fue la masacre del huevo, una tortilla gigante improvisada. Aún así, algunos desesperados metieron varios cartones con huevos rotos y desbaratados y cuando llegaron a la caja, tuvieron que devolverlos porque estaban limitados a tres cartones por persona.
Antes de entrar en casa, me fui hasta C-Town, el automercado dominicano que queda a dos cuadras y allí pude conseguir sin problema, sin disputas, sin limitación aunque a doble precio de los habitual. Cosas de la elasticidad de la demanda.

Una buena ensalada – hay que ver lo que rinde ese pollo – con pepino chino, cherrys, olivas y salsa picante Yellow Bird, con unos Naan indios a la plancha, es la cena perfecta para ir a descansar. Día completo.
El 7 de febrero es el primer día que amanece con un cielo azul totalmente despejado, lo cual invita a rodar en bicicleta. La temperatura es de 0 grados, pero la clave es abrigarse bien. En Caracas me lleva apenas cinco minutos en alistarme para rodar pero en NY en invierno me lleva ponerme las diferentes capas, cerca de 15 minutos. Franela térmica, maillot, chaqueta, zapatos, guantes, gorro, doble media, culotte de invierno, buff y casco es el mínimo indispensable para salir y no helarte.
Bajo al maletero, saco la bicicleta y entonces me doy cuenta que los cauchos están bajos, muy bajos como para rodar. El artefacto eléctrico que carga el aire y yo tenemos un contencioso porque nunca acierto con él, así que pienso en ir a un taller cercano para que me ayuden con la carga. Todos los talleres y tiendas de alrededor están cerrados a las 8 de la mañana y el único que aparece disponible en el Google Maps, es uno que se llama Los Chamos New York.
Con ese nombre no pueden ser sino venezolanos, pero el problema es que están en la Ave Broadway con Flushing, a una hora caminando. No hay más remedio, camino por esa avenida comercial Brooklyn abajo, que queda cubierta por la línea del metro J, avenida que hace de frontera entre el barrio hasídico – que están haciendo las últimas diligencias para el Shabat – y unos barrios latinos, paso por delante de Food Bazaar y llego por fin a la tienda de bicicletas.
Efectivamente, me atienden dos chamos merideños, amables como todo compatriota, se extrañan que venga caminando desde Williamsburg, me cargan los cauchos, conversamos sobre nuestro país y sobre NY, regreso en bicicleta paseando sin prisa, disfrutando de la primera rodada invernal. Gracias a la temperatura, ni siquiera transpiro, se pierden más calorías por el frío que por el sudor.
Después de un buen desayuno a media mañana, salimos para Bryant Park, en la 42 con Quinta porque la idea es visitar la Biblioteca Stephen Schwarzman. Es el edificio insignia del sistema de la Biblioteca Pública en el Midtown de Manhattan en la ciudad de Nueva York. Cuatro pisos de la estructura están abiertos al público y los escalones de entrada principal están en la Quinta Avenida en su intersección con la 41. Contiene aproximadamente 2,5 millones de volúmenes en sus estanterías y fue declarado Monumento Histórico Nacional, en la década de 1960. La salida del metro es en Bryan Park, mi parque preferido junto a Madison Park en la 23; siempre tiene actividades y atracciones para el personal: cafés, ferias de comida y el baño público de mayor lujo en toda la ciudad. Por mencionar algo, los urinarios te reciben con música clásica, lo cual ayuda a las funciones que uno va a realizar. Y ahora en invierno, todos los años instalan una pista de patinaje sobre hielo, similar a la que hay en Rockefeller Center.

La biblioteca es un edificio deslumbrante pero lo mejor es el Salón de los Tesoros, y efectivamente lo es: ahí se puede ver un Manuscrito de un recetario, que es una colección de fórmulas culinarias inglesas, de los Maestros Cocineros del Rey Ricardo II en el S XIV con descripciones de aportes de productos del mediterráneo; también está el famoso libro Greenbook, que da título a la película de Peter Farelly con Vigo Mortensen que hace referencia a la guía con los pocos establecimientos hoteleros que admitían a los negros; la literatura de James Baldwim un escritor afroamericano – en lenguaje políticamente correcto -, que fue activista de los derechos civiles y autor de ensayos, novelas, teatro y poemas; y para rematar, el escritorio donde Charles Dickens escribía sus novelas.
Más tarde, compramos el libro de los poetas de la Beat Generation para regalar al hijo que también cumple años en estos días: Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Lawrence Ferlingetti y un par de docenas de autores más .
Después de tres horas, nos vamos para el MOMA, no para visitarlo hoy, sino para renovar la Membresía por otro año más. Y ya es media tarde y queremos bajar hasta el Chelsea Market porque a las 5.30 tenemos reserva para entrar al Whitney Museum, allá en Meatpacking. Cada día que pasa, esta zona de Manhattan, cobra más interés; nuevos locales de tiendas, bares y restaurantes, todo de alto nivel y precio. Recomendable Casa Génesis, bacalao negro frito con arroz glutinoso y Kal Ssakdugi (wagyu con noodles), comida coreana de lujo.

En el Market elegimos uno de los tres lugares que nos gustan, en este caso Pizza Filaga: una con prosciutto y la otra margarita con parmesano y albahaca. No se de dónde sacan los italianos tanta imaginación para hacer refrescos novedosos y exquisitos como los dos que probamos ese día: Chinotto de limón y Aranciata rossa de la marca Lurisia; faltaban unos chocolates rellenos de naranja Lind para rematar. Coincidiendo en una mesa – en el mercado hay que compartir porque siempre hay poco sitio libre -, con una pareja con quienes se produce eso que algunos llaman “la confluencia de los planetas” porque ella, neoyorkina, de madre nacida en Lodz-Polonia, de nombre Rachel (con acento local) se emociona cuando entera que enfrente tiene a otra Raquel (con acento criollo) cuya madre también nació en esa ciudad en la misma época, antes de la Segunda Guerra. Menos mal que el esposo se llamaba Alexander, hubiera sido demasiada sincronía.
Salimos volando porque hay que estar puntual en la entrada del museo; la cola avanza rápido y evitamos el frío y vamos directo a ver la exposición que nos interesa. Alvin Ailey, el coreógrafo que fundó el American Dance Theater, durante un momento crucial del movimiento por los derechos civiles; se creó para enaltecer la experiencia afroamericana y, al mismo tiempo, trascender las fronteras de raza, fe y nacionalidad con su humanidad universal. Fue la primera compañía de danza moderna de su tipo que amplió la audiencia global de la danza con su modelo visionario y sus obras técnicamente deslumbrantes. Y deslumbrante era la exposición, todo un piso completo sin paredes con un video continuo en una pantalla a lo largo de toda la pared – 100 metros – a una altura del techo de un par de metros de alto. El video va pasando por docenas de actuaciones de bailarines y músicos como Duke Ellington por ejemplo; obras de arte, trajes, objetos, fotografías…… .maravillosa muestra y magnífico montaje.
Día muy largo de museos, paseos, muchas horas en la calle; escogemos regresar a casa en Uber y no en metro. Abdullah, el chófer, nos lleva por la Avenida West St, a la orilla del Hudson, hasta Canal, luego al este por Two Bridges y cruzamos el Williamsburg Bridge. Cuatro cuadras y al calorcito.
No hay muchas ganas de preparar una cena complicada, así que resolvemos con un sándwich de queso manchego, una ligera ensalada y un par de whiskys de Rye. Mañana será otro día y también el comienzo de otra crónica.


